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“ALBAÑIL JUSTICIERO” De Colima: Juan Pérez Eliminó a 17 Sic4ri0s Del Cártel Por Amenazas

Un sábado por la tarde, tres hombres golpearon a Marco Pérez, 16 años, estudiante de preparatoria, dos costillas rotas. Su padre, Juan, los vio hacerlo. No pudo detenerlos, solo pudo mirar. Esa noche algo se rompió dentro de Juan. No fue la rabia, fue algo más profundo, la certeza de que esto nunca iba a terminar.

Tres semanas después, Colima empezó a contar cadáveres. Para el martes, tres sicarios no respondían llamadas. Para el jueves, el número había subido a siete. Y para cuando todo terminó,  17 hombres habían caído. Y cuando las autoridades finalmente descubrieron quién estaba detrás, no lo podían creer. No era un rival, no era un sicario entrenado, era Juan Pérez, albañil, 50 años.

El padre de Marco, antes de que todo estallara, Juan Pérez era solo uno más entre los que pagan por seguir respirando. Nadie entendió que ese hombre callado llevaba años haciendo algo peligroso. Estaba contando cada amenaza, cada humillación, cada vez que tuvo que desaparecer un poco más para sobrevivir.

Y cuando la cuenta se cerró, ya no quedó espacio para volver atrás. No despertó a un monstruo. El monstruo nació de todo lo que le habían quitado. Y lo que empezó después no fue violencia descontrolada, fue algo peor. Un plan macabro, silencioso, que todavía hoy sigue proyectando su sombra sobre Colima. Juan Pérez creció viendo cómo la violencia se normalizaba, cómo las familias desaparecían de un día para otro, como los negocios cerraban sin explicación.

Él eligió el camino más seguro. Ser invisible, trabajar en silencio, no llamar la atención. Se hizo albañil a los 16 años. Aprendió el oficio con su padre, blogs, cemento, varillas, casas sencillas para gente sencilla. Nunca aspiró a más, solo quería vivir en paz, casarse, tener hijos, envejecer sin sobresaltos. Durante años lo logró.

Se casó con Estela a los 23. Tuvieron tres hijos, dos niñas y un varón. Compraron una casa pequeña en la colonia San José. Juan montó un taller de blogs en el patio trasero. Vendía material de construcción a vecinos y contratistas. No ganaba mucho, pero alcanzaba. La vida no era fácil, pero tampoco era insoportable. Hasta que llegaron ellos.

Fue un martes de octubre. Tres hombres se bajaron de una camioneta negra. Entraron al taller como si fueran dueños del lugar. Uno de ellos llevaba una pistola al cinto, no la sacó, no hizo falta. Juan supo de inmediato quiénes eran. “Te va a tocar cooperar”, le dijeron. 500 pesos semanales por protección.

Juan no preguntó de qué lo protegían, sabía la respuesta. Lo protegían de ellos mismos. Pagó la primera semana, luego la segunda y la tercera. Y así durante meses, 500 pesos que salían de la comida de sus hijos, del uniforme de la escuela, de los medicamentos de su madre. Pero Juan no se quejó porque quejarse era morir. Así funcionaban las cosas en Colima.

Así habían funcionado siempre. Pasaron  dos años, Juan seguía pagando. Los hombres cambiaban, pero la cuota no. 500 pesos  cada martes. A veces los recogía el mismo, a veces mandaban a otro. Nunca hubo recibos, nunca hubo contratos, solo la certeza de que si faltaba un pago, algo malo  pasaría.

Juan lo aceptó como parte de su vida, como aceptaba la lluvia o el calor. Pero entonces el cártel  cambió de mando. Llegó gente nueva, gente más joven, más violenta, más ambiciosa. Y con ellos las reglas cambiaron. Juan no lo sabía todavía. Pero con ese cambio de mando, algo se rompió para siempre. Ya no importaba cuánto pagarás, ya no importaba cuánto cedieras, nunca iba a ser suficiente.

Y cuando alguien entiende que no existe forma de cumplir, empieza a mirar el mundo de otra manera. Un martes de marzo llegaron cuatro hombres en lugar de uno. Entraron al taller sin saludar. Uno de ellos, al que llamaban el flaco, se sentó en una pila de blogs. Aquí las cosas van a cambiar, dijo. Ahora son 1,000 pesos semanales.

Juan sintió que el suelo se movía. 1000 pesos era casi la mitad de lo que ganaba en una semana buena. No puedo, respondió. No me alcanza. El flaco sonrió. Entonces vas a tener que buscarle porque aquí todos cooperan. O cooperas  o te cooperamos. Juan tragó saliva. Entendió que no era una negociación, era una sentencia.

Pagó los 1000 pesos esa semana y la siguiente dejó de comprar carne, dejó de pagar el cable. Sus hijas dejaron de ir a clases de baile. Su esposa dejó de comprar lo necesario para la casa. La familia empezó a vivir con lo mínimo, pero Juan seguía pagando porque era eso o perderlo todo. Tres meses después, el flaco volvió.

esta vez con una propuesta distinta. “Necesitamos que nos hagas un favor”, le dijo. “Vas a llevar unos paquetes en tu camioneta de aquí a Manzanillo”. Juan sabía lo que había en esos paquetes. No hacía falta preguntarlo. Se negó. No puedo hacer eso. Tengo familia. El flaco dejó de sonreír.

Precisamente por eso lo vas a hacer, porque tienes familia.  Juan sintió un frío en el estómago. No era una petición, era una orden con amenaza incluida.  Esa noche no durmió, pensó en huir. Pero, ¿a dónde? Pensó en denunciar, pero a quién. La policía estaba comprada. Las autoridades miraban para otro lado.  No había salida.

Al día siguiente, Juan transportó el primer paquete, lo dejó en una bodega a las afueras de  Manzanillo. Nadie lo revisó, nadie lo detuvo. Volvió a casa temblando. Estela lo miró y supo que algo había cambiado, pero no preguntó porque en Colima algunas preguntas era mejor no hacerlas. Entonces ocurrió algo que Juan jamás imaginó, algo que hizo que todo el miedo acumulado se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro, en algo imparable, en algo que ni él mismo reconocía.

Y por primera vez, Juan entendió que lo que estaba creciendo dentro de él ya no tenía intención de detenerse. Durante 6 meses, Juan hizo viajes, uno cada 15 días, a veces a Manzanillo, a veces a Guadalajara, siempre con paquetes que no debía abrir, siempre con el miedo clavado en el pecho. Dejó de dormir bien, empezó a perder peso.

Sus manos temblaban cuando manejaba. Estela le preguntó qué le pasaba. Juan solo decía que estaba cansado, pero la verdad era otra. Estaba roto porque sabía que en cualquier momento podía caer, que la policía podía detenerlo, que un retén podía terminar con su vida y todo porque había dicho que sí cuando debió haber dicho no.

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