“Don Antonio, ¿pasó algo?”, preguntó Antonio entró sin que ella lo invitara. “Flor se fue a Monterrey, dijo, “Estoy solo por tres semanas.” Prieta cerró la puerta despacio. Entendió perfectamente lo que Antonio no estaba diciendo. ¿Quiere café?, preguntó. Antonio negó con la cabeza. No vine por café, respondió. Esa primera vez duró hasta las 5 de la mañana.
Antonio se fue antes del amanecer. No se despidió. Prieta se quedó sentada en su cama mirando la puerta cerrada durante dos horas sin moverse. No lloró, no sonó, simplemente se quedó ahí procesando lo que acababa de pasar, sabiendo que su vida había cambiado completamente en una noche. Cuando Flo regresó de Monterrey tres semanas después, Antonio la recibió en la estación de autobuses con flores.
actuó como el esposo perfecto, cargó sus maletas, le preguntó cómo le fue, escuchó todas sus anécdotas sobre las presentaciones. Esa noche cenaron juntos en el rancho. Todo parecía normal. Antonio no mencionó nada sobre esas tres semanas. Flor no preguntó. Y Prieta Linda, en su apartamento de la colonia Narbarte esperaba junto al teléfono sin saber si Antonio volvería a llamar.
La segunda llamada llegó 4 meses después, julio de 1965. Flor anunció otra gira, esta vez a Guadalajara por dos semanas. Antonio esperó tres días después de que Flor se fuera, marcó el número que Prieta le había dado. Ella contestó al segundo timbre. ¿Puedes esta noche?, preguntó Antonio. Prieta no dudó. Sí, respondió.
Colgó. Se arregló. Esperó. Esa noche, Antonio llegó al apartamento de Prieta a las 10:30 de la noche. Tocó tres veces. Prieta abrió. Ninguno mencionó que habían pasado 4 meses desde la última vez. Ninguno habló de Flor. Entraron directamente al tema que los había reunido. Antonio se quedó hasta las 4 de la mañana.
Antes de irse, le dio aprieta un sobre con 2000 pesos. para que no tengas problemas con la renta le dijo. Prieta aceptó el dinero sin comentarios. Este patrón se repitió ocho veces en 1965, 12 veces en 1966, 10 veces en 1967. Cada vez que Flor anunciaba una gira, Antonio esperaba dos o tres días y llamaba Aprieta. Siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta, siempre el mismo apartamento, siempre las mismas horas, de 10 de la noche hasta poco antes del amanecer.
En enero de 1968, Antonio tomó una decisión que cambiaría la dinámica de todo. Rentó un apartamento en la colonia Roma bajo el nombre falso de Roberto Maldonado, un lugar específicamente para él y prieta. Apartamento 4-B, cuarto piso, dos habitaciones, vista a la calle Orizaba. Le dio las llaves, aprieta en febrero. Este lugar es nuestro, le dijo.
Nadie más sabe de esto. Nadie puede saber. Prieta aceptó las llaves y entendió el peso de lo que Antonio le estaba confiando. El apartamento de la Roma se convirtió en el único espacio donde Antonio y Prieta podían existir sin esconderse. Prieta lo visitaba dos veces por semana para limpiarlo, para asegurarse de que todo estuviera en orden para cuando Antonio llamara.
Compraba sábanas nuevas cada tres meses. Mantenía el refrigerador abastecido con las bebidas que a Antonio le gustaban. cerveza modelo, agua mineral tehuacán, Coca-Cola en botella de vidrio. En el closet del apartamento, Prieta guardaba tres vestidos que Antonio le había regalado y que solo usaba cuando se encontraban ahí.
Entre 1968 y 1985, los encuentros siguieron el mismo patrón. Flor anunciaba gira. Antonio esperaba su ventana de oportunidad. Llamaba Aprieta. se encontraban en el apartamento de la Roma. Nunca variaba, nunca improvisaban. La rutina era parte de lo que hacía que todo funcionara. Prieta nunca lo buscaba si Flor estaba en la ciudad. Nunca llamaba al rancho.
Nunca aparecía en eventos públicos donde sabía que Antonio estaría con Flor. Se mantenía invisible, disponible solo cuando Antonio la necesitaba. En 1979, Prieta Linda cumplió 45 años. Sus amigas le preguntaban por qué nunca se había casado. Nunca encontré al hombre correcto, respondía. La verdad que nunca podía decir era que había encontrado al hombre correcto 14 años atrás.
Pero ese hombre estaba casado con Flor silvestre y ella era solo la mujer que esperaba sus llamadas cada vez que Flor salía de gira. Antonio, por su parte, nunca le prometió nada a Prieta, nunca le dijo que dejaría a Flor, nunca habló de un futuro juntos y Prieta nunca lo presionó. Aceptó el arreglo tal como era, encuentros secretos, conversaciones susurradas, amaneceres compartidos en el apartamento de la Roma y después semanas o meses de silencio hasta la siguiente llamada.
En mayo de 1985 algo cambió. Flor regresó dos días antes de lo esperado de una gira en Veracruz. Antonio estaba en el apartamento de la Roma con Prieta cuando sonó el teléfono de su casa. Era el lama de llaves del rancho. Don Antonio. Doña Flor ya llegó. Está preguntando por usted. Antonio colgó. Miró a Prieta.
Tengo que irme, dijo. Se vistió en 3 minutos. Salió del apartamento sin despedirse. Prieta se quedó ahí mirando la puerta cerrada. sabiendo que había estado a minutos de que todo se descubriera. Esa noche, cuando Antonio llegó al rancho, Flor lo estaba esperando en la sala. ¿Dónde estabas?, preguntó. Antonio, improvisó en los estudios revisando mezclas de audio.
Flor lo miró fijamente durante 10 segundos sin decir nada. Después asintió. “Está bien”, dijo. Subió a su habitación. Antonio se quedó en la sala sintiendo que Flor no le había creído completamente, pero ella no había presionado más, no había hecho más preguntas. Dos semanas después, Flor contrató a un detective privado. Le dio instrucciones específicas: seguir a Antonio cada vez que ella saliera de la ciudad.
El detective, un hombre de 47 años llamado Jorge Ramírez Soto, empezó su trabajo el 3 de junio de 1985. Flor se fue a Puebla por 5 días. El detective siguió a Antonio desde el rancho hasta la colonia Roma. Lo fotografió entrando al edificio de la calle Orizaba. Esperó afuera durante 8 horas. Fotografió a de Antonio saliendo a las 5:30 de la mañana.
