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Aceptó Entrar a Conocer… Lo Que Sucedió Dejó al Pueblo en SILENCIO😱

Un inquietante  hombre invita a una joven farmaceuta a bajar por las oscuras escaleras de su casa. Lo que sucede después deja a todo  el pueblo sin palabras. Don Evaristo caminaba despacio por la plaza del pueblo. Sus zapatos viejos hacían ruido en las piedras. Los niños lo vieron y empezaron a correr hacia él.

 “Ahí viene el brujo”,  gritó un niño de unos 8 años. Corre que te va a hacer brujería”, le gritó otro a su amigo. Los niños agarraron piedras del suelo y se las tiraron. Una le pegó en la espalda. Don Evaristo siguió caminando sin voltear. “¡Váyase de aquí!”, le gritó una señora desde la puerta de su casa.

 Doña  Carmen salió de la tienda y se persignó cuando lo vio pasar. Virgen santísima, protégenos de este hombre”, murmuró mientras se tocaba el pecho. Otras mujeres la imitaron y se persignaban y cerraban las puertas cuando don Evaristo pasaba por el frente. “Ese viejo trae mala suerte”, le dijo una  señora a su vecina.

“Mi comadre dice que en las noches se escuchan ruidos raros en su casa”, respondió la otra. Don Evaristo  siguió su camino. No les contestó nada a los niños ni a las mujeres. Mantenía la cabeza baja y caminaba rápido hacia su casa. Al final de la calle se volteó un momento.

 Vio que todos lo miraban con  miedo y desprecio. Suspiró y entró a su casa. Cerró la puerta  con llave. Estela amasaba el pan en la panadería de su familia. Sus manos trabajaban la masa mientras escuchaba las voces de las señoras que compraban. “Ese don Evaristo me da muy mala espina”, dijo doña Rosa mientras esperaba su orden. “A mí también.

 Mi nieta me contó que ayer le tiró piedras con los otros niños”, respondió doña Carmen. Is Estela siguió amasando, pero puso atención a la conversación. Dicen que hace brujería en su casa”, susurró doña Rosa. “¿Brujería, ¿usted cree eso?”, preguntó doña Carmen. “Pues algo raro hace. ¿Por qué si no vive solo y nunca habla con nadie?” Estela levantó la cabeza.

 “Disculpen, señoras, pero ¿de verdad creen que don Evaristo es brujo?”, preguntó. Las dos mujeres la miraron sorprendidas. “Niña, ese hombre no es normal. Lleva años viviendo aquí y nadie lo conoce, dijo doña Rosa. Además, nunca va a la iglesia. Qué hombre de bien no va a misa, agregó doña Carmen. Pero tal vez solo es tímido dijo Estela. Tímido.

 Ese hombre da miedo. Tú no te acerques a él, Estela, le advirtió doña Rosa. Las señoras pagaron su pan y se fueron comentando sobre don Evaristo. Estela se quedó pensando en sus palabras. Estela llegó a su casa al mediodía. Ain, su madre, doña Mercedes, estaba cocinando en la cocina. “Mamá, ¿usted qué opina de don Evaristo?”, le preguntó Estela mientras se lavaba las manos.

 Ese viejo raro. ¿Por qué me preguntas eso? Respondió su madre sin voltear. Es que las señoras en la panadería decían que es brujo, pero yo creo que solo está muy solo. Doña Mercedes dejó de revolver la olla y miró a su hija. Estela, ese hombre vive solo hace más de 10 años. Nunca habla con nadie, algo raro tiene.

Pero mamá, imagine lo triste que debe ser no tener a nadie. Mi hija, si no tiene a nadie es por algo. La gente no se aleja sin razón. Estela se sentó en la mesa de la cocina. Pero usted lo ha visto hacer algo malo. No necesito verlo. Uno siente estas cosas, Estela. Tal vez solo necesita que alguien sea amable con él.

 Doña Mercedes dejó la cuchara y se acercó a su hija. Ah, escúchame bien. Tú no te acerques a ese hombre, ¿me entiendes? Sí, mamá, pero me da lástima. La lástima a veces nos mete en problemas. Ese viejo puede ser peligroso. Estela asintió, pero siguió pensando en donaristo. Se imaginaba lo solo que debía sentirse. El domingo en la mañana, Estela estaba en la panadería preparando los panes dulces.

 Tomó uno extra y lo envolvió en papel. Su hermano Tomás la vio. ¿Para quién es ese pan? le preguntó. Para don Evaristo respondió Estela. Estás loca. Mamá te va a matar si se entera. No le voy a decir. Solo voy a llevárselo. Estela, ese viejo es raro. No vayas sola. No me va a pasar nada. Solo le voy a dar el pan y me vengo.

 Tomás negó con la cabeza. Ese hombre da miedo. Mejor déjalo en paz. Todos dicen lo mismo, pero nadie lo conoce. Ah, tal vez solo necesita un amigo. O tal vez las señoras tienen razón y es peligroso. Estela guardó el pan en una bolsa. Voy a ir de todas formas. Es domingo, día de hacer el bien. Si mamá pregunta, yo no sabía nada. No te preocupes.

 Regreso en una hora. Estela salió de la panadería con el pan dulce. caminó hacia la casa de don Evaristo al final del pueblo. Su corazón latía rápido, pero siguió adelante. Estela llegó a la casa de don Evaristo. Era una casa vieja con pintura descascarada. Tocó la puerta tres veces. Se escucharon pasos lentos adentro.

 La puerta se abrió despacio. Don Evaristo apareció. Era un hombre flaco de unos 60 años con pelo gris y barba sin arreglar. Al ver a Estela, se quedó con la boca abierta. “Señorita, ¿qué hace aquí?”, preguntó con voz temblorosa. “Buenos días, don Evaristo. Le traje un pan dulce.” El viejo miró hacia los lados como si buscara a alguien más.

 “¿Un pan?” “Sí, señor. Pensé que tal vez le gustaría.” Don Evaristo no podía creer lo que veía. Nadie había tocado su puerta en años. ¿Pero por qué? Porque todos merecemos un poco de dulce los domingos. El viejo se llevó la mano al pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Señorita, usted es muy amable, pero la gente del pueblo, la gente del la gente del pueblo no me conoce bien. Terminó Estela.

 Don Evaristo temblaba. Nunca había recibido una visita amable. ¿De verdad es para mí? preguntó otra vez. Sí, señor. Y si gusta, podemos conversar un rato. El viejo se secó los ojos con la manga de su camisa. Nadie ha sido amable conmigo en muchos años. Pues yo sí quiero serlo. Don Evaristo abrió más la puerta. ¿Quiere pasar? Tengo té y algunas galletas. Estela sonrió. Me encantaría.

El viejo se hizo a un lado para dejarla entrar. Sus manos seguían temblando de la emoción. Disculpe el desorden, no recibo visitas. No se preocupe, don Evaristo. Él cerró la puerta detrás de ella. Por primera vez en años no se sentía completamente solo. Don Evaristo caminó hacia la cocina. Estela lo siguió mirando la casa.

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