PARTE 1
La luz fluorescente de la cocina parpadeó una vez antes de encenderse del todo.
Marta dejó las bolsas de la compra sobre la encimera de granito sintético.
Resopló, apartándose un mechón de pelo húmedo de la frente.
Había estado lloviendo a cántaros en Madrid.
Y el carrito de la compra tenía una rueda atascada que la había vuelto loca desde el Mercadona hasta el portal.
Se frotó las manos frías.
Empezó a sacar los productos, organizándolos mentalmente.
La leche semidesnatada de marca blanca.
Los yogures naturales que estaban en oferta por caducar pronto.
El aceite de girasol, porque el de oliva estaba a precio de sangre de unicornio.
De repente, su mirada se detuvo en un papelito amarillo asomando bajo el frutero.
No era solo un papelito.
Eran varios.
Marta frunció el ceño.
Tiró suavemente de la esquina del primer papel.
Era un resguardo.
Un resguardo de la administración de loterías de doña Manolita.
O bueno, de la administración del barrio, la del centro comercial.
Leyó el encabezado: “Euromillones”.
El precio en la parte inferior la hizo parpadear: 20 euros.
Marta tragó saliva.
Tiró del segundo papel.
“La Primitiva”.
Precio: 15 euros.
Bajo el frutero había un pequeño ecosistema de esperanzas impresas en papel térmico.
Empezó a sacarlos todos.
Uno, dos, tres, cuatro…
Siete resguardos en total.
Los alineó sobre la encimera, junto a los macarrones de oferta.
Cogió el móvil y abrió la calculadora.
Veinte más quince, más diez del Bonoloto, más otro Euromillones múltiple…
El resultado en la pantalla la dejó sin aliento.
Cien euros.
Cien. Euros.
Se apoyó contra los azulejos de la cocina.
Escuchó la llave girar en la cerradura de la puerta principal.
Era Javi.
Javi, su marido, el hombre que la noche anterior le había dicho que no pidieran pizza para ahorrar.
—¡Ya estoy en casa, cariño! —gritó él desde el pasillo.
Marta no respondió.
—¡Qué día, joder, qué atasco en la M-40! —continuó Javi, ajeno a la tormenta que se gestaba en la cocina.
Se escuchó el ruido de sus zapatos de oficina al caer al suelo del recibidor.
—¿Has comprado café? —preguntó Javi, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
Llevaba la corbata aflojada y una sonrisa cansada.
La sonrisa se desvaneció lentamente al ver la postura de Marta.
Marta estaba de pie, con los brazos cruzados.
El carrito de la compra a medio vaciar a su izquierda.
Y a su derecha, el despliegue táctico de resguardos de lotería.
Javi tragó saliva.
Sus ojos fueron de Marta a los resguardos, y luego otra vez a Marta.
El silencio en la cocina era denso, casi se podía cortar con un cuchillo jamonero.
—Hola —dijo Javi, en un tono que de repente era dos octavas más agudo.
Marta descruzó un brazo y señaló la encimera con un dedo tembloroso.
—Javier.
Cuando usaba el nombre completo, las cosas iban mal.
—Dime, cariño.
—¿Qué es esto? —preguntó Marta, con una voz peligrosamente calmada.
Javi dio un paso tentativo hacia el interior de la cocina.
—Papeles… —murmuró, intentando hacerse el tonto.
—No te pases de listo —le advirtió ella, estrechando los ojos.
Javi suspiró y se rascó la nuca.
—Son… ya sabes… apuestas.
—¿Apuestas? —repitió Marta.
—Lotería, cariño, ya sabes que esta semana había bote.
Marta cogió el móvil y le enseñó la pantalla de la calculadora.
—Cien euros, Javier.
Javi miró el número rojo en la pantalla brillante.
—Bueno, es que el Euromillones tenía un bote especial de ciento treinta millones…
—¿Ciento treinta millones? —preguntó Marta, levantando una ceja.
—Sí, imagínate.
—¿Te has gastado cien euros en el Euromillones y la Primitiva esta semana?
La pregunta resonó en las paredes de azulejos blancos.
Era la pregunta oficial.
El pistoletazo de salida para la discusión.
Javi supo que estaba arrinconado.
Pero Javi era un hombre de recursos, o al menos eso creía él.
Se irguió, adoptando una postura que consideraba digna.
—No me lo he “gastado”, Marta.
—Ah, ¿no? —replicó ella, cruzándose de brazos otra vez.
—No. Lo he invertido.
Marta parpadeó, incrédula.
De todas las excusas que esperaba, esa no estaba en su bingo mental.
—¿Invertido? —repitió, paladeando la palabra como si estuviera podrida.
—Exacto —asintió Javi, ganando confianza—. Es una inversión de futuro.
Marta soltó una carcajada seca, sin una gota de humor.
—¿Desde cuándo eres tú el lobo de Wall Street de Carabanchel?
—Marta, escúchame un segundo.
—Te escucho, Javi, te juro que te estoy escuchando fascinada.
Javi dio otro paso, acercándose a los boletos como un general inspeccionando sus tropas.
—Mira las probabilidades —empezó a decir, gesticulando con las manos.
—Las probabilidades de que te mate ahora mismo son bastante altas —murmuró ella.
—Si nos toca, nos retiramos los dos —soltó Javi, con tono solemne.
Marta se quedó mirándolo.
—¿Nos retiramos? —preguntó.
—Nos retiramos, Marta. Dejamos de madrugar. Dejamos de aguantar a nuestros jefes.
