En el marco de las actividades pastorales de la temporada, la ponencia titulada como un llamado al despertar de los laicos marcó un hito significativo en la reflexión eclesial contemporánea. El Padre Byron, reconocido por su dinamismo y cercanía con las nuevas generaciones de creyentes, ofreció una disertación estructurada con el propósito de sacudir la apatía y el conformismo que con frecuencia se instalan en las comunidades parroquiales. Durante su intervención, el presbítero enfatizó que el verdadero proceso de renovación de la institución eclesiástica y del entorno social no depende de la reestructuración de organigramas, la modificación de discursos metodológicos o la realización de asambleas burocráticas, sino de la transformación interior y la búsqueda de la perfección evangélica por parte de cada uno de los bautizados en sus realidades diarias.
La alocución comenzó situando a la audiencia en el contexto litúrgico actual, apelando a la memoria teológica de la resurrección como un mandato explícito para abandonar el letargo espiritual. El orador argumentó que la santidad no constituye un id
eal exclusivo para los miembros del orden sagrado, las almas contemplativas en los monasterios o las figuras místicas cuyas vidas transcurren apartadas de las dinámicas de la cotidianidad. Al contrario, sustentado en las directrices del magisterio del Concilio Vaticano Segundo y en las recientes declaraciones del Papa León, recordó que la vocación universal a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad es un derecho y un deber inherente a todo individuo que haya recibido el sacramento del bautismo, convirtiéndose en el testimonio reformador más genuino con el que cuenta la Iglesia de cara al panorama global.
El núcleo del discurso se centró en la identidad y la misión específica del laicado dentro del engranaje social. El sacerdote millennial puntualizó que los fieles laicos no son agentes de segunda categoría dentro de la estructura eclesiástica, ni su labor debe quedar confinada a los servicios logísticos dentro de los muros de los templos, basílicas o catedrales. La misión fundamental del laico radica en imbuir el espíritu del Evangelio en las realidades temporales, ordenándolas conforme a los criterios de la justicia y la solidaridad. Ámbitos tan diversos como la administración pública, la actividad económica, los procesos educativos, el desarrollo de la cultura, las relaciones laborales e incluso las actividades recreativas constituyen el escenario natural donde el cristiano debe ejercer su ciudadanía de fe, transformando las costumbres y las estructuras desde adentro a través de una conducta ejemplar.

Uno de los momentos de mayor impacto emocional y persuasivo de la jornada aconteció cuando el expositor abordó la problemática de la inconsistencia conductual o la denominada doble vida en los ambientes cotidianos. Con palabras firmes y directas, el conferencista expuso el daño que causa a la credibilidad de la Iglesia el comportamiento de aquellos que adoptan posturas de profunda piedad en las celebraciones litúrgicas, pero actúan con soberbia, maltrato familiar o complicidad ante actos de corrupción en sus centros de trabajo u oficinas. Esta disociación entre la fe profesada y las obras ejecutadas fue calificada como una claudicación ante las lógicas del egoísmo contemporáneo, una actitud que desfigura el rostro comunitario de la fe y neutraliza la potencia del mensaje misionero frente a una sociedad civil que observa con escepticismo el testimonio de los creyentes.
Frente a este diagnóstico, el Padre Byron propuso la alternativa de la transparencia y la sanidad de conciencia como fuentes de paz interior y de auténtica elocuencia evangélica. Cuando un laico se conduce con honradez, castidad, veracidad, espíritu de servicio y valentía ante las injusticias del entorno, la comunidad eclesial se torna luminosa a través de su persona. El testimonio de la rectitud en los negocios, la fidelidad en los vínculos familiares, la solidaridad efectiva con los sectores desfavorecidos y el discernimiento crítico ante las corrientes ideológicas del tiempo presente constituyen las herramientas con las cuales se edifica el reino de Dios en la historia real, sin necesidad de grandes reflectores mediáticos o reconocimientos públicos superficiales.
Para ilustrar la viabilidad de este camino en la era contemporánea, la disertación invocó las figuras de diversos referentes de la espiritualidad que supieron encarnar el Evangelio en circunstancias históricas complejas. Nombres como el de Mariana de Jesús, Narcisa de Jesús, el joven Pier Giorgio Frassati, el adolescente Carlo Acutis y el estadista Tomás Moro fueron propuestos como modelos de coherencia laical. Se destacó que estos personajes no solucionaron la totalidad de los conflictos estructurales de sus respectivas épocas, pero aportaron la respuesta normal y valiente de vivir su tiempo presente desde la fidelidad a Jesucristo, demostrando que la fe no es un accesorio ornamental del alma, sino una categoría integral para interpretar, sufrir, trabajar, decidir y amar en medio de la sociedad civil.
La exhortación final resonó como un Clamor urgente a la responsabilidad colectiva ante la crisis de valores que experimentan las naciones, haciendo especial hincapié en las necesidades de la sociedad de Ecuador en la actualidad. Las familias, las instituciones políticas y los sistemas económicos no revertirán sus dinámicas de deterioro mediante la simple aplicación de diagnósticos técnicos o novedades pedagógicas superficiales, sino a través del surgimiento de una generación de santos cotidianos que actúen como sal y luz. El Padre Byron concluyó invitando a los presentes a renovar las promesas de su consagración bautismal mediante la práctica asidua de los sacramentos, la oración del santo rosario y el compromiso inquebrantable con las obras de misericordia, asegurando que el proceso de reforma de la Iglesia ya ha comenzado a germinar en la medida en que cada laico decida despertar y asumir el protagonismo espiritual que le corresponde en la historia contemporánea.