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La Cita A Ciegas Quedó Vacía Hasta Que Unas Gemelas Entraron Y Dijeron “Papá Pide Perdón”

Afuera llovía como si el cielo también estuviera furioso.

El restaurante se llamaba The Lantern, un lugar pequeño cerca del río, con ventanas altas, luces cálidas y parejas que hablaban bajito mientras cortaban filetes demasiado caros. Yo estaba en la mesa diecisiete, la del rincón, mirando mi copa de agua como si dentro pudiera aparecer una explicación.

Mi cita a ciegas se llamaba Caleb.

O al menos eso decía el perfil.

No había foto completa. Solo una imagen de un hombre de espaldas, cargando a dos niñas en la playa. Mi amiga Mónica insistió en que eso era “misterioso y tierno”. Yo le dije que podía ser “misterioso y casado”. Ella se rió, me quitó el teléfono de la mano y aceptó la cita por mí.

—Necesitas volver a vivir, Elena —me dijo.

Volver a vivir.

La gente dice eso como si una pudiera levantarse un martes, ponerse rímel, reservar mesa y dejar atrás siete años de dolor.

Yo estaba a punto de pedir la cuenta cuando la puerta del restaurante se abrió con un golpe seco.

Todos voltearon.

Dos niñas entraron empapadas.

Gemelas.

Tendrían unos siete u ocho años. Llevaban impermeables amarillos, botas rojas y el cabello oscuro pegado a las mejillas por la lluvia. Una sostenía un sobre arrugado contra el pecho. La otra miraba alrededor con una seriedad demasiado grande para su carita.

El hostess intentó detenerlas.

—Niñas, no pueden entrar así. ¿Dónde están sus padres?

La más valiente alzó la barbilla.

—Buscamos a Elena Reyes.

Sentí que el aire se me atoraba.

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