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La Cocinera Acusada

La lluvia caía sobre las calles iluminadas de Madrid cuando Lucía Herrera salió del metro con las manos congeladas y el uniforme doblado dentro de una bolsa vieja. Eran casi las cinco de la tarde y el restaurante “Casa Imperial” ya debía estar lleno de clientes elegantes.

Lucía caminó rápido.

Tenía treinta y ocho años, vivía sola con su hijo Nico en un pequeño apartamento de Lavapiés y llevaba años trabajando en cocinas donde nadie recordaba su nombre. Pero en “Casa Imperial” las cosas parecían diferentes. El dueño, Don Ernesto Salvatierra, había probado una sopa que ella preparó durante una emergencia y decidió contratarla.

Desde entonces, muchos clientes regresaban solo para probar sus platos.

Aunque eso no agradaba a todos.

Especialmente al chef principal.

Álvaro Montes.

Famoso en televisión.

Arrogante.

Y obsesionado con ser el centro de atención.

Lucía entró por la puerta trasera del restaurante y escuchó gritos inmediatamente.

—¡¿Dónde está la salsa para la mesa siete?! —gritó Álvaro.

—Ya sale —respondió un ayudante.

Álvaro volteó al verla.

—Mira quién apareció. La reina de las sopitas caseras.

Lucía bajó la mirada.

—Buenas tardes.

—No tan buenas si llegas tarde.

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