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Un chofer de autobús ayudó a “El Mencho” sin saber quien era, años después descubrió la verdad

 

Aurelio Vega llevaba 17 años manejando la misma ruta. La línea siete la llamaban, aunque en realidad no tenían nombre oficial, era simplemente el autobús que salía de Zamora a las 6 de la mañana, serpenteaba por nueve pueblos enclavados entre cerros y milpas y regresaba de noche por el mismo camino, cargando de vuelta a quienes habían bajado al amanecer.

 Una ruta que nadie quería. Los chóeres nuevos la rechazaban porque el camino era malo, porque las unidades eran viejas. Porque la gente pagaba poco y a veces ni pagaba. Pero Aurelio la conocía como la palma de su mano. Sabía dónde estaban los baches que podían romper un eje. Sabía en qué curva había que bajar la velocidad, aunque no hubiera señal.

 Sabía qué pasajeros subían en cada pueblo, a qué hora, con qué caras. Tenía 41 años. Complexión media, bigote negro que ya empezaba a tener hilos grises, manos grandes y callosas de tanto apretar el volante. Su uniforme azul marino desteñido, siempre olía a diésel y a café de termo. Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, no porque fuera uraño, sino porque había aprendido que en su trabajo era mejor escuchar que hablar.

En 17 años de ruta había escuchado de todo. Pleitos de familia, chismes de pueblo, llantos de señoras que viajaban a ver hijos enfermos, risas de estudiantes que bajaban a la ciudad. El autobús era un mundo pequeño que se repetía cada día. Vivía en Zamora con su esposa Elena y sus dos hijos. Diego, de 15 años, flaco y silencioso como su padre.

 Valeria, de 12, que hablaba por los dos y sacaba dieces en la escuela. Tenían una casa chica en la colonia ferrocarrilera, dos recámaras, un patio donde Elena colgaba la ropa y sembraba macetas de hierbabuena. No era mucho, pero era suyo. Aurelio había pagado esa casa a plazos durante 11 años. Cada quincena apartaba una parte de su sueldo antes de tocar el resto.

 Elena decía que su esposo tenía la disciplina de un contador y el silencio de un fraile. El jueves 14 de febrero del 2013 comenzó como cualquier otro día. Aurelio llegó a la central a las 5:30 de la mañana, tomó su café del termo, revisó los niveles del autobús, firmó su hoja de ruta. Fue entonces cuando el encargado de operaciones, el gordo bundio, lo llamó a su oficina.

 “Oye, Vega, necesito que hagas un favor.” Aurelio lo miró sin decir nada. Los favores de Abundio siempre terminaban siendo trabajo extra sin pago extra. Cándido amaneció mal. Vómitos, calentura. No puede manejar. Necesito que cubra su ruta esta noche. La nocturna de Apatzingán. Aurelio frunció el ceño. La ruta nocturna de Apatzingán era diferente a la suya.

 Salía a las 9 de la noche, llegaba al último punto pasada la medianoche y regresaba de madrugada. Cruzaba zonas que de día eran tranquilas y de noche eran otra cosa. Esa ruta no es la mía. Ya sé que no es la tuya. Por eso te estoy pidiendo el favor. Te pago el doble de lo que te toca por la noche.

 Aurelio pensó en Elena, en los plazos de la casa, en los útiles que Diego necesitaba para el siguiente semestre. Está bien, dijo, pero solo esta vez. Abundio sonrió con alivio. Sabía que Aurelio era el único chófer en quien podía confiar para esa ruta sin que hubiera problemas. Esa tarde Aurelio llegó a su casa más temprano de lo normal.

 Le explicó a Elena que haría la nocturna. Ella no dijo nada, solo le preparó un termo más grande de café y le metió dos tortas en una bolsa. “Ten cuidado en el camino”, le dijo cuando se despedía. Siempre respondió Aurelio. No sabía que esa noche en alguna brecha de las montañas de Michoacán algo estaba ocurriendo que cambiaría el rumbo de su vida para siempre.

 La ruta nocturna de Apatzingán tenía su propio carácter. Era la misma carretera de día, pero de noche se convertía en otra cosa. Los cerros se volvían sombras enormes. Los pueblos aparecían como manchas de luz amarilla entre la oscuridad. No había otros vehículos, solo el autobús avanzando despacio por el asfalto roto, los faros iluminando apenas 20 m adelante, el motor viejo rugiendo en las subidas.

Aurelio salió de la central de Zamora a las 9 en punto. Llevaba 16 pasajeros, mujeres con canastas que regresaban de vender en el mercado, un par de hombres con caras de cansancio, una señora con un niño dormido en el regazo, gente normal, gente de trabajo, gente que viajaba de noche porque no tenía otra opción.

 Los primeros cuatro pueblos fueron sin novedad. Purépero, Tocumbo, Cotija, Peribán. En cada parada bajaban algunos y subían pocos. Para cuando Aurelio llegó a la mitad del recorrido, el autobús estaba casi vacío. Solo quedaban cinco pasajeros, todos dormidos o mirando por la ventana hacia la nada. Fue en la parada de buena vista donde ocurrió.

 Era un crucero sin nombre, solo unero de lámina oxidada clavado en un poste de madera. Ahí paraban los que venían de los ranchos de los cerros. Normalmente no subía nadie a esa hora. Aurelio frenó por costumbre más que por expectativa, abrió las puertas y esperó los 30 segundos de reglamento. Estaba a punto de cerrar cuando vio la figura.

 Venía del lado del camino de terracería, caminando despacio, pero con determinación. Era un hombre alto, con prxión robusta, vestía ropa oscura. caminaba con una ligera inclinación hacia el lado derecho, como si algo le doliera. Cuando subió los escalones y la luz del pasillo lo iluminó, Aurelio vio dos cosas que registró sin querer.

 La camisa del hombre tenía una mancha oscura en el costado derecho y sus ojos, cuando se encontraron con los de Aurelio, tenían la mirada de alguien que ha estado cerca de morir hace muy poco. ¿Hasta dónde va?, preguntó Aurelio con voz normal. Hasta el último punto, respondió el hombre. Su voz era ronca, controlada.

 Son 40 pesos. El hombre metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete de 200 sin mirarlo siquiera. “Ponlo ahí”, dijo señalando la alcancía. “No esperes cambio.” Aurelio puso el billete y no dijo nada más. El hombre caminó hacia el fondo del autobús y se sentó en el último asiento junto a la ventana donde la oscuridad era mayor.

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