El detective presentó su informe a Flor una semana después. 16 fotografías en blanco y negro. Antonio entrando al edificio, Antonio saliendo y en tres de las fotografías una mujer asomándose por la ventana del cuarto piso. El detective amplió esas tres fotografías. Flor reconoció a la mujer inmediatamente. Prieta Linda, la corista que había trabajado con ella en el teatro blanquita 20 años atrás.
Flor Silvestre guardó las fotografías en una caja de terciopelo rojo que escondió en el fondo de su closet detrás de los vestidos de charro que ya no usaba. No le dijo nada a Antonio, no confrontó a Prieta, simplemente guardó las pruebas y esperó. Porque Flor sabía algo que ni Antonio ni Prieta imaginaban, ella también tenía secretos.
Y mientras Antonio creía que la estaba engañando, Flor llevaba años construyendo su propia estrategia de supervivencia en un matrimonio que había dejado de ser real. Durante los siguientes 14 años, entre 1985 y 1999, Flor actuó como si no supiera nada. Seguía anunciando sus giras con la misma naturalidad. Seguía besando a Tade Antonio en la mejilla cada vez que se iba.
seguía preguntándole cómo le había ido cuando regresaba, pero ahora, cada vez que salía de viaje sabía exactamente a dónde iba Antonio. Sabía que dos días después de su partida él marcaría ese número. Sabía que pasaría la noche en el apartamento de la colonia Roma. Sabía que Prieta Linda lo estaría esperando. Y lo extraño era que ese conocimiento no la enfurecía tanto como debería.
Flor tenía 51 años en 1985. Llevaba 30 años en el medio artístico. Había visto suficiente para entender cómo funcionaban los matrimonios en el espectáculo mexicano. Los hombres tenían amantes, las esposas fingían no saber. Y el show continuaba porque el show siempre debía continuar. Flor no iba a ser la excepción.
No iba a ser la mujer que destruyera su propia carrera, su propia imagen pública, su propia estabilidad económica por confrontar algo que en el fondo no le sorprendía. Pero eso no significaba que Flor no sintiera nada. En privado, en su habitación del rancho El Soyate, Flor lloraba. Lloraba por el matrimonio que había imaginado a los 18 años cuando se casó con Antonio.
Lloraba por la mujer que había sido antes de convertirse en la esposa de Antonio Aguilar. Lloraba por todas las noches que pasó sola mientras Antonio estaba con prieta y después de llorar se limpiaba las lágrimas, se ponía maquillaje y bajaba a desayunar como si nada. En octubre de 1987, Flor tomó una decisión. Si Antonio podía tener su escape secreto, ella también lo tendría.
contrató a un abogado de confianza, el licenciado Ernesto Padilla Montes, 54 años, especialista en derecho civil y patrimonial, le explicó la situación sin mencionar nombres al principio. “Necesito proteger mis bienes en caso de un eventual divorcio”, le dijo. El abogado. Entendió perfectamente. Durante los siguientes 6 meses, Flor transfirió propiedades, creó fide y comisos, aseguró que su nombre estuviera en las cuentas bancarias más importantes.
Para 1988, si Antonio decidía irse con Prieta o si Flor decidía dejarlo, ella no saldría con las manos vacías. Mientras Flo reorganizaba su vida financiera en silencio, Antonio seguía su rutina completa, sin saber qué flor lo sabía todo. En 1989, los encuentros continuaron 11 veces ese año. En 1990, 13 veces. En 1991, nu veces porque Flor redujo sus giras.
En 1992 volvieron a hacer dos encuentros. El patrón era predecible. Antonio nunca variaba. Siempre esperaba dos o tres días después de que Flor se iba. Siempre marcaba el mismo número, siempre la misma pregunta. Y Prieta, ahora con 58 años seguía respondiendo que sí. Pero algo estaba cambiando en prieta.
En 1993, por primera vez en 28 años, le preguntó a Antonio sobre el futuro. Estaban en el apartamento de la Roma. Eran las 2 de la mañana. Acababan de terminar una botella de vino tinto que Prieta había comprado especialmente para esa noche. Antonio, dijo Prieta con voz suave. ¿Alguna vez pensaste en dejar a Flor? Antonio, que estaba sentado en el sillón de la sala fumando un cigarro, la miró durante 10 segundos sin responder.
Después apagó el cigarro en el cenicero de cristal. No, respondió. Nunca lo he pensado. Prieta asintió. No preguntó nada más. Pero esa noche, cuando Antonio se fue a las 5 de la mañana, Prieta se quedó despierta hasta las 9 de la mañana mirando el techo, sabiendo que acababa de confirmar lo que siempre había temido.
Esto nunca iba a convertirse en algo más. En 1995, Prieta Linda cumplió 61 años. Sus amigas organizaron una pequeña fiesta en su apartamento de la Narbarte. Llegaron ocho mujeres, todas de edades similares, todas solteras o divorciadas. Comieron pastel, tomaron café, hablaron de sus vidas. Una de las amigas, Carmen Villaseñor, de 63 años, dueña de una tienda de telas en la colonia Doctores, le preguntó a Prieta, “¿Nunca te arrepentiste de no casarte?” Prieta sonrió.
A veces respondió, “Pero tuve mi vida.” Carmen asintió sin insistir. Ninguna de las amigas de Prieta sabía sobre Antonio. Ninguna sabía sobre los 30 años de encuentros secretos. Ninguna sabía que Prieta había pasado tres décadas esperando llamadas telefónicas de un hombre que nunca sería completamente suyo. Para 1997, los encuentros empezaron a espaciarse más. Antonio tenía 65 años.
Prieta tenía 63. Los cuerpos ya no respondían como antes. Las noches que antes duraban hasta el amanecer. Ahora terminaban a las 2 de la mañana o 3 de la mañana. Antonio empezó a llegar más tarde, a veces cerca de medianoche. Las conversaciones se hicieron más largas que el tiempo que pasaban en la habitación.
Hablaban de sus carreras, de sus familias, de los años que habían pasado. Antonio le contaba sobre sus hijos. Prieta escuchaba sin comentar mucho sobre Pepe, sobre Antonio Junior, sobre los nietos que Antonio adoraba. En una de esas noches, en agosto de 1997, Antonio le dijo algo que Prieta nunca olvidaría.
