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Sola Con Su Niña, Encontró Un Cortijo Abandonado Y Un Pollino Huérfano… Y Todo Cambió

Tenía 27 años, una niña de pecho en los brazos y nada más, ni techo, ni nombre en aquella tierra, ni una mano tendida. Caminaba sola por la vereda de tierra amarilla cuando vio la cancela errumbrosa de un cortijo abandonado, entreabierta como si alguien hubiera salido un momento y no hubiera vuelto a cerrar.

Y dentro, entre la maleza alta que crecía sin que nadie se lo pidiera, encontró un pollino recién nacido echado en el polvo, con las orejas gachas y los ojos tan grandes que parecían cargados de una pregunta que no sabía cómo formular. La criatura levantó la cabeza hacia ella despacio y dicen que los animales conocen antes que nadie a quien tiene el corazón limpio.

Si tú sabes lo que es quedarte sola de repente con todo lo que quieres en los brazos y nada debajo de los pies, quédate. Dale al corazón un momento, porque lo que esta mujer construyó a partir de aquel día va a costarte trabajo creer que es verdad. En las tierras de Extremadura, a finales del siglo que estaba muriendo, los caminos de Tierra Roja se parecían todos entre sí, el mismo polvo, la misma encina de vez en cuando rompiéndole la monotonía al cielo, el mismo silencio, que no era silencio, sino una mezcla de chicharras y viento caliente entre los

jarales. Amalia no sabía el nombre de aquel camino. sabía que llevaba hacia el sur, que el sol le daba en la cara por las mañanas y que llevaba tres días andando desde que la suegra había dejado el jatillo en el saguán y le había dicho con esa voz de mujer que ha ensayado la crueldad hasta que ya no le tiembla, que su hijo estaba muerto en Cuba y que ella no era sangre de su sangre y que la niña era un asunto suyo, y que el favor que le hacía era no llamar al guarda.

El hijo había muerto en agosto. En aquel agosto del 98, que se llevó a tantos y del que España entera volvió doblada y sin saber muy bien hacia dónde mirar, lo enterraron allá en tierra que no era la suya y la noticia llegó en una carta corta que un teniente firmó con letra apretada y sin adornos.

Amalia estaba con la niña en brazos cuando la leyó de pie junto a la ventana de la casa de la suegra y no lloró porque el dolor que le entró por el pecho era del tipo que no encuentra la salida y se queda dentro, haciéndose más pesado con cada hora que pasa. Los meses que siguieron fueron de convivencia que se fue pudriendo sin que nadie la tocara.

La suegra había querido siempre otra cosa para el hijo, una muchacha del pueblo con tierras propias y apellido de peso. Lo que llegó en cambio fue Amalia, hija de un jornalero de la sierra, sin dote y sin familia que importara. La muerte del hijo convirtió aquella antipatía vieja en algo que ya no se disimulaba. Y una mañana de octubre, con la niebla todavía baja sobre los campos, la suegra abrió la puerta de la calle y esperó.

Amalia salió sin decir nada. cogió el jatillo, cogió a la niña, bajó los peldaños de piedra y no se volvió. Porque hay cosas de las que si te vuelves no las puedes dejar atrás. Tenía una dirección. Una tía lejana de su madre, mujer ya mayor, que vivía en un pueblo a varios días de camino en un cortijo al pie de la sierra.

era lo único que le quedaba anotado en un papel doblado dentro del atillo. Caminó, durmió bajo los porches de las ermitas, una noche en un pajar que un pastor le ofreció al ver a la niña. Comió lo que llevaba y lo que la gente le puso en la mano cuando vio a aquella mujer joven con el paso firme y la cara de quien no pide lástima, aunque la necesite.

La niña, a quien habían bautizado Inés mamaba todavía. Y mientras ella tuviera leche y la leche viniera de su propio cuerpo, la niña no pasaba hambre. Pero Amalia sabía muy bien que aquella cuenta no cuadraba indefinidamente, que la leche se alimenta de lo que la madre come y que ella comía cada día menos. Cuando llegó al pueblo donde vivía la tía, encontró la casa cerrada con un candado nuevo.

Una vecina que blanqueaba la fachada le contó, sin dejar el cubo, que la señora se había ido a Salamanca con una sobrina casada, que tenía un catarro que no la dejaba respirar bien y que no se sabía cuándo volvería ni si volvería. Le dijo que lo sentía con esa compasión rápida de quien lo siente de verdad, pero tiene su propia vida que atender.

Amalia se quedó delante de aquella puerta. cerrada un tiempo que no midió. Inés despertó en ese momento y empezó a llorar, no de hambre, sino con ese llanto inquieto de los bebés que perciben algo antes que nadie. Ella la acomodó en el brazo, le dio la espalda a la casa y volvió al camino, porque quedarse parada delante de lo que no se abre no sirve de nada.

y ella lo había aprendido ya antes de tener edad para saberlo. Caminó dos días más hacia ningún sitio concreto, siguiendo la vereda, porque la vereda seguía existiendo delante de ella y eso era suficiente razón. El campo se fue abriendo en una llanada amarilla salpicada de encinas, con la sierra al fondo azuleando en la distancia.

Era una tierra hermosa de la manera en que son hermosas las cosas que no le deben nada a nadie. Al final de la tarde del segundo día, cuando la luz se ponía de ese dorado espeso que el campo extremeño tiene en las últimas horas, vio la cancela. era de hierro, oxidada hasta volverse casi del mismo color que la tierra, con un postigo de madera medio caído que el viento había separado del marco.

Detrás, un camino de tierra subía suavemente hasta una casa de piedra baja, con el tejado de pizarra ennegrecido por los años y un corredor delante, donde una banca de madera esperaba sin que nadie se sentara en ella desde hacía mucho. La maleza había crecido hasta las ventanas y los olivos del cercado, viejos y retorcidos como solo los olivos saben serlo.

Cargaban aceitunas que no iba a recoger nadie. Había algo en aquel lugar que era triste y quieto al mismo tiempo. El abandono tenía una dignidad particular, como la de las personas mayores, que han vivido mucho y ya no necesitan explicarse. Amalia se quedó en la cancela un momento mirando.

Inés tenía los ojos abiertos y miraba los olivos con esa atención seria de los niños pequeños que están aprendiendo que el mundo tiene profundidad. empujó la cancela, rechinó, pero se dio. El interior de la casa era lo que el exterior prometía. Suelo de losas grises cubiertas de polvo, paredes encaladas con la cal desprendiéndose en desconchos, una chimenea grande al fondo con una cadena para el caldero todavía colgada, una mesa de pino con un banco a cada lado, en un bazar junto a la ventana, los objetos que el tiempo había cubierto de gris, un candil de aceite,

un puchero de barro, un rosario de cuentas oscuras colgado de un clavo y en el suelo, arrimada a la pared del fondo, una tinaja de barro cocido, grande, del tamaño de un niño, sellada en la boca con una losa plana y un anillo de yeso endurecido que alguien había puesto con intención de que aguantara.

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