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Romy Schneider: Enterró a su Hijo… y Murió 11 Meses Después

Le decía con frecuencia, según contaría la propia Romy en una entrevista, años después, una frase que no se olvida. Tienes que ser hermosa, hijita. Porque inteligente ya sé que no eres tanto. Mientras tanto, su madre rehace su vida y aquí entra el segundo hombre que marcará a Romy para siempre. Se llama Hans Herbert Bloodsim.

Es un empresario alemán, dueño de restaurantes y hoteles, rico, frío, ambicioso. Y cuando se casa con Magda Schneider en 1953, hereda algo más que una esposa famosa. Hereda a una hija de 14 años con un rostro que las cámaras adoran. Y ese hombre, ese padrastro al que Romy llamará siempre con frialdad, va a tener una idea.

¿Por qué no convertir a la niña en actriz a los 15 años? Sin haber terminado el colegio, sin haber recibido nunca una clase de actuación, Rosemary Albach es lanzada a su primera película. Aparece en pantalla junto a su propia madre. El público alemán enloquece. Una niña con la frescura de Magda y los ojos enormes de su padre. Una promesa.

Pero Rosemary no quiere ser actriz. Quiere estudiar arte, quiere viajar, quiere ser libre. Su padrastro decide que va a ser actriz y aquí ocurre algo que nadie prevé, ni siquiera ella. La niña de 15 años frente a la cámara es luminosa, natural, imposiblemente fotogénica. La industria del cine alemán, que necesita desesperadamente nuevas estrellas tras los años negros del nazismo, encuentra en ella exactamente lo que estaba buscando.

Un rostro inocente, un rostro sin culpa. En 1955, cuando tiene apenas 16 años, le proponen el papel que cambiará su vida y la destruirá. El papel es el de una emperatriz, una emperatriz adolescente, hermosa, ingenua, rebelde, una princesa Bárbara que se casa con el emperador Francisco José de Austria a los 16 años. Una mujer que el público europeo conoce con un solo nombre. Sí.

El director Ernst Marishka busca una actriz tan parecida a la verdadera Isabel de Austria que el público no necesite imaginar nada. La encuentra en Rosemary Albach, le cambia el nombre, la rebautiza. A partir de ahora ella se llamará Romy Schneider. La primera película de la trilogía Sisi estrena en la Navidad de 1955 y Europa entera enloquece.

En Alemania se rompen récords de taquilla. En Austria, las salas de cine programes a la medianoche para satisfacer la demanda. En Italia, en Francia, en España, en toda América Latina, el rostro de la joven Romy se convierte en el rostro de una época. Y aquí empieza la trampa. Porque mientras Europa la abraza como a la nueva princesa, mientras los carteles de su cara empapelan ciudades enteras, mientras los regados llegan a su casa por miles, Romy Schneider a los 17 años ya está empezando a odiar al personaje que la hizo famosa. Sí, sí era todo lo que ella

no era, sumisa, dulce, casi tonta, una emperatriz de cuento que sonreía mientras el imperio se derrumbaba. Pero el público no quiere otra cosa y su padrastro, que ahora administra cada centavo de su carrera, tampoco. Hacen una segunda película más éxito. Hacen una tercera récord absoluto de taquilla. Y cuando después de la tercera le proponen una cuarta, Romy Schneider con apenas 19 años hace algo que nadie en su entorno ve venir. Dice que no.

Tres palabras que cambian todo. Pero antes de seguir, antes de contarles cómo una emperatriz de pantalla decide huir de su propio reino y cruzar la frontera para encontrarse con el hombre que le rompería el corazón para siempre, queremos saber algo de ustedes. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntennos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Romy Schneider acaba de decir que no así sí y Alemania entera no se lo perdona. La prensa se ensaña, la llaman ingrata, caprichosa, la acusan de creerse demasiado para el papel que la hizo famosa. La revista más leída del país publica un editorial brutal.

La niña de los Alpes ha olvidado quién la creó, pero ella ya tomó una decisión. Se va a París. París en 1958 es la capital del cine mundial. Es la ciudad de la Nubel Vag. Es donde nacen los nuevos lenguajes, las nuevas estrellas, las nuevas formas de filmar. Romy quiere todo eso. Quiere ser una actriz de verdad, no una postal animada. Y un director italiano exiliado en Francia ha visto algo en ella que nadie más ha visto. Se llama Luchino Visconti.

Es uno de los gigantes del cine europeo y le ofrece un papel en una película llamada Cristíne. Una historia de amor, una tragedia romántica. Rom acepta. vuela a París, llega al rodaje un lunes de invierno y ese lunes su vida se parte en dos porque su pareja en pantalla es un actor francés desconocido fuera de su país. Tiene 22 años.

Es atractivo de una manera casi indecente. Tiene los ojos del color del Mediterráneo en un día sin viento y se llama Alin Delón. La química es instantánea. Visconti, observando desde detrás de la cámara le susurra a su asistente algo que se volvera famoso años después. Estos dos no van a poder separarse aunque quieran. Tenía razón.

A medio rodaje, Romy y Alí ya son inseparables. Almuerzan juntos, cenan juntos, pasean por las orillas del Sena hasta que sale el sol. Ella una alemana criada en internados católicos. Él un francés huérfano emocional. Hijo de un divorcio brutal expulsado de tres colegios, exmarino paracaidista en la guerra de Indochina, dos mundos opuestos y un imán que nadie puede explicar.

Para los periódicos alemanes, esto es la confirmación de la traición. Romy Schneider, la pureza nacional, en brazos de un francés y no cualquier francés. Un actor sin clase, sin educación, sin pasado, a ella le da igual. En marzo de 1959, Alín Delon se arrodilla frente a Romy en un café de Roma y le pide matrimonio.

Ella dice que sí. Él le pone un anillo de compromiso, una pequeña esmeralda. Sale en todas las portadas del mundo. Tienen 20 y 22 años y empieza la mejor época de la vida de Romy Schneider. Se mudan juntos a un departamento en París. Ella lo ayuda con su carrera, le presenta a productores, le enseña disciplina, le enseña a tomar el cine en serio, a leer los guiones, a no llegar tarde, a respetar a los directores.

Mientras tanto, su carrera francesa explota. Visconti la dirige en una obra de teatro escandalosa. Una historia de incesto del siglo X. París queda boquia abierto. La niña de Sisi haciendo de hermana incestuosa. Las críticas son extáticas. Una famosa diseñadora de moda parisina la elige personalmente para vestirla en cada estreno.

Su rostro aparece en las portadas de las revistas de mayor tirada de Europa. En esos años, Romy y Alin son la pareja más fotografiada de Europa, más que cualquier otro dúo célebre de la época. Salen en cada portada, aparecen en cada fiesta, se les ve cenando con artistas e intelectuales en los mejores restaurantes de la Riviera y del barrio latino.

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