¿Sabes que te aprecio, verdad? Prieta lo miró desde el otro lado de la mesa del comedor donde estaban cenando los tacos que ella había preparado. Sí, respondió. Lo sé. Antonio continuó. Esto que tenemos es importante para mí. Tú eres importante para mí. Prieta sintió que algo se rompía dentro de ella porque después de 32 años, Antonio finalmente le estaba diciendo algo parecido a un sentimiento, pero era demasiado tarde y los dos lo sabían.
En marzo de 1998, Prieta hizo algo que nunca había hecho antes. Contrató a tod un fotógrafo privado, un hombre joven de 29 años llamado Ricardo Fuentes Mora, que trabajaba para una agencia de investigaciones. Le pagó 12,000 pesos por adelantado. Le dio instrucciones específicas, vigilar el apartamento de la colonia Roma durante 3 meses.
Fotografiar a todos los que entraran y salieran, especialmente a un hombre de 66 años. alto con sombrero de charro que llegaba en un cadilac negro. Ricardo Fuentes cumplió con su trabajo. Durante tres meses de marzo a mayo de 1998 fotografió aon Antonio Aguilar entrando al edificio de la calle Orizaba nueve veces. Nueve visitas documentadas.
Antonio entrando a las 10 de la noche. Antonio saliendo entre las 3 y las 5 de la mañana. En algunas fotografías se veía aprieta asomada en la ventana del cuarto piso esperando. En otras se veía a Antonio fumando un cigarro antes de subir al apartamento. Cuando Ricardo entregó las 47 fotografías en junio de 1998, Prieta las revisó una por una en su apartamento de la Narbarte.
Las extendió sobre su cama. Ahí estaba toda la evidencia. 33 años de secreto condensados en 47 imágenes en blanco y negro. Prieta las guardó en un sobre Manila. Las metió en el fondo de su closet, no sabía para qué las quería. Solo sabía que necesitaba tener pruebas de que todo esto había sido real, de que no había desperdiciado 33 años de su vida esperando llamadas de un fantasma.
En 1999, Flor Silvestre dio el paso que había estado planeando durante 14 años. Contrató a un abogado diferente, el licenciado Alfonso Bermúdez Ortega, 61 años, especialista en divorcios de alto perfil. Le mostró las fotografías que el detective Jorge Ramírez le había entregado en 1985. le explicó que sabía sobre la relación de Antonio con Prieta Linda desde hacía 14 años, que nunca había dicho nada, que había esperado, pero que ahora con 65 años quería saber cuáles eran sus opciones. El abogado Bermúdez revisó las
fotografías, revisó los documentos financieros que Flor había estado preparando desde 1987. hizo sus cálculos. Le explicó a Flor que tenía un caso sólido para un divorcio con causales de infidelidad, que podría reclamar al menos el 60% del patrimonio conjunto acumulado durante 47 años de matrimonio, que las fotografías eran evidencia suficiente.
Flor escuchó todo. Después le preguntó, “¿Y qué pasaría con nuestra imagen pública con nuestras carreras?” El abogado respondió honestamente, “Sería un escándalo mediático. Ventaneando TV Notas. Todos los programas de espectáculos hablarían de esto durante meses, tal vez.” Flor guardó silencio durante 5 minutos.
Después le dijo al abogado, “Déjeme pensarlo.” Salió de la oficina con las fotografías en su bolsa, manejó de regreso al rancho el Sóyate. Entró a su habitación. Sacó las fotografías. Las miró otra vez Antonio entrando al edificio. Prieta esperando en la ventana. 33 años de traición documentados en 16 imágenes.
Y entonces Flor tomó una decisión. No haría nada. No confrontaría a Antonio. No se divorciaría. no destruiría todo lo que habían construido juntos por una relación que al final no había amenazado realmente su matrimonio en ningún aspecto práctico, porque Flor entendía algo fundamental. Antonio nunca se había ido con Prieta, nunca había dejado el rancho, nunca había amenazado con abandonar a su familia.
Prieta era un escape, un compartimiento separado de su vida real. Y mientras eso siguiera así, mientras Antonio siguiera regresando, mientras siguiera siendo el esposo de Flor silvestre en público, ella podía vivir con el conocimiento de Prieta linda esperando en el apartamento de la Roma. Flor volvió a guardar las fotografías en la caja de terciopelo rojo, las escondió nuevamente en el fondo de su closet y decidió que este secreto se lo llevaría a la tumba.
Nunca le diría a Antonio que sabía. Nunca confrontaría a Prieta. Simplemente seguiría con su vida, con su carrera, con su matrimonio público, sabiendo que la verdad privada era mucho más complicada que la imagen que mostraban al mundo. Pero había alguien más que estaba llegando a su límite. Prieta Linda, en el año 2000, con 66 años ya no podía seguir con la rutina, ya no podía seguir esperando llamadas, ya no podía seguir siendo el secreto de alguien más.
Y fue por eso que en la madrugada del 8 de diciembre de 2000 tocó la puerta del rancho El Soyate con 47 fotografías en un sobre manila y una decisión tomada. Esto tenía que terminar de una forma o de otra, porque 35 años de ser invisible eran suficientes. Antonio se quedó en su estudio después de que Prieta se fue esa madrugada del 8 de diciembre.
Las 47 fotografías seguían esparcidas sobre su escritorio. Luz del amanecer empezaba a entrar por las ventanas. Antonio sabía que Flor regresaría de Monterrey el martes 12 de diciembre. Tenía 4 días para decidir qué hacer. 4 días para decidir si confesaba 35 años de infidelidad o si llamaba al bluf de Prieta y esperaba a ver si realmente cumplía su amenaza de llevar las fotografías a los medios.
El lunes 11 de diciembre, Antonio manejó hasta la Ciudad de México. No fue al apartamento de la Roma, fue directamente al apartamento de Prieta en la Narbarte. Tocó la puerta a las 3 de la tarde. Prieta abrió. No esperaba verlo ahí a esa hora, en ese día sin llamada previa. “Necesitamos hablar”, dijo Antonio. Prieta lo dejó pasar.
Se sentaron en la pequeña sala del apartamento. Antonio habló primero. No voy a decirle a Flor, dijo. No puedo. Entiéndelo. Tengo 68 años. Ella tiene 66. Llevamos 48 años casados. No voy a destruir todo eso ahora. Prieta lo miró sin expresión. Entonces yo lo haré, respondió. Mañana llamo a Ventaneando. Les doy las fotografías.
