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Un chofer pobre ayudó a El Chapo Guzmán sin saber quien era, lo que pasó años después…

 

Son las 2:37 de la madrugada del 8 de noviembre de 2004. Avenida Revolución, Tijuana, Baja California. Un taxi Nissan Sur 1998, color blanco con franjas naranjas, avanza despacio buscando pasajeros. Al volante Héctor Salinas, 32 años, chóer desde hace 9 años. Salario promedio, 350 pesos diarios en buenos días, 180 en malos.

 Lleva 14 horas manejando. Sus ojos arden. Su espalda es un nudo de dolor. El asiento de imitación de piel está roto. El relleno de esponjas sale por los agujeros. El aire acondicionado murió hace 2 años. En Tijuana, noviembre, todavía hace calor. Héctor baja la ventana. Aire nocturno entra con olor a tacos, basura y mar lejano. La ciudad nunca duerme.

 Bares vomitan, turistas borrachos. Prostitutas ofrecen servicios en esquinas. Vendedores ambulantes empujan carritos de hot dogs. Tijuana de madrugada es otro mundo. Peligroso, impredecible, desesperado. Héctor necesita dos carreras más, solo dos. Necesita llegar a 400 pesos para completar el día. De esos 400, 150 van para el dueño del taxi. 250 para él.

 De esos 250, necesita comprar gasolina para mañana, 80 pesos. Si te está gustando esta historia, te invito a suscribirte al canal y darle like al video. Sigamos. Le quedan 170. Con eso tiene que alimentar a tres personas. El mismo, su esposa Claudia y su hija Sofía de 4 años. 170 pesos para un día. La matemática es brutal.

 Siempre lo es. Héctor ve hombre en la esquina haciendo señas desesperadas. Está recargado contra pared de farmacia cerrada. Viste jeans, camisa de vestir oscura, botas vaqueras. Aún desde lejos, Héctor nota algo extraño en su postura. El hombre se sostiene el costado izquierdo. Héctor se acerca. El hombre abre la puerta trasera.

 Se avienta adentro con movimiento torpe urgente al Hospital San José rápido. Su voz es tensa, controlada, pero hay dolor debajo. Héctor enciende la luz interior por reflejo. Protocolo de taxista: Siempre ver al pasajero antes de arrancar. Lo que ve lo paraliza. La camisa del hombre está empapada de sangre en el costado izquierdo.

 Sangre fresca, brillante bajo la luz amarilla del taxi. Gotas caen sobre el asiento. El hombre tiene aproximadamente 40 años, bigote recortado, gorra de béisbol, complexión baja pero robusta. Sus ojos son oscuros, penetrantes y en este momento están fijos en Héctor con intensidad que hiela. Está herido”, dice Héctor.

 Obviamente, su voz tiene sarcasmo áspero de alguien acostumbrado a que le obedezcan al hospital. Ahora, Héctor sabe que debería negarse un hombre con herida de bala, porque eso obviamente es herida de bala, significa problemas, significa policía, preguntas, tal vez involucrarse en algo que te puede matar. En Tijuana 2004, ver algo que no debes ver puede ser sentencia de muerte.

 Pero Héctor también ve que el hombre está perdiendo sangre rápido. Ve palidez creciendo en su rostro. Ve sudor frío en su frente. Este hombre se está muriendo. Héctor toma decisión en 2 segundos. Arranca el taxi. Hospital San José está a 15 minutos. Héctor maneja rápido, pero no imprudentemente. No quiere llamar atención de patrullas.

 El hombre en el asiento trasero respira pesado. Héctor lo observa por el espejo retrovisor. Necesito que aguante, señor. Ya casi llegamos. El hombre no responde. Tiene ojos cerrados, mano presionando la herida, sangre escurre entre sus dedos. Héctor siente pánico creciendo. Si este hombre muere en su taxi, Héctor está acabado.

 Policía va a asumir complicidad. Va a investigar. Va a encontrar que Héctor debe dos meses de renta, que trabaja turnos ilegales sin descanso, que está desesperado. Desesperación hace culpable a los ojos de autoridad. ¿Cómo se llama?, pregunta Héctor. Necesito mantenerlo despierto. El hombre abre los ojos levemente. No importa cómo me llamo. Héctor insiste.

Necesito que hable conmigo. Si se duerme, puede no despertar. El hombre hace sonido que podría ser risa o gruñido de dolor. Joaquín, me llamo Joaquín. Mucho gusto, Joaquín. Yo soy Héctor. Vamos a llegar al hospital. Va a estar bien. Joaquín cierra los ojos otra vez. No va a estar bien. Nada va a estar bien. Héctor acelera.

 Semáforo en rojo adelante. Mira a ambos lados. No hay tráfico. Cruza. Joaquín en el asiento trasero ha dejado de hablar. Su respiración es irregular, superficial. Héctor siente terror puro. Este hombre se está muriendo en su taxi y no hay nada que pueda hacer, excepto manejar más rápido. 5 minutos después llegan a la entrada de emergencias del hospital San José.

 Es hospital privado, pequeño pero limpio. Héctor frena bruscamente. Baja corriendo, abre la puerta trasera. Joaquín, está semiconsciente. Necesito ayuda. Grita Héctor hacia la entrada. Alguien, por favor. Dos enfermeros salen corriendo con camilla. Ven la sangre, ven la urgencia. Mueven a Joaquín del taxi a la camilla con eficiencia practicada.

 Herida de bala, dice uno de ellos. Llamen al doctor Ramírez. Código rojo. Entran al hospital a velocidad. Héctor se queda parado junto a su taxi. El asiento trasero está empapado de sangre. Sangre por todos lados. En el asiento, en el piso, en la manija de la puerta. Héctor mira sus manos. También tiene sangre. Siente náuseas. Una enfermera sale. Usted trajo al paciente.

Sí. Necesitamos información. Nombre completo. Dirección. Seguro médico. Héctor niega con la cabeza. No sé nada. Lo recogí en la revolución. Pidió que lo trajera aquí. Eso es todo. La enfermera frunce el seño. La policía va a querer hablar con usted. Héctor siente pánico. No puedo quedarme. Tengo familia. Necesito trabajar. Tiene que quedarse.

Es protocolo en casos de heridas de arma. Héctor mira su taxi. Mira la sangre. Mira el reloj. 32 de la madrugada. Si se queda, pierde toda la noche. Si pierde la noche no hace dinero. Si no hace dinero, su familia no come mañana. La ecuación es simple y brutal. Lo siento, no puedo. Sube a su taxi, arranca.

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