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Revelaciones de un ex pastor: Lo que descubrí sobre Lutero y me obligó a ser CATÓLICO

 Hizo una pausa y vi como tragaba saliva antes de continuar. Dios quiso [música] que nuestro hijo hiciera esto. Dios planeó que Marcus se quitara la vida. El silencio que siguió fue ensordecedor. [música] La gente alrededor seguía conversando en voz baja, pero para mí todo se había vuelto mudo.

 Abrí la boca [música] para responder, pero no salió ninguna palabra, porque en ese momento me di cuenta de algo terrible. Si yo respondía con [música] honestidad según mi teología luterana, tendría que decir, sí, tendría que decirle a ese padre destrozado [música] que Dios en su soberanía absoluta había determinado desde antes [música] de la fundación del mundo que su hijo único se quitara la vida a los 19 [música] años.

 Tendría que decirle que Marcus no tuvo realmente ninguna elección, porque según Lutero, el libre albedrío [música] humano no existe y la voluntad del hombre es como un animal que o es montado [música] por Dios o por el  Pero si decía eso, ¿qué clase de Dios estaba predicando? Un Dios que planea [música] el suicidio de un muchacho de 19 años.

 un Dios que crea personas sin verdadera libertad y luego las condena por decisiones que ellas [música] nunca pudieron realmente tomar. No lo sé. Fue lo único que [música] pude murmurar. No tengo respuesta para eso ahora, pero les prometo [música] que voy a buscarla. Esa noche no pude dormir. Me quedé en mi estudio [música] hasta el amanecer mirando mi biblioteca llena de comentarios bíblicos, tratados teológicos, las obras completas [música] de los reformadores.

 Había dedicado mi vida adulta a estudiar y enseñar la teología de la reforma. [música] Pero por primera vez en 22 años de ministerio me pregunté si realmente [música] había entendido lo que estaba enseñando. O peor aún, si lo que estaba enseñando era verdad. Los días siguientes [música] fueron una tortura. Seguía con mis funciones pastorales. Visitaba enfermos.

daba clases de confirmación a los jóvenes, [música] predicaba los domingos, pero por dentro algo se había [música] roto. Cada vez que abría la Biblia para preparar un sermón, esa pregunta [música] volvía a mi mente. Dios quiso que nuestro hijo hiciera esto y cada vez que repasaba mentalmente [música] la doctrina luterana de la predestinación absoluta y la negación [música] del libre albedrío, sentía un nudo en el estómago, decidí hacer algo que, mirando [música] atrás fue el primer paso de un camino sin retorno.

Fui a la biblioteca de la Universidad de Heidelberg y solicité [música] acceso a las ediciones críticas originales de las obras de Lutero. No las versiones [música] resumidas que usamos en las iglesias, no los libros devocionales que seleccionan los pasajes más edificantes, [música] sino los volúmenes completos en alemán antiguo y latín con todas las notas, [música] todas las cartas privadas, todo lo que Lutero escribió sin censura.

 Pasé semanas enteras sumergido en esos textos. Cancelé compromisos, dejé de lado mis [música] clases, me encerré en aquella biblioteca con sus techos altos y sus ventanas [música] góticas, y lo que encontré me dejó sin aliento. En el libro que Lutero escribió en el año 1525 titulado Deerbo arbitrio, [música] que significa del albedrío esclavo.

 El reformador dejaba absolutamente [música] claro que el ser humano no tiene libertad alguna en asuntos espirituales. Lutero escribió [música] textualmente que la voluntad humana es como un animal de carga. Si Dios lo [música] monta, va hacia donde Dios quiere. Si Satanás lo monta, [música] va hacia donde Satanás quiere.

 Pero el animal mismo no decide nada, no tiene elección. [música] Eso no era nuevo para mí. Ya lo había leído antes en traducciones modernas y lo había enseñado [música] como doctrina ortodoxa. Pero entonces encontré algo que nadie me había mostrado en el seminario. [música] En cartas privadas que Lutero escribió a su amigo y colaborador, Melanchton, el reformador admitía [música] estar profundamente angustiado por las consecuencias lógicas de su propia doctrina.

 En una carta particularmente reveladora, Lutero confesaba, [música] “Sé que esto hace de Dios el autor del pecado, lo cual parece absurdo [música] y contradictorio, pero la escritura nos obliga a aceptar esta paradoja, aunque no la entendamos.” Leí [música] esa línea una, dos, tres veces. Mis manos empezaron [música] a temblar.

Lutero mismo admitía que su doctrina convertía a Dios en el autor del pecado [música] y, sin embargo, insistía en que debíamos aceptarlo como verdad [música] bíblica. Pero, ¿cómo podía ser eso verdad? Si Dios es bueno, si Dios es amor, si Dios es [música] justo, ¿cómo puede ser el autor del mal? ¿Cómo puede castigar el pecado si él mismo es quien lo causa? Cerré el libro [música] y me quedé sentado en silencio.

 A mi alrededor, estudiantes [música] universitarios estudiaban tranquilamente, ajenos a la revolución interior que estaba sucediendo [música] en mi alma. Por la ventana veía el cielo gris de noviembre sobre los tejados de Heidelberg. Y por [música] primera vez en mi vida sentí que todo lo que había construido, toda mi identidad [música] como pastor luterano, toda mi seguridad teológica estaba comenzando [música] a desmoronarse, pero no podía detenerme ahí.

 Ahora que había comenzado [música] a cuestionar, tenía que seguir hasta el final. Porque si Lutero estaba equivocado en esto, ¿en qué más [música] podía estar equivocado? Y si el protestantismo se fundó sobre una comprensión errónea [música] de la gracia y la libertad humana, ¿dónde estaba entonces la verdad? [música] Esa noche, de vuelta en mi casa, mi esposa Marta notó que algo andaba mal.

Llevábamos casados 25 años y [música] ella me conocía mejor que nadie. ¿Qué te pasa, Klaus?, me preguntó mientras [música] cenábamos en silencio. Desde el funeral de Marcus estás diferente. Habla conmigo. [música] Le conté todo. Le hablé de la pregunta del padre de Marcus, de mi incapacidad para responder, de lo que había encontrado en los [música] escritos de Lutero.

 Marta me escuchó en silencio, con esa paciencia que siempre la había [música] caracterizado. Cuando terminé, ella suspiró y me tomó de la mano. Klaus me dijo suavemente, y si lo que siempre hemos [música] creído no es toda la verdad y si hay algo más. Su pregunta quedó flotando en el aire. ¿Había algo más? [música] tenía que haberlo porque el dios que emergía de la teología de Lutero, un Dios que controla hasta el más mínimo pensamiento [música] humano y luego castiga a las personas por pensamientos que ellas no eligieron

tener, [música] ese no podía ser el Dios verdadero. Ese no era el Dios de amor [música] que Jesús reveló en el evangelio. Pero entonces, ¿quién tenía razón? ¿Dónde estaba [música] la verdad? Recordé que Lutero siempre afirmaba estar siguiendo a San Agustín, el gran doctor de la iglesia [música] del siglo y Vinto.

 Lutero decía que estaba simplemente recuperando la doctrina [música] agustiniana de la gracia que la Iglesia Católica supuestamente había corrompido. Si eso era cierto, [música] entonces Agustín debía enseñar lo mismo que Lutero. Pero lo hacía realmente. [música] Decidí averiguarlo. Pedí prestados de la biblioteca de la universidad los escritos [música] originales de San Agustín en latín.

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