Les cuento todo, los 35 años, el apartamento, todo. Antonio se inclinó hacia delante. ¿Y qué ganas con eso? Preguntó. ¿Crees que después de exponer esto yo voy a estar contigo? ¿Crees que Flor me va a dejar y yo voy a correr a tus brazos? No va a pasar. Lo único que vas a lograr es destruir tres vidas. La tuya, la mía y la de Flor.
¿Eso es lo que quieres? Prieta sintió lágrimas correr por sus mejillas. “Quiero que se sepa que existí”, dijo. “Quiero que alguien sepa que no fueron 35 años de mi imaginación, que fui real para ti, que esto fue real.” Antonio se puso de pie, caminó hasta donde estaba prieta, se arrodilló frente a ella, le tomó las manos. “Fue real”, dijo.
Todo fue real, pero ya terminó. Tiene que terminar. Los dos lo sabemos. Ya somos viejos, ya no tenemos energía para esto. Dejémoslo ir. Prieta lloró durante 10 minutos mientras Antonio le sostenía las manos. Después se limpió las lágrimas. Está bien, dijo finalmente. No diré nada. Me quedaré callada como siempre.
Antonio la abrazó, le dio las gracias y después se fue. Bajó las escaleras del edificio de la Narbarte. Subió a su cadilac negro. Manejó de regreso al rancho El Soyate, sabiendo que acababa de poner fin a 35 años de encuentros secretos de llamadas nocturnas, de noches en el apartamento de la Roma. Al día siguiente, 12 de diciembre de 2000, Flor Silvestre regresó de Monterrey.

Antonio la recibió en el aeropuerto con flores. Flor lo besó en la mejilla. ¿Cómo te fue?, preguntó Antonio. Bien, respondió Flor. Las presentaciones salieron perfectas. manejaron de regreso al rancho hablando de trabajo, de compromisos pendientes, de planes para las fiestas de fin de año. Ninguno de los dos mencionó nada fuera de lo ordinario.
Y la vida continuó como si esa conversación entre Antonio y Prieta nunca hubiera ocurrido, pero Prieta Linda no pudo dejarlo ir tan fácilmente. Durante los siguientes 6 meses de diciembre de 2000 a junio de 2001 esperó junto al teléfono cada vez que escuchaba en las noticias que Flor Silvestre salía de gira.
Esperaba la llamada que ya no llegaba. Antonio había cumplido su palabra. No volvió a marcar ese número. No volvió a preguntar, “¿Puedes esta noche?” El teléfono de Prieta sonaba para otros asuntos, para amigas, para familiares, pero nunca para lo único que ella realmente esperaba. En marzo de 2001, Prieta manejó hasta la colonia Roma.
Se estacionó frente al edificio de la calle Orisaba. Miró hacia el cuarto piso, hacia la ventana del apartamento 4B, donde había pasado tantas noches durante 35 años. Las luces estaban apagadas. El apartamento seguía rentado bajo el nombre de Roberto Maldonado, pero Antonio ya no lo visitaba. Prieta se quedó ahí sentada en su carro durante 2 horas mirando esa ventana.
oscura, recordando cada vez que había esperado ahí dentro, recordando el sonido de los tres toques en la puerta, recordando la voz de Antonio, diciendo, “Este lugar es nuestro.” Después de 2 horas, Prieta arrancó su carro y se fue. Nunca volvió a la colonia Roma. Nunca volvió a pasar por ese edificio porque sabía que si entraba al apartamento, si subía esas escaleras, si abría esa puerta, se quebraría completamente.
Y Prieta Linda había sobrevivido 35 años siendo fuerte, siendo paciente, siendo la mujer que nunca pedía nada, no iba a romperse ahora. Los años pasaron. Antonio Aguilar siguió con su carrera, con su matrimonio público con Flor Silvestre, con su familia. En 2004, a los 72 años, anunció su retiro de los escenarios.
Dio su última presentación en el Auditorio Nacional el 14 de mayo de 2004. Flor estuvo ahí en primera fila aplaudiendo. Los hijos de ambos estuvieron presentes. Pepe Aguilar subió al escenario para abrazar a su padre. Las cámaras captaron todo. Las revistas publicaron fotografías del evento durante semanas. Nadie mencionó a Prieta Linda.
Nadie sabía que en su apartamento de la Narbarte ella vio la transmisión del concierto por televisión y lloró sabiendo que una parte de la vida de Antonio había terminado y ella nunca había sido parte de esa vida pública. Antonio Aguilar murió el 19 de junio de 2007. causas naturales. Tenía 88 años. El funeral fue masivo. Miles de personas llegaron a despedirse.
Flor silvestre vestida de negro recibió las condolencias con dignidad. Los hijos lloraron, los nietos lloraron. México entero lloró la partida de uno de sus iconos más grandes. Los periódicos dedicaron páginas completas a su legado. La televisión transmitió especiales durante días y Prieta Linda, con 73 años vio todo desde la distancia, desde su apartamento, sabiendo que no podía ir al funeral, que no podía presentar sus respetos, que tenía que llorar a Antonio en privado, porque para el mundo ella no existía en la vida de él. Tres días
después del funeral, Prieta recibió un paquete por mensajería. Venía sin remitente. Dentro había una caja pequeña de madera de cedro. Prieta la abrió con manos temblorosas. Adentro encontró tres cosas. Las llaves del apartamento de la colonia Roma, una fotografía de ella y Antonio, tomada en 1970 en ese mismo apartamento que prieta ni siquiera sabía que existía.
y una nota escrita a mano con la letra de Antonio. La nota decía, “Gracias por los 35 años. Gracias por tu silencio. Gracias por entender lo que nunca pude decir.” Ah. Ah. Prieta lloró durante 3 horas sosteniendo esa nota. Después la guardó en el sobre Manila junto con las 47 fotografías que el detective había tomado en 1998.
guardó las llaves del apartamento, guardó la fotografía y prometió no volver a sacar nada de eso nunca más. Antonio había muerto. Ese capítulo de su vida había terminado. No tenía sentido seguir aferrándose a un pasado que solo existía en su memoria y en esas pruebas físicas escondidas en su closet. Flor Silvestre siguió con su vida después de la muerte de Antonio.
