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SILVIA PINAL: La VERDAD sobre sus HIJOS, la VIOLENCIA de ENRIQUE GUZMÁN y el DOLOR de LUIS ENRIQUE

[música] Y la cuarta es la que lo explica todo, la que hace que el resto de la historia tenga sentido, la que te va a hacer pensar en Luis Enrique Guzmán de una manera completamente diferente. Pero antes de llegar al presente, necesitas entender el origen. Necesitas entender de dónde venía Silvia Pinal, qué clase de mundo la formó y por qué una mujer tan poderosa eligió repetidamente hombres que la dañaron.

Porque nadie nace siendo la última gran diva del cine mexicano y nadie nace cargando el peso que ella cargó desde el primer día de su vida. La niña sin apellido del hombre que la engendró. Guaimas, Sonora. Algún día de septiembre de 1931. Ya desde el principio, Silvia fue un misterio.

Dependiendo de la fuente que consultes, nació el 12 o el 16 de septiembre. Su hijo Luis Enrique llegaría a declarar años después, con esa mezcla de ternura y humor que lo caracteriza, que su madre había cambiado su fecha de nacimiento en algún momento y que nadie en la familia sabía exactamente qué edad tenía. Incluso al morir, los medios reportaron dos versiones, 93 años, 94 años.

Era Silvia Pinal. Hasta en eso era inclasificable, escurridiza, mayor que la vida. Pero lo que sí está documentado es el nombre de su madre, María Luisa Hidalgo Aguilar, conocida en casa como Marilu, que quedó embarazada de Silvia cuando tenía 15 años de edad. 15. Un adolescente que todavía debería estar pensando en sus clases, que se enamoró de un hombre con poder y con nombre, Moisés Pasquel, figura importante en la estación de radio XW, la más influyente de México en aquella época, apodada la voz de la [música] América Latina desde México. Moisés

Pasquel era casado, tenía otros hijos y cuando supo del embarazo tomó la decisión que toman los cobardes. No aparecer. Silvia nació sin padre reconocido en su acta de nacimiento, sin el apellido del hombre que la engendró, sin nombre legal que la conectara al mundo paterno. Era un fantasma en el papel oficial de su propio nacimiento.

Guarda este detalle porque ese patrón, el de los hombres que no reconocen a sus hijos, que se niegan a pagar el costo de sus decisiones, que desaparecen cuando la realidad se vuelve incómoda. Ese patrón va a repetirse en esta historia de maneras que todavía duelen 50 años después. Silvia no supo quién era su padre biológico hasta que tenía entre 9 y 10 años.

No hubo reconciliación tardía, no hubo abrazo de película, no hubo explicación que aliviara lo que es crecer, sabiendo que el hombre que te engendró eligió no verte. Moisés Pasquel existió en la vida de Silvia como una sombra al otro lado de la ciudad. Alguien que podías cruzarte en la calle sin que te dijera nada porque había decidido que tú no eras parte de su historia.

Cuando Silvia tenía 5 años, su madre Marilu se casó con Luis G. Pinal, un periodista militar y político 20 años mayor que ella. Un hombre de otra generación con otra escala de valores, con una visión del mundo construida en una época anterior. Luis sí reconoció a la niña, sí le dio su apellido, [música] sí le dio un nombre en el mundo y Silvia dejó de ser ninguna y se convirtió en Pinal.

Pero Luis G. Pinal era también severo, conservador, con ideas muy claras sobre lo que debía y no debía hacer una mujer en el México de los años 40. Cuando Silvia mostró desde niña su pasión por actuar, por cantar, por estar frente al público, su padre adoptivo lo frenó. Le dijo que estuviera algo útil, que aprendiera a escribir a máquina, que se preparara para la vida real, no para los sueños que se esfumaban.

Silvia aprendió mecanografía y nunca dejó de soñar. La familia vivió en movimiento constante. Querétaro, Acapulco, Cuernavaca, Puebla. Finalmente se establecieron en la ciudad de México. Silvia creció sin raíces fijas, adaptándose a cada nuevo lugar, cada nueva escuela, cada nuevo grupo de amistades que había que conquistar desde cero.

Esa capacidad de llegar a cualquier lugar y volverse el centro de [música] la habitación, esa habilidad para hacer que todos la vieran sin haber dicho una sola palabra todavía, fue lo que la convirtió en lo que fue. Pero también la dejó con algo que muy poca gente reconoce en los grandes. Una necesidad profunda de que alguien la viera de verdad, no al personaje, a ella.

Y la necesidad de que alguien te vea de verdad es la trampa más peligrosa que puede cargar una persona que el mundo quiere convertir en leyenda. A los 15 años, en un concurso de belleza de su escuela en la ciudad de México, Silvia fue coronada como princesa [música] estudiantil de México. En esa coronación conoció a los actores Rubén Rojo y Manolo Fábridas, dos hombres que serían parte importante de su mundo artístico.

La puerta que su padre adoptivo había intentado cerrar se acababa de abrir desde adentro. Silvia entró al Instituto Nacional de Bellas Artes a estudiar arte dramático. Ahí conoció a Rafael Banquels, actor y director cubano, 16 años mayor que ella, hombre de teatro y de mundo, que en el México de los años 40 era alguien.

Y Silvia se enamoró del hombre que también era su maestro y su director. Tenía 17 años cuando se casó con él en 1947. El padrino de esa boda fue el mismísimo Mario Moreno Cantinflas, que les regaló 5000 pesos a los recién casados y que los jóvenes gastaron en un comedor, una sala y un colchón matrimonial. Una imagen que dice todo sobre lo que era el mundo del espectáculo mexicano en esa época.

Los grandes ídolos eran padrinos de boda [música] y con 5000 pesos pagabas el departamento completo. En 1949 nació Silvia Pasquel. la primera hija de Silvia. Y en 1952, cuando Silvia tenía 21 años, llegó el primer divorcio. Imagina eso. Una madre soltera de 21 [música] años en el México de los años 50, en una industria donde los contratos los firmaban los hombres y los créditos se los llevaban los hombres y las decisiones las tomaban los hombres, construyendo desde cero una de las carreras artísticas más brillantes que ese país ha producido en toda su

historia. con una hija pequeña en brazos, sin apellido del padre en el acta de nacimiento, sin red de seguridad, sin plan B. Lo que Silvia Pinal logró en los años que siguieron no tiene otro nombre que talento absoluto, más voluntad de hierro. La mujer que conquistó el mundo. Entre 1949 y 1960, Silvia filmó más de 40 películas. 40.

Trabajó con todos los grandes de la época de oro, con Pedro Infante en Necesito dinero, con Germán Valdés Tintán [música] en múltiples comedias que todavía se transmiten en la televisión mexicana con Cantinflas, que había sido el padrino de su primera boda. Ganó su primer premio a Ariel en 1953 por un rincón cerca del cielo.

Luego los de 1957 y 1958. tres Arieles antes de los 30 años y en medio de esa carrera que no se detení encontró al hombre que había de cambiar todo. Gustavo Ala triste no [música] era actor ni cantante ni artista, era empresario y productor cinematográfico. Cuando Silvia lo conoció, él estaba divorciándose de la actriz Ariadne Welter.

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