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LA ÚLTIMA VEZ QUE JORGE NEGRETE VIO A LOLA BELTRAN, LE ENTREGÓ ALGO… ELLA LO ROMPIÓ SIN ABRIRLO

LA ÚLTIMA VEZ QUE JORGE NEGRETE VIO A LOLA BELTRAN, LE ENTREGÓ ALGO… ELLA LO ROMPIÓ SIN ABRIRLO

Viernes 28 de noviembre de 1953, poco antes de las 8 de la noche, en el vestíbulo del teatro Esperanza Iris, Jorge Negrete esperaba de pie junto a una columna de mármol con betas color café llevaba puesto un traje gris Oxford que le quedaba ligeramente grande en los hombros, como si en las últimas semanas hubiera perdido peso sin que nadie lo notara.

 En la mano derecha sostenía un paquete rectangular envuelto en papel manila del tamaño aproximado de un libro delgado, atado con un cordel de yute que él mismo había anudado tres veces esa tarde hasta encontrar la tensión correcta. El paquete no pesaba más de 200 g, pero la forma en que lo sostenía, con los dedos apenas rozando los bordes, sugería que transportaba algo infinitamente más pesado.

 Lola Beltrán llegó 23 minutos después, atravesando las puertas laterales del teatro con el paso firme, de quien ha decidido que esta conversación será breve. Traía el cabello recogido en un moño alto que dejaba al descubierto la línea de su mandíbula tensa. Vestía un traje sastre color azul marino con botones de náar que reflejaban la luz amarillenta de las lámparas del vestíbulo.

 No traía cartera, tampoco traía la disposición de quedarse más tiempo del estrictamente necesario. Jorge levantó la mano en un gesto que pretendía ser un saludo, pero se quedó a medio camino, como si el aire entre ellos fuera demasiado denso para atravesarlo. Lola se detuvo a exactamente metro y medio de distancia. Dos personas que en otro tiempo habían compartido escenarios, camarines, madrugadas de ensayo y secretos que ninguno de los dos había puesto en palabras.

 Ahora se miraban con la precaución de dos extraños que temen reconocer en el otro algo de sí mismos que prefieren olvidar. Él extendió el paquete. Ella lo miró sin mover las manos de los costados. Afuera del teatro, la ciudad continuaba su rutina de tranvías, vendedores, ambulantes y oficinistas que regresaban a casa sin saber que en ese vestíbulo se estaba desarrollando una escena que décadas más tarde seguiría alimentando conversaciones en estudios de grabación.

Salas de ensayo y reuniones familiares donde alguien siempre terminaría preguntando qué habría pasado si ella hubiera abierto ese paquete, pero no lo abrió. Lola Beltrán extendió la mano, tomó el paquete con un movimiento seco y, sin apartar la mirada de los ojos de Jorge Negrete, lo partió por la mitad. El sonido del papel rasgándose cortó el murmullo del vestíbulo con una nitidez casi violenta.

 Luego partió cada mitad nuevamente y otra vez, hasta que el paquete se convirtió en un puñado de fragmentos irregulares que dejó caer al suelo de loseta hidráulica en patrón de flores color terracota. Los pedazos se dispersaron alrededor de sus zapatos de tacón bajo, formando un perímetro irregular de papel manila, desgarrado, cordel desilachado y algo más, algo que quienes presenciaron la escena describirían después como el borde de una hoja manuscrita, tinta negra sobre papel marfil, letra cursiva apretada, pero nadie alcanzó a leer una sola

palabra completa antes de que Lola girara sobre sus tarones y caminara hacia la salida Sin pronunciar una sílaba, Jorge Negrete no intentó detenerla, no se agachó a recoger los pedazos, no levantó la voz para explicar, para suplicar, para exigir al menos la cortesía de una respuesta. Se quedó exactamente donde estaba, con las manos ahora vacías colgando a los costados, mirando la puerta por donde ella acababa de desaparecer.

