Había llegado desde la Ciudad de México esa misma tarde, 4 horas y media de carretera abierta con el viento en la cara y el pensamiento libre, que era lo que necesitaba después de semanas seguidas filmando dos tipos de cuidado. La película que estaba terminando junto al propio Jorge no venía a actuar, venía a ver a Jorge.
tenía porque hacía meses que no se sentaban a hablar sin que hubiera un director, un productor o un periodista cerca. Había llegado mientras sonaban los últimos compases del concierto. Había aparcado la motocicleta junto a la pared y había esperado ahí con el casco en la mano escuchando la voz de Jorge filtrarse por la puerta trasera hasta que los aplausos finales le dijeron que la función había terminado.
Jorge Negrete salió por la puerta trasera sudado y con los ojos brillantes de la función, todavía con el traje de charro puesto y la corbata aflojada, vio a Pedro y sonrió de ese modo ancho y sin reserva que reservaba para pocas personas. Se estrecharon la mano con fuerza, luego se palmotearon la espalda.
Llevaban años compartiéndose el público y entre ellos había una comprensión que no necesitaba de muchas palabras. El gerente de Jorge, Lucio Bravo, salió detrás con su libreta bajo el brazo y la expresión de alguien que sabe algo que los demás no y que no sabe si es el momento de decirlo. Fue entonces cuando los faros aparecieron en la boca del callejón.

Cinco motocicletas entraron una detrás de otra, sus ases de luz varriendo las paredes de ladrillo. Los motores se apagaron en secuencia. Las voces llegaron antes que los pasos. ásperas, sin el menor esfuerzo por bajar el volumen. Luego las botas sobre los adoquines, avanzando sin prisa con esa cadencia específica de quien nunca ha tenido que apurarse porque siempre termina llegando a donde quiere llegar.
Don Aurelio se quedó inmóvil junto a la puerta trasera. Sus manos buscaban algo a que aferrarse y no encontraban nada. El hombre que llegó primero se llamaba Rosendo, aunque en Guadalajara nadie lo conocía por ese nombre. Lo llamaban el tunas, apodo que cargaba desde los 15 años. Tenía 42 o 43 años.
El sol y los años y las cosas que había hecho le habían labrado la cara más allá de lo que correspondía a su edad. Era alto, de espaldas anchas, con el bigote recortado al estilo del norte y una cicatriz en el mentón que nunca explicaba. vestía chamarra de cuero negro sobre camisa de trabajo. Detrás de él llegaron cuatro hombres más, todos con ese silencio controlado de quienes están acostumbrados a ocupar los espacios de los demás sin haber sido invitados.
Cada uno tomó posición en un punto diferente del callejón sin que nadie se los indicara. Era un movimiento ensayado. Los tramollistas, que todavía trabajaban dentro se asomaron por la puerta trasera y se quedaron inmóviles. El músico que cargaba su guitarrón apoyó el instrumento contra el marco de la puerta con mucho cuidado, como si cualquier sonido adicional pudiera romper algo.
El tramollista joven, el que tenía 18 años y llevaba apenas tres semanas trabajando ahí, retrocedió hacia la oscuridad del pasillo interior sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. El tunas no les prestó atención. Caminó directamente hacia don Aurelio y se detuvo a un paso de él mirándolo desde arriba. Don Aurelio dijo el Tunas.
Su voz era la voz de un hombre que no necesita alzarla para que se entienda que no es una invitación a la conversación, sino el inicio de una instrucción. Ya es fin de mes. Don Aurelio abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla, comenzó a explicar algo sobre los ingresos de la temporada, sobre los gastos extraordinarios del escenario, sobre un plazo que él creía haber acordado.
El Tunas lo escuchó sin interrumpirlo, con los brazos cruzados, con esa paciencia específica de quien sabe que la conversación ya terminó antes de empezar. Cuando don Aurelio dejó de hablar, el Tunas no respondió de inmediato. Dejó pasar 3 segundos de silencio que en ese callejón se sintieron como 3 minutos. El señor Belarde no negocia plazos.
Dijo finalmente, “No esta semana, no este mes. Usted conoce la fecha. La fecha era hoy. Don Aurelio asintió mirando al suelo. Pedro observaba todo esto desde donde estaba, apoyado contra la pared del callejón junto a su motocicleta. No se había movido todavía. Miraba la posición de los cinco hombres, la disposición que habían tomado en el espacio sin que nadie se los indicara, los puntos que controlaban.
Miraba a don Aurelio, las manos del viejo, la forma en que sostenía los dedos entrelazados frente al cuerpo como si rezara de pie y miraba al Tunas que ahora se había girado lentamente hacia Jorge. “Negrete”, dijo el Tunas también sin pregunta, también como una observación. Jorge se irguió. Era un hombre con mucho orgullo, y ese orgullo vivía en su postura antes que en cualquier otra parte.
Miraba altunas a los ojos sin apartar la vista. le respondió que sí, que era Jorge Negrete y que si había algo que decirle podía decírselo directamente, que él no era de los que necesitaban intermediarios. El Tunas asintió una vez. Explicó entonces lo que el Sr. Belarde había decidido para los teatros del circuito Tapatío.
No sería solo don Aurelio quien contribuiría al mantenimiento de la seguridad del negocio. Cualquier artista de nombre que actuara en los teatros que el señor Belarde protegía dejaría un porcentaje acordado de sus honorarios. Era una disposición nueva, razonable según el Tunas y que empezaba a aplicarse a partir de esa noche para la función que Jorge acababa de hacer y para todas las que vinieran después.
El callejón quedó en silencio. Uno de los tramollistas tosió nerviosamente. Lucio Bravo puso una mano en el brazo de Jorge y le dijo en voz muy baja que no valía la pena, que había formas de manejar esto, que tenía contactos en la ciudad, que lo mejor era mantenerse tranquilo y hablar con abogados. Jorge no respondió. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en el tunas. Y Pedro conocía esa mirada.
Era la mirada que Jorge ponía justo antes de hacer algo que podía complicarle la vida durante meses. Don Aurelio, de pie junto a la puerta, no levantó la vista del suelo. Pedro colocó el casco sobre el asiento de su motocicleta y se puso de pie. No lo hizo rápido ni lo hizo despacio. Se levantó con la naturalidad de quien decide que es el momento de levantarse.
Se abotonó el abrigo, un gesto que no tenía ningún propósito práctico, pero que hizo que todos en el callejón giraran la cabeza hacia él. Luego caminó hacia el tunas, no hacia don Aurelio, no hacia la puerta, directamente hacia el tunas. El Tunas lo observó acercarse. Lo reconoció de inmediato, porque todo México conocía esa cara, pero el reconocimiento no cambió nada en su expresión. Esperó.