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El hombre del metro de Barcelona

El hombre del metro de Barcelona

Ramón Salvatierra llevaba siete años jubilado, pero seguía despertándose todos los días a las cinco y media de la mañana.

La costumbre era más fuerte que el tiempo.

Había pasado treinta y dos años trabajando como policía en Barcelona. Había visto robos, desapariciones, familias destruidas, políticos corruptos y asesinos que sonreían frente a las cámaras. También había visto inocentes condenados por errores que nadie quiso corregir.

Eso era lo que más le pesaba.

Aquella mañana de noviembre, Barcelona amaneció cubierta por una lluvia fina y un viento frío que se colaba por las estaciones del metro.

Ramón llevaba un abrigo gris viejo y una bufanda azul oscuro que su esposa Clara le había tejido antes de morir.

Entró en la estación de Passeig de Gràcia con un café en la mano y el periódico doblado bajo el brazo.

El tren llegó casi vacío.

Se sentó junto a la ventana.

Frente a él, una joven revisaba nerviosamente su teléfono.

Dos turistas discutían en francés.

Un hombre dormía abrazando una mochila.

Nada fuera de lo normal.

Pero cuando el tren frenó en Diagonal y las puertas se abrieron, Ramón vio algo debajo del asiento de enfrente.

Una cartera negra.

Gastada.

Pesada.

Esperó unos segundos.

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