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Pedro Infante dejó un papel en un taxi — el taxista lloró al leerlo

El taxi avanzaba por insurgentes hacia el norte. Los faroles de la avenida pasaban uno tras otro por la ventanilla como si alguien los contara en silencio. El asfalto brillaba porque había llovido al atardecer. El olor a tierra mojada se mezclaba con el humo de algún camión nocturno que doblaba lejos. Había algo más difícil de nombrar, ese olor particular de una ciudad que duerme, pero que nunca termina de apagarse del todo.

Pedro llevaba puesta una chamarra sencilla de color café, sin bordados, sin botones plateados, sin ninguna de las cosas que la gente asociaba con su nombre. Un sombrero de fieltro oscuro bajado sobre la frente. Había pasado 6 horas en los estudios de XW grabando tres canciones para el productor Ismael Rodríguez.

Las cuerdas vocales le ardían apenas, ese ardor familiar de las sesiones largas que uno aprende a ignorar. Aurelio, el chóer de siempre, había llamado esa tarde para avisar que el coche no llegaría. Rodríguez llamó a la central de Radio Taxis México y 20 minutos después el taxi apareció. Pedro había subido sin anunciarse, había dado la dirección en Peralvillo y desde entonces no había vuelto a hablar.

El conductor era un hombre de unos 50 años, espalda ancha, cuello grueso, constitución de trabajo físico sostenido, llevaba una camisa de cuadros azules lavada tantas veces que el color había palidecido en los hombros. Las manos en el volante eran manos grandes y callosas. Apretaban y soltaban con pequeños ajustes constantes, con la precisión de quien ya no piensa, porque el cuerpo lo sabe de memoria.

[música] En el espejo retrovisor, Pedro veía sus ojos cuando los semáforos los iluminaban. Ojos oscuros de hombre que esa noche cargaba algo además del cansancio ordinario. En el tablero había una estampita de la Virgen de Guadalupe pegada con cinta adhesiva y junto a ella una fotografía pequeña de un muchacho joven [música] que sonreía con todos los dientes.

Era la sonrisa de los jóvenes que todavía no saben que la vida va a pedirles cuentas. Pedro miró esa fotografía un momento, luego miró de nuevo la calle. El silencio entre los dos era el silencio natural de la madrugada. El taxímetro hacía su pequeño click cada tanto. Pasaron por una panadería con la luz encendida, aunque la puerta estaba cerrada.

Pasaron por una farmacia de guardia con un farol rojo en la entrada. La ciudad pasaba en pedazos en fragmentos de luz y sombra, mientras el taxi avanzaba y los dos hombres guardaban cada uno su silencio. Fue el conductor quien lo rompió primero. No fue con una pregunta ni con ninguno de los comentarios con que los taxistas suelen abrir conversación.

Fue un suspiro largo y pesado, de los que salen solos cuando uno carga algo que no le cabe en el pecho. Pedro lo oyó claramente por encima del ruido suave del motor. Esperó. El conductor acomodó. las manos en el volante y dijo que esa noche tendría que hablar con su hijo cuando llegara a casa. Pedro preguntó qué pasaba con su hijo.

Lo preguntó de la manera en que se pregunta cuando uno quiere escuchar de verdad y no solo por cortesía, de la manera en que su madre le había enseñado desde niño, mirando a quien habla como si lo que va a decir fuera lo único importante en ese momento. El conductor se llamaba Guadalupe Reyes, aunque todos le decían don Lupe.

Había llegado a la Ciudad de México desde Jiquilpan, Michoacán, [música] con 17 años y una maleta de cartón que la lluvia deshizo el primer día. No conocía a nadie. Había aprendido las calles solo. Primero como ayudante de un chóer viejo que le enseñó los rumbos sin cobrarle nada, luego por cuenta propia, hasta que a los 27 años compró su propio taxi con 8 años de ahorros, centavo sobre centavo.

Había mandado dinero a su madre en Jiquilpan hasta que ella murió. Había criado solo a su hijo Ernesto desde que el muchacho tenía 5 años. La madre se fue sin dejar otra explicación que una nota que Don Lupe nunca quiso leer más de una vez. Todo eso lo fue contando de a poco mientras el taxi avanzaba por la ciudad de noche.

Lo contó sin que Pedro preguntara mucho, de la manera en que la gente cuenta su vida cuando no acostumbra contarla. Con ciertos saltos y ciertas pausas, dejando huecos que se entienden solos. [música] La ciudad seguía pasando afuera, las colonias dormidas con las persianas bajas, una cantina con música dentro, aunque era tardísimo, un vendedor de tamales en una esquina sirviendo a dos trabajadores con las manos en los bolsillos.

El hijo tenía 19 años, se llamaba Ernesto. Era delgado de esos muchachos que parecen más jóvenes de lo que son. Don Lupe lo describió con las palabras exactas de un padre que admira lo mismo que le asusta. Dijo que Ernesto cantaba desde los 12 años, que había empezado en el patio de la vecindad los domingos por la tarde con una guitarra prestada que siempre le quedaba grande, que los vecinos se asomaban a las puertas sin que nadie los invitara y se quedaban escuchando que después había cantado en bodas del barrio, en quinceañeras, en un puesto de

tortas de la colonia Guerrero, cuyos dueños le daban de comer a cambio de que cantara los viernes, que la gente aplaudía y el muchacho crecía con esos aplausos de una manera que A don Lupe le costaba saber si era buena o mala señal. Pedro escuchaba sin interrumpir. Afuera la ciudad seguía pasando. Los edificios bajos del rumbo de Guerrero, una tienda de abarrotes con la cortina metálica a medio bajar, un perro durmiendo en la banqueta sin importarle nada del mundo.

Tres semanas atrás, dijo don Lupe, un hombre que organizaba eventos en el salón México, había escuchado al muchacho cantar en una boda de Tepito. El hombre le dio una tarjeta, le dijo que tenía una voz de verdad, que conocía gente en la estación Exebía conseguirle una audición. Ernesto había llegado esa noche a la vecindad con la tarjeta en la mano y los ojos encendidos, con una luz que Don Lupe no había visto desde que el muchacho era niño, desde que recogía tortugas en el parque de la colonia.

Esa luz de los ojos cuando uno cree que algo imposible se ha vuelto de repente posible. La audición era el lunes por la mañana. Pedro escuchó el nombre de la estación y algo se acomodó en silencio dentro de él. Xebal nombre, era el nombre de un lugar que él llevaba grabado en algún punto [música] específico del pecho desde hacía 17 años.

la estación donde había llegado una mañana de 1938 con 21 años y una voz que le temblaba de los nervios, donde Ernesto Belock, el director artístico, lo había escuchado cantar unos minutos y le había dicho con la amabilidad fría de quien ya lo ha dicho 100 veces que siguiera [música] con la carpintería, Pedro recordó ese momento con esa claridad particular con que se recuerdan las humillaciones que a uno lo forman.

Recordó la sensación de caminar hacia fuera del edificio con las manos vacías y los pies pesados. la ciudad enorme a su alrededor y él sintiéndose muy pequeño y muy lejos de Huamuchil. Recordó también lo que había hecho exactamente una semana después, sin que nadie lo invitara sin ninguna garantía de que esta vez sería diferente.

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