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AVA GARDNER: Le Abortó Dos Hijos a Frank Sinatra y Murió Sola Escuchándolo 

AVA GARDNER: Le Abortó Dos Hijos a Frank Sinatra y Murió Sola Escuchándolo 

Se arrancó el útero porque su madre murió de cáncer. Abortó dos veces a los hijos de Frank Sinatra. Intentó adoptar un bebé español. Las monjas le dijeron que no y murió a los 67 años, completamente sola, en un apartamento de Londres. Su última frase fue, “Estoy muy cansada.” Su nombre era Aba Gardner y lo que Hollywood le hizo no tiene perdón.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre ella. Primero, sus propias memorias donde cuenta por qué abortó dos veces, incluyendo el momento exacto en que Sinatra la encontró llorando después de la operación. Segundo, el documento que prueba que intentó adoptar un niño en España y la razón exacta por la que las monjas se lo negaron.

Tercero, la conexión secreta que mantuvo con Frank Sinatra durante 30 años después del divorcio, mientras él pagaba todas sus facturas médicas desde el otro lado del mundo. Y cuarto, las últimas palabras que pronunció antes de morir, dichas a la única persona que estaba con ella esa noche. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes del final, te pierdes lo que más han intentado borrar de la historia del cine. Guarda esta frase, el show debe continuar. La vas a escuchar varias veces y cuando llegue el final vas a entender por qué resume toda la tragedia de Aba Garner. Empecemos. Nochebuena de 1922. En una casucha de Grabtown, Carolina del Norte, nace una niña.

 Sus padres la llaman Aba Labinia Gardner. Es el séptimo hijo, la sexta boca que alimentar en una familia que no puede alimentar las que ya tiene. El nombre del pueblo lo dice todo. Grabtown. En inglés significa pueblo de la miseria. un caserío perdido en el sur profundo, donde la pobreza era la única herencia que los padres podían dejar a sus hijos.

En Estados Unidos había un término para familias como los Garner, white trash, basura blanca, gente tan pobre como los negros y casi tan despreciada. Gente que trabajaba de sol a sol en campos de algodón sin salir nunca de la miseria. Gente que nacía pobre, vivía pobre y moría pobre. Los Garner eran exactamente eso.

 Jonas Garner, el padre, tenía sangre mestiza de irlandés y piel roja. Era católico en tierra de protestantes. Eso lo convertía automáticamente en un paria, un don nadie, un marginado entre marginados. Su esposa Molly era una mujer dura, curtida por la pobreza, una mujer que nunca se quejaba, que nunca lloraba delante de nadie, que guardaba todo el dolor dentro hasta que el dolor la mató.

Yo les hacía tanta falta a mis padres como un tiro en la cabeza. Escribiría Aba décadas después en sus memorias. Menudo regalo de Navidad debí ser para ellos, que ya tenían cuatro hijas y dos hijos. Piensa en eso un momento. La mujer que Hollywood llamaría el animal más bello del mundo creció sintiéndose un estorbo, una carga, un error, una boca más que alimentar.

 Y ese sentimiento de no ser deseada la acompañaría hasta el último día de su vida, hasta la última noche en Londres. Aba aprendió a trabajar desde que pudo caminar. Ordeñaba vacas antes del amanecer. Recogía algodón bajo el sol abrasador hasta que las manos le sangraban. Ayudaba en todo como si fuera un niño más. No había tiempo para jugar, no había tiempo para muñecas, no había tiempo para ser niña.

A los 5 años ya había liado su primer cigarrillo con sus pequeñas manos. A los ocho fumaba regularmente. Fumaría durante los siguientes 60 años de su vida. Ese vicio que aprendió siendo una niña campesina terminaría matándola en un apartamento de Londres. Los pulmones que respiraron el polvo de los campos de algodón se destruirían por el humo de cigarrillos caros.

Pero antes de eso, la pobreza golpeó más fuerte. Perdieron la granja. No era su granja en realidad. Los Garner nunca tuvieron nada propio. Eran aparceros. Trabajaban tierras ajenas. Cuando el dueño decidió que ya no los necesitaba, tuvieron que marcharse sin nada. Jonas tuvo que emplearse en un aserradero.

 Dó al día, a veces menos. Molly se convirtió en sirvienta, en cocinera de casas ajenas. La familia se mudó una vez, dos veces, tres veces, cuatro. Siempre huyendo de la pobreza, siempre perseguidos por ella. Aba tenía 13 años cuando su padre murió de bronquitis. 13 años. Una niña que acababa de perder al único hombre que la protegía, al único que la hacía sentir segura, al único que la miraba con orgullo.

 Jonás murió tosiendo sangre, sin dinero para médicos, sin dinero para medicinas. Murió como había vivido, pobre, olvidado, derrotado. Y su madre estaba enferma. Cáncer de útero. Guarda este detalle, grábatelo en la memoria, porque este cáncer va a volver a aparecer en esta historia y cuando lo haga, vas a entender por qué Aba tomó la decisión más devastadora de su vida.

 El cáncer devoraba a Molly por dentro, pero ella seguía trabajando, seguía cocinando para familias ajenas, seguía limpiando casas de ricos. fingiendo que no pasaba nada, porque en el sur profundo las mujeres pobres no tenían derecho a estar enfermas. Aba veía a su madre consumirse día tras día.

 Veía el dolor que intentaba ocultar. Veía como la enfermedad le robaba las fuerzas y juraba que a ella no le pasaría lo mismo, que escaparía de ese destino, que no moriría como su madre. No sabía que ese juramento la perseguiría toda la vida. Molly agonizaba mientras su hija soñaba con escapar. El máximo horizonte para una chica como Aba era aprender a escribir a máquina, conseguir trabajo en una oficina, dejar atrás los campos de algodón. Eso era todo.

 Eso era el máximo sueño permitido para una chica pobre del sur. Pero el destino tenía otros planes. En 1940, Aba fue a Nueva York a visitar a su hermana Beatriz. Tenía 18 años recién cumplidos. Ojos verdes intensos que parecían cambiar de color. Pelo castaño brillante, una belleza salvaje que nadie en Graown había visto jamás. El marido de Beatriz era fotógrafo.

 Se llamaba Larry Tar. Tenía un pequeño estudio en la Quinta Avenida. Cuando vio a su cuñada, supo que estaba frente a algo especial. Le hizo unas fotos. Solo para practicar, le dijo. Solo por diversión. Aba se sentó frente a la cámara con la misma naturalidad con la que ordeñaba vacas, sin poses, sin artificios.

 Solo ella y esos ojos verdes que atravesaban el lente. Larry quedó tan impresionado que colgó una foto en su escaparate, una imagen en blanco y negro de una chica desconocida con mirada de pantera. Y ahí empezó todo. Un empleado de la metro Goldwin Mayer pasó por ahí, vio la foto. Las imágenes llegaron al escritorio de Luis B.

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