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Su padre la obligó a casarse con un apache por ser albina… y él la llamó su luna blanca

El sol de Chihuahua caía implacable sobre el pequeño pueblo de San Miguel de las Cruces, donde las casas de adobe se extendían como manchas ociso. Era julio de 1892 y el calor hacía que el aire temblara como agua sobre las calles polvorientas. En una de esas casas, la más grande del pueblo, vivía Esperanza Morales, una joven de 17 años, cuya piel blanca como la cal y cabellos rubios platinados la convertían en una rareza que muchos consideraban una maldición.

“Eperanza, ven acá inmediatamente.” La voz áspera de don Patricio Morales resonó por toda la casa, haciendo que los platos temblaran en la alacena. Su hija se encontraba en el patio trasero, refugiada bajo la sombra de un mezquite, tejiendo un arrebozo con hilos de colores que había comprado a escondidas en el mercado.

“Ya voy, papá”, respondió con voz suave, guardando rápidamente su labor. Sabía que cuando su padre usaba ese tono era mejor no hacerlo esperar. Sus pies descalzos se movieron silenciosamente sobre las baldosas de barro cocido y al entrar a la sala principal encontró a su padre sentado en su silla de cuero favorita con el seño fruncido y los brazos cruzados.

Don Patricio era un hombre corpulento, de bigotes, peso y manos callosas por años de trabajo en sus tierras. había heredado una considerable extensión de terreno de su padre y se había convertido en uno de los hombres más prósperos de la región. Sin embargo, la presencia de esperanza siempre le recordaba lo que él consideraba una vergüenza familiar.

“Siéntate”, le ordenó señalando una silla frente a él. Tenemos que hablar de tu futuro. Esperanza obedeció manteniendo la mirada baja. Sus manos pálidas se entrelazaron sobre su regazo y pudo sentir como su corazón comenzaba a latir más rápido. Las conversaciones sobre su futuro nunca traían buenas noticias.

“Ya tienes 17 años”, comenzó su padre. Y ningún hombre decente de este pueblo quiere casarse contigo. Tu condición ha espantado a todos los pretendientes posibles. Las palabras golpearon a esperanza como piedras. Había escuchado los susurros en el mercado, las miradas de lástima y temor de las otras mujeres. Es una maldición, decían.

Los hijos de los albinos nacen ciegos murmuraban otras. Trae mala suerte a la familia”, añadían las más supersticiosas. “Papá, yo no elegí nacer así”, murmuró Esperanza su voz apenas audible. “No me importa lo que elegiste o no, estalló don Patricio golpeando el brazo de su silla. Lo que importa es que eres una carga para esta familia.

Tu madre, que en paz descanse, murió dándote a luz y desde entonces no has traído más que problemas. Esperanza sintió que las lágrimas amenazaban con brotar, pero se las contuvo. Había aprendido desde pequeña que llorar solo empeoraba las cosas con su padre. Sin embargo, continuó don Patricio, levantándose y caminando hacia la ventana, he encontrado una solución.

El silencio se extendió por la habitación como una telaraña. Esperanza podía escuchar el tic tac del reloj de pared y el canto lejano de un gallo. Ayer vino a verme Joaquín Mendoza, el comerciante que trae mercancías desde Nuevo México”, dijo su padre sin voltear a verla. me contó sobre un apache que vive en las montañas, cerca de la frontera, un hombre llamado Aana, que significa flor eterna en su lengua.

Esperanza sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. Una pache, papá. Sí, una pache, confirmó don Patricio, volteándose hacia ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Mendoza dice que es un hombre respetado entre su gente, que ha vivido en paz con los mexicanos de la región y lo más importante está buscando esposa.

Pero, papá, yo no puedo casarme con un desconocido y menos con un Se detuvo sabiendo que las palabras que estaba a punto de decir solo enfurecerían más a su padre con un salvaje. Completó don Patricio con sarcasmo. ¿Acaso crees que tienes opciones, esperanza? ¿Crees que algún día vendrá un príncipe a rescatarte de tu maldición? La joven se puso de pie temblando.

No es una maldición, papá. Es solo diferente. Es una vergüenza, gritó su padre. Una vergüenza que he cargado durante 17 años y ahora finalmente puedo librarme de ella. Librarme de ella. susurró Esperanza, sintiendo como si le hubieran clavado un puñal en el pecho. Mendoza ya habló con el Apache, está dispuesto a pagar una dote considerable por ti.

Dice que tu apariencia le resulta interesante, que nunca ha visto a una mujer como tú. Esperanza se dejó caer nuevamente en la silla, sintiendo que las piernas no la sostenían. ¿Ya acordaste mi matrimonio sin siquiera preguntarme? No necesito tu permiso, respondió don Patricio con frialdad. Soy tu padre y es mi derecho y mi deber encontrarte un marido.

Deberías estar agradecida de que alguien esté dispuesto a aceptarte. ¿Cuándo?, preguntó Esperanza con voz quebrada. En una semana, Mendoza regresa el próximo sábado y te llevará con él hasta donde vive el Apache, una semana, solo una semana, para despedirse de la única vida que había conocido, por difícil que hubiera sido.

Esperanza pensó en su pequeño jardín secreto detrás de la casa, donde cultivaba flores que había logrado hacer crecer a pesar del clima árido. pensó en doña Carmen, la anciana que le había enseñado a tejer y que era la única persona en el pueblo que la trataba con verdadero cariño. ¿Puedo, puedo al menos conocerlo antes?, preguntó con un hilo de esperanza.

No hay tiempo para esas tonterías, respondió su padre. Mendoza dice que es un buen hombre y eso es suficiente para mí. Daete. Esa noche Esperanza se quedó despierta en su pequeña habitación, mirando por la ventana hacia las estrellas que brillaban como diamantes sobre el desierto. Su cuarto era sencillo, una cama de hierro forjado, un baúl de madera donde guardaba sus pocas pertenencias y un pequeño espejo que evitaba mirar demasiado a menudo.

se levantó y caminó hasta el baúl sacando un daguerro tipo amarillento. Era la única fotografía que tenía de su madre tomada poco antes de su matrimonio. María Elena Morales había sido una mujer hermosa de cabello castaño y ojos verdes. Esperanza siempre se había preguntado de dónde habían venido sus características tan diferentes.

Mamá”, susurró al retrato, “¿Qué harías tú en mi lugar?” Por supuesto, no hubo respuesta, solo el silencio de la noche interrumpido por el aullido lejano de un coyote. Los días siguientes pasaron como en un sueño extraño. Esperanza intentó mantener sus rutinas normales, pero todo se sentía diferente, como si estuviera viendo su vida a través de un cristal empañado.

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