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La Carta Que Llegó Veinte Años Tarde

La lluvia caía lentamente sobre las calles antiguas de València. El sonido de las gotas golpeando los balcones de hierro se mezclaba con el tic-tac constante de decenas de relojes dentro de una pequeña relojería escondida en una calle estrecha del barrio de El Carmen.

En el interior del local, Don Ernesto ajustaba con cuidado las agujas de un reloj de bolsillo antiguo.

Tenía setenta y tres años.

Sus manos temblaban ligeramente por la edad, pero seguían siendo precisas.

Cada mañana hacía exactamente lo mismo.

Abría la tienda a las ocho.

Preparaba café.

Daba cuerda a los relojes.

Esperaba clientes.

Y, en silencio, esperaba algo más.

O mejor dicho… a alguien.

Su esposa Clara había desaparecido veinte años atrás sin dejar ninguna explicación.

Sin carta.

Sin despedida.

Sin cuerpo.

Nada.

Solo desapareció.

Muchos dijeron que ella se había cansado de él.

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