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Pedro Infante visitó a Jorge Negrete — y tuvo que fingir que estaba bien

 Había entrado en coma 5co días antes. Había salido del coma, pero quedó en ese territorio gris entre el cansancio y la convalescencia, donde los hombres fuertes se vuelven pequeños sin que sea su culpa. Negrete abrió los ojos cuando escuchó la puerta. Vio a Pedro. No dijo nada. Pedro tampoco dijo nada. Caminó hasta la silla junto a la cama.

 Se sentó y puso el paquete sobre la mesita de noche con cuidado,  como si contuviera algo frágil. Jorge lo miró. Pedro le dijo que le había traído algo, que no sabía si era una tontería, que si lo era, que lo perdonara. Negrete extendió una mano hacia el paquete. Los dedos ya no tenían  la fuerza de antes. Pedro lo ayudó a romper el papel.

Cuando Jorge vio el tren eléctrico, guardó silencio un momento, luego cerró los ojos. Pedro pensó que había hecho mal, que era una idiotez, que un hombre de 42 años no necesita un juguete. Estaba a punto de decir algo cuando escuchó que Jorge soltaba una especie de risa contenida, suave, casi inaudible. le dijo que cuando era niño en Guanajuato quiso tener uno de esos trenes, que todos los navidades miraba la vitrina de la ferretería del pueblo y lo veía ahí con las vías circulares  y el humo de mentira que salía

de la chimenea, que nunca lo tuvo, que su madre le dijo que algún día tendría dinero para comprarse uno, que después se hizo famoso, que ganó mucho dinero y que nunca recordó el tren hasta ese momento. Pedro se levantó de la silla, fue a la mesita,  abrió la caja, sacó las piezas, empezó a armar las vías en el suelo del linio del cuarto junto a la cama.

 Negrete lo miraba desde arriba. El tren era rojo con ruedas negras y tenía tres vagones de carga en miniatura. Pedro conectó el cable a la clavija de la pared y puso la locomotora sobre la vía. El tren empezó  a moverse. Jorge Negrete miraba esa cosa pequeña y eléctrica dar vueltas en círculo sobre el linóleo del hospital.

 En su cara apareció una expresión que Pedro nunca le había visto antes. No en los sets de filmación, no en  los escenarios, no en las cantinas, en ninguno de los lugares donde se habían  encontrado sin cámaras. Era una expresión sin guardia, una expresión de niño. Estuvieron así un buen rato. El tren giraba.

  La franja de luz se movía despacio por la pared. Afuera, los ángeles seguía siendo indiferente. Para entender lo que pasó en ese cuarto de hospital, hay que ir atrás. Hay que ir a un domingo por la tarde de principios de los 40. Pedro Infante todavía era un nombre sin película, un muchacho de Sinaloa con voz y con hambre y con muy poco más.

 había llegado a la ciudad de México con una guitarra que él mismo había fabricado con madera de desecho  en el taller de carpintería, donde trabajaba de adolescente. Había tocado en cantinas, en radios pequeñas, en lugares donde el público aplaudía por cortesía más que por convicción. Y alguien en algún  momento lo conectó con Carmen Barajas, la secretaria de Jorge Negrete.

Carmen le arregló una cita. Pedro llegó puntual a la casa de Negrete, muy arreglado, con  el sombrero en la mano, como los hombres de su tierra cuando entran a casa ajena. Jorge Negrete en ese momento era ya la figura más grande del cine mexicano. Tenía todo lo que Pedro no tenía. Había estudiado en el Colegio Militar.

 Hablaba español, francés  e italiano. Era alto, deporte elegante. Tenía una voz que los críticos describían como entre  barítono y tenor, una voz que nacía de algún lugar profundo del pecho y llegaba al fondo de la sala sin esfuerzo. Era el charro que México había inventado para amarse a sí mismo.

 Pedro se sentó frente a él. Negrete no hizo reverencias, le extendió una guitarra y le dijo que cantara. Pedro cantó. Negrete escuchó, no interrumpió. Cuando Pedro terminó, Negrete se quedó un momento en silencio. Después le dijo que tenía algo que él no tenía. Pedro pensó que iba a decir la voz, el rango, la potencia, pero Negrete dijo otra cosa.

Le dijo que tenía la gente, que cuando cantaba la gente sentía que le estaban cantando a ellos, no al amor en abstracto, no al horizonte, sino a ellos, a sus vidas concretas.  y que eso no se enseña. Esa tarde Negrete llamó por teléfono a los hermanos Rodríguez y los recomendó a Pedro.

 Los Rodríguez lo contrataron y así empezó todo. Pedro nunca le contó eso a los periódicos, no porque quisiera guardar un secreto, sino porque para Pedro esa historia era demasiado personal para convertirla en anécdota. Era el origen  de todo lo que vino después. Y los orígenes no se exhiben, se cargan. Hubo años en que casi no se vieron.

 La industria era grande y los horarios de filmación no siempre coincidían. La prensa fabricó la rivalidad con la eficiencia con la que siempre fabrica lo que le conviene. Un titular aquí, una comparación allá, una pregunta capciosa en una entrevista y los dos por separado respondían lo mismo de distintas maneras, que no había rivalidad, que había respeto, que México era suficientemente grande para los dos, pero los periódicos necesitaban el duelo y el duelo seguía vivo en las páginas, aunque no existiera en ningún otro lugar.

 Hay un detalle que muy poca gente sabe sobre Pedro Infante y Jorge Negrete  durante todos los años que se conocieron, durante todo el tiempo que compartieron la industria, durante los meses que filmaron juntos dos tipos de cuidado, Pedro nunca le habló de tú a Negrete. Siempre fue usted.

 No era protocolo, no era distancia, era respeto de una clase que Pedro no podía explicar sin que le temblara algo por dentro. Negrete había ido al colegio militar. Hablaba tres idiomas. Tenía una voz que parecía venir del centro de la Tierra. Pedro venía de Guamuchil, Sinaloa. Había fabricado su propia guitarra con madera de desecho.

 Y el director Ismael Rodríguez recordaba que Pedro le había dicho una vez, con una honestidad que cortaba el aire, que Jorge era más alto, más guapo, más educado, que su voz era un torrente y la suya un chisguete, que filmando juntos iba a desaparecer. Eso dijo que iba a desaparecer. En 1952,  cuando Ismael Rodríguez finalmente logró convencer a los dos de filmar dos tipos de cuidado, hubo varias semanas previas en las que Pedro se negó.

 No por arrogancia, por lo contrario, el director lo buscó en su casa, lo buscó en los estudios, lo buscó en los lugares donde Pedro se escondía cuando no quería que lo encontraran. Y cuando por fin lo encontró y le preguntó por qué no quería filmar con Negrete, Pedro le dijo esa frase que Ismael Rodríguez repitió en entrevistas durante décadas.

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