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Le pregunté a mi pastor por qué Lutero quitó 7 libros de la Biblia: Así fue como me hice católico

Siempre estuvieron ahí. La Iglesia Católica los conservó desde el principio. Me quedé quieto un momento. Eso significaba que la Biblia con la que yo había crecido tenía menos, [música] no más menos. y yo nunca lo había notado. Esa semana esperé el domingo con una impaciencia que no era espiritual, era intelectual.

 Quería una explicación, no porque quisiera pelear, sino porque de verdad necesitaba entender. Si toda mi fe descansaba sobre la Biblia y la Biblia era completa y suficiente, entonces, ¿por qué la mía tenía siete libros menos que la de los primeros cristianos? Llegué al culto, saludé a todos como siempre, canté los himnos, escuché [música] el sermón y al final, cuando la gente comenzó a dispersarse y el pastor estaba solo acomodando sus notas, me [música] acerqué.

 Era un hombre mayor, de voz tranquila, con la Biblia siempre marcada, con papelitos de colores. Lo respetaba mucho. Todavía lo respeto, le hice la pregunta. Le dije, [música] “Pastor, estaba comparando mi Biblia con la de un amigo católico y la de él tiene siete libros más. ¿Por qué los nuestros no están? Él no dudó.

Respondió rápido, casi como si esperara la pregunta. Esos libros no encajan con la doctrina de la gracia. Son adiciones tardías. La Iglesia romana los incluyó por conveniencia, pero no son inspirados. [música] Asentí, pero algo dentro de mí, algo que no supe nombrar en ese momento. Se tensó.

 Le pregunté cuándo se tomó esa decisión, qué concilio decidió quitarlos. ¿Hay algún registro histórico de eso? El pastor me miró un segundo, solo un segundo. Luego sonrió con esa sonrisa amable que tienen los pastores cuando quieren cerrar un tema sin cerrarlo del todo y me dijo, “Itan, [música] lo importante no es la historia, es el espíritu.

 Confía en lo que Dios nos reveló a través de la Biblia que tenemos.” Y se [música] fue. Yo me quedé de pie en esa capilla vacía con mi Biblia en la mano y sentí algo que nunca había sentido antes [música] en ese lugar. un vacío no de fe, no de Dios, un vacío de respuesta, un vacío de argumento, [música] un vacío de historia.

 Porque si la Biblia era el fundamento de todo, ¿quién había decidido qué iba dentro de esa Biblia? ¿Y con qué autoridad? ¿Y por qué siete libros que habían estado ahí durante más de 1000 años de repente dejaron de ser inspirados en el siglo X? Esa noche no dormí bien. No porque estuviera enojado, no porque quisiera abandonar mi fe, sino porque una pregunta honesta [música] no había encontrado una respuesta honesta y yo era el tipo de persona que no puede vivir con eso. Nunca pude.

Desde niño, cuando algo no me cuadraba, me quedaba dando vueltas hasta entenderlo. Los días que siguieron fueron extraños. iba a clases, comía, estudiaba, hablaba con mis padres, pero adentro había algo que no se callaba, una voz pequeña, persistente, [música] que repetía siempre lo mismo. ¿Quién decidió qué libros iban en la Biblia? Comencé a buscar sin decírselo a nadie, sin hacer escándalo.

 Solo yo, las bibliotecas públicas y algunas bases de datos universitarias a las que tenía acceso como estudiante. [música] Lo primero que encontré fue el nombre de la Septuaginta. Era la traducción griega de las Escrituras hebreas hecha siglos antes del nacimiento de Cristo. Era la versión que los judíos de la diáspora usaban, los que vivían fuera de Israel y ya no hablaban hebreo con fluidez.

 Y era la versión que los apóstoles usaban. la que citan en el Nuevo Testamento [música] y esa versión incluía los siete libros. Me detuve en eso. Me lo repetí varias veces para asegurarme de que lo estaba entendiendo bien. Los apóstoles, los mismos que escribieron el Nuevo Testamento, [música] usaban una versión de las Escrituras que incluía esos siete libros. Seguí leyendo.

 Descubrí que las primeras comunidades cristianas, las del primer y segundo siglo, no tenían ningún debate sobre esos textos. los leían, los citaban, los copiaban y que [música] en los concilios regionales del siglo IIVto, cuando la Iglesia por primera vez puso en papel de forma oficial cuáles libros formaban parte de las escrituras, [música] esos siete libros estaban incluidos, sin discusión, sin reservas.

La pregunta entonces cambió de forma, ya no era, ¿por qué los católicos agregaron esos libros? [música] La pregunta correcta era, ¿por qué alguien los quitó más de 1000 años después? [música] Y la respuesta a esa pregunta tenía un nombre, tenía un momento histórico, tenía un contexto muy específico [música] que yo creciendo en esa capilla pequeña nunca había escuchado nombrar.

No voy a adelantarme porque lo [música] que vino después de ese descubrimiento fue mucho más grande que una discusión sobre libros. Fue el comienzo de un camino que no pedí, pero que no pude ignorar. Un camino que me llevó a hacerme preguntas que ningún estudio bíblico de los domingos había respondido.

 Preguntas sobre autoridad, sobre historia, sobre quién tiene el derecho de interpretar las escrituras, ¿y quién se lo dio? Yo no sabía todavía a dónde iba todo eso. Solo sabía que [música] el suelo ya no era tan firme como antes, pero y que por primera vez en mi vida tenía miedo de seguir preguntando, pero también [música] por primera vez en mi vida tenía la sensación de que alguien me estaba esperando al final de esas preguntas.

[música] No sabía quién, todavía no, pero lo sentí ese domingo. [música] Solo en esa capilla vacía, con mi Biblia incompleta en la mano, lo sentí. Hay algo que nadie te dice sobre la duda y es que no llega de golpe. No es una explosión, no es un momento dramático donde todo se derrumba de una vez. La duda verdadera, la que cambia a una persona, llega despacio, [música] como el agua que entra por una grieta pequeña, silenciosa, constante.

 Y un día te das cuenta de que ya estás adentro. Así [música] fue conmigo. Seguí yendo a la capilla los domingos. Seguí cantando. Seguí saludando a las mismas personas, tomando el mismo café aguado después del culto, [música] escuchando los mismos sermones sobre gracia y fe. Por fuera nada había cambiado. Mis padres no notaron nada.

 El pastor tampoco, pero adentro algo ya no era lo mismo. Cada vez que abría mi Biblia veía el índice con otros ojos. [música] Esos nombres que antes no existían para mí. Tobías, Judith, [música] los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, ya no eran abstracciones, eran preguntas, [música] eran huecos, eran el recordatorio silencioso de que algo en algún momento había sido removido y que nadie en mi mundo había pensado que valía la pena explicarlo.

 Empecé a ir a la biblioteca pública con más frecuencia, al principio una vez por semana, después dos, después casi todos los días. No le dije nada a mis padres sobre lo que estaba buscando. No porque me avergonzara, sino porque todavía no tenía palabras para describir lo que estaba pasando. No era una crisis de fe en Dios, [música] era una crisis de confianza en el mapa que me habían dado para llegar a él.

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