Se retiró completamente del espectáculo en 2008. Vivió tranquila en el rancho El Sollate, rodeada de sus hijos y nietos. dio algunas entrevistas ocasionales donde hablaba de su vida con Antonio, de su carrera, de sus recuerdos, siempre con nostalgia, siempre con cariño, siempre presentando la imagen del matrimonio perfecto que había durado 55 años hasta la muerte de Antonio.
En una entrevista en 2010, 3es años después de la muerte de Antonio, un periodista de TV Azteca le preguntó a Flor cuál era el secreto de su matrimonio tan duradero. Flor sonrió. Respeto, respondió. Y saber cuándo hablar y cuándo callarse. El periodista no entendió el peso real de esa respuesta. Nadie lo entendió. Pero Flor sabía perfectamente lo que estaba diciendo.
Había callado durante 14 años sobre las fotografías, sobre el detective, sobre prieta Linda. Y ese silencio había preservado su matrimonio, su imagen, su vida entera. Flor Silvestre murió el 25 de noviembre de 2012, causas naturales. Tenía 90 años. Su funeral también fue masivo. México lloró nuevamente. La prensa publicó por homenajes.
Se transmitieron especiales sobre su vida y carrera. Sus hijos hablaron de ella con amor profundo y en todo ese dolor público. En todas esas palabras de despedida, nadie mencionó las fotografías en la caja de terciopelo rojo que Flor había guardado durante 27 años en el fondo de su closet. Después del funeral de Flor, cuando los hijos empezaron a organizar sus pertenencias, Pepe Aguilar encontró la caja de terciopelo rojo, la abrió.
Vio las 16 fotografías en blanco y negro. Antonio entrando a un edificio, una mujer en una ventana. Fechas escritas detrás de cada fotografía. Junio de 1985. Pepe revisó cada imagen sin entender completamente qué significaban. Le preguntó a su hermano Antonio Junior si reconocía algo. Antonio Junior tampoco entendió.
Decidieron guardar la caja sin investigar más. Algunas cosas pensaron, “Era mejor no saber.” Prieta Linda vivió 9 años más después de la muerte de Flor. Años tranquilos, años solitarios. Sus amigas fueron muriendo una por una. Carmen Villaseñor murió en 2014. Otras amigas se mudaron con sus familias a otras ciudades. Prieta se quedó sola en su apartamento de la Narbarte con sus recuerdos y con el sobre manila escondido en su closet.
En 2018, Prieta cumplió 84 años. Su salud empezó a deteriorarse. Diabetes, presión alta, problemas cardíacos. Pasó más tiempo en hospitales que en su casa. Su sobrina María Elena, hija de su hermano que había muerto en 1995, se convirtió en su cuidadora principal. María Elena tenía 49 años, era soltera, trabajaba como contadora en una empresa de importaciones.
Visitaba Aprieta tres veces por semana, la llevaba a sus citas médicas, le hacía compras, se aseguraba de que tomara sus medicamentos. En una de esas visitas, en septiembre de 2019, María Elena le preguntó a Prieta, “Tía, ¿nviste novio?” “Nunca te te he escuchado hablar de alguien.” Prieta, que estaba sentada en su sillón favorito mirando por la ventana, sonrió tristemente.
“Si tuve alguien”, respondió durante mucho tiempo, pero nunca fue realmente mío. María Elena esperó a que Prieta continuara, pero ella no dijo nada más. Simplemente siguió mirando por la ventana, perdida en recuerdos de llamadas telefónicas, de tres toques en una puerta, de amaneceres compartidos en un apartamento que ya no existía en su presente.
Para 2020, la salud de Prieta empeoró significativamente. Los médicos del Hospital Ángeles Metropolitano le diagnosticaron insuficiencia cardíaca congestiva. Le dieron tratamiento, pero le explicaron que a sus 86 años con su historial médico, el pronóstico no era favorable. Priet aceptó la noticia con calma. Había vivido 86 años.
Había tenido una carrera en el teatro. Había conocido a gente importante. Había tenido una vida que, aunque marcada por un secreto que nadie conocía, había sido suya. En julio de 2021, Prieta supo que le quedaba poco tiempo. Los doctores no se lo dijeron directamente, pero ella lo sintió. Su cuerpo ya no respondía como antes. Se cansaba con solo caminar de su habitación a la sala.
Pasaba la mayor parte del tiempo en cama. María Elena había dejado su trabajo para cuidarla a tiempo completo. Las dos vivían juntas en el apartamento de La Narbarte, esperando lo inevitable. El 15 de septiembre de 2021, Prieta le pidió a María Elena que le trajera papel y pluma. “Necesito escribir algo importante”, le dijo.
María Elena le llevó un cuaderno de hojas blancas y una pluma de tinta azul. Prieta empezó a escribir. Le tomó tres días completar la carta. 11 páginas escritas con letra temblorosa, pero legible. Cada palabra pensada cuidadosamente, cada recuerdo documentado con fechas, lugares, detalles específicos. Mientras escribía, Prieta lloraba.
Recordó marzo de 1965, la primera vez que Antonio tocó su puerta. Recordó enero de 1968 cuando Antonio le dio las llaves del apartamento de la Roma. recordó todas las llamadas telefónicas, todos los encuentros, todos los amaneceres. Recordó diciembre de 2000, la última vez que vio a Antonio cuando él le pidió que guardara el secreto y recordó junio de 2007 cuando recibió la caja de cedro con la nota de despedida de Antonio.
En la carta, Prieta confesó todo, los 35 años de encuentros secretos. El apartamento rentado bajo nombre falso. Las 280 veces aproximadas que se vieron, el patrón calculado. Flor anunciaba gira. Antonio esperaba dos días, llamaba, se encontraban. Prieta escribió sobre los sentimientos que nunca pudo expresar en voz alta.
El amor que sintió por Antonio, la soledad que experimentó cada vez que él se iba, la esperanza que guardó durante décadas de que algún día Antonio la eligiera a ella. Y la resignación que finalmente aceptó cuando entendió que eso nunca pasaría. La carta también contenía algo más, una petición directa a María Elena.
Después de que yo muera, escribió Prieta en la página 9, quiero que busques en mi closet en el fondo, detrás de las cajas de zapatos que ya no uso. Ahí encontrarás un sobre manila. Dentro están las fotografías que prueban todo lo que te estoy contando en esta carta. Quiero que las veas. Quiero que sepas que no estoy inventando nada, que cada palabra de esta confesión es verdad.
