Un inquietante hombre invita a una joven farmaceuta a bajar por las oscuras escaleras de su casa. Lo que sucede después deja a todo el pueblo sin palabras. Don Evaristo caminaba despacio por la plaza del pueblo. Sus zapatos viejos hacían ruido en las piedras. Los niños lo vieron y empezaron a correr hacia él.
“Ahí viene el brujo”, gritó un niño de unos 8 años. Corre que te va a hacer brujería”, le gritó otro a su amigo. Los niños agarraron piedras del suelo y se las tiraron. Una le pegó en la espalda. Don Evaristo siguió caminando sin voltear. “¡Váyase de aquí!”, le gritó una señora desde la puerta de su casa.
Doña Carmen salió de la tienda y se persignó cuando lo vio pasar. Virgen santísima, protégenos de este hombre”, murmuró mientras se tocaba el pecho. Otras mujeres la imitaron y se persignaban y cerraban las puertas cuando don Evaristo pasaba por el frente. “Ese viejo trae mala suerte”, le dijo una señora a su vecina.
“Mi comadre dice que en las noches se escuchan ruidos raros en su casa”, respondió la otra. Don Evaristo siguió su camino. No les contestó nada a los niños ni a las mujeres. Mantenía la cabeza baja y caminaba rápido hacia su casa. Al final de la calle se volteó un momento.
Vio que todos lo miraban con miedo y desprecio. Suspiró y entró a su casa. Cerró la puerta con llave. Estela amasaba el pan en la panadería de su familia. Sus manos trabajaban la masa mientras escuchaba las voces de las señoras que compraban. “Ese don Evaristo me da muy mala espina”, dijo doña Rosa mientras esperaba su orden. “A mí también.
Mi nieta me contó que ayer le tiró piedras con los otros niños”, respondió doña Carmen. Is Estela siguió amasando, pero puso atención a la conversación. Dicen que hace brujería en su casa”, susurró doña Rosa. “¿Brujería, ¿usted cree eso?”, preguntó doña Carmen. “Pues algo raro hace. ¿Por qué si no vive solo y nunca habla con nadie?” Estela levantó la cabeza.
“Disculpen, señoras, pero ¿de verdad creen que don Evaristo es brujo?”, preguntó. Las dos mujeres la miraron sorprendidas. “Niña, ese hombre no es normal. Lleva años viviendo aquí y nadie lo conoce, dijo doña Rosa. Además, nunca va a la iglesia. Qué hombre de bien no va a misa, agregó doña Carmen. Pero tal vez solo es tímido dijo Estela. Tímido.
Ese hombre da miedo. Tú no te acerques a él, Estela, le advirtió doña Rosa. Las señoras pagaron su pan y se fueron comentando sobre don Evaristo. Estela se quedó pensando en sus palabras. Estela llegó a su casa al mediodía. Ain, su madre, doña Mercedes, estaba cocinando en la cocina. “Mamá, ¿usted qué opina de don Evaristo?”, le preguntó Estela mientras se lavaba las manos.
Ese viejo raro. ¿Por qué me preguntas eso? Respondió su madre sin voltear. Es que las señoras en la panadería decían que es brujo, pero yo creo que solo está muy solo. Doña Mercedes dejó de revolver la olla y miró a su hija. Estela, ese hombre vive solo hace más de 10 años. Nunca habla con nadie, algo raro tiene.
Pero mamá, imagine lo triste que debe ser no tener a nadie. Mi hija, si no tiene a nadie es por algo. La gente no se aleja sin razón. Estela se sentó en la mesa de la cocina. Pero usted lo ha visto hacer algo malo. No necesito verlo. Uno siente estas cosas, Estela. Tal vez solo necesita que alguien sea amable con él.
Doña Mercedes dejó la cuchara y se acercó a su hija. Ah, escúchame bien. Tú no te acerques a ese hombre, ¿me entiendes? Sí, mamá, pero me da lástima. La lástima a veces nos mete en problemas. Ese viejo puede ser peligroso. Estela asintió, pero siguió pensando en donaristo. Se imaginaba lo solo que debía sentirse. El domingo en la mañana, Estela estaba en la panadería preparando los panes dulces.
Tomó uno extra y lo envolvió en papel. Su hermano Tomás la vio. ¿Para quién es ese pan? le preguntó. Para don Evaristo respondió Estela. Estás loca. Mamá te va a matar si se entera. No le voy a decir. Solo voy a llevárselo. Estela, ese viejo es raro. No vayas sola. No me va a pasar nada. Solo le voy a dar el pan y me vengo.
Tomás negó con la cabeza. Ese hombre da miedo. Mejor déjalo en paz. Todos dicen lo mismo, pero nadie lo conoce. Ah, tal vez solo necesita un amigo. O tal vez las señoras tienen razón y es peligroso. Estela guardó el pan en una bolsa. Voy a ir de todas formas. Es domingo, día de hacer el bien. Si mamá pregunta, yo no sabía nada. No te preocupes.
Regreso en una hora. Estela salió de la panadería con el pan dulce. caminó hacia la casa de don Evaristo al final del pueblo. Su corazón latía rápido, pero siguió adelante. Estela llegó a la casa de don Evaristo. Era una casa vieja con pintura descascarada. Tocó la puerta tres veces. Se escucharon pasos lentos adentro.
La puerta se abrió despacio. Don Evaristo apareció. Era un hombre flaco de unos 60 años con pelo gris y barba sin arreglar. Al ver a Estela, se quedó con la boca abierta. “Señorita, ¿qué hace aquí?”, preguntó con voz temblorosa. “Buenos días, don Evaristo. Le traje un pan dulce.” El viejo miró hacia los lados como si buscara a alguien más.
“¿Un pan?” “Sí, señor. Pensé que tal vez le gustaría.” Don Evaristo no podía creer lo que veía. Nadie había tocado su puerta en años. ¿Pero por qué? Porque todos merecemos un poco de dulce los domingos. El viejo se llevó la mano al pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Señorita, usted es muy amable, pero la gente del pueblo, la gente del la gente del pueblo no me conoce bien. Terminó Estela.
Don Evaristo temblaba. Nunca había recibido una visita amable. ¿De verdad es para mí? preguntó otra vez. Sí, señor. Y si gusta, podemos conversar un rato. El viejo se secó los ojos con la manga de su camisa. Nadie ha sido amable conmigo en muchos años. Pues yo sí quiero serlo. Don Evaristo abrió más la puerta. ¿Quiere pasar? Tengo té y algunas galletas. Estela sonrió. Me encantaría.
El viejo se hizo a un lado para dejarla entrar. Sus manos seguían temblando de la emoción. Disculpe el desorden, no recibo visitas. No se preocupe, don Evaristo. Él cerró la puerta detrás de ella. Por primera vez en años no se sentía completamente solo. Don Evaristo caminó hacia la cocina. Estela lo siguió mirando la casa.
Había muebles viejos, pero todo estaba limpio. “Siéntese, por favor”, dijo el viejo señalando una silla. Estela se sentó en la mesa de la cocina. Don Evaristo puso agua a hervir. “¿Por qué vino realmente?”, preguntó mientras sacaba tazas de un armario. “Porque nadie merece estar solo.” Pero la gente dice cosas de mí.
¿Qué tipo de cosas? Don Evaristo se volteó hacia ella. Sus manos temblaban al sostener las tazas. Dicen que soy brujo. A que hago maldades. Y es cierto, no, señorita, solo soy un viejo que vive tranquilo. El agua hirvió. Don Evaristo preparó el té y puso galletas en un plato. ¿Vives solo?, preguntó Estela. Sí, mi esposa murió hace 10 años.
No tuvimos hijos. Debe ser muy triste. Al principio. Sí. Ahora ya me acostumbré. Don Evaristo le sirvió el té. Se sentó frente a ella. ¿Cómo se llama? Estela. Trabajo en la panadería de mi mamá. Yo soy Evaristo Mendoza. Antes trabajaba en la alcaldía. Ya no trabaja. Me jubilé hace 5 años. Estela probó el té.
Estaba dulce y caliente. Está muy rico. Don Evaristo sonrió por primera vez. Me alegra que le guste. Antes de continuar con nuestra historia, me gustaría dejar un saludo muy especial a nuestros seguidores en Estados Unidos, en México, en Colombia, en Perú, España, Italia, Venezuela, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Costa Rica, Cuba, Canadá, Francia, Panamá, Australia, Guatemala, Nicaragua y Honduras.
¿Desde qué parte del mundo nos escuchas? Comenta para saludarte. Bendiciones para todos. Continuando con la historia, Estela bebió su té y miró alrededor. En las paredes había cuadros de paisajes y fotos viejas. ¿Esas fotos son de su familia?, preguntó. Algunas sí, otras son de amigos. Don Evaristo se veía más relajado ahora.
Ya no temblaba tanto. Huele a medicina aquí, dijo Estela. Tomo pastillas para la presión. A veces el olor se queda. Estela asintió y comió una galleta. Estaba un poco dura, pero no dijo nada. ¿Le gusta vivir en el pueblo?, preguntó don Evaristo. Sí, aunque es pequeño. Ah, todos se conocen. Eso puede ser bueno y malo.
¿Por qué malo? Porque cuando alguien habla mal de ti, todos se enteran. Estela se sintió mal por él. Se veía muy solo. Tiene amigos, tenía algunos, pero cuando mi esposa murió, dejaron de visitarme. Qué triste. Don Evaristo se levantó y caminó hacia la ventana. La gente es extraña. Cuando estás bien, todos quieren estar contigo.
