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La silueta en el asfalto

Parte 1: La silueta en el asfalto

El cristal de la ventana del salón conservaba esa pátina grisácea que dejan las tormentas de barro primaverales en el sur de Madrid.

Manolo apoyaba la frente contra el vidrio frío, empañándolo rítmicamente con cada una de sus exhalaciones de fumador arrepentido.

Tenía las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de pana descolorido, haciendo tintinear las monedas de dos euros como si buscara un ritmo musical.

Abajo, en la calle estrecha y flanqueada por contenedores de reciclaje azulados, resplandecía un objeto que rompía la monotonía del asfalto.

Era un Renault Clio del año dos mil ocho, de un color azul metalizado que había perdido el brillo en el capó por culpa de las cagadas de paloma.

Tenía un roce longitudinal en la puerta del conductor que parecía la firma apresurada de un grafitero de extrarradio.

Sin embargo, para Manolo, ese utilitario con tapacubos de plástico de imitación representaba el mayor logro de la diplomacia doméstica del trimestre.

Asun apareció por el pasillo arrastrando sus zapatillones de felpa morada, esos que emitían un silbido sordo contra el parqué flotante.

Sostenía una taza de café humeante con el logotipo borrado de una sucursal bancaria que ya no existía en el barrio.

Se detuvo a dos pasos de su marido, entornando los ojos con esa sospecha innata que tienen las madres cuando ven demasiada paz en el salón.

—¿Se puede saber qué miras tanto ahí abajo, Manolo, que pareces el presidente de la comunidad vigilando que nadie tire la basura fuera de hora? —preguntó ella.

Manolo no se retiró de la ventana, sino que estiró el dedo índice y dio tres golpecitos secos contra el cristal empañado.

—Le he comprado un coche de segunda mano al niño para que vaya a la universidad cómodo, Asun —soltó él sin anestesia previa.

Asun se quedó congelada a mitad de un sorbo, con la taza suspendida a dos centímetros de sus labios pintados de color canela.

El zumbido del frigorífico viejo pareció aumentar de potencia en mitad del silencio repentino que se adueñó de la estancia.

Una gota de café rebelde se deslizó por el borde de la porcelana, amenazando con caer sobre la alfombra de pasillo heredada.

—¿Que has hecho qué? —preguntó ella, con una voz tan baja y afilada que habría podido cortar el pan de barra sin hacer migas.

—Lo que oyes, mujer, que ya está bien de que el chaval parezca un extra de una película de refugiados cada vez que vuelve del campus —se defendió él.

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