Y después quiero que decidas tú qué hacer con esta información. Si la guardas para siempre o si la compartes con alguien, esa decisión ya no me corresponde a mí. Prieta terminó la carta el 18 de septiembre de 2021, la metió en un sobre blanco, escribió en el frente con letra grande. Para María Elena leer solo después de mi muerte.
Le entregó el sobre a su sobrina. Guárdalo le dijo. Y no lo abras hasta que yo ya no esté. Prométemelo. María Elena, confundida pero respetuosa, tomó el sobre y lo guardó en su bolsa. Te lo prometo, tía, respondió. No preguntó qué contenía. No presionó para saber más, simplemente aceptó la petición de una mujer de 87 años que claramente estaba poniendo sus asuntos en orden antes del final.
Tres días después, el 21 de septiembre de 2021, Prieta Linda murió en su cama del apartamento de la Narbarte. Eran las 4:37 de la madrugada. María Elena estaba dormida en el sillón de la sala cuando escuchó que algo cambiaba en la respiración de su tía. Corrió a la nueva habitación. Prieta tenía los ojos cerrados. Respiraba de forma irregular.
María Elena le tomó la mano. “Tía, aquí estoy.” Le dijo. Prieta apretó su mano débilmente, respiró tres veces más y dejó de respirar. El certificado de defunción firmado por el doctor Héctor Maldonado Ruiz del Hospital Ángeles Metropolitano, estableció la causa de muerte como insuficiencia cardíaca congestiva. Muerte natural, sin complicaciones.
Prietalinda había vivido 87 años, 3 meses y 5 días. Había trabajado como corista, como actriz de teatro, como extra en algunas películas de la época de oro. Había sido amiga de varias figuras del espectáculo mexicano y había sido el secreto mejor guardado de Antonio Aguilar durante 35 años. El funeral de Prieta fue pequeño.
María Elena organizó todo en la funeraria Galloso de Félix Cuevas. Asistieron 15 personas, algunos primos lejanos, dos vecinas del edificio de La Narbarte, tres amigas ancianas que aún vivían y algunos conocidos del teatro que recordaban aprieta de sus días en el Blanquita. No hubo flores elaboradas, no hubo discursos largos, fue un adiós tranquilo para una mujer que había vivido la mayor parte de su vida en las sombras.
Durante el velorio, nadie mencionó a Antonio Aguilar, nadie habló de Flor Silvestre. Nadie sabía que Prieta Bay había tenido alguna conexión significativa con ellos más allá de haber trabajado ocasionalmente en los mismos círculos artísticos décadas atrás. La vida secreta de Prieta murió con ella ese 21 de septiembre, o al menos eso parecía.
Tres días después del funeral, el 24 de septiembre de 2021, María Elena regresó al apartamento de la Narbarte para empezar a organizar las pertenencias de su tía. tenía que vaciar el apartamento porque la renta estaba a nombre de Pririeta y el dueño necesitaba el espacio. María Elena empezó por la sala, luego la cocina, luego el baño.
Finalmente llegó a la habitación principal, al closet donde Prieta guardaba su ropa, sus zapatos, sus cajas de recuerdos. María Elena recordó entonces el sobre blanco que Prieta le había dado seis días atrás. lo sacó de su bolsa, lo abrió con cuidado. Dentro estaba la carta de 11 páginas con letra azul.
María Elena se sentó en la cama de su tía y empezó a leer. La primera página la confundió, la segunda la sorprendió, para la tercera estaba completamente concentrada. En la quinta página se levantó y cerró la puerta de la habitación con seguro, aunque estaba completamente sola en el apartamento. Para la página 7 tenía lágrimas en los ojos.
En la página nueve, cuando leyó sobre el sobre manila escondido en el closet, dejó de leer, se levantó, fue al closet, movió las cajas de zapatos del fondo tal como la carta indicaba, y ahí estaba. Un sobre manila viejo, amarillento, con cinta adhesiva en las esquinas. María Elena lo sacó, lo puso sobre la cama, terminó de leer la carta primero.
Las últimas dos páginas explicaban todo. La petición de Prieta de que María Elena decidiera qué hacer con la información, la confesión de que Prieta había cargado este peso durante 56 años. La súplica final, que Dios me perdone y que Flor, donde quiera que esté, entienda que yo también sufrí peso toda mi vida.
María Elena terminó de leer y se quedó sentada en la cama durante 20 minutos sin moverse. Después abrió el sobre Manila. Dentro encontró exactamente lo que la carta describía. 47 fotografías en blanco y negro, algunas con fechas escritas detrás, todas mostrando a un hombre entrando y saliendo de un edificio, algunas mostrando a una mujer en una ventana.
María Elena reconoció al hombre inmediatamente, Antonio Aguilar. icono de la música mexicana, esposo legendario de flor silvestre y secretamente durante 35 años el amante de su tía prieta. También en el sobre había tres llaves atadas con un listón rojo desgastado. Una nota adhesiva amarilla pegada al listón decía: Apartamento 4-B, calle Orizaba 147, colonia Roma.
Y había una fotografía diferente a las demás, una foto a color vieja de los años 70, mostrando a Prieta Linda y Antonio Aguilar sentados juntos en un sillón sonriendo a la cámara con copas de vino en las manos. Una fotografía íntima, personal que nunca debió existir, pero que existía como prueba innegable de todo lo que la carta confesaba.
María Elena esparció todas las fotografías sobre la cama, las organizó cronológicamente usando las fechas escritas detrás. La más antigua era de marzo de 1998, la más reciente de mayo de 1998. 3 meses de vigilancia documentada, 47 fotografías que probaban un patrón consistente. Antonio Aguilar visitando el mismo edificio repetidamente, siempre de noche, siempre saliendo en la madrugada, prieta esperando en la ventana.
El mismo ritual capturado desde diferentes ángulos en diferentes noches, pero siempre esencialmente lo mismo. María Elena se quedó en ese apartamento hasta las 11 de la noche de esa noche, leyendo y releyendo la carta, mirando las fotografías una y otra vez, tratando de procesar lo que acababa de descubrir su tía, la mujer que había conocido toda su vida como alguien tranquila, reservada. solitaria.
Había estado viviendo una doble vida durante décadas. Había sido la amante secreta de uno de los hombres más famosos de México y nadie, absolutamente nadie lo había sabido. Durante los siguientes días, María Elena investigó, buscó en internet sobre Antonio Aguilar y Flor Silvestre. leyó artículos sobre su matrimonio, sobre su familia, sobre su legado.