Cuando estás mal, te dejan solo. No toda la gente es así. Usted parece diferente. Estela terminó su té. Don Evaristo regresó a la mesa. ¿Quiere más té? No, gracias, ya es suficiente. Don Evaristo la miró fijamente. ¿Puedo mostrarle algo especial? Estela sintió curiosidad. ¿Qué cosa? Algo que nadie más ha visto.
Don Evaristo se paró de la mesa. Caminó hacia una puerta al fondo de la cocina. Va, venga conmigo, venga conmigo”, dijo tocando la manija de la puerta. Estela dudó un momento. La puerta parecía diferente a las otras de la casa. ¿Qué hay ahí? Mi lugar especial donde guardo mis recuerdos más importantes. Don Evaristo abrió la puerta. Había escaleras que bajaban.
Es un sótano. Sí, ahí tengo mis cosas más preciadas. Estela se acercó a la puerta. olía a humedad. ¿Por qué quiere mostrarme? Porque usted fue amable conmigo hace años que nadie viene a mi casa. Don Evaristo encendió una luz. Las escaleras se veían viejas pero seguras. Baja conmigo. Estela pensó en su madre.
Le había dicho que no se metiera con don Evaristo. No sé si debería. Solo son recuerdos, fotos y cosas de mi esposa. Nada más. Le prometo que no le haré daño. Soy un viejo inofensivo. Don Evaristo se veía sincero. Sus ojos estaban tristes. Está bien, pero solo un momento. Gracias, señorita Estela. Significa mucho para mí.
Don Evaristo empezó a bajar las escaleras. Estela lo siguió despacio. Tenga cuidado, algunos escalones crujen. La luz de abajo era tenue. Estela bajó agarrándose del pasamanos. Ya casi llegamos. Estela llegó al fondo de las escaleras. El sótano era más grande de lo que pensaba. Dios mío”, dijo mirando alrededor. Las paredes estaban llenas de fotos de mujeres jóvenes.
Había frascos con líquidos raros en estantes de madera. “¿Qué es todo esto?”, preguntó Estela. “Mis recuerdos,”, respondió don Evaristo cerrando la puerta de arriba. Estela contó las fotos. Había más de 20 mujeres diferentes. “Todas estas son su esposa?” No, señorita, son mis amigas. Las fotos se veían recientes.
Las mujeres eran jóvenes a de unos 20 años. Amigas de cuándo, de diferentes épocas. Estela se acercó a una foto. La muchacha se parecía a Lucía, la que desapareció hace dos años. Esta muchacha la conozco. Don Evaristo se puso nervioso. No creo. Ella ya no vive aquí. Se fue del pueblo. Sí, se fue lejos. Estela miró los frascos.
Tenían etiquetas con nombres de medicinas. ¿Para qué son estos frascos? Para mis enfermedades. Pero los frascos no parecían medicinas normales. El líquido era transparente como agua. ¿Se siente bien, don Baristo? Se ve pálido. Estoy bien, solo un poco cansado. Estela empezó a sentir que algo no estaba bien.
Estela siguió mirando las fotos en la pared. Todas las mujeres eran muy jóvenes y bonitas. Don Evaristo, ¿quiénes son realmente estas mujeres? El viejo se quedó callado un momento. Ah, se frotó las manos nervioso. Ya le dije, son mis amigas, pero todas son muy jóvenes. Pero todas son muy jóvenes. ¿Cómo puede ser que sean sus amigas? Don Evaristo caminó hacia los frascos, los tocó con cuidado.
Las conocí en diferentes momentos. Esta muchacha se parece mucho a Lucía Herrera. El viejo se puso más pálido. No sé quién es esa Lucía. La muchacha que desapareció hace dos años. Toda la familia la buscó. Ah, sí, creo que escuché algo. Estela señaló la foto. ¿Estás seguro de que no es ella? Don Evaristo se acercó a la foto.
Sus manos temblaban otra vez. No, esta es Carmen, una amiga de la capital. ¿Y dónde está Carmen ahora? Se fue a trabajar a otro país. Estela miró más fotos. Reconoció a otras dos muchachas del pueblo. Don Evaristo. Esta es María Sánchez y esta otra es Rosa Jiménez. No, señorita, eh, se equivoca. Las dos también desaparecieron.
Sus familias las buscaron por meses. Don Evaristo empezó a sudar. se limpió la frente con un pañuelo. Son casualidades, se parecen, pero no son ellas. Estela se alejó de él. Algo estaba muy mal. ¿Qué les pasó a estas mujeres? Don Evaristo la miró con una sonrisa extraña. Ya no parecía el viejo triste de antes.
Son mis amigas especiales dijo con voz diferente. ¿Qué quiere decir con especiales? La sonrisa de don Evaristo se hizo más grande y más rara. Tomás corrió por las calles del pueblo. Ya eran las 9 de la noche y Estela no había regresado. Llegó a la casa de don Evaristo, golpeó la puerta con fuerza.
Don Evaristo, ¿está mi hermana aquí? Nadie respondió. Golpeó más fuerte. Abra la puerta. Sé que Estela vino a verlo. Por fin se escucharon pasos. Nando Baristo abrió la puerta. Se veía nervioso. ¿Qué quiere, joven? Busco a mi hermana Estela. ¿Estuvo aquí? Sí, vino en la tarde. ¿Y dónde está ahora? Se fue hace rato.
¿A qué hora se fue, don Evaristo? Se frotó las manos. Sudaba mucho. Como a las 6. Son las 9. ¿A dónde fue? No sé. Dijo que iba a caminar. Tomás empujó la puerta y entró. Estela, ¿estás aquí? No grite, joven. Los vecinos van a escuchar. Me vale, Estela. Le digo que no está aquí. Tomás miró por toda la sala, vio las tazas de té en la mesa. Tomaron té. Sí.
Le ofrecí té y galletas. ¿Y después qué pasó? Conversamos un rato. Después se fue. Mi hermana nunca llega tarde a casa, algo le pasó. Don Evaristo cerró la puerta con llave. Tranquilo, joven, seguro está bien. Voy a revisar toda la casa. No puede hacer eso. Ve, esta es mi casa. Tomás vio una puerta abierta que daba a unas escaleras.
¿Qué hay abajo? Nada, solo cosas viejas. Voy a bajar. Don Evaristo se puso delante de las escaleras. No puede bajar ahí. Tomás empujó a don Evaristo y bajó corriendo las escaleras. No baje, está prohibido. Tomás llegó al sótano, encendió la luz, vio los frascos y las fotos en la pared. ¿Qué es todo esto? Don Evaristo bajó detrás de él. Temblaba mucho.
Son mis cosas personales. Tomás se acercó a las fotos. Su cara cambió completamente. Esta es Lucía Herrera. No, señor, se equivoca. Claro que es Lucía, la conozco desde niño. Tomás señaló más fotos. Y esta es María Sánchez y esta es Rosa Jiménez. No son ellas. Todas desaparecieron. ¿Qué les hizo? Don Evaristo retrocedió hacia las escaleras.
Jen No les hice nada malo. ¿Dónde está mi hermana? Ya le dije que se fue. Tomás agarró a don Evaristo del brazo. Dígame la verdad. No me toque. Está Estela aquí abajo. Tomás empezó a revisar el sótano. Movió cajas y frascos. Estela, ¿dónde estás? Su hermana no. Su hermana no está aquí. Tomás siguió buscando.
Abrió una puerta pequeña. Era un cuarto oscuro. Estela. Adentro había una cama y más frascos, pero no había nadie. ¿Para qué usa este cuarto? Para guardar medicinas. Tomás volvió a mirar las fotos. Contó 12 mujeres diferentes. Todas estas muchachas desaparecieron del pueblo. No es cierto. Sí es cierto. Mi familia buscó a Lucía por meses.
Don Evaristo se sentó en una silla vieja. Se veía muy cansado. Están bien. Todas están bien. ¿Dónde están? Lejos de aquí. Las ayudó a irse. Sí. en las ayudé. Tomás no le creía nada. Tomás se puso frente a don Evaristo. Estaba muy enojado. ¿Qué le hizo a Lucía? Nada malo. La ayudé. Mentira. Lucía nunca se hubiera ido sin avisar. Tenía problemas en su casa.
¿Qué problemas? Don Evaristo se limpió el sudor de la cara. Su papá la maltrataba. Eso no es cierto. Don Roberto quiere mucho a su hija. Usted no sabe todo lo que pasa en las casas. Tomás caminó por el sótano. Siguió viendo las fotos y María también tenía problemas. Sí, todas tenían problemas. Y Rosa también.
Qué casualidad que todas las muchachas bonitas del pueblo tengan problemas. Don Evaristo se paró de la silla. No es casualidad. Yo las escuchaba. Las escuchaba. ¿Dónde? En la plaza, en la iglesia. Lloraban mucho. ¿Y usted les ofrecía ayuda? Sí. Eh, les decía que podían venir a mi casa y después, ¿qué pasaba? Las consolaba, les daba té.
Tomás recordó las tazas en la mesa de arriba. Le dio té a mi hermana. Sí, estaba triste. Mi hermana no estaba triste. Vino porque sintió lástima por usted. No, estaba llorando. Mentiroso. Tomás agarró una de las fotos de la pared. ¿Dónde está Lucía ahora? En la capital. Tiene su dirección. No, se mudó varias veces.
