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¿POR QUÉ VICENTE EVITÓ A LUCHA VILLA CADA MES DE ABRIL?

Los mariaches que trabajaban con ambos comentaban que cuando Vicente y Lucha cantaban juntos, algo mágico pasaba. No era romance, era algo más raro y más profundo. Era reconocimiento mutuo. Era saberse entendidos en un mundo donde pocos comprendían lo que significaba vivir para una canción. Pero había alguien más en esta historia, alguien cuya presencia cambiaría todo.

Su nombre era Miguel Acéz Mejía. Miguel, conocido como el rey del falsete, tenía 51 años en 1966. Era una leyenda viva. Había grabado más de 200 discos. Había actuado en 73 películas y su voz era reconocible en cualquier rincón de la República. Pero para abril de 1966, Miguel estaba atravesando la crisis más oscura de su vida.

Su esposo, María Estela Pimentel, acababa de morir en enero de ese año tras una larga enfermedad que le consumió los ahorros de décadas. Sus hijos, Miguel Ángel y María Cristina, apenas podían mirarlo porque él se había sumergido en el alcohol de una manera que asustaba a quienes lo conocían. Vicente y Lucha habían conocido a Miguel años atrás, pero la relación se intensificó en marzo de 1966, cuando los tres coincidieron en una serie de grabaciones para la disquera RSA Víctor en los estudios de Insurgente Sur número 1883 en la ciudad de México. El productor de

esas sesiones, don Mariano Rivera Conde, un hombre de 67 años con cinco décadas en la industria musical, había organizado un proyecto ambicioso, un disco colectivo donde diferentes generaciones de cantantes rancheros interpretarían composiciones de José Alfredo Jiménez en versiones especiales. Durante esas grabaciones que se extendieron del 7 al 23 de marzo de 1966, los tres pasaban largas horas juntos.

Miguel llegaba cada día a las 2 de la tarde con una puntualidad militar, pero siempre con un termo plateado lleno de coñac, martel, que bebía entre tomas. Vicente y Lucha notaban que algo estaba roto en él. No era solo el duelo por su esposa, era algo más antiguo, más profundo.

Era la sensación de un hombre que había dado todo por su arte y ahora se preguntaba si había valido la pena. Una tarde, el 19 de marzo, exactamente, después de grabar el rey en una versión que dejó llorando a la mitad del equipo técnico, Miguel se quedó en el estudio cuando todos se fueron. Vicente y Lucha lo encontraron sentado en el piso con la espalda contra la pared mirando el micrófono RSA 77 DX que seguía colgado en su pedestal.

Estaba llorando en silencio. Lucha se sentó a su lado sin decir nada. Vicente fue a la tienda de la esquina y trajo tres Coca-Colas en botella de vidrio. Se sentaron los tres en el piso de ese estudio con olor a madera barnizada y cables viejos. Y Miguel comenzó a hablar. Les contó que nunca había dicho en público. Les habló de cómo la fama había destruido su primer matrimonio, de cómo había perdido la relación con su hijo mayor porque siempre estaba de gira, de cómo su esposa murió prácticamente sola en un hospital, porque él estaba cumpliendo un

contrato en Monterrey y no pudo llegar a tiempo. Les habló de que a veces, en medio de un aplauso ensordecedor, se sentía completamente vacío. de que no sabía quién era Miguel Acézes Mejía. Sin un escenario, sin un micrófono, sin una canción. Que cantar. Aquí quiero detenerme contigo. Lo que Miguel estaba describiendo era algo que Vicente y Lucha entendían mejor que nadie.

El precio oculto de una vida dedicada al arte. No estoy romantizando el sufrimiento. Estoy señalando algo que era real para esa generación de artistas. Ellos no tenían terapeutas, no tenían espacios seguros para profesar, no tenían el lenguaje emocional que tenemos hoy, tenían el escenario, el tequila y si tenían suerte, uno o dos amigos que entendieran sin juzgar.

