Eso merece ser contado con cuidado. Así que empecemos desde el principio. Corría 1941. Augusto tenía 4 años cuando su madre leyó en voz alta un artículo de la revista Mecánica Popular. Las fotos mostraban un aparato extraño con aspas girando sobre el techo que podía despegar desde cualquier patio. “Se llama helicóptero”, le explicó ella.
“Lo está desarrollando un ruso que ahora vive en Estados Unidos. puede volar como un avión y volver a descender. El nene escuchó y tomó una decisión que con el tiempo resultó ser completamente en serio. Cuando sea grande voy a construir uno. Su madre le respondió con una frase que vale la pena recordar. ¿Por qué no, hijo? Si ese señor pudo, vos también podés.

Esas palabras se las sostuvo toda la vida porque nadie más lo haría. El tío de Pirincho era tornero y cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, las automotrices dejaron de fabricar repuestos. Así que el taller no daba abasto. Augusto, con 10 años empezó a ayudarlo. No estudiaba. Apenas salía de la escuela, corría al taller.
A veces en que su padre se enfermó, tuvo que abandonar la escuela en quinto grado con 11 años, siendo el mayor de cinco hermanos. Su madre le dijo que iba a tener que ir al campo a trabajar. Él le respondió que prefería quedarse con las herramientas del tío y seguir atendiendo a sus clientes.
No era rebeldía, era una vocación tan clara que a esa edad ya sabía con qué quería pasar el resto de su vida. ¿Alguna vez encontraste algo así? Algo que te consumió tanto que lo demás quedó en segundo plano? Cicaré lo encontró a los 10 años en un taller de la Pampa y no lo soltó jamás. A los 11 construyó su primer motor de cuatro tiempos para hacer funcionar el lavarropas de su madre.
A los 18 fabricó un motor diésel de seis caballos de fuerza de un solo cilindro. No había visto nunca un helicóptero real, solo revistas, solo fotos, solo la promesa que se había hecho a sí mismo cuando era un chico que no llegaba a la mesa. En 1958, con 21 años, Augusto Zicaré terminó su primer helicóptero. Lo llamó CH1.
Lo había construido en el taller familiar de maquinaria agrícola en Polvaredas, usando materiales que encontraba a su alcance. barrotes de camas de hierro antiguas, piezas improvisadas, soluciones que no existían en ningún manual, porque ningún manual había sido escrito para alguien en su situación. Ningún ingeniero lo asesoró, ningún organismo lo financió, ninguna institución lo acompañó.
Cuando llegó el momento del primer vuelo, cicaré todo el helicóptero al suelo con cadenas. No porque dudara de su construcción, lo hizo porque nunca había piloteado nada en su vida y no sabía cómo iba a reaccionar la máquina al encenderse. Se elevó 2 met, aterrizó. Sus amigos, que habían pasado casi una década acompañándolo en el proceso, lo miraron y le preguntaron, “¿Eso es todo?” Él contestó, “Sí, ahora lo voy a desarmar y mejorar.
En dos años más va a estar listo. Casi lo primer vuelo atado al piso. Esa precaución de inventor que no confía en nadie que no sea él mismo, se convertiría años después en uno de sus grandes inventos, el entrenador Cicaré. Un helicóptero real cautivo en una plataforma móvil que permite aprender a volar con total control.
Pero eso llegaría mucho después. Deja tu comentario si ya conocías la historia de Cicaré, porque lo que viene es la parte que casi nadie menciona. Cuando el presidente Arturo Humberto Ilia se enteró de que había un argentino construyendo helicópteros en la pampa bonaerense, lo mandó a buscar. Cicaré fue convocado a la fábrica militar de aviones para trabajar en un proyecto de helicóptero íntegramente nacional.
Era una oportunidad histórica. El Estado argentino por primera vez apostaba a industrializar lo que Pirincho había creado desde cero. Pasó 3 meses trabajando allí. Entonces llegó el golpe militar de 1966. La nueva conducción decidió no continuar con el proyecto. Cargaron todo en un camión y lo mandaron de vuelta a Polvaredas.
Sin explicaciones, sin compensación, sin reconocimiento. Cicaré volvió al taller como si nada, como había aprendido a hacer desde los 11 años y siguió construyendo. Yo me detengo siempre en ese momento. Ese camión que vuelve a Polvaredas cargado con piezas de un helicóptero nacional que nunca fue. No es solo la historia de un hombre.
Es el patrón más repetido de la Argentina industrial. Alguien construye algo extraordinario, el Estado se interesa brevemente, cambia el gobierno y el proyecto desaparece y la persona que lo creó sigue sola como si nada hubiera pasado. Pero Pirincho no paró. En los años 70 se instaló definitivamente en Saladillo, donde montó su fábrica y continuó diseñando.
Y fue en esa etapa cuando llegaron los dos inventos que cambiarían su lugar en la historia de la aviación mundial. Aunque Argentina todavía tardara décadas en enterar. Primero es una pieza que reemplaza el plato oscilante, el componente que la mayoría de los helicópteros del mundo usa para controlar el ángulo de las palas del rotor.
Cicaré desarrolló un sistema de comando pendular que cumple la misma función con una solución mecánica diferente, más simple y más elegante. Cuando se lo presentaban como inventor, él respondía con su humildad característica. Para mí resultaba una pieza tan sencilla que hasta me da vergüenza decir que es un invento. Esa pieza tiene patente registrada en Argentina y en Estados Unidos.
El segundo invento es el entrenador de vuelo para helicópteros, aquella idea que nació el día que ató el CH1 al piso. Un helicóptero real semicautivo montado sobre una plataforma móvil que permite ascensos, descensos y movimientos horizontales controlados. No es un simulador de pantalla. Es una aeronave auténtica que enseña a volar de verdad con los riesgos reducidos al mínimo, único en el mundo en su tipo.
En 1999, ese entrenador viajó a Ginebra, Suiza, y ganó la medalla de oro en la categoría aeronáutica del Salón Internacional de Inventos, reconocido como uno de los más importantes del mundo. Un inventor argentino sin título universitario, criado en un taller de La Pampa, ganó una medalla de oro en Suiza por un invento que Argentina no había terminado de entender. Pensa en eso, un momento.
El reconocimiento internacional llegó primero que el reconocimiento local y eso no fue una coincidencia ni un accidente. Fue el resultado de décadas de indiferencia sistémica. Porque lo que hizo la FEI de Estados Unidos con el entrenador de Cicaré es aún más contundente. La Administración Federal de Aviación Americana, la agencia más exigente del mundo en materia aeronáutica, certificó el entrenador Cicaré para el entrenamiento oficial de pilotos de helicópterificamente.
