Hubo una época en la que bastaban los primeros golpes del merengue para que una pista de baile entera despertara. No importaba si era una fiesta familiar, una discoteca, una emisora de radio o una celebración de barrio: cuando sonaban Las Chicas del Can, el ambiente cambiaba. La alegría entraba sin pedir permiso. Las voces, los coros, el ritmo y aquella presencia femenina tan poderosa convirtieron a la agrupación en mucho más que una banda. Fueron un símbolo. Una revolución musical en un mundo donde las grandes orquestas tropicales estaban dominadas casi por completo por hombres.
Formadas en 1984, Las Chicas del Can no solo conquistaron escenarios; también rompieron prejuicios. En los años 80 y 90, el merengue vivía uno de sus momentos más fuertes, y en medio de esa explosión apareció una agrupación femenina con talento, energía y una imagen imposible de ignorar. No llegaron para ocupar un espacio pequeño. Llegaron para demostrar que las mujeres podían dirigir, cantar, tocar, bailar y dominar el escenario con la misma fuerza —o incluso más— que cualquier orquesta masculina de la época.
Su historia está llena de luces, pero también de sombras. Detrás de los aplausos, los vestidos brillantes, las coreografías y los éxitos que aún hoy despiertan nostalgia, también hubo despedidas dolorosas, carreras interrumpidas, vidas discretas y finales que conmovieron profundamente a los fanáticos. Por eso, recordar a Las Chicas del Can no es solo volver a escuchar canciones como “Juana la cubana”, “Te daría” o “La loba”. Es mirar de cerca a las mujeres que hicieron posible ese fenómeno y entender que cada una dejó una marca distinta en la música latina.
Una de las figuras más recordadas es Heidy Bello, una voz que supo ganarse el cariño del público con su carisma y su fuerza interpretativa. Aunque no fue una de las fundadoras, su llegada al grupo aportó frescura y energía en una etapa clave. Su voz encajaba perfectamente con el estilo vibrante de la agrupación. Tenía esa capacidad especial de transmitir emoción sin perder el ritmo, de cantar con alegría, pero también con intensidad. En el escenario, Heidy no pasaba desapercibida. Su presencia ayudó a fortalecer el sonido de la banda y a conectar con miles de seguidores que todavía la recuerdan con afecto.
Su fallecimiento en febrero de 2024, a los 52 años, dejó una tristeza profunda entre quienes la admiraban. La noticia golpeó especialmente a los fanáticos que crecieron escuchando su voz y que la asociaban con una época de música, baile y recuerdos inolvidables. Pero como ocurre con los artistas que dejan huella, su partida no apagó su legado. Al contrario, hizo que muchos volvieran a escuchar sus canciones con otros oídos, con esa mezcla de alegría y nostalgia que solo la música puede provocar.
Otra integrante fundamental fue Janny Viloria, bajista emblemática del grupo y una de las mujeres que ayudó a construir el sonido poderoso de Las Chicas del Can. En una orquesta, el bajo no siempre recibe el protagonismo más visible, pero es el corazón rítmico que sostiene todo. Janny entendía eso. Su manera de tocar aportó firmeza, sabor y personalidad a la agrupación. En una época donde pocas mujeres ocupaban posiciones instrumentales tan destacadas dentro del merengue, ella se convirtió en una referencia.
Janny no solo tocaba; representaba una idea poderosa: que una mujer podía estar en el centro musical de una orquesta tropical y hacerlo con autoridad. Su presencia rompía moldes. Su talento hablaba por sí solo. Por eso, su muerte en enero de 2024, a los 53 años, fue otra pérdida dolorosa para la historia del grupo. Con ella se fue una parte esencial de aquella base sonora que hizo bailar a tantos. Sin embargo, sus grabaciones permanecen como prueba de su entrega y de su lugar dentro de la música latina.
También es imposible hablar de Las Chicas del Can sin mencionar a Eunice Betances, una figura clave por su entrega, su voz y su cercanía con Miriam Cruz. Fue corista, compañera y una presencia constante en la historia del grupo. Su papel quizá no siempre fue el más visible para el público general, pero dentro de una orquesta, los coros son alma, fuerza y equilibrio. Eunice ayudaba a crear esa armonía que hacía que cada canción sonara grande, completa y llena de vida.
