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Pedro Infante Fue Llamado ‘Payaso’ por Carlos Arruza — Le Dio la Mano — Y Se Fue Sin Decir Nada

¿Sabes quién soy yo? Se golpea el pecho. Yo arriesgo mi vida cada tarde. Yo miro a la muerte a los ojos. Yo siento los cuernos rozar mi pecho. He sangrado de verdad en esa arena. Tú qué haces, tú actúas, finges, lloras lágrimas falsas para cámaras, besas mujeres que no amas, mueres muertes que no son reales. Yo sangro de verdad, yo vivo de verdad.

Pedro no dice nada. Sus manos descansan tranquilas en sus rodillas. Su rostro permanece sereno. Solo una tristeza profunda en sus ojos. La tristeza de ver a un hombre destruirse en público. Carlos se acerca más. Su aliento apesta alcohol. ¿Sabes cuántos toreros han muerto en la arena? Decenas.

 Joselito, Manolete, Granero, muchachos de 20 años muertos. Porque esto que hago no es actuación, es vida o muerte cada vez. Y tú, tú cantas canciones bonitas para gente que nunca podrá apagar mis corridas. Ellos te aman porque eres como ellos. Pobre, común, ordinario, yo soy lo que ellos nunca serán. Valiente, excepcional, único. Eres un payaso Pedro, un payaso barato que hace reír a los pobres mientras yo hago historia. Pero un payaso al fin.

 El silencio que sigue es absoluto. Nadie respira. El insulto flota en el aire como humo tóxico. Todos esperan. Esperan que Pedro responda, que grite, que devuelva el golpe. Pedro se levanta despacio, muy despacio, como si no quisiera asustar a un animal herido. Se para frente a Carlos. Los dos hombres se miran.

 Carlos es más alto, más corpulento. Pero en este momento Pedro parece más grande. Pedro extiende su mano lentamente con dignidad. Fue un honor conocerte, Carlos. De verdad, lo que hiciste hoy fue histórico, algo que quedará en la memoria de México para siempre. Carlos, mira la mano, no la toma. Eso es todo. No vas a defenderte. ¿Defenderme de qué? La voz de Pedro es suave, casi un susurro.

 De lo que te dije. Te llamé payaso. Te insulté frente a todos. Pedro sonríe. Una sonrisa tranquila, triste, sabia. Carlos, no voy a pelear contigo no porque tenga miedo, sino porque no hay pelea. Tú tienes tu verdad, yo tengo la mía. Tú vienes de un mundo, yo vengo de otro. Ninguno es mejor, solo diferentes.

 Y si mi trabajo es solo para pobres, está bien. Es tu opinión, la respeto. Pero te voy a decir algo. Pedro se acerca. Su voz ahora más firme, no agresiva, solo firme. Mi madre lavaba ropa ajena en Mazatlán. Se levantaba a las 4 de la mañana, lavaba hasta que las manos le sangraban. Mi padre tocaba el contrabajo en bandas de pueblo, cobraba centavos.

 Yo no nací rico, Carlos. Nací en una casa humilde. Aprendí carpintería porque necesitaba comer. Me hice conocido cantando en radios pequeñas, en carpas. Como tú te hiciste famoso toreando, empezaste abajo igual que yo. Te rompiste huesos, te ganaste cada aplauso con sangre. La diferencia es que yo no insulto a la gente en fiestas, no destruyo a otros para sentirme grande, pero no te guardo rencor.

 Estás borracho, estás emocionado, acabas de dar la corrida de tu vida. 50,000 personas gritaron tu nombre hoy. Así que voy a olvidar lo que dijiste y espero que mañana cuando estés sobrio, tú también lo olvides. Porque esto no es quién eres, es el alcohol hablando. El verdadero Carlos Arrusa es mejor que esto.

 Pedro le da una palmada en el hombro. Felicidades de nuevo, Carlos. México está orgulloso de ti. Yo estoy orgulloso de ti. Que disfrutes tu triunfo. Y Pedro se va, sale del salón. sin mirar atrás, con la cabeza en alto, con dignidad intacta, las personas se apartan, sale de la fiesta, baja las escaleras de mármol y se va. Carlos se queda parado solo con la mano que nunca estrechó, con las palabras que escupió flotando como acusaciones.

 La gente no sabe qué hacer. El héroe del día se convirtió en el villano de la noche. Alguien le ofrece otra copa. Carlos la toma, la vacía de un trago. Pero el tequil ahora sabe amargo, sabe avergüenza. Algo ha cambiado en sus ojos, en su pecho. La fiesta continúa, pero Carlos ya no es el mismo. La euforia se ha ido.

 El triunfo se siente vacío. Se sienta en un rincón solo, mirando la puerta por donde Pedro salió, pensando en la mano que no estrechó, en la cara que no se alteró, en la dignidad que no se rompió, pensando en quién es el verdadero hombre entre los dos. 8 años pasan. 1956. Y lo que nadie sabía es que aquella noche había plantado una semilla que tardaría 8 años en brotar, una semilla de vergüenza que crecería lentamente hasta convertirse en un árbol tan grande que Carlos ya no podría vivir bajo su sombra. Pedro Infante sigue siendo el

ídolo más grande que nunca. Nosotros los pobres. Pepe el Toro, el nombre que hace llorar a Medio México. Es piloto ahora. Vuela su propio avión. Sigue siendo el mismo hombre humilde. Pero Carlos Arrusa es otra historia, una historia que México prefiere no contar. El 49, una cornada grave, casi muere.

 El 51, potro herida, pulmón perforado. El 52, los reflejos ya no son los mismos. El miedo hace su entrada, algo que nunca había conocido. Y después el descenso, el alcohol se convierte en necesidad. Tequila para dormir, tequila para despertar. tequila para tener valor. Las corridas se cancelan, los empresarios dejan de llamar, las deudas se acumulan, los amigos desaparecen.

 El dios se convirtió en un hombre roto y el mundo que lo adoraba empezó a olvidarlo, o este peor, a compadecerlo. Una noche de marzo de 1956, Ciudad de México. Estudios Churubusco. Pedro está filmando Pepe el Toro. La filmación termina cerca de las 9. Pedro va a su camerino, se sienta exhausto pero feliz.

 Y entonces alguien toca la puerta. Toc, toc toc. Tres golpes suaves. Adelante. La puerta se abre despacio y Pedro no puede creer lo que ve. Carlos arrusa, pero no el arusa del 48. Este hombre es un fantasma. Está gordo. La gordura del alcohol, del hígado muriendo. Su cara hinchada, gris, amarillenta, ictericia. Los ojos hundidos, las manos tiemblan. mucho.

 El temblor del alcohólico. Carlos parece 20 años mayor. Tiene 38 años igual que Pedro, pero parece de 60. ¿Puedo pasar? La voz sale quebrada. Pedro se levanta. Carlos, claro, pasa. Carlos entra. Se queda parado sin saber qué hacer con las manos. Tiemblan tanto que no puede meterlas en los bolsillos. Las deja colgando como un niño castigado.

 No sé si te acuerdas de mí, Carlos. Todo el mundo te conoce. No me refiero a eso, me refiero a aquella noche, la fiesta del 48, me acuerdo. Y entonces sucede algo que Pedro nunca esperó. Carlos se derrumba. No físicamente, emocionalmente. Las palabras salen entre soyosos, entre temblores, entre 8 años de vergüenza acumulada.

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