Y esa tarde, en ese estudio vacío, Vicente y Lucha se convirtieron en esos amigos para Miguel. A partir de ese día, los tres formaron un vínculo que trascendía lo profesional. Miguel comenzó a llamarlos mis hijos del alma. Vicente y Lucha comenzaron a verlo como algo entre mentor y hermano mayor. Cuando terminaron las grabaciones, el 23 de marzo, Miguel les propuso algo, que lo acompañaran a su rancho en Chihuahua durante la Semana Santa, que pasaran juntos esos días santos, que descansaran del mundo. Vicente dudó. tenía

compromisos en Jalisco, lucha también tenía presentaciones programadas, pero algo en la voz de Miguel, algo en la forma en que lo pidió, no como invitación, sino casi como súplica, los hizo aceptar. cancelaron lo que tenían que cancelar, inventaron las excusas necesarias y el sábado 2 de abril de 1966 los tres abordaron un vuelo de mexicana de aviación hacia Chihuahua.

El rancho de Miguel, llamado el falsete, estaba ubicado a 43 km al sur de la capital del estado, cerca del municipio de Aldama. Era una propiedad de 218 haáreas, con una casa principal construida en adobe y madera. establos para caballos, corrales para ganado y un silencio que contrastaba brutalmente con el ruido de sus vidas en la Ciudad de México.

Llegaron el sábado en la tarde. El cielo estaba de ese azul profundo que solo existe en el norte del país. Miguel lo recibió con una sonrisa que Vicente y Lucha no le habían visto en semanas. Los instaló en las habitaciones de huéspedes. Ambas con ventanas que daban a la sierra. Esa noche cenaron carne asada que Miguel preparó personalmente, frijoles refritos, tortillas de harina recién hechas por Refugio Carrasco Mendoza, la empleada de 72 años que cuidaba el rancho cuando Miguel no estaba. Conversaron hasta pasada la

medianoche. Miguel les mostró fotografías de su vida, cartas de fanáticos que guardaba en cajas de madera, discos de acetato de sus primeras grabaciones cuando todavía no sabía que su voz llegaría tan lejos. Les habló de sus sueños jóvenes, de cuando creía que la fama resolvería todos sus problemas.

Les habló también de sus errores, de las personas que había decepcionado por perseguir un aplauso el domingo 3 de abril, Domingo de Ramos. Los tres fueron a misa al pueblo. La iglesia de Aldama, dedicada a San Jerónimo, estaba llena. Cuando la gente los reconoció, hubo murmullus miradas, pero también un respeto silencioso. Después de misa caminaron por el pueblo, comieron gorditas de nata en un puesto callejero.

Miguel saludaba a todos por su nombre. Vicente y Lucha lo veían distinto aquí, más ligero, como si el peso que cargaba en la ciudad se aligerara entre esos cerros. El lunes 4 de abril cabalgaron por horas. Miguel conocía cada rincón de esa tierra. les mostró arroyos secos que se llenaban en temporada de lluvias, cuevas donde de niño se escondía a cantar sin que nadie lo oyera, peñascos desde donde se podía ver el horizonte completo, sin una sola construcción humana interrumpiendo la vista.

Durante esa cabalgata, algo cambió en los tres. Dejaron de ser figuras públicas y se convirtieron simplemente en tres personas, compartiendo silencio y paisaje. Vicente notó que era la primera vez en años que pasaba días completos sin pensar en su carrera, sin calcular su próximo movimiento. Lucha sintió una paz que no recordaba haber experimentado desde niña y Miguel, por primera vez desde la muerte de su esposa, volvió a reír con ganas.

El martes 5 de abril en la noche, mientras cenaban, Miguel les hizo una confesión inesperada. les dijo que había estado considerando retirarse, que estaba cansado de la industria del show, de fingir estar bien cuando por dentro se sentía hecho pedazos, que este rancho era el único lugar donde se sentía real, que quizás era momento de quedarse aquí, de criar caballos, de cantar solo cuando le diera la gana y no porque un contrato lo obligara.

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