Quienes forman parte de un grupo musical durante años saben que el escenario es solo una parte de la historia. Detrás hay ensayos, viajes, cansancio, decisiones difíciles y una convivencia que exige disciplina y pasión. Eunice fue de esas integrantes que sostienen un proyecto desde adentro. Su fallecimiento en octubre de 2014 dejó un vacío enorme, no solo en la banda, sino también en quienes entendían su importancia. Su legado vive en esa voz de apoyo que, aunque muchas veces no aparecía en primer plano, era indispensable para que la magia ocurriera.
La historia de Verónica Medina tiene un tono especialmente conmovedor. Fue una voz importante en la primera etapa de la agrupación y su talento apareció desde muy joven. Desde niña cantaba y participaba en programas de televisión, mostrando una sensibilidad artística que llamaba la atención. Cuando llegó a Las Chicas del Can, recomendada por Eunice Betances, encontró una plataforma que le permitió brillar y dejar su voz grabada en temas que marcaron a toda una generación.
Pero su vida también muestra una realidad dura del mundo artístico: no todos los que alcanzan la fama permanecen bajo los reflectores. Después de su salida del grupo, Verónica intentó continuar en la música, aunque con menos visibilidad. Con los años, su vida se volvió más discreta, lejos de los escenarios donde alguna vez fue aplaudida. Su fallecimiento el 22 de noviembre de 2016, a causa de un infarto, impactó profundamente a quienes recordaban su paso por la agrupación. Tenía 55 años. Su historia deja una sensación agridulce: la de una artista que conoció el brillo, pero terminó sus días en una realidad muy distinta a la que muchos imaginaban.
No todas las integrantes forman parte de la memoria trágica. Algunas continúan representando el legado vivo de la agrupación. Iliana Reynoso, por ejemplo, llegó en una etapa de renovación. Aunque no pertenece al núcleo original más recordado, su voz ayudó a mantener vigente la esencia del grupo. Su participación demostró que Las Chicas del Can no eran solo una fórmula del pasado, sino una marca musical capaz de adaptarse a nuevas generaciones.
Iliana aportó frescura, carisma y fuerza vocal. Su presencia permitió que la banda siguiera conectando con públicos distintos, manteniendo respeto por las raíces, pero mirando hacia adelante. En una agrupación con tanta historia, entrar después de la época dorada no era fácil. Las comparaciones eran inevitables. Pero ella logró ocupar su espacio con talento y personalidad, mostrando que el legado de Las Chicas del Can podía seguir respirando.
Otra figura inolvidable es Teresa Domínguez, recordada como un ícono visual del grupo. No siempre el impacto de una artista se mide únicamente por su voz. A veces, una presencia escénica puede convertirse en símbolo de toda una época. Teresa lo consiguió con su baile, su energía y su manera de dominar el escenario. Su participación en “Juana la cubana” quedó grabada en la memoria colectiva, hasta el punto de que muchos fanáticos asocian esa canción con su movimiento, su actitud y su fuerza visual.
Teresa demostró que una agrupación musical también se construye con imagen, expresión corporal y conexión directa con el público. Su baile no era un simple acompañamiento; era parte de la identidad de Las Chicas del Can. En cada presentación transmitía alegría, seguridad y una energía contagiosa que elevaba el espectáculo. Por eso sigue siendo recordada como una de las figuras más representativas del grupo.

Pero detrás de todo gran fenómeno hay una mente visionaria. En este caso, esa figura fue Belquis Concepción, fundadora, pianista, compositora y creadora del concepto que dio vida a Las Chicas del Can. Su idea fue atrevida para la época: formar una orquesta femenina capaz de competir en los géneros tropicales con profesionalismo, fuerza y calidad. No era solo una propuesta musical; era una declaración de independencia artística.
Belquis abrió una puerta que muchas mujeres necesitaban. Su visión permitió que cantantes, instrumentistas y bailarinas ocuparan un lugar visible dentro de una industria difícil. Gracias a su determinación, Las Chicas del Can se convirtieron en símbolo de empoderamiento femenino antes de que esa palabra se usara con tanta frecuencia. Su legado no solo está en las canciones, sino en el camino que ayudó a construir para otras artistas.
Y, por supuesto, está Miriam Cruz, la voz más identificada con el grupo y una de las grandes figuras del merengue. Miriam fue el alma vocal de Las Chicas del Can. Su potencia, su carisma y su capacidad para emocionar al público la convirtieron en una artista inolvidable. Con ella, canciones como “Juana la cubana”, “Te daría” y “La loba” alcanzaron una fuerza especial. No solo las interpretaba; las hacía vivir.