Carlos Salinas de Gortari, nacido el 3 de abril de 1948 en la Ciudad de México, dejó de existir a los 77 años, cerrando un capítulo fundamental y profundamente polémico de la historia moderna de México. Su partida no solo marca el fin de la vida de un exmandatario, sino que revive intensos debates sobre su gestión al frente del país entre 1988 y 1994, un sexenio definido por la modernización acelerada, promesas incumplidas y una crisis económica que cambió para siempre el tejido social de la nación.
Hijo de Raúl Salinas Lozano, exministro y economista, y de Margarita de Gortari Carvajal, maestra, Carlos creció inmerso en un entorno privilegiado. Su formación académica fue impecable: estudió economía en la Universidad Nacional Autónoma de México y posteriormente se trasladó a la Universidad de Harvard, donde obtuvo su maestría y doctorado. Fue en estos pasillos de prestigio internacional donde pulió su pensamiento económico moderno, preparándose para una carrera política que, des
de muy joven, lo perfiló como una de las figuras más brillantes y, a la vez, controvertidas del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Su ascenso en la Secretaría de Presupuesto y Planeación, bajo el ala de Miguel de la Madrid, fue vertiginoso. Al ser elegido candidato presidencial en 1987, se convirtió en el primer mandatario del PRI desde 1946 que no provenía de una formación jurídica, sino económica, una señal clara de los tiempos de cambio que pretendía instaurar en un México que comenzaba a abrirse al mundo.
Luces y sombras de una presidencia transformadora
Durante su sexenio, Salinas impulsó políticas de liberalización económica sin precedentes. Su mayor apuesta, y quizás su logro más recordado internacionalmente, fue la incorporación de México al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Este acuerdo, negociado con dedicación y jornadas que se extendían hasta el amanecer, buscaba insertar a México en la economía global, atrayendo inversión extranjera y reduciendo la dependencia histórica del petróleo que había lastrado el desarrollo nacional durante décadas.
Sin embargo, el éxito económico inicial estuvo siempre bajo la sombra de la falta de legitimidad. Las elecciones de 1988, marcadas por la famosa “caída del sistema” y la victoria frente a Cuauhtémoc Cárdenas, sembraron dudas que nunca terminaron de disiparse. A esto se sumaron los momentos más oscuros de 1994: el levantamiento zapatista en Chiapas, el asesinato de su sucesor Luis Donaldo Colosio y el de su cuñado, José Francisco Ruiz Massieu. Estos eventos, combinados con su negativa a devaluar el peso a pesar de las presiones financieras, derivaron en la crisis económica de diciembre, conocida popularmente como el “error de diciembre”, que sumió a millones en la pobreza y la desesperanza.
El peso de las tragedias personales
Más allá de la política, la vida de Carlos Salinas estuvo marcada por una tristeza profunda y recurrente. Un trauma que le acompañó desde niño fue el accidente ocurrido en 1951, cuando, a los tres años, él y su hermano Raúl causaron la muerte de su empleada doméstica, Manuela, mientras jugaban con un arma de fuego. Aunque legalmente fueron exonerados de responsabilidad, quienes lo conocieron aseguran que este evento dejó una cicatriz psicológica indeleble, una sensación de culpa y responsabilidad que nunca pudo mitigar por completo.

Los escándalos que involucraron a su hermano Raúl tras su presidencia, incluyendo su arresto por asesinato y narcotráfico, aumentaron su aislamiento y vulnerabilidad. La percepción pública de su familia como un símbolo de corrupción le causó un dolor inmenso, llevándolo en 1995 a realizar una huelga de hambre de 36 horas como un acto simbólico de protesta ante lo que él consideraba una persecución mediática y política injusta contra su nombre y el de sus seres queridos.
Una vida familiar marcada por los vaivenes
El ámbito privado no fue más sencillo. Su primer matrimonio con Cecilia Occelli González, con quien tuvo tres hijos —Cecilia, Emiliano y Juan Cristóbal—, terminó en divorcio en 1995, coincidiendo con el inicio de su exilio en Irlanda. La ruptura fue un golpe devastador para Salinas, quien admitió en círculos íntimos su frustración por no haber podido mantener una familia estable, reconociendo que las presiones del poder y su intensa dedicación al trabajo le impidieron estar presente para sus hijos cuando más lo necesitaba. Años más tarde, contraería nupcias con Ana Paula Gerard Rivero, con quien formó una segunda familia, buscando refugio en la privacidad lejos del bullicio político.
Un legado que persiste en la memoria colectiva

En sus últimos años, Salinas intentó dejar su visión para la posteridad a través de sus escritos, como su libro “México: El difícil paso a la modernidad”, donde defendía su gestión y explicaba las decisiones que, según su óptica, eran necesarias para sacar al país del estancamiento. Su ambición por ser reconocido como un reformista internacional —buscando incluso la dirección de la Organización Mundial del Comercio— a menudo chocaba con la realidad de su estigma en su tierra natal.
Hoy, mientras sus hijos lo despiden con solemnidad en un funeral que refleja la complejidad y la tensión de su figura, el país recuerda a un hombre que fue capaz de transformar la economía nacional bajo una visión global, pero que al mismo tiempo se convirtió en el rostro de una de las crisis sociales más dolorosas del México moderno. Su historia es, sin duda, un testimonio crudo de los claroscuros del poder, la ambición desmedida y la fragilidad humana de un hombre que, a pesar de sus innegables logros académicos y reformistas, nunca logró escapar de las largas sombras que él mismo ayudó a crear en el escenario político. El México de hoy sigue debatiendo su figura, un reflejo de que su influencia, para bien o para mal, sigue viva en el tejido de la nación.