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Romy Schneider: perdió a su hijo… y nunca volvió a ser la misma

No era solo la belleza, aunque esa belleza era de las que detienen el tiempo. era algo más difícil de nombrar, una transparencia, una vulnerabilidad real que ningún director de casting podría haber fabricado porque venía de adentro de esa niña que había crecido buscando ser vista sin jamás terminar de sentirse encontrada.

Las primeras películas fueron proyectos menores rodados en Alemania y Austria con presupuestos modestos y guiones convencionales, pero bastó con que Romy apareciera en pantalla para que los productores entendieran que tenían entre manos algo extraordinario. A los 16 años ya era reconocida en los países de habla alemana.

A los 17 su nombre comenzaba a circular entre los grandes estudios y a los 17 años y un día su vida cambió para siempre con una sola palabra: Sisi. La trilogía de Sisí, rodada entre 1955 y 1957, convirtió a Romy Schneider en un fenómeno cultural sin precedentes en la Europa de Pderra. interpretando a la emperatriz Isabel de Austria, joven, radiante y llena de vida, Romy ofreció a millones de espectadores agotados por la guerra y la reconstrucción algo que necesitaban con urgencia.

Un sueño, una imagen de belleza inocente, de amor romántico y de triunfo sin sombras. El público la adoró con una intensidad que rozaba el fanatismo. Mientras el público la veía como una princesa perfecta, Romy comenzaba a sentirse atrapada dentro de una imagen que no reconocía como suya. Sentía que ese personaje era una jaula dorada, una versión de sí misma, tan alejada de su realidad interior, que interpretarla se había convertido en una forma de mentir delante de millones de personas. Quería actuar de verdad,

explorar personajes complejos, demostrar que era un artista y no una muñeca. Pero el mundo por el momento solo quería verla como la pequeña emperatriz sonriente. Y Romy, atrapada una vez más entre lo que los demás necesitaban de ella y lo que ella necesitaba para sí misma, sonreía para la cámara y guardaba el resto muy adentro.

La liberación llegó con el nombre de Alen de Lon. Era 1958 y ambos coincidieron en el set de la película Christine, filmada en Francia. Él tenía 22 años, ella 19. Él era guapo con esa clase de perfección que intimida, con los ojos claros y esa sonrisa que parecía calculada para destruir voluntades. Ella era la princesa de Europa, la niña de Sisí, la actriz más querida del mundo de habla alemana.

Y entre los dos, desde el primer día, saltaron chispas que ningún guion había escrito. Su relación fue uno de los romances más fotografiados y comentados de la época. París Mach los perseguía, los paparazzi los cercaban, el mundo entero tenía opinión sobre ellos. Y en medio de toda esa atención, Romy encontró algo que llevaba buscando desde niña.

No era solo el amor, aunque el amor también estaba. Era el permiso para ser diferente, para crecer, para abandonar a Sisí y convertirse en otra mujer. Alendelon era Francia, era libertad, era el mundo sofisticado y sin ataduras que ella llevaba años mirando desde lejos. Se comprometieron en 1959. Romy se mudó a París.

Aprendió francés con esa determinación que ponía en todo lo que decidía hacer. Comenzó a trabajar con directores distintos, en proyectos más ambiciosos. Se cortó el pelo, cambió de estilo, fue a ver a Coco Chanel, que la recibió con ese desparpajo brutal que tenía la diseñadora, y que le dijo, con la crueldad de quien no necesita quedar bien con nadie, que aprendiera a ser una mujer antes de pretender una actriz.

Romy no se ofendió, lo tomó como una lección. Así era. Ella transformaba el dolor en aprendizaje al menos durante un tiempo. Pero Alan Delón tenía un lado que las revistas no mostraban. Era encantador y era frío. Era apasionado y era calculador. Amaba a Romy y al mismo tiempo amaba su propia libertad más de lo que podía amar a cualquier otra persona.

La relación duró 5 años. cinco años de viajes y rodajes y cenas con la élite cultural de Europa. 5 años en los que Romy se fue entregando con esa intensidad que era su forma natural de estar en el mundo. Y entonces, en 1963 llegó la carta. No fue una conversación, no fue una mirada final cargada de significado, no fue siquiera una llamada telefónica.

Según diversas biografías y testimonios cercanos, Alen Delon puso fin a la relación con una carta y 50 rosas rojas entregadas mientras Romy estaba en México. Alen Delon le comunicaba por escrito que su relación había terminado, que se había enamorado de otra mujer, que lo sentía. 50 rosas rojas y unas líneas que deshacían 5 años de vida compartida con la misma frialdad con que se cancela un contrato.

Romy Schneider quedó emocionalmente devastada. Los días que siguieron a esa carta fueron oscuros de una manera que quienes estuvieron cerca de ella en aquel momento jamás olvidaron. buscó borrar el dolor con la velocidad y la imprudencia de quien no tiene red de seguridad. Hubo una fuerte crisis emocional de la que quienes estuvieron cerca de ella hablarían durante años.

Nadie habló demasiado de ello en aquella época porque la maquinaria del espectáculo tiene sus propias formas de enterrar las incomodidades, pero ocurrió y dejó una marca. Lo que sorprendió al mundo fue lo que vino después. En lugar de retirarse, en lugar de esconderse, Romy Schneider hizo lo contrario.

Se quedó en París, siguió trabajando y 10 años más tarde aceptó protagonizar la piscina junto a Alen Delon en San Tropé, como si el tiempo fuera capaz de volver transparente cualquier herida. La película fue un éxito enorme. Ellos dos, juntos en pantalla, generaban una electricidad que el público sentía incluso a través de la pantalla.

Pero entre bastidores, en los silencios entre toma y toma, nadie sabía exactamente qué miraban cuando se miraban. Lo que quedó claro es que Romy Schneider nunca dejó de amar a Alen Delon del todo y que él tampoco fue completamente indiferente a ella. Pero el amor cuando no viene acompañado del compromiso, es simplemente un fuego que quema y no calienta.

Y Romy ya sabía eso. Lo sabía desde aquella carta con las 50 rosas. Lo guardó adentro como guardaba todo, y siguió adelante, porque seguir adelante era lo único que sabía hacer con el dolor. Después del golpe de Delón, Romy Schneider encontró en el trabajo la tabla a la que aferrarse. se lanzó a una segunda etapa de su carrera con una energía que tenía algo de desesperada, como si cada nuevo papel fuera la posibilidad de demostrar que ella era más que el abandono, que era más que las 50 rosas, que era más que cualquier cosa que le hubieran hecho.

Trabajó con Lucino Visconti en Bocacho 70. trabajó con Orson Wells. Se movió entre el cine de autor europeo con una soltura que dejó a muchos críticos sin palabras. Fue en ese periodo cuando comenzó a forjarse su verdadera leyenda artística. Ya no era la sisi inocente de los años 50 ni la novia de Del Long, que el corazón de Europa seguía de cerca.

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