Su teléfono no tiene teléfono. ¿Cómo sabe que está bien? Don Evaristo no respondió. Tomás siguió revisando el sótano. Movió más cajas. Debajo de una mesa encontró algo brillante en el suelo. ¿Qué es esto? Se agachó y lo recogió. Era un collar de plata con una cruz pequeña. Este es el collar de Lucía. Don Evaristo se puso muy pálido.
No, debe ser de otra persona. No, en este collar se lo regaló su abuela. lo usaba todos los días. Tomás le mostró el collar de cerca. Mire, tiene las iniciales LH grabadas atrás. Muchas personas tienen esas iniciales. Lucía Herrera. Lucía Herrera, ¿cómo llegó este collar aquí? Don Evaristo se acercó a las escaleras. Quería subir.
Debe habérele caído cuando vino a visitarme. Lucía nunca vino a visitarlo. Su familia dice que desapareció camino al mercado. Se equivocan. Sí, vino. Tomás guardó el collar en su bolsillo. Este collar es la prueba. Usted le hizo algo a Lucía. No le hice nada. Entonces, ¿por qué está su collar aquí abajo? Don Evaristo empezó a subir las escaleras.
Ya no quiero hablar más. Tomás lo siguió. No se va hasta que me diga dónde está mi hermana. Su hermana se fue a su casa. Mentira, ya fui a mi casa. No está ahí. Llegaron a la sala. Don Evaristo se sentó en su silla. Entonces está en casa de alguna amiga. Estela no tiene amigas en el pueblo. Somos nuevos aquí. Pues no sé dónde está. Tomás sacó su celular.
Voy a llamar a la policía. No, no llame a la policía. ¿Por qué no? Porque no es necesario. Claro que es necesario. Usted tiene el collar de una muchacha desaparecida. Don Evaristo se paró y trató de quitarle el teléfono. Deme ese teléfono. No me toque. Tomás marcó el número de la policía. Don Evaristo trataba de quitarle el celular. Deme ese teléfono.
Suélteme. El teléfono sonó dos veces. Alguien contestó, “Policía nacional, ¿en qué podemos ayudarlo? Necesito que vengan urgente. Encontré al hombre que se llevó a las muchachas del pueblo. Don Evaristo se sentó en el suelo, empezó a llorar. Eh, ¿o cuál es su ubicación, señor? Casa de don Evaristo Morales, calle principal número 45. ¿Está usted en peligro? No sé.
El viejo está muy nervioso. Manténgase en línea. Ya salen las patrullas. Tomás se alejó de don Evaristo. No le quitó los ojos de encima. ¿Cuánto se demoran? 10 minutos máximo. Don Evaristo siguió llorando. Se mecía para adelante y para atrás. No debió llamar a la policía. ¿Por qué no? Porque va a arruinar todo.
Arruinar qué? Mi trabajo. ¿Cuál trabajo? Don Evaristo no respondió. Lloraba más fuerte. ¿Dónde está mi hermana? No sé. Sí sabe. Tomás se acercó otra vez. La tiene escondida en algún lado. No. En casa de algún amigo suyo. No tengo amigos. La vendió como a las otras. Don Evaristo dejó de llorar de golpe.
Miró a Tomás con ojos grandes. Ah, ¿cómo sabe eso? Entonces sí las vendió. Yo no dije eso. Se escucharon las sirenas de la policía a lo lejos. Ya, ya vienen los policías. Don Evaristo se paró del suelo, caminó hacia la ventana. Van a llevarse todo. ¿Llevarse qué? Mis cosas. Mis fotos. Esas fotos son evidencia.
Son mis recuerdos. Las sirenas sonaban más cerca. Don Evaristo temblaba mucho. ¿Qué va a pasar conmigo? va a ir preso. Soy muy viejo para la cárcel. Debió pensar en eso antes. Se escucharon los carros frenando afuera, después golpes en la puerta. Policía, abran la puerta. Don Evaristo miró a Tomás.
Por favor, no les diga del sótano. Está loco. Claro que les voy a decir. Abran o vamos a tumbar la puerta. Tomás fue hacia la puerta, la abrió. Aquí estoy. Yo llamé. Entraron tres policías. Uno era el sargento Ramírez. Da. ¿Dónde está el sospechoso? Tomás señaló a don Evaristo. Ahí está. Tiene fotos de todas las muchachas desaparecidas.
El sargento se acercó al viejo. Es usted de Baristo Morales. Sí, señor. Necesitamos revisar su casa. Tienen orden. No necesitamos orden. Tenemos una denuncia. Don Evaristo se sentó otra vez. Ya no lloraba. Hagan lo que quieran. El sargento Ramírez caminó por la sala. Los otros dos policías revisaron la cocina.
¿Dónde están las fotos que dice este muchacho? Tomás señaló hacia la puerta del sótano. Abajo en el sótano. Tiene sótano esta casa. Don Evaristo no respondió. Miraba el suelo. Le estoy hablando, señor Morales. Sí, tengo sótano. Muéstrenos. Don Evaristo se paró despacio, caminó hacia la puerta, la abrió.
Aquí están las escaleras. El sargento prendió la linterna. Bajó primero. Los otros policías lo siguieron. Dios mío, ¿qué pasa, sargento? Suban rápido, traigan al viejo. Tomás empujó a don Evaristo hacia las escaleras. Baje. No quiero que baje. Don Nevaristo bajó temblando. Tomás bajó detrás de él.
Los policías alumbraron las paredes con las linternas. Había más fotos de las que Tomás había visto antes. ¿Cuántas son? Como 20. El sargento contó con el dedo. 24 fotos. Todas son muchachas jóvenes. ¿Quiénes son estas mujeres? Don Evaristo no habló. Le estoy preguntando algo. Son amigas. Amigas suyas. Sí. ¿Dónde están ahora? Se fueron del pueblo.
Todas se fueron. Sí. ¿Y por qué tiene sus fotos aquí? Para recordarlas, el sargento miró a Tomás. ¿Reconoce a alguna? Esa es Lucía. Mi hermana Estela la conocía. El sargento apuntó la foto con la linterna. Ah, esta muchacha desapareció hace dos años. Denunciaron la desaparición. Sí, pero nunca la encontraron.
El sargento se acercó más a don Evaristo. Necesito que me explique estas fotos. Ya le dije, son mis amigas. ¿Por qué están todas en su sótano? Don Evaristo se quedó callado un momento largo. Después suspiró. Está bien, les voy a decir la verdad. Eso esperamos. Yo no maté a ninguna muchacha. Entonces, ¿qué pasó con ellas? Las ayudé a escapar.
Tomás lo miró con rabia. Escapar de qué? ¿De sus familias? ¿De sus maridos? Mi hermana tenía que escapar de nosotros. No de ustedes, de su papá. ¿Qué tiene que ver mi papá? Él la golpeaba. Eso es mentira. El sargento levantó la mano. Deje que hable. ¿Cómo las ayudaba a escapar? Les daba dinero para que se fueran a otra ciudad.
¿De dónde sacaba tanto dinero? Tengo ahorros. ¿Cuánto dinero? Depende de cada caso. ¿Cuánto le dio a Lucía? 2 millones de pesos. Tomás se enojó más. ¿Usted se la robó? No la robé. Ella vino a pedirme ayuda. ¿Cuándo? Un domingo en la noche llegó llorando. El sargento siguió preguntando qué le dijo exactamente, que su papá la había golpeado otra vez, que no aguantaba más.
¿Y usted qué hizo? Le dije que podía ayudarla, que tenía contactos en Bogotá. ¿Qué contactos? Gente que da trabajo a muchachas del campo. Tomás negó con la cabeza. Mi papá nunca le pegó a Estela. No hablo de Estela, hablo de Lucía. Lucía no es mi hermana. Don Evaristo miró confundido.
Su hermana no se llama Estela. Sí, Estela es mi hermana. ¿Dónde está ella? Estela está bien. Ba está arriba. El sargento frunció el seño. Espere, ¿quién es Lucía entonces? Lucía es otra muchacha. Desapareció hace dos años. ¿Y dónde está ahora? Don Evaristo bajó la cabeza. No sé. ¿Cómo que no sabe? Usted dijo que la ayudó.
La ayudé a irse, pero después perdí contacto. El sargento revisó los frascos en las repisas. ¿Para qué son estas medicinas? Para mi presión. Para los nervios. Todas son suyas. Sí, hay muchas. Tomás encontró algo en el suelo. Lo levantó. Mire, esto. Era una cadena dorada con un corazón pequeño. ¿De quién es esta cadena? Don Evaristo la miró y se puso pálido. No sé. Yo sí sé. Es de Lucía.
Se la regalé para su cumpleaños. Debe haberse caído cuando estuvo aquí. Cuando estuvo aquí. El día que vino a pedirme ayuda. El sargento tomó la cadena. ¿Por qué no se la llevó cuando se fue? Se le olvidó. Una muchacha se olvida de llevarse su cadena de oro. Don Evaristo no respondió.
Señor Morales, ¿dónde está Lucía realmente? Ya les dije, se fue para Bogotá. ¿Con quién se fue? Con unos amigos míos. ¿Cómo se llaman esos amigos? No me acuerdo. ¿No se acuerda o no quiere decir? No me acuerdo. El sargento miró a los otros policías. Suban al viejo. Vamos a registrar todo esto. Me van a arrestar. Primero vamos a buscar más evidencia.
