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Pedro Infante silenció a un americano presumido esa noche

 En las noches había música. Durante el día era solo un salón fresco donde la gente descansaba del sol implacable del mediodía yucateco. Pero esa tarde no era un día ordinario en el show dorado. Desde las 2 de la tarde había una presencia diferente en el lugar, una docena de hombres con equipos que Pedro no había visto juntos fuera de los estudios de la Ciudad de México.

trípodes, reflectores portátiles, cables enroscados en el suelo, una cámara de cine sobre ruedas que un asistente empujaba con cuidado obsesivo.  Y en el centro de todo eso, dando órdenes en un español masticado y defectuoso, Harold Foster, Pedro lo había observado durante 40 minutos sin que Foster lo notara.

 Foster era un hombre de 50 y tantos años, ancho de hombros y estrecho de paciencia, con una cadena de oro gruesa que asomaba por el cuello de su camisa de lino y unos lentes de montura metálica que se ajustaba constantemente como si el mundo no terminara de enfocar bien. Era productor de Hollywood, según le había contado doña Esperanza, la dueña del lugar, mientras le servía la horchata.

 Venía con dinero y con la idea de hacer una película sobre México. No una película mexicana, sino una película americana sobre México, que era una diferencia que Foster no entendía, pero que para él no existía.  Llevaba semanas viajando por el país con su intérprete, un joven delgado  de apellido Vargas, que traducía con la velocidad de quien ya está acostumbrado a pedir disculpas en nombre de otro.

Foster había filmado mercados, pirámides, pescadores. Ahora quería una escena de cantina, quería el alma verdadera de México, quería autenticidad. El problema era que el actor que había traído desde la Ciudad de México no tenía ninguna. Se llamaba Aurelio Montes, 40 años, dos décadas de teatro en la capital.

 Convencido de que Mérida sería  su gran oportunidad. Pero la escena que Foster le pedía, un hombre solo en una cantina cantando desde el desamor, era de esas que no se aprenden en ninguna escuela,  se aprenden en la vida. Y Aurelio Montes había tenido una vida muy cómoda. La cuarta vez que Aurelio intentó la  escena, Pedro contó los segundos de silencio que siguieron.

Fueron nueve. Foster se quitó los lentes, los limpió con la orilla de la camisa y dijo algo en inglés que Vargas tradujo como que el señor Foster considera que falta profundidad emocional. Aurelio Montes asintió con la dignidad lastimada de quien sabe que tiene razón, pero no puede probarlo. Intentó explicar algo sobre la motivación del personaje.

 Foster no esperó a que Vargas terminara de traducir, se dio vuelta y miró el salón. Pedro bajó la vista hacia su horchata exactamente medio segundo tarde. Los ojos de Foster lo encontraron con la precisión accidental de quien busca cualquier cosa y encuentra algo que no buscaba. Vio a un hombre de unos 35 años, complexión fuerte, cara tranquila, sentado solo en el rincón.

 Foster no vio a Pedro Infante, vio a un mexicano en una cantina. Vio  exactamente lo que estaba buscando. Vargas, dijo en voz alta. El intérprete se acercó. Foster señaló hacia el rincón con un gesto breve, como quien señala un objeto en una tienda. Pregúntale a ese hombre si quiere ganar 50 pesos. Vargas caminó hacia la mesa de Pedro con una expresión entre la disculpa y la resignación.

 le explicó en voz baja que el señor productor americano necesitaba a alguien para una escena sencilla, que no había que saber actuar,  que solo era sentarse en una silla y decir unas palabras que pagaba bien. Pedro escuchó todo sin interrumpir, luego miró hacia Foster, que lo observaba desde el otro extremo del salón con la impaciencia de quien espera que un animal de carga decida si coopera.

 Pedro tomó un sorbo de horchata. Dígale que se lo agradezco”, respondió con calma, “pero que vine a descansar.” Vargas regresó con el mensaje. Foster frunció el ceño. Dijo algo. Vargas regresó. El señor Foster dice que son 100 pes y que no toma más de 10 minutos. Pedro negó con la cabeza sin levantar la voz. El señor Foster puede encontrar a alguien más.

 Hay mucha gente en Mérida. Vargas regresó. Foster dijo algo más largo esta vez. Vargas tardó un momento antes de traducir, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado. Dijo que el sñr Foster comprende que quizás el señor no está acostumbrado a este tipo de trabajo, que no es difícil, que básicamente  lo único que tiene que hacer es existir frente a una cámara y que si no entiende las instrucciones, habrá alguien que lo ayude paso por paso.

 El salón  estaba en silencio. Doña Esperanza detrás de la barra dejó de secar el vaso que tenía en las manos.  El asistente de cámara dejó de empujar el trípode. Aurelio Montes, sentado en una silla lateral, miró al suelo. Dos hombres en una mesa cercana intercambiaron una mirada breve. Pedro no cambió de expresión.

 miró a Vargas con una tranquilidad que era más desconcertante que cualquier enojo. Estuvo un momento en silencio, como considerando algo. Luego se levantó despacio, dejó la horchata sobre la mesa y caminó hacia el centro del salón con esa manera de moverse que tenía, sin apuro, sin agresión, como alguien que lleva el peso de su propio cuerpo con una comodidad que muy pocos hombres alcanzan. Se detuvo frente a Foster.

 Los dos hombres se miraron. Foster era más alto por unos centímetros, pero Pedro tenía algo en la postura que hacía que esa  diferencia no se registrara. Dígale, le dijo Pedro a Vargas sin apartar los ojos de Foster, que voy a hacer la escena. No por los 100 pesos, sino porque me parece que lleva mucho tiempo buscando algo que no sabe cómo encontrar. Vargas tradujo.

Foster parpadeó. Luego sonrió con la condescendencia de quien cree haber ganado una negociación menor y señaló  la silla en el centro del encuadre. La escena era simple en su descripción y brutal en su exigencia. Un hombre solo en una cantina acaba de perder a la mujer que amaba. No por muerte, sino por elección de ella. Él lo sabe y no puede hacer nada.

No hay villano, no hay injusticia que reclamar. Solo el peso absoluto de que alguien que uno ama ha decidido que uno no es suficiente. Ese hombre toma un vaso, lo mira y canta.  Una estrofa, solo una. Foster explicó todo esto a través de Vargas, con la eficiencia de quien ha repetido las mismas instrucciones  demasiadas veces.

 Le dijo a Pedro que no tenía que actuar, que solo tenía que pensar en algo triste. Le dijo que la cámara captaría el resto, le dijo que si necesitaba orientación él mismo se la daría. Pedro escuchó todo, asintió una sola  vez, se sentó en la silla, pidió que apagaran dos de los cuatro reflectores. Vargas tradujo la petición con una expresión de incertidumbre.

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