Todo presentaba la imagen del matrimonio perfecto. 55 años juntos hasta la muerte de Antonio en 2007. Una familia sólida, un amor legendario, ningún escándalo, ningún rumor de infidelidad. La historia oficial era limpia, perfecta, intocable. Y María Elena tenía en sus manos las pruebas de que esa historia oficial era incompleta, no necesariamente falsa, pero definitivamente incompleta.

Antonio había sido esposo de Flory, pero también había sido amante de Prieta. Las dos cosas habían coexistido durante 35 años y tanto Antonio como Prieta habían guardado el secreto hasta sus muertes. El 28 de septiembre de 2021, María Elena tomó una decisión. No iba a revelar nada públicamente. No iba a llevar las fotografías a Ventaneando ni a TV Notas como Prieta había amenazado hacer en el año 2000.
No iba a destruir el legado de Antonio Aguilar ni a manchar la memoria de Flor Silvestre, pero tampoco iba a destruir las pruebas. Las guardaría, las preservaría, porque eran parte de la historia de su tía y su tía merecía que al menos alguien supiera que había existido en la vida de Antonio Aguilar. María Elena guardó las fotografías, las llaves y la carta de 11 páginas en una caja de seguridad en un banco.
Pagó por el alquiler de esa caja de seguridad por 20 años por adelantado. Dejó instrucciones en su testamento de que si algo le pasaba, el contenido de esa caja debía ser entregado a un historiador de confianza especializado en la época de oro del cine mexicano. no para publicación inmediata, sino para archivo histórico, para que en algún momento del futuro, cuando ya no quedara nadie a quien pudiera lastimar, la verdad completa saliera a la luz.
Pero María Elena hizo algo más. Decidió investigar el apartamento de la colonia Roma. Tenía las llaves, tenía la dirección. Quería ver con sus propios ojos el lugar donde su tía había pasado tantas noches durante tantos años. El 3 de octubre de 2021 manejó hasta la calle Orizaba 147. Se estacionó frente al edificio.
Era un edificio viejo, bien mantenido, con fachada ardeco, típica de los años 40. Subió las escaleras hasta el cuarto piso, encontró la puerta del apartamento 4-b, metió la llave en la cerradura, giró, la puerta se abrió. María Elena entró al apartamento que había estado vacío durante 21 años, desde el año 2000, cuando Antonio y Prieta dejaron de verse.
El olor a encerrado era fuerte, había polvo en todas las superficies, pero el apartamento seguía amueblado exactamente como Prieta lo había descrito en su carta. La sala tenía un sillón viejo de terciopelo verde. La mesa del comedor era de madera oscura con cuatro sillas. En la habitación principal había una cama matrimonial con sábanas blancas cubiertas de polvo.
En el closet, María Elena encontró tres vestidos colgados, uno azul marino, uno rojo vino, uno negro. los vestidos que Antonio le había regalado a Prieta y que ella solo usaba en ese apartamento. En la cocina, el refrigerador estaba vacío y desconectado. Pero en la alacena, María Elena encontró tres botellas de vino sin abrir, todas de la misma marca que Prieta mencionaba en su carta.
Vino tinto marqués de Riscal. En el baño encontró artículos de tocador, un cepillo de dientes viejo en un vaso, una botella de perfume francés de los años 80. Toallas dobladas prolijamente y en el cajón del buró junto a la cama. María Elena encontró algo que la carta no mencionaba, un diario. Un cuaderno de pasta dura color café con las esquinas desgastadas. María Elena lo abrió.
La primera entrada estaba fechada 15 de marzo de 1965. Antonio vino hoy por primera vez. No sé qué pensar, no sé qué sentir. Solo sé que cuando tocó la puerta, algo en mí cambió para siempre. María Elena se sentó en el piso del apartamento polvoriento y leyó el diario completo. Prieta había documentado cada encuentro durante 35 años, no todos con lujo de detalle, pero sí con fechas, con emociones, con pensamientos que nunca compartió con nadie.
Había entradas felices. Antonio me trajo flores hoy rosas rojas. me dijo que le recuerdo a su juventud. Había entradas tristes. Han pasado 4 meses desde la última llamada. ¿Habré hecho algo mal? Ya no me quiere ver. Había entradas desesperadas. Tengo 50 años y sigo esperando que elija estar conmigo.
Cuando voy a aceptar que eso nunca va a pasar. La última entrada del diario estaba fechada 11 de diciembre de 2000. Antonio vino hoy. Me pidió que guardara el secreto, que no dijera nada. Le prometí que lo haría y voy a cumplir mi promesa, pero me duele tanto. Me duele saber que después de 35 años todo termina con un gracias por tu silencio.
Como si eso fuera suficiente, como si 35 años de mi vida pudieran resumirse en gracias. Me voy a morir siendo su secreto. Y eso es lo más triste de todo. María Elena lloró leyendo esa última entrada. Cerró el diario, lo guardó junto con las tres botellas de vino, los tres vestidos del closet y el perfume francés.
Limpió el apartamento lo mejor que pudo y salió cerrando la puerta con llave, sabiendo que probablemente era la última persona que entraría ahí. Tres semanas después, María Elena recibió una carta del administrador del edificio. El apartamento 4B finalmente iba a ser desalojado. El contrato de renta bajo el nombre de Roberto Maldonado había espirado oficialmente en septiembre de 2021 después de 32 años de pagos puntuales en efectivo.
Como no había renovación ni contacto del inquilino, el apartamento sería vaciado y rentado nuevamente. María Elena no dijo nada. No reclamó nada. Dejó que el apartamento volviera la manos del edificio. Dejó que ese espacio, que había sido testigo de 35 años de encuentros secretos, se convirtiera nuevamente en un apartamento anónimo para nuevos inquilinos que nunca sabrían su historia.
En noviembre de 2021, dos meses después de la muerte de Prieta, María Elena decidió hacer algo arriesgado pero necesario. Necesitaba hablar con alguien de la familia Aguilar, no para revelar todo, sino para entender mejor quién había sido Antonio más allá de la imagen pública. María Elena investigó y descubrió que Antonio Aguilar Junior ocasionalmente daba entrevistas.