Los policías subieron a don Evaristo a la sala. Uno se quedó cuidándolo. Los otros siguieron en el sótano. Siéntese ahí y no se mueva. Don Evaristo se sentó en el sofá. Estela se acercó a él. Es verdad lo que dice que ayuda a las muchachas. Sí, mi hijita. Eh, es verdad. ¿Por qué las ayuda? Porque nadie más lo hace.
Tomás se sentó al lado de su porque las ayuda? Porque nadie más lo hace. Tomás se sentó al lado de su hermana. No le crea nada, está mintiendo. ¿Por qué iba a mentir? Para que no lo metan preso. Don Evaristo los miró. Yo nunca les haría daño a ustedes. Y a las otras muchachas sí, a las otras tampoco.
El policía que los cuidaba habló por radio. Sargento, aquí arriba está todo normal. Sigan buscando. Revisen los cuartos. Estela miró a don Evaristo. ¿De verdad Lucía vino a pedirle ayuda? Sí. Llegó muy asustada. ¿Qué le había pasado? Su papá la había golpeado con una correa. ¿Y usted qué hizo? Le curé las heridas, le di para calmarla.
Tomás se paró. Le dio té. Sí, té de manzanilla, nada más. ¿Qué más le iba a dar? No sé. Usted dígame. Don Evaristo se puso nervioso otra vez. Solo té. Para los nervios. Desde el sótano se escuchó al sargento gritando, “Encontré algo. Suban al viejo.” El policía agarró a don Evaristo del brazo. Venga, lo necesitan abajo. ¿Qué encontraron? Ya va a ver.
Bajaron todos al sótano. El sargento tenía una caja de metal en las manos. ¿Qué es esto? Don Evaristo miró la caja. Es donde guardo mis papeles importantes. ¿Qué papeles? Escrituras. documentos del banco. El sargento abrió la caja. Adentro había muchas cartas. Y estas cartas son cartas que me escribieron las muchachas.
¿Desde dónde? Desde Bogotá, desde otras ciudades. El sargento leyó una carta en voz alta. Don Evaristo, muchas gracias por ayudarme. Ya conseguí trabajo en una fábrica. Estoy bien. Lucía. Tomás se acercó. Ah, esa carta la escribió mi amiga. Sí, me la mandó hace un año. ¿Puedo verla? El sargento le pasó la carta.
Tomás la leyó completa. Esta letra no es de Lucía. ¿Cómo sabe? Porque Lucía casi no sabía escribir. Apenas terminó tercero de primaria. Don Evaristo se puso más pálido. Tal vez alguien se la escribió. ¿Quién? No sé. ¿Algún amigo? El sargento leyó otra carta. Esta dice lo mismo, que está bien, que consiguió trabajo.
Todas dicen lo mismo. El sargento revisó rápido. Sí, todas son iguales. Estela miró las cartas. ¿No le parece raro que todas digan exactamente lo mismo? Don Evaristo no respondió. Señor Morales, ¿quién escribió estas cartas realmente? Las escribieron ellas. Todas tienen la misma letra. El sargento comparó las cartas.
Sí, la misma letra a la misma tinta. Tomás se enojó. Usted escribió estas cartas. Don Evaristo empezó a temblar. No, ellas me las mandaron. Mentiroso. Todas tienen su letra. El sargento guardó las cartas en una bolsa. Estas son evidencia. Me van a arrestar. Sí. por secuestro y desaparición forzada. Don Evaristo se echó a llorar otra vez.
Yo no las secuestré. Entonces, ¿dónde están? No sé. ¿Cómo que no sabe? Se las llevaron. ¿Quién se las llevó? Unos hombres. Tomás lo agarró de la camisa. ¿Qué hombres? Unos que conocía. ¿Para qué se las llevaron? Don Evaristo no quiso responder. El sargento se acercó. Señor Morales, si no colabora va a ser peor para usted.
No puedo decir, ¿por qué no puede? Porque me van a matar. ¿Quién lo va a matar? Ellos. ¿Quiénes son ellos? Don Evaristo siguió llorando. No dijo nada más. A el sargento habló por radio. Necesito refuerzos y que vengan de investigaciones. Van a seguir buscando esto. Apenas empieza. El sargento llamó por radio. Necesito que venga el equipo de investigaciones y traigan herramientas.
¿Para qué? Preguntó Tomás. Vamos a revisar todo este sótano. Los investigadores llegaron una hora después. Trajeron linternas grandes y detectores de metal. Señor Morales, ¿hay algo más que no nos haya dicho? No, ya les conté todo. ¿Seguro? Sí. El investigador principal empezó a revisar las paredes.
Golpeaba con los nudillos. Aquí suena hueco. Movieron unos estantes viejos. Detrás había una pared falsa. ¿Qué hay ahí atrás?, le preguntó el sargento a don Evaristo. Nada, es solo una pared. ¿Por qué está tapada entonces? No sé. N. Así estaba cuando llegué. Rompieron la pared falsa con un martillo. Adentro había un hueco profundo. Sargento, venga a ver esto.
En el fondo del hueco había una caja fuerte, pequeña. ¿De quién es esta caja? Don Evaristo se puso muy pálido. No sé. Nunca la había visto. ¿Cómo que nunca? Está en su casa. Tal vez la dejó el dueño anterior. Usted lleva 30 años viviendo aquí. Sí, pero nunca revisé. ese hueco. Sacaron la caja fuerte, era pesada y tenía una combinación.
¿Sabe cuál es la combinación? No tengo idea. Vamos a tener que abrirla a la fuerza. Trajeron una sierra eléctrica para abrir la caja fuerte. Don Evaristo temblaba mientras trabajaban. ¿Está seguro que no sabe la combinación? Le juro que no. Después de media hora lograron abrirla. Adentro había papeles y documentos. Sí.
¿Qué es esto? El investigador sacó las cédulas de identidad una por una. Lucía Hernández, María Gómez, Carmen Ruiz. Tomás reconoció el nombre de Lucía. Esa es la cédula de mi amiga. ¿Por qué tiene usted estos documentos? Le preguntó el sargento a don Evaristo. No sé cómo llegaron ahí. Son 12 cédulas. Exactamente el mismo número de fotos en la pared. Es una coincidencia.
Estela contó las fotos otra vez. No es coincidencia, son las mismas mujeres. El investigador siguió sacando cosas de la caja. Aquí hay pasaportes también. Pasaportes. Sí, todos de las mismas mujeres. Don Evaristo se sentó en una silla. Ya no podía negar nada. ¿Para qué necesitaba los pasaportes si ellas se fueron por su cuenta? Yo no tengo esos pasaportes.
Están en su caja fuerte. Ah, en su casa. Alguien los puso ahí. ¿Quién? No sé. El investigador encontró algo más en el fondo. Sargento, aquí hay una memoria USB. ¿Qué contiene? No sé. Necesitamos una computadora. Trajeron una laptop de la patrulla. conectaron la memoria USB. ¿Qué aparece? Videos.
¿Vdeos de qué? El investigador abrió el primer archivo. Son videos de este mismo sótano. En la pantalla se veía a don Evaristo con una muchacha joven. Ella estaba tomando té. ¿Quién es esa muchacha?, preguntó el sargento. Don Evaristo no respondió. Es Lucía, dijo Tomás. Reconozco su vestido azul. En el video, Lucía empezó a marearse después de tomar el té.
¿Qué le puso al té? Nada. Se ve claramente que la está drogando. Lucía se desmayó en el video. Don Evaristo la cargó y la puso en un rincón. ¿Qué le hizo después? Nada malo. El investigador abrió otro video. Era otra muchacha diferente. La misma situación. Aquí está haciendo lo mismo. ¿Cuántos videos hay? 12 archivos, una por cada muchacha desaparecida.
Don Evaristo empezó a llorar otra vez. Ya no puedo mentir más. ¿Qué les hacía después de drogarlas? Don Evaristo se limpió las lágrimas. Las entregaba. ¿A quién? A unos hombres que conocía. ¿Qué hombres? Unos que se dedican a eso. ¿A qué se dedican? a llevarse muchachas. Tomás se puso furioso. Usted las vendió.
Necesitaba el dinero. ¿Cuánto le pagaban por cada una? $000. Estela no podía creer lo que escuchaba. ¿Cómo pudo hacer eso? Ustedes no entienden. Yo siempre fui pobre. Pobre. Usted vive en una casa enorme. La casa se está cayendo. Ah, no tengo plata para arreglarla. y por eso vendía mujeres. Ellos me buscaron a mí.
¿Quiénes lo buscaron? Unos tipos de la capital. Dijeron que necesitaban muchachas jóvenes. El sargento siguió preguntando cómo las escogía. Buscaba a las que estaban solas, las que nadie iba a extrañar mucho. Lucía tenía familia. Sí, pero su papá la golpeaba. Pensé que no la iban a buscar. Tomás quiso pegarle, pero el sargento lo detuvo.
¿Dónde se las llevaban? No sé. Yo solo las entregaba en la carretera. ¿Qué carretera? La que va para la capital, en el kilómetro 30. El investigador siguió revisando los videos. En todos se veía lo mismo. Usted filmaba todo. Ellos me obligaron. ¿Para qué querían los videos? Para tener pruebas de que yo participaba.
