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Un duque ofreció una fortuna por una noche de cuidado, pero su fragilidad inició un amor prohibido

No fueron golpes normales.

Fueron golpes de desesperación.

Abrí con la lámpara en la mano y vi a un hombre empapado, vestido con el uniforme oscuro de la casa de Blackthorne. Tenía el rostro blanco, la respiración rota y una bolsa de cuero apretada contra el pecho.

—¿Clara Whitmore? —preguntó.

—Depende de quién la busque.

El hombre miró hacia la calle como si alguien lo siguiera.

—Su Gracia, el duque de Blackthorne, necesita una cuidadora esta noche. Solo esta noche. Paga quinientas libras.

Casi se me cayó la lámpara.

Quinientas libras.

Con esa cantidad podía pagar las deudas de mi padre muerto, comprar medicinas para mi madre, reparar el techo de nuestra casita y dejar de contar monedas antes de comprar pan. Pero nadie ofrecía una fortuna por una noche de cuidado sin esconder una tragedia, una vergüenza o un crimen.

—¿Por qué yo? —pregunté.

El sirviente tragó saliva.

—Porque las otras enfermeras huyeron.

El viento empujó la lluvia hacia dentro. Sentí un frío extraño en la espalda.

—¿Huyeron de qué?

Él bajó la voz.

—Del duque.

Durante años había oído historias sobre él. Que era cruel. Que no sonreía nunca. Que su primera prometida se había arrojado al lago antes de casarse. Que en su mansión había habitaciones cerradas con llave. Que ningún sirviente permanecía más de seis meses. La gente inventa mucho cuando no entiende el dolor de una persona poderosa, pero también es cierto que, a veces, los rumores nacen de una verdad que alguien enterró demasiado rápido.

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