 Un empleado del teatro que barría el pasillo lateral, Evaristo Montes Galván, de 62 años de edad en aquel entonces, trabajador del Esperanza Iris desde 1938, testimoniará 40 años más tarde en una entrevista para un programa de radio que nunca salió al aire, que Jorge permaneció inmóvil durante 7 minutos completos, que después se agachó muy despacio, como si las rodillas le costaran trabajo, y comenzó a recoger los pedazos uno por uno, metiéndolos en los bolsillos del saco gris que le quedaba grande, que cuando terminó y se

incorporó tenía los ojos rojos pero secos y que caminó hacia la salida, con los hombros más caídos de lo que Evaristo lo había visto nunca, a pesar de haber presenciado cientos de funciones donde Jorge Negrete salía al escenario con esa postura militar que hacía parecer que el mundo entero cabía en el ancho de su espalda.

 Evaristo guardó esa historia durante décadas porque nadie se la preguntó, porque en 1953 todavía existía algo llamado discreción, porque en los círculos del espectáculo mexicano de aquella época, lo que se veía en los pasillos se quedaba en los pasillos, especialmente cuando involucraba a dos figuras del calibre de Jorge Negrete y Lola Beltrán.

 Pero en 1993, dos años antes de su muerte, Evaristo aceptó sentarse frente a un micrófono en una cabina de radio de la colonia Guerrero y contar lo que vio aquella noche de noviembre con una precisión en los detalles que solo poseen quienes han guardado una historia tanto tiempo que cada elemento se ha convertido en piedra dentro de su memoria.

 para entender qué pudo haber contenido ese paquete que Lola destruyó sin abrir, para comprender por qué Jorge eligió ese momento específico y ese lugar específico para entregarlo, para dimensionar la magnitud del arrepentimiento que perseguiría a Lola Beltrán durante el resto de su vida. Cada vez que alguien mencionaba esa tarde, hay que regresar exactamente 4 años y 7 meses atrás, a una noche de abril de 1949, en el estudio de grabación de Raca Víctor en la calle de Sedapio Rendón número 83, Ciudad de México.

 Lola Beltrán tenía 23 años y acababa de grabar su primera sesión profesional como solista. Tres canciones que su productor, el maestro Rubén Fuentes, había seleccionado después de escucharla cantar en cabarets de segunda categoría durante 8 meses seguidos. Lola venía de Sinaloa, de un pueblo llamado El Rosario, donde las casas tenían piso de tierra y las aspiraciones de las mujeres terminaban generalmente en matrimonio a los 16 años y seis hijos.

 Antes de los 30, ella había escapado de esa ruta predeterminada con una maleta de cartón. 200 pesos que su madre le dio sin que su padre lo supiera y una voz que cuando se abría paso por su garganta tenía la capacidad de hacer que hombres adultores dejaran de masticar a mitad de una cena. Jorge Negrete llegó al estudio esa noche sin que nadie lo esperara.

 Tenía 37 años y era en aquel momento la estrella masculina más importante del cine y la música mexicana, con 32 películas filmadas, contratos millonarios y un rustro que aparecía en carteles desde Tijuana hasta Buenos Aires. Venía acompañado por su representante, el licenciado Armando Soto Pérez, abogado especialista en contratos de entretenimiento.

 Cédula profesional 47,382. egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM en 1936, quien llevaba un portafolio de piel café con tres contratos que necesitaban revisión antes del lunes. Jorge no entró a la cabina de grabación, se quedó en la sala de espera Anexa. Un cuarto rectangular con paredes forradas, de corcho dos sillones de piel desgastada, color vino y una ventana de vidrio que permitía ver hacia el estudio principal.

Desde ahí, sin que ella lo supiera, escuchó a Lola Beltrán cantar las tres canciones que cambiarían su carrera y que, de alguna manera incomprensible también cambiarían la forma en que él entendía lo que significaba la palabra imposible. La primera canción era Cucurucuku Paloma de Tomás Méndez. Lola la interpretó con los ojos cerrados de pie frente al micrófono R77 DX que el ingeniero de sonido Mauricio Ledesma Torres había ajustado exactamente a la altura de su boca después de tres intentos.

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