¿Pruebas de qué? De que yo era cómplice para que no los delatara. Estela entendió todo. Por eso escribió las cartas falsas. ¿Cuáles cartas? Las que decían que las muchachas estaban bien. Don Evaristo asintió con la cabeza. Tenía que hacer creer que se habían ido por Tenía que hacer creer que se habían ido por su cuenta. ¿Quién le pidió que escribiera las cartas? Los mismos tipos dijeron que si alguien preguntaba, yo tenía que mostrar las cartas. Y la gente le creyó.
Al principio sí, pero después empezaron a sospechar. El sargento guardó la memoria USB. ¿Cuándo fue la última vez que entregó a alguien? Hace 3 meses. ¿Quién era? Una muchacha que trabajaba en el mercado. ¿Cómo se llamaba? Rosa Martínez. Tomás conocía ese nombre. Rosa desapareció en diciembre. Sí, su mamá la sigue buscando.

Don Evaristo se echó a llorar más fuerte. Ah, yo no quería hacerlo. ¿Por qué lo hizo entonces? Porque me amenazaron. ¿Con qué lo amenazaron? Dijeron que me iban a matar si no cooperaba. ¿Cómo lo contactaban? Me llamaban por teléfono. ¿Tiene el número? Sí, está anotado en mi libreta. El investigador encontró la libreta en un cajón. Aquí hay varios números.
¿De quiénes son? De los que organizan todo esto. El sargento llamó a la central por radio. Necesito que rastreen estos números de teléfono. Son importantes. Muy importantes. Es una red de trata de personas. Don Evaristo seguía llorando. ¿Desde cuándo trabaja con ellos? 3 años. ¿Cómo lo contactaron la primera vez? Vinieron a mi casa.
Dijeron que sabían que yo estaba solo. ¿Cuántos eran? Dos hombres, uno gordo y otro flaco. ¿Cómo se llamaban? El gordo se llamaba Raúl. Eh, el flaco no me dijo su nombre. ¿De dónde eran? De la capital. Hablaban raro. Estela todavía no entendía todo. ¿Por qué las invitaba a su casa? Tenía que ganármelas primero.
¿Cómo? Les decía que las iba a ayudar, que tenía contactos en la capital. Y ellas le creían. Sí, porque yo parecía inofensivo. Tomás se enojó otra vez. Usted se aprovechó de que confiaran en usted. Sí. ¿No le daba pena? Al principio sí, pero después me acostumbré. ¿Cómo puede acostumbrarse a algo así? Cuando necesitas dinero, haces cualquier cosa.
El investigador cerró la laptop. ¿Sabe dónde tienen a las muchachas ahora? No. Una vez que se las entregaba, ya no sabía nada más. Nunca, preguntó, no. Era mejor no saber. ¿Alguna vez trató de escaparse? ¿Cómo irse del pueblo? Cambiar de vida. No tenía a dónde ir. Ah, y ellos me hubieran encontrado. El sargento habló con el investigador.
Con esta información podemos desbaratar toda la red. ¿Van a encontrar a las muchachas? Vamos a intentarlo. Don Evaristo levantó la cabeza. ¿Van a poder salvarlas? No sabemos. Depende de dónde estén. Algunas ya deben estar en otros países. ¿Por qué dice eso? Porque Raúl me contó que las vendían afuera.
¿A qué países? No me dijo, solo que las llevaban lejos. El investigador anotó todo en su libreta. ¿Cuánto dinero ganó en total? Como $60,000. ¿Dónde está ese dinero? Lo gasté arreglando la casa. Todo. Sí. Esta casa es muy vieja. Todo se daña. Tomás no le creyó. No guardó nada. Un poco está en el banco. ¿Cuánto? Como $10,000.
Ese dinero es de las víctimas. Ya lo sé. El sargento cerró su libreta. Ya. Señor Morales, queda arrestado por trata de personas y secuestro. Me van a llevar preso. Sí. Ahora mismo. ¿Puedo despedirme de mi casa? No, esto es una escena del crimen. Le pusieron las esposas. Don Evaristo ya no lloraba. ¿Van a buscar a Raúl y al otro? Claro que sí. Tengan cuidado, son peligrosos.
No se preocupe por nosotros. Lo subieron a la patrulla. Todo el pueblo estaba afuera mirando. El investigador revisó los papeles que encontraron en la caja fuerte. Aquí hay teléfonos y direcciones de muchas ciudades. ¿De qué ciudades? Preguntó el sargento. Bogotá, Medellín, Cartagena, también de Venezuela y Ecuador.
Don Evaristo estaba sentado en una silla con las manos esposadas. Esta es la red completa, le preguntó el investigador. Sí, esos son todos los contactos que tenía. ¿Quién era el jefe? Un tal Raúl. E, él me conseguía los clientes. Raúl, ¿qué más? Raúl Herrera vive en Bogotá. El investigador anotó el nombre.
¿Cómo lo conoció? Él llegó al pueblo hace 4 años. Me dijo que podía ganar dinero fácil. ¿Y usted le creyó? Al principio no, pero después vi que era cierto. ¿Cuánto le pagaban por cada muchacha? $5,000. Tomás se paró de la silla. Usted vendió a mi hermana por $5,000. Yo necesitaba el dinero. Ella vale más que todo el dinero del mundo. El sargento calmó a Tomás.
Señor, siéntese, por favor. El investigador siguió revisando los papeles. Aquí hay nombres de más personas. ¿Quiénes son los que reciben a las muchachas en otras ciudades? ¿Usted los conoce? No, ahí solo hablé con ellos por teléfono. ¿Qué les decían? Que iban a llegar muchachas nuevas. Y después, ¿qué pasaba? No sé. Yo solo las entregaba.
El investigador encontró una libreta pequeña. ¿Qué es esto? Ahí anotaba las fechas y los nombres. Dice aquí que vendió dos muchachas en enero. Sí, Carmen y Patricia. ¿De dónde eran? del pueblo de al lado. ¿Cómo las convenció? Les dije que tenía trabajo para ellas en Bogotá. Y ellas vinieron solas. Sí, llegaron aquí una tarde.
¿Qué les hizo? Les di con pastillas para dormir. Y después llamé a Raúl. Él vino por ellas. Esa misma noche. Un hombre entró corriendo a la casa. Tenía los ojos rojos de tanto llorar. ¿Dónde está mi hermana? gritó. “¿Quién es usted?”, preguntó el sargento. “Soy Miguel Vargas. Mi hermana Carmen desapareció hace 6 meses. Don Evaristo levantó la cabeza.
Carmen era muy bonita. ¿Usted qué le hizo a mi hermana?” Miguel se lanzó contra don Evaristo, pero los policías lo detuvieron. “Cálmese, señor. Necesitamos que nos ayude. Ese viejo maldito se llevó a mi hermana. El investigador le mostró la libreta. Su hermana está anotada aquí. Desapareció el 15 de enero. Sí, ese día.
Ella me dijo que venía a este pueblo a buscar trabajo. ¿Trabajo de qué? De empleada doméstica. Alguien le dijo que aquí había una familia que necesitaba muk de empleada doméstica. Alguien le dijo que aquí había una familia que necesitaba muchacha. ¿Quién le dijo eso? No sé. Carmen no me contó. Don Evaristo habló desde su silla.
Yo le dije que tenía contactos en Bogotá. Miguel se volteó furioso. Usted engañó a mi hermana. Ella quería irse del pueblo. Decía que no tenía futuro allá. Mentiroso. Carmen era feliz en la casa. El investigador intervino. Su hermana tenía problemas en la casa. No vivía conmigo y mi esposa. Cuidaba a nuestros hijos.
¿Por qué se quería ir entonces? No se quería ir. Ese viejo la engañó. Don Evaristo negó con la cabeza. Carmen me dijo que se sentía como una carga. Eso es mentira. Me dijo que quería ganar su propio dinero. Miguel empezó a llorar. ¿Dónde está ahora? No sé. Se la llevaron hace meses. ¿Quién se la llevó? Raúl y otro hombre.
¿Cómo era el otro hombre? Alto con bigote. Se llamaba Fernando. El investigador anotó el nombre. Fernando. ¿Qué más? No me dijo el apellido. ¿De dónde era? De Cartagena. Miguel se sentó en el suelo. Mi hermana tenía solo 18 años. Lo siento mucho dijo don Evaristo. No me pida perdón. Devuélvamela. Ya no puedo hacer nada.
El sargento cerró la libreta de don Evaristo. Cuente bien, ¿cuántas mujeres vendió en total? Don Evaristo pensó un momento. 12. ¿Estás seguro? Sí, tengo todo anotado en la libreta. El investigador contó los nombres. Aquí solo hay 11. La primera no la anoté. ¿Quién fue la primera? Se llamaba Rosa. Tenía 16 años.
Tomás se paró otra vez. 16 años. Era una niña. Yo no sabía que era tan joven. Mentiroso. El sargento revisó los papeles. ¿En qué año empezó con esto? Hace 3 años. ¿Por qué empezó? Raúl me dijo que era fácil, que las muchachas del pueblo querían irse y usted le creyó. Necesitaba dinero a esta casa se estaba cayendo.
Miguel seguía llorando en el suelo. 12 familias destruidas por su culpa. Yo no quería hacerle daño a nadie. Claro que quería. Usted sabía lo que pasaba. El investigador siguió preguntando, “¿Cuál fue la última?” Estela iba a ser la última. Estela tembló al escuchar su nombre. ¿Usted me iba a vender? Sí, Raúl viene mañana por usted.
