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“¿Alguien Toca Guitarra?” Preguntó la Banda Cuando su Guitarrista Enfermó —Pedro Infante Se Adelantó

 El trío Los norteños del Alba llevaba 2 años tocando en salones exactamente así. tres jóvenes de Linares que habían llegado a Monterrey con la certeza de los pobres que todavía no saben que son pobres, con la convicción de que el talento era suficiente y la ciudad les abriría paso. Su voz principal, Rosario Treviño, tenía 22 años y una garganta que parecía haber nacido para hacer llorar a los hombres que no lloran.

 Su hermano Beto llevaba el bajo con una precisión casi mecánica. La cabeza siempre gacha, ajeno al mundo con la concentración de quien sabe que su trabajo es el suelo y no el cielo. Y Fernando, el mayor de los tres, a sus 24 años, era el guitarrista, el compositor, el que escribía las letras a mano en cuadernos escolares con la  caligrafía apretada de quien ha aprendido a no desperdiciar papel.

 Esa noche no era cualquier  noche. Don Aurelio Montemayor, el dueño de discos norteño, había prometido aparecer. Era hombre de pocas promesas, pero cuando prometía algo, lo cumplía. Llevaba tres semanas escuchando hablar de ese trío de Linares que hacía llorar al público en los salones del centro. Si lo que le habían contado era verdad, les daría una prueba de grabación y si la prueba salía bien, un contrato.

 Era exactamente el tipo de oportunidad que no se repite dos veces,  que no avisa cuando llega y no da explicaciones cuando se va. Y Fernando no podía tenerse en pie. Lo sentaron en una silla junto a la barra. Cisneros, el encargado del salón, un hombre bajito que usaba  lentes con cinta adhesiva y se movía siempre entre los muebles como si calculara el espacio.

 Trajo un vaso de agua que Fernando sostuvo con las dos manos sin beber. Tenía el color de alguien a quien el cuerpo le está cobrando algo. Intentó levantarse dos veces. Las dos veces Beto lo detuvo con una mano en el hombro sin decir nada porque no había nada que decir. Don Aurelio llegaría en menos de una hora. Cisneros miró a Rosario con esa expresión  de los hombres que ya vieron demasiadas noches arruinadas.

Pues sin guitarrista no hay show, mi hija. Y sin show, ya saben,  el contrato del salón estipulaba que el trío tocaría 2 horas. Si no podían cumplir, no cobraban.  Y don Aurelio no vendría a escuchar dos voces y un bajo. Rosario fue la que tomó la decisión. salió al salón que para ese momento ya  tenía unas 20 personas sentadas, hombres solos en su mayoría, algunos con cerveza, algunos solo con el vaso de agua que pedían para no pagar más.

  Se paró en el borde del escenario y habló sin micrófono, con esa voz de quien no tiene nada que perder porque ya lo perdió.  Buenas noches a todos. Somos los norteños del alba y esta noche nuestro guitarrista se enfermó y no puede tocar. El local quedó quieto. Algunos levantaron la cara.  Si hay alguien aquí que sepa tocar guitarra y quisiera ayudarnos, le pedimos ese favor con todo respeto.

 No prometemos nada, solo una noche de música honesta. El silencio que siguió duró lo suficiente para que Fernando desde su silla junto a la barra cerrara los ojos. Nadie iba a levantarse. Era martes por la noche en Monterrey, en un salón de cuarta categoría, y los hombres que estaban ahí habían venido a estar solos o a no pensar, no a subirle el ánimo a unos desconocidos. Beto miraba el suelo.

Rosario miraba el salón con esa expresión que tiene la gente cuando espera un milagro y sabe que los milagros no funcionan así. Fue entonces cuando la silla chirrió. Era una mesa del fondo, la más alejada del escenario, la más cercana a la puerta, un hombre que había estado sentado solo con una cerveza que casi no había tocado.

Llevaba ropa sencilla, pantalón oscuro y camisa de trabajo abierta en el cuello, sin sombrero, con el cabello peinado hacia atrás, de esa forma que tienen los hombres cuando salen sin arreglarse demasiado porque no tienen intención de que nadie los mire. Tenía cerca de 35 años, quizá más.

 Con una complexión fuerte y esa manera de moverse que tienen ciertos hombres, sin prisa, sin demostración, como quien ya no necesita probar nada. se levantó despacio, caminó entre las mesas sin mirar a los lados, llegó hasta el borde del escenario y miró a Rosario directamente. “Sé tocar”, dijo simplemente.  “Si le sirve, aquí estoy.

” Rosario no supo qué decir durante un segundo. Beto dio un paso adelante y le tendió la mano. El hombre la estrechó con firmeza. Fernando abrió los ojos desde la silla y lo miró con la evaluación lenta de quien está agotado, pero todavía es músico. Había algo en la forma en que ese hombre miraba el escenario pequeño, no con la curiosidad de la amater ni con la indiferencia del profesional aburrido, sino con algo intermedio.

 Atención, el tipo de atención que solo tienen quienes conocen muy bien lo que están mirando. La guitarra de Fernando estaba apoyada contra el amplificador.  El hombre la tomó, la sostuvo un momento calibrando el peso, afinó las seis cuerdas de oído con una velocidad que hizo que Fernando frunciera el ceño sin darse cuenta.

 No fue la velocidad lo que llamó la atención, fue la precisión. Sin dudar, sin corregir, sin volver atrás. Seis cuerdas, seis ajustes.  Terminado. Rosario lo miró. Nos llaman los norteños del alba. ¿Conoce algo de corrido norteño? El hombre esbozó algo que podría haber sido una sonrisa, pero que se quedó a mitad del camino.

 “Algo conozco”, dijo. Beto le pasó el cuaderno de Fernando abierto en la primera canción. El hombre lo leyó con calma. Repasó los acordes dos veces en silencio, los dedos moviéndose sobre las cuerdas sin producir sonido, memorizando. Luego asintió. Cuando quieran. La primera canción fue una prueba.

 Nadie lo dijo, pero todos lo entendieron. Rosario entró con la voz con esa cautela de quien sabe que el suelo puede ceder. El hombre la siguió desde el primer compás con una limpieza que no era lo que nadie esperaba. No era que tocara bien, era que tocaba exactamente  bien, con la medida justa, sin adornos innecesarios, sin esa urgencia de los guitarristas inseguros  que llenan cada hueco con notas de más porque temen que el silencio los delate. Dejaba respirar la melodía.

Escuchaba la voz de Rosario y  la sostenía desde abajo como se sostiene algo que puede romperse con cuidado pero sin miedo. Y entonces ocurrió algo que Rosario no esperaba. Su voz encontró una capa que no siempre encontraba. No fue una decisión, fue una respuesta. El hombre detrás de ella tocaba con tanta atención, con tanta presencia, que Rosario sintió por primera vez en mucho tiempo que no estaba sola en el escenario, que alguien la escuchaba de verdad y respondía a cada matiz.

 A cada pequeño giro que ella metía sin pensar,  su voz se abrió, no mucho, no de golpe, pero lo suficiente para que Beto levantara la cara del bajo y la mirara con una expresión que no le había visto antes. Cuando terminó la primera canción, Fernando, desde su silla junto a la barra tenía los ojos abiertos.

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