Posted in

Se burló de FIDEL por 20 años y el régimen le PAGÓ | El SECRETO de San Nicolás del Peladero

creó al alcalde Prutar Cotuero copiando la proyección satírica de Henceslao Rosado. Incorporó al mismo actor, Carlos Moctezuma, que había interpretado a Cuco en el programa prohibido. Le dio un papel similar, Nico Rutina, el adulón profesional. Su frase célebre, Las cenizas, senador, se convirtió en símbolo del lambiscón que le recoge hasta las migajas al jefe.

La censura de Castro acababa de aprobar una fórmula cuya capacidad de desestabilizar al poder ya había sido demostrada, solo que esta vez los trajes eran viejos. Hasta aquí la historia parece una maniobra inteligente. Lo que pasó durante los siguientes 20 años cambia todo el tablero. Los personajes no eran simplemente figuras cómicas, eran arquetipos tan precisos que el pueblo cubano realizó una transposición instantánea.

Lo que veían en sus televisores no era la República de los años 20, era su propia realidad bajo el Partido Comunista. Prutar Cero, el alcalde corrupto, interpretado por Enrique Santie Esteban, cada vez que anunciaba planes económicos absurdos que terminaban en desastre, el pueblo pensaba en la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar de 1970, el experimento que Fidel impuso a toda la nación y que hundió la economía durante años.

Se dice que en ciertos capítulos prometía cifras de producción imposibles con una seguridad tan ridícula que el paralelo resultaba insoportable. Su frase de cierre lo decía todo. Qué dura, chico, pero qué dura es la vida de un alcalde. Hoy se usa en los memes del exilio cada vez que un funcionario del poder popular aparece quejándose en televisión.

Remigia, la esposa del alcalde, interpretada por María de los Ángeles Santana, llamaba a su mayordomo Agamenón en tres tonos ascendentes, del operático al chillido de Solar Habanero, un Gac que nació por accidente cuando el actor Frank Almeida no contestó en el primer ensayo y Santana improvisó. Ese grito se convirtió en parte del vocabulario cubano.

La audiencia no veía una burguesa del pasado, veía a las esposas de los altos mandos. Mientras tú hacías cola con tu libreta de racionamiento, Remigia exigía lujos en la pantalla. Era la Cuba de las tiendas especiales, las casas de protocolo en Sibonei y los Lada con chóer. Éufrates del Valle, el periodista Adulón, interpretado por Germán Pineli, dueño del periódico El Imparcial, que de imparcial solo tenía el nombre, glorificaba cada torpeza del alcalde con frases rimbombantes.

Para los cubanos, Éufrates era Granma, era todo el aparato de propaganda convertido en personaje. Cada vez que convertía un desastre en victoria histórica, el público pensaba en el noticiero de las 8, El sargento Arencibia, interpretado por Mario Limonta, guardia rural prepotente, voz gangosa y tabaco en la boca.

Su frase “Para que me respetes,” se incrustó en el habla cubana como código para referirse a la actitud policial. En la práctica era la Policía Nacional Revolucionaria, el agente del Minint, el ojo de los comités de defensa de la revolución. Ahora detente un segundo, porque lo que viene es lo que nadie te contó. Había un personaje que incomodaba al régimen más que todos los demás juntos. Se llamaba Simplicio.

Lo interpretaba Carlos Más, un hombre escuálido que se llenaba con el olorcito de la comida y se desmayaba cuando alguien estornudaba cerca. Según el blogger exiliado Alfredo Pong, fue el personaje que más molestó al aparato porque el hambre ya apretaba la población y el paralelo era demasiado evidente.

En un país donde la libreta de racionamiento se instauró en 1962 y sigue vigente hoy, Simplicio no era un chiste del pasado. Cada vez que aparecía en pantalla, 11 millones de cubanos miraban su propia hambre disfrazada de comedia. ¿Qué habrías hecho tú si te obligaran a reírte de tu propia hambre en televisión nacional mientras la élite comía en restaurantes exclusivos y vivía en casas de protocolo? Déjamelo en los comentarios ahora mismo, porque esto es exactamente lo que nadie se atreve a decir.

Cheo Malanga, el guardaespaldas del alcalde, interpretado por Enrique Arredondo, guapo de pajilla con cuchillo en la cintura, oportunista y cobarde en el fondo. A redondo había forjado su talento en los teatres de carpa y en el mítico teatro Alambra. Según Cubanet, a la prohibición tácita de improvisar, respondió con entonaciones y frases que calaron en el decir popular, sin nombrar nada explícito.

Sus morcillas, esas improvisaciones en vivo, eran dardos que ningún censor podía señalar, porque las palabras del guion estaban intactas. El veneno estaba en la mirada, en la pausa, en el tono. Imagínate la escena. Un actor dice una línea inocente sobre los viejos tiempos de corrupción. La frase está aprobada.

En el momento de decirla, mira directamente a la cámara. Hace una pausa imperceptible, levanta una ceja. Esa frase sobre el pasado se convierte en dardo contra el presente. El censor no puede señalar nada. El mensaje ha llegado. Una anécdota lo resume todo. Cuando el régimen le ofreció a Redondo un lada soviético y le preguntó de qué color lo quería, respondió, “Rojo para quedar bien con Changó y con el Partido Comunista.

Igualó al partido con un dios de la santería. Le costó una reprimenda severa.” Resume la dinámica entera. Un actor que sabía hasta dónde empujar y un régimen que no podía callarlo sin admitir que se sentía aludido. Entramos ahora en el territorio más incómodo de esta historia. Ponte por un segundo en los zapatos de un censor del ICRT. Tienes frente a ti un programa que oficialmente sati la República anterior a 1959.

El tema musical repite que esos tiempos ya pasaron. El creador es un héroe comunista con doctorado y cicatriz de guerra. ¿Vas a ser tú el funcionario que diga, “Este programa se burla de nosotros?” Hacerlo equivaldría a admitir que el partido se reconoce en esos personajes corruptos. La trampa era perfecta. El que se queja se delata.

El que se da por aludido confiesa. Carballido Rey había encerrado a los censores en una jaula de la que no podían salir sin incriminarse. La pregunta incómoda que nadie formula. ¿Realmente no lo vieron? o lo vieron y decidieron tolerarlo. Hay quienes aseguran en los círculos del exilio que el propio Fidel veía el programa y lo dejaba pasar como vacuna contra formas más peligrosas de disidencia.

Si el pueblo necesita reírse de algo, mejor que se ría de un alcalde ficticio de los años 20 a que salga a la calle como en el maleconazo de 1994. Según fuentes no confirmadas, la tolerancia no fue un descuido, fue un cálculo. Cancelar el show más popular de Cuba, creado por un héroe comunista, habría generado más preguntas de las que habría respondido.

Esa teoría no explica una cosa. El programa atravesó sin un rasguño, el quinquenio gris entre 1971 y 1976, la era del máximo endurecimiento ideológico. Berto Padilla fue encarcelado y obligado a una autoinculpación pública. Homosexuales fueron purgados de los medios. Artistas fueron sometidos al parametraje. San Nicolás del Peladero pasó por en medio de todo eso sin que nadie lo tocara.

Read More