Maldito sea. Tomás abrazó a su hermana. Gracias a Dios llegué a tiempo. El sargento habló por radio. Necesitamos más patrullas. Raúl Herrera viene mañana. ¿A qué hora viene?, preguntó el investigador. Como a las 8 de la noche. ¿Dónde se iban a encontrar? Aquí en la casa. Él sabía que Estela iba a estar lista. Sí, le mandé un mensaje ayer.
El investigador miró a Estela. ¿Usted sabía que la iban a vender? No. Ah, yo pensé que don Evaristo era bueno. ¿Él le dio algo de tomar? Sí, té y galletas. Se sintió mareada un poquito, pero pensé que era por los nervios. Don Evaristo bajó la cabeza. Las pastillas estaban en el té.
¿Qué pastillas?, preguntó el sargento. Para dormir Raúl me las daba. ¿Cuántas le echaba al té? Dos o tres, dependía del peso de la muchacha. Miguel se levantó del suelo. A mi hermana también le dio pastillas. Sí. Ella se dio cuenta. No, ninguna se daba cuenta. Y después que hacía, las llevaba al cuarto de arriba, las acostaba en la cama.
¿Cuánto tiempo dormían? Como 6 horas. ¿Y usted qué hacía mientras tanto? Esperaba a que llegara Raúl. El investigador cerró su libreta. Señor Morales, usted es un criminal. Ya lo sé. Afuera se escuchó mucho ruido, gente gritando y carros llegando. ¿De qué pasa? Preguntó el sargento. Un policía entró corriendo. Sargento, todo el pueblo está fuera.
Quieren linchar al viejo. ¿Cuánta gente hay? Como 100 personas están muy bravas. Se escucharon gritos desde la calle. Saquen a ese maldito. Queremos justicia. Ese viejo nos robó a nuestras hijas. Don Evaristo se puso pálido. Me van a entregar. No, nosotros lo protegemos. Pero ellos quieren matarme. Por eso lo vamos a sacar por atrás.
Miguel se acercó a la ventana. Ahí está la mamá de Patricia. ¿Quién es Patricia? Una de las muchachas que desapareció. La mamá de Patricia gritaba desde afuera. Mi niña tenía solo 17 años. Devuélvanos a nuestras hijas. Más gente se sumó a los gritos. Ese viejo es un monstruo. Mátenlo. El sargento habló por radio. Necesitamos refuerzos urgente.
Ah, la multitud está muy alterada. Don Evaristo empezó a llorar. Yo no quería que pasara esto. Ya es muy tarde para arrepentirse, le dijo Tomás. ¿Usted tiene hijos?, le preguntó Miguel. No, por eso no entiende el dolor que causó. Yo solo necesitaba dinero. Hay mil maneras de conseguir dinero sin lastimar gente.
Alguien tiró una piedra contra la ventana. El vidrio se quebró. Saquen a ese maldito. Lo vamos a quemar vivo. El sargento se preocupó. Tenemos que tenemos que sacarlo ya. Otro policía entró. Sargento. Trajeron gasolina. Quieren quemar la casa con nosotros adentro. Están muy furiosos. No razonan. El sargento le quitó las esposas a don Evaristo.
Póngase esta chaqueta y la gorra. ¿Para qué? Para que no lo reconozcan. Don Evaristo se puso la ropa del policía. Ah, ¿por dónde me van a sacar? Por la puerta de atrás hay una patrulla esperando. Miguel se acercó. Ojalá lo maten en la cárcel. No diga eso le dijo Estela. ¿Por qué lo defiende? No lo defiendo, pero matar no soluciona nada.
A mí me gustaría matarlo con mis propias manos. Tomás abrazó a Miguel. Entiendo su rabia, pero la justicia se encarga. Afuera los gritos siguieron. Sabemos que está ahí adentro. No se van hasta que salga. Una mujer gritó más fuerte que todos. Ese viejo me quitó a mi nieta. ¿Cuál era su nieta? Preguntó el investigador. Sofía tenía 19 años.
Don Evaristo reconoció el nombre. Sofía era muy inteligente. No hable de mi nieta. Ella quería estudiar enfermería. Cállese. El sargento agarró a don Evaristo del brazo. Vámonos. Y ya llegaron los refuerzos. Me van a llevar a la cárcel. Sí, ahí va a estar seguro. ¿Y si me matan allá también? Eso ya no es nuestro problema.
El sargento abrió la puerta de atrás. Había tres patrullas esperando. Rápido, súbase. Don Evaristo. Caminó rápido hacia el carro. Tenía la gorra puesta y la cabeza baja. Ahí va, gritó alguien desde lejos. Es él. Mátenlo. La multitud corrió hacia las patrullas. Los policías tuvieron que formar una barrera. Atrás.
No se acerquen. Queremos justicia. La justicia la hace el juez, no ustedes. Don Evaristo se metió en la patrulla. Temblaba de miedo. Ya podemos irnos. Sí, arranc, le dijo el sargento al conductor. La patrulla salió rápido. La gente corrió atrás tirando piedras. Una piedra pegó en el vidrio trasero. Don Evaristo se agachó. Eh, me van a matar.
Ya estamos lejos. Cálmese. ¿A dónde me llevan? a la cárcel de la capital. ¿Cuándo va a ser el juicio? En unos meses, don Evaristo miró por la ventana. Era la última vez que veía a su pueblo. ¿Puedo pedirles un favor? ¿Qué? ¿Pueden buscar a las muchachas? Ya lo vamos a hacer, especialmente a Carmen.
Su hermano se ve muy buena persona. El sargento se volteó. Ahora le importan las muchachas. Siempre me importaron. El capitán García revisó todos los papeles que encontraron en la casa de don Evaristo. “Aquí hay números de teléfono y direcciones”, le dijo al sargento. “¿De dónde son?” “De la capital y algunos de otros países.” El capitán agarró el teléfono.
“Voy a llamar a la policía de allá.” Marcó el primer número. Contestó un hombre. “Aló.” Habla el capitán García de la policía. Necesito información sobre una red de trata. ¿Qué tipo de información? Tengo direcciones y teléfonos. Creo que venden mujeres. Mándeme todo por fax. El capitán colgó y miró al sargento.
Van a revisar todas las direcciones. ¿Cuándo? Esta misma noche. En el pueblo, las familias de las desaparecidas esperaban noticias. Miguel, el hermano de Carmen, no había dormido en dos días. ¿Cree que mi hermana esté viva?”, le preguntó a Estela. “No pierda la esperanza.” Ya pasaron 8 meses desde que desapareció, pero el viejo dijo que las vendía, eso significa que están vivas.
El teléfono del capitán sonó. “Aló, capitán. Encontramos algo grande. ¿Qué encontraron? Una casa con 12 mujeres encerradas, todas muy jóvenes. ¿Están bien? Están vivas, pero muy mal. Las tenían drogadas. ¿Reconoce a alguna de las fotos que le mandé? Sí, a cinco de ellas. El capitán sonrió por primera vez en días.
Vamos para allá. La casa estaba en las afueras de la capital. Era grande, pero muy fea por fuera. ¿Cuántos hombres había adentro?, preguntó el Capitán García. Tres. Ya los arrestamos”, contestó el detective de la capital. “¿Y las mujeres? Están en el hospital, algunas no pueden ni caminar. Entraron a la casa. Olía horrible.
Había cuartos pequeños con una cama cada uno. Aquí las tenían, sí, encerradas con llave. El capitán vio las ventanas, tenían rejas y estaban tapadas con periódicos. ¿Hace cuánto funcionaba esto? Los vecinos dicen que como 3 años. Los vecinos no sospechaban nada. Decían que era una pensión para trabajadoras en el hospital.
Y las cinco muchachas del pueblo estaban en una sala especial. ¿Podemos hablar con ellas?, preguntó el capitán. Solo con dos. Las otras están muy graves. La doctora los llevó a un cuarto. Ahí estaba Lucía, la hermana de Tomás. Lucía. Ella levantó la cabeza despacio. Estaba muy flaca y pálida. ¿Quién es usted? Soy policía. Vengo del pueblo.
Lucía empezó a llorar. Mi hermano me está buscando. Sí. Él fue quien nos ayudó a encontrarla. Don Evaristo está preso. Sí. Ya no le puede hacer daño a nadie. En el cuarto de al lado estaba Carmen, la hermana de Miguel. Carmen, su hermano viene en camino. Ella no podía hablar, solo lloraba y temblaba. Tranquila, ya está a salvo.
Tomás llegó corriendo al hospital. Había manejado 4 horas sin parar. ¿Dónde está mi hermana? En el cuarto 205, le dijo la enfermera. Tomás subió las escaleras de dos en dos, abrió la puerta despacio. Lucía. Ella volteó y lo vio. Se echó a llorar como una niña. Tomás. Él la abrazó fuerte. Los dos lloraron durante una hora sin hablar.
Perdóname, hermana. No te busqué lo suficiente. No es tu culpa. Pensé que te habías ido con algún novio. Yo nunca me hubiera ido sin decirte. Tomás se sentó en la silla al lado de la cama. ¿Qué te hizo ese viejo maldito? me dijo que me iba a ayudar a conseguir trabajo en la capital. ¿Y tú le creíste? Sí.
Me dio un té y después no me acuerdo de nada. ¿Dónde despertaste? En un cuarto horrible. Había una mujer que me gritaba que tenía que trabajar. Lucía temblaba al contar la historia. ¿Qué tipo de trabajo? Con hombres. Hombres muy feos que me lastimaban. Tomás apretó los puños. Eh, ¿cuántos años tienes ahora? 21. Cuando desapareciste, tenías 19.