Le escribió un correo electrónico a través del sitio web oficial de la familia. El mensaje era vago pero intrigante. Estimado señor Aguilar, mi nombre es María Elena Contreras. Mi tía falleció recientemente y dejó algunos documentos que mencionan a su padre. Me gustaría hablar con usted, si es posible. No es nada negativo, solo información histórica que creo podría interesarle.
Antonio Aguilar Junior respondió tres días después. Acordaron encontrarse en un café de la colonia Polanco el 18 de noviembre de 2021 a las 4 de la tarde. María Elena llegó 15 minutos antes. Llevaba solo la carta de 11 páginas y tres de las 47 fotografías, las más discretas. No quería destruir nada, solo quería entender.
Antonio Aguilar Junior llegó puntual. Tenía 68 años. Se parecía mucho a su padre. Ordenaron café. María Elena comenzó a tu hablar con cuidado. Mi tía Prieta Linda trabajó en el medio artístico en los años 60 y 70. Conoció a su padre en ese contexto. Antonio Junior asintió. “Mucha gente conoció a mi padre en esos años”, dijo.
María Elena continuó. Mi tía dejó una carta antes de morir. Menciona que tuvo una amistad cercana con su padre durante muchos años, que se veían ocasionalmente, que su padre confiaba en ella. Antonio Junior la miró con curiosidad. ¿Qué tipo de amistad?, preguntó directamente. Una amistad muy cercana, respondió María Elena.
Mi tía la guardó en privado durante décadas porque entendía que su padre era una figura pública, pero quería que alguien supiera que esa amistad existió, que fue para ella y, según su carta, también para su padre. Antonio Junior se quedó en silencio. Tomó un sorbo de café. Después hablo. Mi padre tuvo muchas amistades que mantuvo en privado.
Era un hombre complejo. Amaba a mi madre profundamente, eso nunca lo dudo. Pero también era humano. Mi madre lo sabía y decidió que su matrimonio era más importante que cualquier imperfección. María Elena sacó las tres fotografías, se las mostró. Mi tía guardó estas. Son de 1998. muestran a su padre visitando un edificio en la colonia Roma.
Antonio Junior las miró, su expresión no cambió. No pareció sorprendido, solo cansado. ¿Qué quiere de mí?, preguntó. Dinero, reconocimiento público. María Elena negó con la cabeza. No quiero nada. Mi tía pidió que alguien supiera la verdad, que no muriera en el olvido como si nunca hubiera importado. Eso es todo.
No voy a publicar nada. No voy a hablar con los medios. Antonio Junior asintió. Aprecio que haya venido a mí en lugar de ir a Ventaneando. Eso dice mucho. Pidió ver las fotografías más de cerca. Las estudió durante 2 minutos. Reconozco ese edificio. Mi padre lo mantuvo durante muchos años. Pensábamos que era para reuniones de negocios.
Ahora entiendo que tal vez tenía otros propósitos. Devolvió las fotografías. Guárdelas bien. Y si algún día decide hacer algo con ellas, piens en mi madre también. Ella ya no está para defenderse. Mi padre tampoco. Los únicos que sufrirían seríamos los que seguimos vivos. María Elena prometió no publicar nada. Se despidieron.
Antonio Junior le dio su número personal. Si encuentra más información, llámeme. Prefiero saber la verdad completa que vivir en la ignorancia. María Elena se fue sabiendo que había hecho lo correcto. No había destruido el legado de nadie. Solo había asegurado que la verdad existiera en algún lugar. Durante los siguientes meses, María Elena vivió con el peso del secreto de su tía. No se lo contó a nadie más.
No lo publicó. Simplemente lo guardó en la caja de seguridad del banco junto con todas las pruebas. En marzo de 2022, 6 meses después de la muerte de Prieta, María Elena visitó por última vez el edificio de la calle Orizaba. El apartamento 4B ya tenía nuevos inquilinos, una pareja joven con un bebé.
María Elena se quedó en la calle mirando la ventana del cuarto piso. Imaginó a su tía esperando. Imaginó a Antonio tocando tres veces la puerta. imaginó 35 años de secretos en ese espacio pequeño. Y entonces María Elena entendió algo fundamental. El amor de Prieta por Antonio había sido real, tal vez no correspondido como ella hubiera querido, tal vez no reconocido públicamente, pero real.
Prietal había vivido 35 años amando a alguien, siendo importante para alguien. Sí, en secreto, pero real. María Elena decidió que esa sería la última vez que buscaría conexiones con el pasado de su tía. El secreto estaba guardado. Antonio Aguilar Junior sabía la verdad básica y eso era suficiente. Prieta había pedido que alguien supiera que existió y ahora alguien lo sabía.
Los años siguieron. María Elena volvió a su vida normal, pero una vez al año, cada 21 de septiembre, visitaba el cementerio donde estaba enterrada prieta. Le llevaba flores y en silencio le decía, “Cumplí tu petición, tía. Alguien sabe que existe. Alguien sabe que fuiste importante. Y en el panteón jardín donde descansan Antonio Aguilar y Flor Silvestre, sus tumbas una junto a la otra con epitafios que hablan de amor eterno.
Nadie menciona a Prieta Linda, nadie sabe de los 35 años, nadie conoce el apartamento de la Roma y probablemente nadie lo sepa durante muchos años más, porque algunos secretos, aunque revelados a unos pocos, siguen siendo secretos. Y la historia oficial permanece intacta. Un matrimonio legendario, un amor de 55 años, un legado musical incomparable.
Y en las sombras de esa historia oficial, invisible, pero real, está Prieta Linda, la mujer que esperó 35 años, la mujer que guardó el secreto durante 56 años, la mujer que amó a Nipo Antonio Aguilar de la única manera que se le permitió. en silencio, en privado, sin reconocimiento, pero con una intensidad que duró toda su vida.
Quizás en 50 años, cuando ya no quede nadie que pueda lastimarse, las fotografías salgan a la luz. Quizás un historiador descubra la carta y el diario. Quizás entonces la historia completa se cuente. O quizás no. Quizás el secreto se pierda para siempre. Pero por ahora. La historia de Prieta Linda y Antonio Aguilar existe solo en estas palabras, en este relato de 35 años de amor secreto, de llamadas nocturnas, de tres toques en una puerta, de amaneceres en un apartamento que ya no existe más que en la memoria.
Y tal vez eso es suficiente. Tal vez eso es todo lo que Prieta Linda realmente quería, que alguien supiera que ella existió, que ella amó, que ella importó. aunque fuera solo como el secreto mejor guardado de Antonio Aguilar.