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El ÚLTIMO Que VIO VIVO al Che — 50 Años Después REVELA Su MENSAJE FINAL a Fidel Castro

 

La Habana. Marzo de 2017. En la penumbra de un estudio de televisión, un hombre de 80 años se sienta frente a la cámara. Sus manos tiemblan ligeramente, pero no es la edad lo que las hace temblar, sino el peso de medio siglo de silencio. El mundo lo conoce como Pombo, uno de los últimos hombres que estuvo junto a Cheegev Vara en sus días finales, que peleó a su lado en las montañas salvajes de Bolivia y que finalmente logró sobrevivir.

 Pero hoy al borde de la muerte ya no guardará silencio. Me llamo Harry Villegas. Comienza con voz firme a pesar de los años, pero la gente me conoce como Pombo. Soy el último hombre que estuvo con Cheegev Vara en sus últimos días. Durante 50 años he guardado un secreto. Hoy, antes de irme voy a contarlo. Porque Che confió en mí, pero yo lo traicioné con mi silencio.

Sus ojos se clavan en la lente de la cámara, como si esta confesión no se hiciera solo a una grabadora, sino a la historia misma. La gente piensa que lo sabe todo. Continúa su voz ahora más baja. Casi un susurro. ¿Creen que entienden quién fue Ernesto Guevara que quiso decir con sus palabras porque murió en Bolivia? Pero yo estuve ahí, vi lo que pasó.

 Escuché las conversaciones que nadie más escuchó. Se detiene y en ese silencio se puede sentir el peso de décadas de culpa acumulada. Y durante años callé porque tenía miedo. Miedo de traicionar a la revolución. Miedo de traicionar a Fidel, pero sobre todo miedo de admitir que tal vez, solo tal vez, habíamos estado equivocados desde el principio.

 Hay una frase que me persigue desde 1967. revela una frase que Che me dijo dos días antes de caer. Una frase que cambió todo lo que yo creía saber sobre lealtad, sobre revolución, sobre qué significa ser fiel a un hombre o a una causa. La narración de Pombo se desliza entonces hacia los recuerdos borrosos de aquellos últimos días.

 Quebrada del yuro, Bolivia, 7 de octubre de 1967. El sol se hundía detrás de las montañas mientras un puñado de guerrilleros se apretaba entre las rocas. 11 meses. 11 meses completos huyendo por esas montañas malditas, hambrientos, enfermos, solos. El ejército boliviano los había rodeado. Cientos de soldados entrenados por la CIA, armados, preparados específicamente para este momento.Muere Fidel Castro. Repasamos su paso por el cine y la televisión

 Quedaban menos de 20 guerrilleros. Chegevara estaba recostado contra las rocas, respirando con dificultad. Su asma peor que nunca. Las botas destrozadas. En los últimos tres días apenas habían comido raíces y hojas. Pombo observaba a su comandante. Los ojos de Che estaban cansados, pero no derrotados. Harry Villegas nunca vio miedo en esos ojos.

 Ni siquiera ahora cuando ambos sabían que esto podía ser el final, C lo agarró del brazo. Su mano, a pesar de todo, todavía fuerte, atrajo al joven guerrillero hacia él y le susurró, tan bajo que nadie más podría escuchar. Pombo, si yo caigo, quiero que le digas algo a Fidel. Harry asintió. Tenía la garganta seca. Dile que tenía razón, pero el resto de la frase se cortó con una explosión.

Disparos, gritos, tierra volando por el aire, humo envolviendo todo. Che empujó a Pombo hacia la izquierda. “Corre”, le gritó. Ese fue el último momento en que Harry Villegas vio vivo a Ernesto Cheegevara con un arma rota en la mano, disparando envuelto en polvo y humo. Pombo corrió junto con tres compañeros, benigno, urbano y un cuarto guerrillero, se escondieron en cuevas, en barrancos, en las sombras durante horas, durante días.

 Al día siguiente, en un trenciste de radio robado, escucharon la noticia. Cheegevara ha sido capturado. Dos días después, otra noticia. Cheegevara ha sido ejecutado. El mundo de pombo se derrumbó. Su hermano, su comandante, el hombre que le enseñó todo, estaba muerto y él había sobrevivido. Pero lo peor no era la culpa del superviviente.

 Lo peor era que tenía un mensaje. Un mensaje que Ch le confió. Dile a Fidel que tenía razón. Y en ese momento, ahí escondido en las montañas bolivianas, Harry Villegas entendió algo terrible. Ese mensaje no era una validación, era una acusación. Che no estaba diciendo simplemente que tenía razón, estaba diciendo, “Tú, Fider, estabas equivocado y ese error me mató.

” Lo que Pombo aún no sabía completamente en aquellos días era quién realmente había matado a Che. La historia culpaba al ejército boliviano, pero la verdad era mucho más compleja y mucho más sucia. El sargento boliviano Bernardino Huanca, años después describiría ese momento. Cuando nos acercamos, Che, herido dos veces levantó las manos para rendirse cuando su arma dejó de funcionar.

 nos gritaba, “¡No disparen, soy Chegevara y valgo más vivo que muerto para ustedes.” Pero nadie escuchó porque la orden venía de muy lejos, de una fuente mucho más poderosa. Félix Rodríguez, un agente de la CEIA de origen puertorriqueño, estaba en Bolivia como asesor. El gobierno de Estados Unidos había enviado un equipo del Centro de Actividades especiales.

 El ejército boliviano había sido entrenado, asesorado y armado por las fuerzas especiales estadounidenses. Y la mañana del 9 de octubre llegó la orden del presidente boliviano René Barrientos. Chegue Vara será ejecutado. Pero fue Félix Rodríguez quien transmitió esa orden a las tropas bolivianas. El verdugo voluntario fue un sargento boliviano de 27 años, Mario Terán, medio borracho.

 Tres de sus amigos de la compañía B, todos con el apellido Mario, habían muerto días antes en un enfrentamiento con los guerrilleros de Che. Terán quería venganza. Rodríguez le dio instrucciones. No le dispares en la cabeza. Las heridas de bala deben parecer consistentes con la historia que el gobierno planea anunciar que murió en combate.

 Y el 9 de octubre de 1967 a las 13:10 hora local, Chequevara fue baleado nueve veces por Mario Terán, cinco en las piernas, una en el hombro y brazo derecho, una en el pecho y la garganta. Pombo y sus tres compañeros se escondieron durante meses en los bosques bolivianos, hambrientos, heridos, persegidos. Finalmente tomaron una decisión.

 Escaparían a Chile 1000 km a pie, por montañas, por valles como fugitivos y caminaron. Tardó meses. Algunas noches se refugiaron en la misericordia de campesinos. Algunos días no encontraron comida, pero siguieron caminando. A principios de 1968 lograron cruzar la frontera chilena y allí, esperándolos había un hombre, Salvador Allende, todavía no era presidente, en ese momento era senador, pero un político de izquierda que simpatizaba con las causas revolucionarias.

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