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“SI ESE CABALLO TE DEJA DOMARLO… TODO EL GANADO ES TUYO”, LE DIJO EL HACENDADO. NO CREYÓ QUE PUDIERA

Si ese caballo te deja domarlo, todo el ganado es tuyo. Nadie apostó por él ese día. Ese fue el primer error. Aurelio Campos estaba parado en la tranca del corral de cenizo con más de 40 hombres atrás de él. Algunos reían, otros ya contaban el dinero que iban a ganar. Ninguno creía que ese peón de establo con su camisa desteñida y su sombrero de palma roto fuera a salir de ese corral de otra manera que no fuera en el suelo.

Pero para entender lo que pasó ese día en la cién, hay que empezar 15 minutos antes. El sol pegaba duro sobre el patio cuando don Abundio Villafuerte salió al balcón de madera con su sombrero de terciopelo y los pulgares metidos en el  cinturón. Abajo, entre polvo y sombra había más de 40  hombres, compradores de ganado venidos de tres municipios, peones del rancho, arrieros de paso y algunos vecinos que se quedaron a ver qué pasaba cuando escucharon que habría función. El caballo estaba en el corral

del fondo. Nadie se acercaba a ese corral.  Se llamaba cenizo, un valle oscuro, casi plata sucia. con las crines negras y los ojos de un animal que ha decidido que el mundo le pertenece. Llevaba 4 meses en el rancho y ya había tirado a tres hombres. Uno de ellos estuvo tres días sin poder caminar.

Había roto dos cercas,  pateado una troca y dejado una marca de herradura en la pared del granero que los peones mostraban como si fuera una señal. Don Abundio bajó despacio los escalones. Le gustaba que la gente lo mirara caminar. Cruzó el patio con esa forma suya de pisar fuerte, como si el suelo le debiera algo.

Saludó de mano a los compradores que conocía, ignoró a los demás y entonces volteó hacia el fondo del patio. Ahí estaba Aurelio Campos, 39 años, pantalón de mezclilla viejo, camisa de trabajo desteñida, sombrero de palma con el ala doblada del lado izquierdo. parado junto a la cerca,  mirando el corral donde cenizo daba vueltas, como si estuviera contando los pasos que le faltaban para romper algo.

Don Abundio lo señaló con el  dedo, no lo llamó, lo señaló como se señala un bulto en el camino, como se señala algo que no se sabe bien si es un hombre o un problema. Ey, tú, Aurelio levantó la vista. ¿No eres tú el que dice que conoce los caballos? El que anduvo de arriero por el norte. Los compradores se fueron acomodando sin que nadie dijera nada.

Era ese movimiento que hace la gente cuando siente que va a haber algo que ver. Aurelio no respondió de inmediato. No era lentitud, era otra cosa. Trabajé con ganado caballar desde  los 17, dijo al final. Desde los 17. Don Abundio repitió eso con una sonrisa que no era sonrisa. Era el gesto de alguien que acaba  de escuchar algo que le confirma lo que ya pensaba.

Y con todo ese tiempo encima, aquí estás limpiando establos ajenos. Las risas llegaron rápido. Primero uno,  luego tres, luego fue un murmullo que cruzó el patio entero. Aurelio no se movió, pero apretó la mano derecha contra la pierna. Solo eso, un puño cerrado que nadie vio porque nadie lo estaba mirando a él.

Todos miraban a donabundio.  Eso era lo que más costaba, no el insulto. El tener que aguantarlo frente a gente que ni su nombre sabía. Don Abundio se acercó al corral de cenizo. El caballo estaba en la esquina opuesta, parado, con las orejas tensas, mirando a los hombres con esa fijeza que tienen los animales que ya no le tienen miedo a nada.

Ese caballo me costó lo que un año de trabajo de 10 de ustedes juntos. Nadie lo ha domado. Tres hombres lo intentaron, tres terminaron en el suelo. Hizo una pausa corta, la clase de pausa que los hombres orgullosos usan para que sus palabras caigan más duro. Y tú,  con todo lo que dices saber qué ves cuando lo miras.

Cenizo tiró una coz al aire. No había nadie cerca. Lo hizo solo. Así era ese caballo. Daba avisos, aunque no hubiera necesidad.  Aurelio miró al animal, no al peligro, a otra cosa que los demás no veían o no sabían ver. ¿Qué propone usted?, dijo. Don Abundio  se volvió hacia la gente con los brazos abiertos. Propongo un trato.

Si ese caballo te deja domarlo, todo el ganado es tuyo. Silencio. Dos segundos de silencio que pesaron diferente a todo lo del día. Luego vino la carcajada. No fue sorpresa, fue la risa de gente que ya sabe cómo termina algo antes de que empiece. Los peones jóvenes se doblaron. Un comprador de lares escupió al suelo de la risa.

Una mujer que miraba desde la ventana de la casa grande se tapó la boca, pero sus ojos sonreían igual. Don Abundio esperó que bajara el ruido. Todo el ganado, el rodeo completo, 200 cabezas más, los becerros de esta temporada. Señaló el potrero del fondo donde el ganado pastaba sin saber que era parte de la burla. O me vas a decir que no te alcanza el valor.

Aurelio miró el potrero,  luego miró el corral, luego miró a donabundio. Frente a todos, preguntó. Frente a todos. Lo que siguió no fue lo que nadie esperaba. No hubo risa,  no hubo grito. Aurelio se dio la vuelta en silencio y empezó a caminar hacia la tranca del corral. Nadie  habló.

Ese silencio duró exactamente lo que tardó Aurelio en dar 10 pasos sobre la tierra seca del patio. Luego volvieron las risas, más fuertes que antes,  más seguras. Cenizo adentro del corral, levantó la cabeza y los miró a todos. Si quieres saber lo que pasó después, suscríbete al canal Sueños y Cicatrices.

Aquí  las historias no terminan donde las demás empiezan. Tres semanas antes de ese día, Aurelio Campos había llegado a la cién con una mochila vieja y 20 años de trabajo encima. No llegó pidiendo favores, llegó buscando jornada. Don Abundio lo contrató esa misma tarde para limpiar  establos, no porque lo necesitara, porque siempre le servía tener alguien para lo que nadie más quería hacer.

El primer día, el gerero Salinas lo vio llegar con la pala al hombro y le bloqueó el paso en la entrada del establo. Tú eres el nuevo. Sí. El gerero lo midió de arriba a abajo, despacio, como se mide un animal en feria antes de decir que no vale lo que piden. ¿Y de dónde vienes? Del norte. Anduve con recuas por Chihuahua y Sonora. Recuas.

El gerero soltó una carcajada corta, se volteó hacia los peones que estaban detrás. Dice que anduvo de arriero. Los peones se rieron todos. El más joven tenía 18 años y ya se reía con la misma facilidad que el gero, sin saber bien por qué, solo porque el gerero lo hacía. Aurelio sostuvo la pala con las dos manos y esperó que le abrieran el paso.

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