Ya pasaron 2 años. Sí, hermana, se me olvidó hasta mi edad. Miguel llegó esa misma tarde. Encontró a Carmen despierta, pero muy callada. Hermanita, soy yo. Carmen lo miró, pero no sonó. ¿Me reconoces? Ella asintió con la cabeza. ¿Por qué no hablas? Carmen señaló su garganta. ¿Te duele? Ella negó con la cabeza y escribió en un papel, me da miedo hablar.
Al día siguiente, Lucía se sintió mejor. Pudo contar toda la historia. Don Evaristo me encontró llorando en la plaza. Le dijo al Capitán García. ¿Por qué estabas llorando? Porque mi papá me había pegado otra vez. ¿Y qué te dijo el viejo? que conocía a una señora en la capital que daba trabajo a muchachas. Tomás estaba sentado al lado de la cama escuchando.
¿Te pidió dinero? No. Dijo que él me iba a ayudar gratis. ¿Fuiste a su casa? Sí. Me dijo que tomara un té para el viaje. Sabía raro el té, un poco amargo, pero pensé que era normal. El capitán escribía todo en su libreta. ¿Qué pasó después de tomar el té? Me empecé a sentir mareada. Don Evaristo me dijo que me acostara en el sofá y después desperté en un carro.
Había un hombre manejando que no conocía. Don Evaristo estaba ahí. No, nunca más lo vi. ¿A dónde te llevaron? A esa casa horrible donde me encontraron. Lucía empezó a llorar otra vez. ¿Cuántas muchachas había ahí? como 15, pero algunas se enfermaron y se las llevaron. ¿A dónde se las llevaron? No sabemos. Nunca. No sabemos. Nunca regresaron.
Tomás se paró de la silla. Las mataron. Creo que sí. Una se llamaba Rosa. Tenía como 17 años. El capitán siguió escribiendo. Los hombres que las cuidaban les decían algo. Que si nos portábamos mal nos iban a matar. Intentaste escaparte una vez, pero me agarraron y me pegaron tanto que no pude caminar por una semana.
¿Había teléfonos en la casa? Sí, pero estaban con llave. ¿Sabías dónde estabas? No nos tenían encerradas todo el tiempo. Carmen escribió algo en un papel y se lo dio a Miguel. ¿Qué dice Miguel? Leyó en voz alta, “Don Evaristo me dijo que mi hermano había muerto. ¿Por qué te dijo eso?” Carmen escribió. Para que no quisiera regresar al pueblo.
El capitán cerró su libreta. ¿Hay algo más que recuerden? Sí, dijo Lucía. Don Evaristo tenía fotos de todas nosotras antes de llevarnos. ¿Cómo así? Nos tomaba fotos cuando íbamos a su casa y decía que era para recordarnos. 6 meses después fue el juicio de don Evaristo. El viejo entró al juzgado con esposas y la cabeza baja.
¿Cómo se declara?, preguntó el juez. Culpable, contestó don Evaristo con voz muy bajita. En las bancas estaban las familias de las muchachas. Miguel y Tomás se sentaron juntos. ¿Reconoce haber secuestrado a 12 mujeres jóvenes? Sí, señor juez. Reconoce haberlas vendido a una red de trata de personas. Sí. El fiscal se paró.
Señor juez, este hombre arruinó la vida de 12 familias. ¿Tiene algo que decir en su defensa?, le preguntó el juez a don Evaristo. El viejo levantó la cabeza, “Solo que me arrepiento mucho. ¿Por qué lo hizo? Necesitaba dinero y pensé que nadie las iba a extrañar.” Miguel se paró de su asiento. “¿Cómo que nadie las iba a extrañar?” “¡Orden en la sala!”, gritó el juez.
El abogado defensor habló. Mi cliente tiene 70 años y problemas mentales. Eso no justifica nada, dijo el fiscal. Pido clemencia por su edad. Lucía estaba en el juicio como testigo. Se veía mejor, pero todavía muy flaca. ¿Quiere decirle algo al acusado?, le preguntó el juez. Sí, dijo Lucía parándose. Se volteó hacia don Evaristo.
Usted me quitó 2 años de mi vida. Don Evaristo no la miró. Me quitó la confianza en la gente. “Lo siento mucho,” murmuró el viejo. “Sus disculpas no me devuelven nada. El juez golpeó con el martillo. Don Evaristo Mendoza lo condeno a 30 años de prisión por trata de personas. 30 años, preguntó don Evaristo. 30 años sin derecho a libertad condicional.
Los policías se llevaron al viejo. A las familias aplaudieron. Afuera del jus, afuera del juzgado, Tomás abrazó a su hermana. Ya se acabó, Lucía. 30 años es suficiente para mí no, pero es lo que hay. Miguel salió después con Carmen. Ella ya hablaba un poco, pero muy bajito. ¿Estás contenta?, le preguntó. Sí, pero tengo miedo de que se escape.
No se va a escapar, está muy viejo. El capitán García habló con las familias. Las otras muchachas que encontramos también van a testificar. ¿Contra quién?, preguntó Tomás. Contra los hombres de la red. El juicio es el próximo mes. Y las que no encontraron, seguimos buscando. Don Evaristo llegó a la cárcel esa misma tarde.
Lo pusieron en una celda con otros tres hombres. ¿Por qué estás aquí, viejo?, le preguntó uno. Por un problema con unas muchachas. ¿Qué tipo de problema? Don Evaristo no contestó y se acostó en su catre y se tapó la cara. Te pregunté algo. No quiero hablar. El hombre se acercó. Aquí todos sabemos por qué está cada uno.
Déjeme en paz. Las violaste. No. Entonces, ¿qué les hiciste? Don Evaristo siguió callado. El hombre le quitó la cobija de la cara. Si no hablas, voy a averiguar por mi cuenta. Al día siguiente, todos los presos sabían la historia de don Evaristo. Un guardia había contado todo. Ese viejo vendía muchachas.
Le dijo un preso a otro. En serio, 12 muchachas, todas menores de 25 años. Hay que darle su merecido. Don Evaristo no salió de su celda en tres días. tenía miedo. “Viejo, tienes que ir al patio”, le dijo el guardia. “No quiero. No es opcional. En el patio los otros presos lo rodearon. ¿Es cierto que vendías mujeres?” Don Evaristo temblaba.
Yo no hice nada malo. ¿Cómo que no hiciste nada malo? Ellas estaban mejor en la capital. Un preso le pegó un puñetazo en la cara. Mentiroso. Don Evaristo cayó al suelo. Todos empezaron a patearlo. Hijo de Los que tocan mujeres no duran aquí. Los guardias llegaron corriendo y pararon la pelea.
Don Evaristo tenía la cara toda hinchada. “Me van a matar”, le dijo al guardia. “Te vamos a cambiar de pabellón.” “¿A dónde?” “Con los violadores y los que mataron niños. Ahí voy a estar seguro. Un poco más, pero no mucho. Don Evaristo llevaba dos años en la cárcel. Cada día era peor que el anterior.
Viejo, hoy no saliste al patio le dijo el guardia. Me duele todo el cuerpo. Tienes que salir. Son las reglas. Por favor, déjeme quedarme aquí. El guardia lo miró. Don Evaristo estaba muy flaco. Ne tenía moretones en los brazos y la cara. ¿Qué te hicieron ahora? Nada. No me mientas. Me pegaron con un palo en las costillas.
¿Quién? Los del pabellón tres. ¿Por qué no me dijiste antes? Porque van a ser peor conmigo. El guardia se fue. Don Evaristo se quedó acostado en su catre. No podía respirar bien. Esa tarde llegó el doctor de la prisión. A ver, ¿qué le duel? Todo sea más específico, las costillas, el estómago, la cabeza. El doctor lo revisó.
Don Evaristo tenía dos costillas rotas y sangre en la orina. Necesita ir al hospital. Me van a sacar de aquí solo por unos días. No quiero volver. No es su decisión. Don Evaristo estuvo una semana en el hospital. Cuando regresó a la cárcel, los otros presos lo estaban esperando. Mom, miren quién volvió. El que vende muchachas.
Pensamos que te habías muerto. Ojalá, murmuró don Evaristo. Esa noche lo atacaron en los baños. Tres hombres lo golpearon con tubos de metal. Por favor, ya no más. Esto es por todas las muchachas. Me van a matar. Esa es la idea. Al día siguiente, el guardia encontró a don Evaristo en el suelo. Ya no respiraba. Estela estaba en la panadería cuando llegó la noticia.
Su mamá entró corriendo. Mi hija, se murió don Evaristo. ¿Cómo lo mataron en la cárcel? Estela dejó de amasar el pan, se sentó en una silla y se puso a llorar. ¿Por qué lloras? Ese hombre era malo. Mamá, yo fui a su casa, pero no te pasó nada. Pudo haberme pasado. Si Tomás no llega. Su mamá se acercó y la abrazó.
Pero no pasó nada. ¿Estás bien? No estoy bien, mamá. Y no duermo desde hace dos años. ¿Por qué no me dijiste? Porque me da vergüenza. ¿Ven qué? De haber sido tan tonta. Usted me dijo que no fuera. Mi hija, tú tenías buenas intenciones. Las buenas intenciones casi me cuestan la vida. Estela siguió llorando.
