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Tin Tan fue humillado por un poderoso — la respuesta de Pedro Infante fue legendaria

Era una cena de celebración. Uno de los estudios había terminado la filmación de  un proyecto importante y la industria entera parecía haber encontrado en esa excusa la razón perfecta para juntarse a comer mole y hablar de sí misma. Entre los comensales estaban directores de fotografía con las manos ásperas de tanto trabajo en exteriores, productores con los trajes bien planchados que usaban como armadura, columnistas de espectáculos que tomaban notas mentales de todo lo que veían y actores de distintas

categorías y temperamentos sentados en mesas que reflejaban con bastante precisión el orden invisible pero inapelable que existía dentro de la industria. Germán Valdés estaba sentado en una mesa hacia el centro del salón. Tin tan. El pachuco más famoso de México, el hombre que había convertido el spanglish en música y la frontera en personaje, estaba entre su hermano y un par de amigos del medio, con su traje de corte inusual que en cualquier otro contexto hubiera generado  sonrisas y que esa noche en ese salón

específico generaba algo diferente. Parecía relajado desde lejos, parecía a gusto incluso. Pero quienes conocían a Germán de verdad podían notar algo en sus hombros, una tensión pequeña, casi invisible, como la de alguien que ha aprendido con los años a esperar el golpe sin demostrar que lo espera. Pedro Infante estaba sentado tres mesas más al fondo, cerca de la pared del lado derecho.

 Había llegado tarde, todavía con el cansancio de una semana entera de filmación marcado suavemente alrededor de los ojos, ese cansancio que se instala en los párpados y que no se va con una taza de café, sino solo con dormir de verdad. Llevaba una camisa blanca sencilla, sin bordados ni botones de plata, pantalón oscuro, y no había pedido atención ni saludado con fanfarria al entrar.

 Se había sentado  despacio, había pedido café negro y había comenzado a escuchar. Eso era lo que Pedro hacía en esas reuniones. No hablaba mucho, observaba, escuchaba y guardaba dentro de él todo lo que veía con esa atención silenciosa que a veces confundían con timidez y que no era timidez en absoluto.  Entonces, don Mauricio Garza se puso de pie.

 La copa que sostenía era de vino tinto. Los dedos que la sostenían eran largos, académicos, acostumbrados a sostener plumas con las que había firmado sentencias sobre el mérito ajeno. El hombre era conocido en los círculos culturales de la capital como una voz de autoridad sobre lo mexicano, sobre lo auténtico,  sobre aquello que merecía preservarse y aquello que debería desaparecer antes de causar más daño.

 Sus columnas en una importante revista de cultura habían destruido o encumbrado carreras. Sus opiniones sobre el lenguaje y la identidad nacional se citaban en las universidades y esa noche,  con la copa en la mano derecha y esa expresión que sus conocidos conocían demasiado bien, estaba a punto de ejercer esa autoridad.

 Comenzó con lo que sonaba a un elogio amplio y generoso. Dijo que el cine mexicano era el orgullo de una nación que había construido su identidad con las manos y con la sangre, con el trabajo honesto de sus hombres y con la música que venía de las entrañas de la tierra. dijo que los grandes del cine nacional, los verdaderos, eran aquellos que encarnaban con cada personaje los valores que hacían a México lo que era y lo que siempre había sido.

 Dijo todo esto con la calma serena de quien está acostumbrado a que lo escuchen y que sabe que nadie en el cuarto va a interrumpirlo. Y mientras lo decía, varios comensales asintieron con la cabeza, porque hasta ahí todo sonaba correcto, todo sonaba al tipo de palabras que se pronuncian antes de  un brindis y que no le molestan a nadie.

 Pero entonces don Mauricio Garza giró levemente el cuerpo  y su mirada cayó sobre la mesa donde estaba sentado Germán Valdés. El giro fue tan sutil que quizás la mitad del salón no lo notó de inmediato, pero los que sí lo vieron entendieron lo que venía y el murmullo de las conversaciones comenzó a apagarse mesa por mesa, como cuando se apagan las velas una por una en un cuarto grande y la oscuridad avanza despacio, pero sin detenerse. Don Mauricio continuó.

 Su tono no se alzó. Eso era lo más peligroso de él. No necesitaba gritar. Dijo que junto a lo auténtico siempre existía su contrario, que  así funcionaban todas las cosas en este mundo. Dijo que había quienes confundían el éxito con el mérito y el aplauso fácil con el reconocimiento verdadero. Dijo que había figuras en la industria que hacían reír a la gente.

 Sí, nadie lo negaba, pero que la pregunta importante era siempre, ¿a qué costo se compraba esa risa? que había un personaje, dijo con esa voz pareja, que se presentaba ante el público mexicano  como si fuera uno de ellos, como si encarnara algo genuino de este país, pero que en realidad era un producto de la frontera, de ese espacio sin forma ni identidad, donde el español se había mezclado con el inglés hasta corromperse, donde México se había diluido en algo que no era ni de aquí ni de allá, donde los hijos habían olvidado quiénes eran sus

padres, entonces pronunció la palabra que todos estaban esperando.  la pronunció con la precisión de alguien que lleva mucho tiempo afilándola para este momento exacto. Pocho, la dijo sin escupirla, sin alzar la voz, sin ningún dramatismo innecesario. Simplemente la depositó sobre el salón, como se deposita una sentencia firmada sobre un escritorio.

 Y en esa palabra, en la manera en que la dijo y en la dirección en que miró cuando la dijo, había algo que iba mucho más allá de la crítica cultural. era  el tipo de palabra que niega, que clasifica, que decide quién pertenece al México verdadero y quién es una contaminación que  el México verdadero debería rechazar. Germán Valdés no se movió.

 El tenedor que había tenido suspendido en el aire lo bajó despacio con una calma que no era indiferencia, sino algo más parecido al agotamiento de quien ha cargado esa misma acusación durante demasiados años. Lo dejó sobre el plato sin  hacer ruido. Sus ojos no se apartaron de la mesa frente a él. La sonrisa que siempre tenía lista, esa sonrisa generosa que era parte de su manera de existir en el mundo, había desaparecido sin aviso.

 No era miedo lo que había en su rostro, no era vergüenza, era algo diferente y más antiguo. Era el rostro de un hombre que ha escuchado que no pertenece tantas veces que la pregunta ya no lo sorprende, pero que todavía duele. Siempre duele. No importa cuántas veces la hayas escuchado antes. pregunta de si eres suficiente, de si eres de aquí o no eres de aquí, nunca termina de perder su filo. Don Mauricio siguió.

 no había terminado. Dijo que el lenguaje era la casa del alma de un pueblo, que deformarlo era una traición sin excusa ni atenuante. Mezclar el español con anglicismos de segunda categoría,  con pochismos de frontera, con ese spanglish de quien no sabe bien de qué lado del río vive, era  escupirle en la cara a la herencia que México había tardado siglos en construir y en defender, que si alguien quería entender qué significaba ser verdaderamente mexicano, bastaba con ver a los que habían nacido y crecido lejos

de la frontera, lejos de la influencia americana, con las raíces firmemente plantadas en la tierra central del país, sin contaminación, Sin esa mezcla confusa que la vida en el borde producía inevitablemente en los que  tenían la desgracia de crecer ahí. En el salón nadie habló. Algunas personas miraban a don Mauricio, que seguía de pie con su copa.

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