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Una Abuelita le cedió su cama a EL MENCHO sin conocerlo… al despertar ya no estaba pero dejó algo

 

Hay una historia que la gente [música] del rancho El Sausillo todavía cuenta en voz baja, no porque sea mentira, sino precisamente porque no lo es. La cuenta, ¿quién la vivió? Una mujer de 71 años llamada Dolores Venegas, que lleva más de cuatro décadas viviendo sola en la misma casa de block yy lámina que [música] construyó con su marido Genaro antes de que Genaro se muriera de un infarto a los 54 años y la dejara con dos hijos criados, una milica y el hábito de hablarle a las plantas del corredor como si pudieran responder.

Dolores no es una mujer de dramas, es una mujer de madrugadas, de tortillas hechas a mano, de rosario a las 6 de la tarde y de ese tipo de silencio tranquilo que solo tienen las personas que aprendieron hace mucho tiempo que quejarse no cambia nada. Sus vecinos más cercanos viven a kilómetro [música] y medio.

 El pueblo más próximo, San Andrés de La Cal, está a 40 minutos en camioneta por un camino que en temporada [música] de lluvia se vuelve traicionero. Dolores tenía esa noche lo que siempre tenía. Frijoles en la olla, una [música] telenovela que ya no le interesaba, pero que ponía de fondo porque el silencio total a veces pesa demasiado, y la preocupación sorda que cargaba desde hacía [música] semanas por su nieto Carmelo, que tenía 22 años, que había dejado la preparatoria sin terminar y que desde hacía 4 meses mandaba dinero a casa sin explicar de dónde salía. Eran

las 9:15 [música] de la noche cuando escuchó el golpe en el portón. No era un golpe urgente ni violento. Era el golpe [música] pausado y seco de alguien que sabe que está pidiendo un favor y no quiere imponerse. Dolores apagó el volumen de la televisión. Esperó. El golpe se repitió igual de tranquilo.

 Fue al corredor con la misma linterna [música] de mano que guardaba colgada detrás de la puerta. la enfocó hacia el portón de lámina sin [música] abrir todavía y preguntó en voz firme quién era. Del otro lado llegó una voz de hombre, una voz cansada, sin prisa, que dijo solamente [música] que venía de paso, que se le había hecho noche en el camino y que si había un lugar donde pudiera sentarse un momento.

 Dolores [música] tenía 71 años y no era ingenua, pero también tenía 71 años de vivir en un lugar donde la gente que llega de [música] noche a pie por ese camino, en ese frío, generalmente no llega porque quiere, [música] llega porque no le quedó de otra. Abrió el portón. El hombre que entró no [música] era lo que ella esperaba, aunque no sabría decir bien qué esperaba.

 Era un [música] hombre de unos 50 y tantos años, con preción ancha, ropa de trabajo oscura, una chamarra con el cierre hasta arriba y [música] una gorra de béisbol que traía tan abajo que la mitad de la cara quedaba en sombra. [música] No traía mochila, no traía bulto visible, solo las manos [música] en los bolsillos y ese cansancio particular que no es el del hombre que caminó mucho, sino el del hombre que cargó algo pesado durante demasiado tiempo.

 Buenas noches dijo Dolores. El hombre asintió. Buenas noches, señora. Y en esa fracción de segundo, sin razón clara que ella pudiera explicar después, Dolores tuvo la sensación de que esa voz la había escuchado antes. No en persona, en otro lugar, en otro [música] contexto. Una sensación vaga que guardó sin abrirla, como se guarda una carta que da miedo leer. Lo hizo pasar a la cocina.

Le sirvió un plato de frijoles y tres tortillas recalentadas. El hombre comió en silencio, despacio, con esa concentración de quien tiene hambre de verdad, pero fue criado para no demostrarlo. No preguntó nada. Ella tampoco. Cuando terminó, dijo gracias con una sola palabra y la miró por primera vez directamente.

Dolores Venegas llevaría semanas después intentando describir esa mirada a las pocas personas en quienes confió para contarlo. Y lo único que encontraba para describirla era esto. Era la mirada de un hombre que está acostumbrado a que la gente le baje los ojos y que no sabe bien qué hacer cuando alguien no lo hace.

 Dolores le mostró el cuarto que quedaba al fondo del corredor. Era el cuarto donde había dormido su hijo menor, Aurelio, antes de irse a Guadalajara hace 11 años. Tenía una cama individual con un cobertor de cuadros azules, una ventana pequeña con cortina de tela y un foco que tardaba unos segundos en encender porque el contacto estaba flojo desde hacía tiempo y Dolores nunca había conseguido que nadie fuera a arreglarlo.

“El baño está al cruzar el patio”, le dijo. El agua caliente tarda un poco. El hombre miró el cuarto desde el umbral sin entrar todavía, como si midiera algo que no era el espacio, sino otra cosa. Luego dijo que estaba bien, que muchas gracias, que no se molestara más. Dolores fue a su cuarto.

 Se hincó frente a la imagen del sagrado corazón que tenía en la repisa desde que Genaro se la trajo de una peregrinación a San Juan de los Lagos 34 años atrás. Resó lo que rezaba siempre. Pidió por Carmelo como pedía cada noche. Luego apagó la luz y se quedó mirando el techo oscuro con ese insomnio ligero que le había llegado con la vejez y que ya no le preocupaba porque había aprendido a convivir con él.

 Escuchó al hombre moverse en el cuarto del fondo. Escuchó el crujido de la cama cuando se acostó. Después, nada. No fue miedo lo que sintió en ese momento. Era algo más difuso, más parecido a la conciencia de que había introducido una variable desconocida en el orden de su noche y que ese orden ya no le pertenecía del todo hasta el amanecer.

pensó en Carmelo. Siempre terminaba pensando en Carmelo. Carmelo era el hijo de Aurelio, criado por Dolores desde los 9 años, porque Aurelio y su mujer se separaron mal y la madre del niño se fue a Estados Unidos y no volvió a comunicarse. Dolores lo había sacado adelante con lo que tenía, que no era mucho, pero había sido suficiente para mantenerlo en la escuela hasta donde él quiso estar.

 El problema era que Carmelo no quiso estar mucho tiempo. Era un muchacho inteligente, de eso Dolores estaba segura. Inteligente con las manos, inteligente para hablar, para convencer, para leer a las personas. Pero tenía esa inquietud en los ojos que tienen los jóvenes cuando el lugar donde nacieron se les queda chico antes de que tengan los medios para salir por sus propios pies.

 Los últimos 4 meses había mandado dinero puntual, más del que Dolores necesitaba. Le decía que estaba trabajando en transporte, que le estaba yendo bien, que no se preocupara. Dolores guardaba el dinero que le sobraba en una lata de café en el cajón de la cocina, porque no sabía si debía gastarlo o si algún día iba a tener que devolverlo, aunque no supiera a quién.

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