Su mamá no sabía qué decir. Yo pensé que era un pobre viejo solo y era un monstruo. ¿Cómo no me di cuenta? porque era muy bueno actuando. Debí ser más desconfiada como usted. No te culpes. Todas las noches pienso en eso. Y si Tomás llegaba 5 minutos después, pero llegó a tiempo. Y si no llegaba, su mamá no contestó. Estela, no puedes vivir pensando en lo que pudo pasar.
Pero pienso todas las noches. ¿Has hablado con alguien? ¿Con quién? Todo el pueblo sabe que fui yo la que fue a esa casa. La gente no te culpa. Sí me culpa. E ayer en el mercado, doña Carmen me dijo que por poco le doy otra víctima al viejo. Su mamá se enojó. Esa vieja te dijo eso y otras cosas peores. ¿Qué otras cosas? que soy una ingenua, que las muchachas como yo son las que más problemas traen.
Esa mujer es una envidiosa. Pero tiene razón, mamá. Yo fui la que decidió ir. Tú querías ayudar y por poco me convierto en la número 13. Estela se limpió las lágrimas con el delantal. Quiero irme del pueblo. ¿A dónde? A cualquier lado. Aquí todos me miran raro. Esta es tu casa. Ya no. Cada vez que paso por esa calle me acuerdo de todo.
La casa está vacía, ya no vive nadie ahí. Pero yo me acuerdo del sótano, de las fotos, del té que me ofreció. ¿Tomaste el té? No. Gracias a Dios que llegó Tomás antes. Su mamá suspiró. Sí, tal vez sea bueno que te vayas un tiempo. El padre Miguel subió al púlpito el domingo siguiente. La iglesia estaba llena. Hermanos, hoy quiero hablar de lo que pasó con don Evaristo.
La gente se movió en los bancos. Todos sabían de qué iba a hablar. Muchos me han preguntado, ¿cómo es posible que un hombre así viviera entre nosotros? Doña Carmen levantó la mano. Padre, ese hombre siempre fue raro. Sí, doña Carmen, pero ser raro no es ser malo. Pero algo se le notaba. ¿Qué se le notaba? Doña Carmen no supo qué contestar.
El problema es que juzgamos por las apariencias, siguió el padre. ¿Cómo dice eso, padre?, preguntó don Roberto. Don Evaristo era feo, jorobado. Los niños le tiraban piedras porque daba miedo. Daba miedo o era diferente. La iglesia se quedó callada. Nosotros lo rechazamos por su aspecto. Ah, y resulta que por dentro era peor de lo que pensábamos.
Entonces teníamos razón, dijo una señora. No, no teníamos razón. ¿Por qué no? Porque lo rechazamos por ser feo, no por ser malo. Don Roberto se paró. Padre, no entiendo. Es simple. Si hubiera sido guapo y educado, nadie habría sospechado. Pero era horrible y eso nos distrajo de lo realmente importante. ¿Qué era lo importante? Sus acciones, lo que hacía cuando nadie lo veía.
La gente empezó a murmurar. ¿Qué quiere que hagamos, padre?, preguntó doña Carmen, que aprendamos a ver más allá de las apariencias. ¿Y cómo hacemos eso? Fijándonos en los hechos, no en la cara de las personas. Un hombre del fondo gritó. Un hombre del fondo gritó, “Padre, ese viejo nos engañó a todos.” Exacto.
Ah, nos engañó porque no prestamos atención. ¿A qué teníamos que prestar atención? ¿A que nunca salía de día? a que no tenía amigos, a que las muchachas desaparecían cerca de su casa. Doña Carmen se puso roja. Nosotros no sabíamos eso porque no quisimos saber. Era más fácil burlarse de él. Usted está diciendo que es culpa nuestra.
Estoy diciendo que todos fallamos. ¿Cómo fallamos? Estela fue la única que trató de ser buena con él y por poco la mata. Pero ella actuó con el corazón. Nosotros actuamos con prejuicios. Un joven se paró. Padre, entonces, ¿qué hacemos ahora? Aprender, no juzgar solo por la cara. Y si viene otro como don Evaristo, miremos sus acciones, sus palabras, con quién se junta y si parece buena persona, pero es mala.
Por eso digo que hay que fijarse en los hechos. Doña Carmen suspiró. Es muy difícil saber quién es bueno y quién es malo. Sí, doña Carmen, por eso hay que ser cuidadosos, pero no podemos desconfiar de todos. No, pero sí podemos estar atentos. El Padre bajó del púlpito. Recuerden, las apariencias engañan siempre. La casa de don Evaristo llevaba 3 años vacía.
Nadie quería comprarla. Don Roberto era el que vendía casas en el pueblo. Ese día llegó un nombre de la capital. Buenos días. Me dijeron que hay una casa grande en venta. Sí, señor. ¿Cuál le interesa? La del final de la calle San José. Don Roberto se puso serio. Esa casa tiene problemas. ¿Qué tipo de problemas? Problemas legales.
¿Se puede arreglar? No son problemas de papeles. Entonces, ¿qué? Don Roberto no sabía cómo explicar y ahí vivía un hombre muy malo. Malo cómo secuestraba muchachas. El hombre de la capital se sorprendió. En serio. Sí. Lo mataron en la cárcel hace un año. Y eso que tiene que ver con la casa. Nadie quiere vivir ahí.
Por superstición, por respeto a las familias. El hombre caminó hacia la casa. Don Roberto lo siguió. Mire, está en buen estado”, dijo el visitante. “Por fuera sí y por dentro, no sé. Nadie ha entrado desde que se llevaron al viejo. ¿Puedo verla?” Don Roberto dudó. “Mejor busquemos otra casa. Esta me gusta. Es grande.
” “Señor, le voy a decir la verdad. Dígame. En el sótano de esa casa torturaron mujeres. El hombre se alejó un paso. En serio, 12 mujeres. Algunas murieron ahí. ¿Cómo sabe? Porque yo ayudé a la policía a sacar los cuerpos. El visitante se puso pálido. Ah, encontraron cuerpos. Tres. Los otros los vendieron vivos.
Vendieron a una red de trata de personas. El hombre miró la casa otra vez. Se veía diferente ahora. ¿Por qué no me dijo eso antes? Porque pensé que no le iba a interesar. Tiene razón. No me interesa. Hay otras casas bonitas en el pueblo. Sí, mejor muéstreme esas. Caminaron de regreso al centro. El hombre volteó a ver la casa una vez más.
Nadie ha querido comprarla. Vinieron tres personas en dos años. Todas se fueron cuando les conté la historia. Y la familia del muerto no tenía familia. La casa es del banco ahora. El banco la quiere vender barata, sí, pero nadie la quiere ni regalada. ¿Por qué? Los niños dicen que en las noches se escuchan gritos.
¿Usted cree eso? No sé, pero prefiero no averiguar. Pasaron por la panadería. En Estela los vio por la ventana. Ese hombre preguntó por la casa de don Evaristo. Le dijo a su mamá, “¿En serio? Sí, pero don Roberto lo está llevando para otro lado. Menos mal. ¿Por qué menos mal? Porque esa casa no debe tener gente nunca más. Mamá, es solo una casa.
No, mija, esa casa tiene muy mala historia. Las casas no son malas, las personas son malas, pero las casas guardan los recuerdos. Estela no contestó, siguió amasando el pan. “¿Tú entrarías a esa casa?”, le preguntó su mamá. “No, ¿por qué no?” “Porque me da miedo.” “¿Ves? ¿Tú también sientes algo raro? No es que sienta algo raro, es que me acuerdo de todo.
” Su mamá asintió. “Por eso debe quedarse vacía.” 5 años después, la casa de don Evaristo seguía abandonada. Las ventanas estaban rotas y las paredes llenas de mo. Los niños del pueblo nunca jugaban cerca. Sus mamás les habían contado la historia muchas veces. ¿Por qué no podemos ir ahí?, preguntó un niño de 6 años.
Porque es peligroso le contestó su mamá. ¿Hay fantasmas? No hay fantasmas, pero es una casa mala. ¿Cómo puede ser mala una casa? Ahí pasaron cosas muy feas. El niño se quedó callado. No entendía, pero sabía que no debía insistir. Las mujeres del pueblo siempre se cambiaban de vereda cuando pasaban por el frente. Era como una regla no escrita.
“¿Por qué cruzamos la calle aquí?”, le preguntó una nieta a su abuela. “Por costumbre.” “¿Qué costumbre?” “De no pasar por esa casa. ¿Por qué no?” La abuela miró la casa vacía. Los vidrios rotos brillaban al sol, porque ahí vivía un hombre muy malo. ¿Qué tan malo? Muy malo. Le hacía daño a las muchachas jóvenes como yo.
Sí, de como tú. La nieta apretó la mano de su abuela. Ya no vive ahí. No, mi niña. Nunca más volverá a hacerle daño a nadie, respondió la abuela. ¿Y las muchachas están bien? Sí, ellas regresaron con sus familias. Ya están a salvo. La niña sonrió ya sin miedo y apretó la mano de su abuela. Qué bueno. Sí, las cosas malas no duran para siempre.
Las dos siguieron caminando juntas hacia el centro del pueblo. Dejaron la casa vieja y vacía atrás, perdiéndose a lo lejos. El sol brillaba fuerte y se escuchaban las risas de otros niños jugando en la plaza. La pesadilla por fin había terminado para todos. Así llegamos al final de la historia de hoy. Te invitamos a suscribirte si aún no lo has hecho para que no te pierdas nuestras últimas entregas.
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