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Una enfermera pobre ayudó a El Chapo Guzmán sin saber quién era… años después lo entendió todo

 

Cuando la enfermera María Elena Vargas le salvó la vida a un hombre desconocido que llegó desangrándose a la clínica rural donde trabajaba aquella madrugada de agosto del 2001, jamás imaginó que acababa de operar al criminal más buscado de México y cuando tres horas después logró estabilizarlo con sus propias manos temblorosas y escasos recursos médicos, tampoco sabía que ese favor cambiaría su destino para siempre.

Lo que esta mujer de 29 años no podía imaginar es que 7 años después ese mismo hombre regresaría a buscarla y esta vez no sería para agradecerle. Y antes de continuar, me gustaría saber desde dónde nos están escuchando. México, Colombia, Estados Unidos, España. Déjenlo en los comentarios.

 La madrugada del 18 de agosto del 2001, María Elena terminaba su turno nocturno en la clínica del Seguro Social de Badirahuato, Sinaloa, un lugar tan remoto que ni siquiera aparecía en los mapas turísticos. Tenía 29 años, el cabello negro recogido en una cola de caballo práctica, la piel morena clara, ojos café cansados de ver demasiado sufrimiento con muy pocos recursos.

 Usaba un uniforme blanco desgastado por incontables lavadas, zapatos ortopédicos baratos y llevaba consigo un maletín con instrumentos médicos básicos que había comprado con su propio sueldo. La clínica era un edificio de dos pisos con paredes de concreto pintadas de verde pálido que se descascaraba. Tenía seis camas, una sala de urgencias improvisada, un quirófano que más bien era un cuarto con una lámpara quirúrgica vieja y equipo de los años 70.

 No había tomógrafo, no había resonancia magnética, apenas había lo mínimo para atender partos complicados, fracturas y las enfermedades comunes de la sierra. María Elena vivía sola en un cuarto rentado a dos cuadras de la clínica. Su familia estaba en Culiacán. Su madre, Donia Socorro, una mujer fuerte que había criado a cinco hijos sola después de que su esposo muriera en un accidente en las Minas.Una Enfermera Pobre Ayudó a "El Mencho" sin saber quien era, años después  descubrió LA VERDAD

 María Elena era la única que había logrado estudiar. Se había sacrificado años para sacar la carrera de enfermería. Trabajaba de día, estudiaba de noche, dormía 4 horas, todo para poder ayudar a su familia, para darles una vida mejor. Aquella madrugada estaba exhausta. Había atendido dos partos durante la noche, uno complicado donde casi pierde a la madre.

 Sus manos todavía olían a desinfectante y sus pies le dolían. Eran las 4:30 de la mañana. El doctor Ramírez, el único médico de la clínica, se había ido a casa hacía dos horas. Ella era la única que quedaba con el guardia de seguridad, don Jacinto, un hombre de 60 años que más dormía que vigilaba.

 Estaba empacando sus cosas cuando escuchó el sonido inconfundible de llantas derrapando afuera. Luego voces urgentes, gritos. María Elena se asomó por la ventana y vio una camioneta negra. Tres hombres bajaban cargando a otro hombre entre ellos. Incluso desde la distancia podía ver la sangre, mucha sangre. Corrió hacia la entrada.

 Los hombres ya estaban golpeando la puerta de vidrio. Abraham, emergencia, gritaban. Don Jacinto se había despertado del susto y miraba a María Elena con ojos de pánico. No abra, enfermera, esa gente no es buena. Pero María Elena ya estaba abriendo la puerta. Su juramento como enfermera no le permitía dejar morir a nadie. Sin importar quién fuera, los tres hombres se entraron arrastrando al herido.

Vestían ropa cara, botas de piel, sombreros tejanos. Tenían esa mirada dura de gente acostumbrada a la violencia. El hombre que cargaban estaba inconsciente, pálido como la muerte. Su camisa de vestir azul estaba empapada de sangre. tenía dos heridas visibles, una en el abdomen, otra en el pecho. “Tiene que salvarlo”, dijo el más alto de los tres.

 No era una petición, era una orden. Su mano descansaba sobre la pistola que llevaba en la cintura. María Elena no respondió. Entró en modo automático. El entrenamiento tomando el control. Llévenlo a la sala de urgencias rápido. Señaló hacia el pasillo. Lo pusieron sobre la camilla metálica. María Elena encendió las luces, se lavó las manos con rapidez profesional, se puso guantes.

 Sus dedos se movían con precisión a pesar del miedo que sentía en el estómago. Cortó la camisa del hombre con tijeras quirúrgicas. Las heridas eran feas. La del abdomen sangraba copiosamente. La bala había entrado limpia, pero podía haber perforado órganos internos. La del pecho era peor, más cerca del corazón. ¿Dónde está el doctor?, preguntó uno de los hombres. En su casa.

 Yo soy la única aquí. Usted puede hacer esto sola. María Elena miró las heridas, luego miró a los hombres. No tengo opción, ¿verdad? El hombre alto negó con la cabeza. No, ninguna opción. María Elena respiró profundo. Había asistido en cirugías. Había visto al doctor Ramírez trabajar cientos de veces, pero nunca había operado sola.

 Nunca había tenido una vida completamente en sus manos de esta manera. Necesito que salgan dijo con voz firme. No puedo trabajar con ustedes aquí. No vamos a dejarlo solo. Si se quedan, se va a morir. Necesito concentración. Necesito espacio. Hay una sala de espera afuera. Esperen ahí. Los hombres se miraron entre ellos. Finalmente el alto asintió. 30 minutos.

Si no salen. 30 minutos entramos. Se fueron. María Elena se quedó sola con el hombre moribundo. Le puso una vía intravenosa. Le conectó suero. Le tomó los signos vitales. Presión arterial peligrosamente baja, pulso débil, respiración superficial. Estaba en soque hemorrágico. Si no paraba el sangrado en los próximos minutos, moriría.

 No tenía anestesia general, solo tenía lidocaína local. Tendría que trabajar con el hombre semiconsciente. Preparó las jeringas, infiltró alrededor de las heridas. El hombre gemía de dolor, pero no despertaba completamente. María Elena comenzó con la herida del abdomen. Limpió, exploró con pinzas. La bala estaba alojada profundo, podía sentirla con los dedos a través de los guantes.

Trabajó con manos que no le temblaban a pesar del terror. Extrajo la bala. Era del calibre punto45. La dejó caer en una bandeja metálica con un sonido que resonó en el silencio de la sala. Revisó los órganos. El hígado estaba dañado, pero no destruido. El estómago intacto. Suerte. Increíble suerte.

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