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“TE PAGARÉ POR CADA MES QUE FINJAS AMARME” DIJO ÉL.. ELLA DEJÓ DE FINGIR AL TERCER DÍA Y TODO CAMBIÓ

Te pagaré por cada mes que finjas amarme. Irene Valdivia lo miró. Luego miró el contrato sobre la mesa de vidrio. Luego lo miró a él otra vez. Perdón, 15,000 pesos mensuales. Esteban sifuentes no parpadeó. 6 meses. Eventos sociales, cenas de negocios. Actúas como mi pareja. Nada más, nada más, nada más. Irene se acomodó en el sillón.

El penthouse olía a colonia cara y a café recalentado. 30 pisos abajo, la Ciudad de México seguía su ritmo. Aquí arriba el silencio pesaba. ¿Y por qué yo? Me la recomendaron. Él se sirvió agua sin ofrecerle. Consuelo dijo que usted es discreta. Consuelo dice muchas cosas. ¿Acepta o no? Irene leyó el contrato.

Dos páginas, letra chica, cláusula de confidencialidad, penalización por incumplimiento. Parecía un contrato de renta. En cierto modo lo era. 29 años y un título en historia del arte que no pagaba la renta. 3 años trabajando en una galería por un sueldo que apenas alcanzaba para la luz. Su mamá llamando cada semana preguntando si necesitaba dinero y ella mintiendo que no. Firmo.

Esteban asintió como si hubiera cerrado un negocio de bienes raíces. Le extendió una pluma cara. Esa noche cena de negocios en un restaurante donde los cubiertos eran más que su renta mensual. Irene usó el tenedor equivocado para la ensalada. Nadie dijo nada, pero ella vio como Esteban apretaba la mandíbula. Sonrió para los socios, le tocó el brazo dos veces, dijo, “Mi querido Esteban, una vez y le salió como si estuviera leyendo un guion. En el carro de regreso llovía.

Las luces de Polanco se desdibujaban en el parabrisas. Fuiste terrible”, dijo él. “Lo sé.” Irene no lo miró. Pero tú fuiste peor. Silencio. ¿Por qué peor? Porque cuando Gutiérrez preguntó cuánto tiempo llevábamos juntos, te tardaste 6 segundos en contestar. Los conté. Él no respondió, pero las manos en el volante se aflojaron.

“Mañana hay una inauguración en una galería”, dijo. “¿A qué hora?” Siete. Voy a necesitar un vestido. Hay un presupuesto para eso. Está en la cláusula cuatro. Irene abrió la puerta del carro. La lluvia le mojó los zapatos. Buenas noches, señor sifuentes. Esteban. Buenas noches, Esteban. La puerta se cerró.

El carro no se movió hasta que ella entró al edificio. No entres a mi recámara. No toques las cosas de Marta. No hagas preguntas personales. Irene dejó su bolsa en la entrada del penhouse. Segundo día, la luz de la mañana entraba por los ventanales y todo parecía menos intimidante que de noche. Casi. Tres reglas. Tres reglas. Bien. Irene se quitó los zapatos.

Yo tengo las mías. Tus reglas. No me trates como empleada cuando estemos solos. No me corrijas en público y yo mantengo mi departamento. Esteban la miró como si nadie le hubiera puesto condiciones en años. Probablemente nadie lo había hecho. Aceptable, dijo. No te estaba pidiendo permiso. La galería era en la Roma Norte, arte contemporáneo.

Paredes blancas, vino tinto en copas demasiado grandes, gente que hablaba de la pieza como si fuera una cirugía. Esteban saludó a tres parejas. Irene sonrió. Le salió mejor que la noche anterior. Entonces se detuvo frente a un cuadro óleo sobre tela, paisaje abstracto con texturas que parecían tierra mojada. Es de Lisárraga, dijo ella.

Periodo intermedio, antes de que dejara el color. Esteban la miró. Estudié historia del arte, tr años trabajando en galerías. Irene se encogió de hombros. Algunas cosas se quedan. La esposa de un socio se acercó. Cabello rubio, collar de perlas, sonrisa calibrada. Esteban querido, ¿quién es esta encantadora mujer? Irene Valdivia.

¿Y dónde la encontraste? Pausa. Irene lo sintió buscar palabras, así que habló ella. En una librería de segunda mano, yo estaba comprando un Sabines y él estaba perdido buscando el estacionamiento. La mujer se rió. Esteban no dijo nada, pero algo cambió en su postura. Algo se soltó.

9 de la noche, de vuelta en el penthouse. Irene iba a despedirse, pero escuchó ruido en la cocina. Lo encontró frente a la estufa en pantuflas viejas revolviendo algo en una olla. “Cocinas a veces.” Irene se asomó. Caldo de pollo con fideos gruesos con limón cortado a un lado. Ese era un caldo para alguien que no puede dormir.

Para alguien que busca algo que le recuerde otra cocina, otras manos. No dijo nada. Se sentó en el banco de la barra. Él le sirvió un plato sin preguntar. Ella comió sin hablar. La lluvia pegaba contra los ventanales. 30 pisos de silencio, pero un silencio distinto, uno que no pesaba. Él no le pidió que se fuera. Ella no buscó la puerta.

Irene llegó a las 10 de la mañana. Tenían un branch inversionistas al mediodía. Tocó dos veces. Nadie abrió. usó la llave que él le había dejado el día anterior. Para emergencias, había dicho, como si una llave fuera un contrato más. El penhouse estaba en silencio. Cortinas cerradas, olor a café quemado. Lo encontró en la sala, en el piso, rodeado de papeles arrugados. No era el contrato.

Eran cartas escritas a mano con tinta azul en papel que alguna vez fue blanco. Cartas de Marta. Esteban levantó la cara. Tenía los ojos rojos. No de llorar hace un momento, de llorar toda la noche. Puedes irte. La voz le salió raspada. Te pago el día completo. Irene no se fue. Se sentó en el piso a un metro de él, sin tocarlo, sin acercarse a las cartas.

“Mi novio me dejó por una compañera de la oficina”, dijo, “Como quien dice la hora. Tres años juntos pasé 6 meses preguntándome qué tenía de malo, qué me faltaba, qué no hice. Esteban no respondió, pero dejó de mirar el piso. Un día dejé de preguntar. Irene se miró las manos. Ese fue el día que empecé a vivir otra vez. No es lo mismo. La voz de él rota.

A mí no me dejaron. A mí me la quitaron. No, no es lo mismo. Silencio. La ciudad zumbaba allá abajo, aquí arriba nada. Dos años cuidándola dijo él. Dos años viendo cómo se iba, pedazo a pedazo. Y yo ahí sin poder hacer nada. Ni todo el dinero no terminó. Lo sé. No, no lo sabes. Tienes razón. No lo sé. Él la miró.

Ella lo miró sin actuación, sin cláusulas, sin el papel que se suponía que debía interpretar. Irene no fingió que lo entendía, no fingió que tenía las palabras correctas, no fingió nada y eso fue lo que cambió. Dejó de fingir, no que lo amaba. Eso nunca estuvo en el guion. dejó de fingir que no le importaba, que esto era solo un trabajo, que el hombre sentado en el piso con cartas de su esposa muerta no le apretaba algo adentro, le importaba.

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