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Pedro Infante oyó a Javier Solís y lo cambió todo esa noche

 No era arrogancia, era el cansancio honesto de un hombre que filmaba películas sin descanso, grababa discos, respondía cartas de fans desde cualquier rincón de la República y aún así encontraba tiempo para reparar aviones en sus momentos libres para sentarse a escuchar a quien lo necesitara. Llevaba un traje oscuro sin corbata y en él esa informalidad no parecía descuido, sino libertad.

 había saludado a los conocidos que encontró al entrar con esa sonrisa que los periodistas de la época intentaban describir y que nunca terminaban de capturar. Se había instalado en una mesa lateral lejos del centro del salón. Había pedido un café sin azúcar y se había quedado escuchando a medias las conversaciones que giraban siempre alrededor de los mismos temas.

 ¿Qué canción pegaba más en el norte? ¿Cuánto pagaba tal sello por exclusividad? ¿Quién subía y quién bajaba? Fue entonces cuando la voz cruzó el salón, el sonido venía del fondo desde una pequeña plataforma improvisada junto a una columna donde alguien había instalado un micrófono de pie sin que nadie le prestara mayor atención.

 Un joven de no más de 24 años,  moreno, de complexión delgada, pero con la postura de quien ha aprendido a ocupar poco espacio para no molestar,  estaba cantando. Cantaba con la voz moderada de quien sabe que está en territorio donde no lo han invitado del todo. Cantaba un bolero lento de esos que nacen desde el centro del pecho y no desde la garganta.

 Y en cada nota había algo que los años de academia nunca podían enseñar, porque ese algo venía de otra parte. Venía de haber vivido lo suficiente  para entender que el dolor y el amor a veces son la misma cosa escrita con diferente tinta. La voz era joven en el cuerpo, pero antigua en su conocimiento.

 Y esa contradicción es precisamente lo que hace irreemplazable a cierto tipo de cantor. El joven se llamaba Javier Solís, aunque en esa sala casi nadie sabía su nombre ni le importaba saberlo. Era uno de los muchos jóvenes que circulaban por los bordes  de la industria musical mexicana en aquellos años, llenos de talento y sin el apellido correcto que les abriera las puertas que importaban.

Pedro dejó la taza sobre la mesa con la calma de quien acaba de escuchar algo que no esperaba y necesita que sus manos estén libres para pensar con más claridad. Se volvió despacio hacia el fondo del salón,  buscando con los ojos la fuente de esa voz. La encontró fácilmente porque era la única figura en todo ese salón que no gesticulaba, que no reía, que no intentaba vender nada, solo cantaba.

 Y el contraste entre esa entrega silenciosa y el ruido circundante era tan marcado que Pedro sintió algo que le resultaba familiar, algo que llevaba mucho tiempo guardado en algún lugar específico del pecho. Nadie más prestaba atención. El joven cantaba para los manteles, para las columnas, para el humo que flotaba sin destino.

 Los productores conversaban entre ellos. Las copas seguían llenándose.  Un hombre en el centro del salón río con estrépito y la carcajada ahogó por un momento la voz del joven que no se detuvo. Siguió cantando como si eso fuera lo único que sabía hacer cuando el mundo decidía ignorarlo, con la terquedad tranquila de quienes han encontrado en algo una razón que nadie puede quitarles.

  Entonces apareció don Augusto Pedrosa. Era un hombre corpulento, de traje gris, con raya diplomática y bigote recortado con esa precisión que tienen los hombres que cuidan los detalles que los demás notan. director artístico de uno de los sellos discográficos más poderosos del país, caminaba con el andar de quien está habituado a que los demás le  abran paso.

 Se acercó a la pequeña plataforma con una copa en la mano derecha y una sonrisa que terminaba antes de llegar a los ojos y se plantó frente al joven con la comodidad de quien considera que cualquier espacio que pisa le pertenece por derecho natural. le habló en voz baja, pero el salón tenía sus propias corrientes de silencio y en esa parte del fondo la conversación llegaba con claridad a quienes estaban cerca.

 le dijo que agradecía su presencia, que era un muchacho con ganas, que se notaba el esfuerzo, pero que el bolero lento estaba en su ocaso, que la gente quería ritmos nuevos y más ágiles, que ese tipo de voz melancólica y de tiempo pausado ya no encontraba su lugar en la industria moderna, que mejor aprovechara sus energías en buscar un camino más apropiado a los tiempos, porque la industria no tenía espacio para otro cantante de cantina, lo dijo con esa cortesía fría que es más cruel que el insulto directo, Porque el insulto

directo al menos tiene la honestidad de mostrarse sin máscara. La cortesía fría se envuelve en buenos modales y te deja sin argumento posible porque cualquier réplica parece exagerada de quien no supo entender el tono amable  de quien habló. El joven bajó el micrófono con cuidado, no respondió.

 Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en un punto del suelo que no existía. Ese punto invisible que uno busca cuando quiere que los demás no vean lo que está ocurriendo por dentro. dio las gracias con una inclinación breve y se  apartó de la plataforma. Algunos en el salón habían escuchado el intercambio y miraban hacia otro lado con esa incomodidad de quien sabe que algo injusto acaba de ocurrir y prefiere no hacerse parte visible del asunto.

 La industria tenía sus propias reglas y don Augusto Pedrosa era uno de quienes las imponían. Así eran las cosas. Había algo en la figura del joven que se alejaba con los hombros apenas caídos que le golpeó a Pedro en un lugar específico del pecho. Un lugar que tenía dirección y fecha precisa, noviembre de 1938.

Tenía 21 años y había llegado a México desde Sinaloa con una guitarra que él mismo había construido en el taller de carpintería con las manos callosas y con la certeza tan completa como ingenua de que su voz valía algo. La estación Exeb audición. había cantado durante varios minutos para un hombre sentado detrás de un escritorio  que al terminar le explicó con amable firmeza que su voz no era adecuada para la radio metropolitana, que sonaba demasiado ranchera, demasiado de provincia para una ciudad como México, le había

recomendado que considerara volver a Sinaloa.  Lo había dicho con cortesía. Con la misma cortesía exacta que don Augusto Pedrosa acababa de usar esa noche, Pedro no había vuelto a Sinaloa. Había tocado en cantinas  donde el ruido de las conversaciones tapaba la música. Había actuado en ferias de pueblo donde la paga apenas alcanzaba para el camión de regreso.

 Había insistido donde le cerraban puertas.  Había construido algo canción a canción, película a película, año a año, hasta convertirse en lo que era hoy. Y ese hombre de exeb, ese hombre que le dijo que su voz no servía, ese hombre cuyo nombre Pedro recordaba perfectamente esa noche, hoy no lo recordaba nadie más. Ahora miraba a un joven que acababa de recibir la misma sentencia.

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