—Javi, por favor…
—Y pagamos el piso.
Esa frase.
“Pagamos el piso”.
Era el Santo Grial de la clase media española.
El sueño húmedo de cualquiera que tuviera una hipoteca a tipo variable.
Javi sabía que esa era su mejor carta, y la jugó con la convicción de un predicador.
—Pagamos el piso, Marta. Pum. Liquidado al banco.
Marta miró los macarrones de oferta.
Luego miró a Javi.
El debate apenas había comenzado.
PARTE 2
El eco de la palabra “piso” seguía flotando en el ambiente.
Javi se apoyó en la encimera, creyendo que había ganado terreno.
—Imagínatelo, Marta —continuó, bajando la voz en tono conspiratorio—. Adiós al director del banco.
Marta cogió un brick de leche y lo guardó en la nevera con demasiada fuerza.
—Adiós a mirar la cuenta el día veinte de cada mes —insistió él.
—Javi, estás delirando.
—No, no, piénsalo. Ciento treinta millones de euros.
Marta cerró la nevera y se giró hacia él.
—¿Tú sabes cuál es la probabilidad de que te toque el Euromillones?
Javi hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Las estadísticas son para los perdedores que no juegan.
—¡Es una entre ciento cuarenta millones! —exclamó Marta, recordando un artículo que leyó una vez.
—Alguien tiene que ganar, ¿no?
—Sí, pero ese alguien nunca es el pringado de Javi del cuarto derecha.
Javi se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor.
—Eso ha dolido. Falta de fe, cariño.
—No es falta de fe, es sentido común.
Marta cogió otro resguardo de la encimera y lo agitó en el aire.
—Dices que es una inversión.
—Lo es. Una inversión asimétrica.
—¿Asi… qué? —Marta arrugó la nariz.
—Asimétrica. Arriesgas poco para ganar muchísimo. Me lo explicó el del bar de abajo.
—Ah, claro. Paco, el del bar. El gran economista de nuestro tiempo.
—Paco sabe mucho de la vida.
—Paco debe a Hacienda hasta la camisa, Javi.
Javi carraspeó, incómodo por el golpe bajo a su asesor financiero.
—El caso es —prosiguió Javi—, que cien euros es un riesgo asumible.
Marta sintió que la sangre le hervía en las sienes.
—¿Un riesgo asumible?
Caminó hacia la bolsa de la compra que aún no había vaciado.
Metió la mano y sacó un paquete de papel higiénico.
Lo dejó caer sobre la mesa.
—¿Ves esto? —preguntó.
—Papel del váter —respondió Javi, confundido.
—Es el de capa simple, Javi. El que raspa.
Javi miró el paquete azul pálido.
—¿Y?
—Y que llevo tres meses comprando el papel que raspa para ahorrarnos dos malditos euros.
Marta sacó un bote de champú.
—Champú de marca blanca. Huele a melón artificial y me deja el pelo como un estropajo.
Lo plantó junto al papel higiénico.
—Para ahorrar un euro con cincuenta.
Javi empezó a retroceder un poco.
—Cariño, no hace falta que te pongas así.
Marta ignoró su retirada y sacó un paquete de pechugas de pollo.
—Pollo. A punto de caducar hoy, con una pegatina amarilla del treinta por ciento de descuento.
Lo dejó caer con un sonido húmedo.
—Porque la ternera ni la olemos desde las navidades pasadas.
Se plantó frente a él, señalando el bodegón de productos tristes.
—Inversión es tirar el dinero a la basura mientras yo recorto en la compra del súper, Javier.
Javi miró los boletos y luego los productos baratos.
La balanza moral no caía de su lado.
—Pero Marta… es la ilusión.
—¿La ilusión?
—Sí. La ilusión de que el lunes todo puede cambiar.
Marta se frotó los ojos.
Estaba cansada.
Trabajaba cuarenta horas semanales en una oficina gris.
Javi trabajaba otras tantas en una gestoría.
Eran la definición de diccionario de la clase obrera exprimida.
—Javi, la ilusión no paga el recibo de la luz.
—Lo sé —murmuró él, bajando la cabeza por primera vez.
—La ilusión no llena el depósito del coche.
—Pero nos da algo en lo que pensar.
Marta lo miró.
Había algo patético y a la vez tierno en cómo Javi defendía sus trozos de papel.
—¿En qué piensas cuando los compras? —le preguntó ella, más suavemente.
Javi levantó la vista, sorprendido por el cambio de tono.
—Pienso… pienso en entrar en el despacho de don Arturo el lunes por la mañana.
Marta sonrió a medias. Conocía bien al jefe tirano de Javi.
—¿Y qué le dirías?
—No le diría nada. Entraría, le pondría las llaves del coche de empresa sobre la mesa…
Javi empezó a gesticular, reviviendo su fantasía mental.
—Me serviría un café de su cafetera buena, la de cápsulas caras.
Marta soltó una pequeña risita.
—Y le diría: ‘Arturito, búscate a otro para cuadrar los excels, que yo me voy a las Bahamas’.
—No sabes ni dónde están las Bahamas, Javi.
—Da igual, buscaría en Google Maps desde la primera clase del avión.
Marta miró los resguardos.
Entendía esa fantasía.
Ella misma había soñado con tirar su ordenador por la ventana de recursos humanos.
Pero los números en rojo de su cuenta bancaria siempre la devolvían a la tierra.
—Y luego —continuó Javi, animándose— te compraría ese coche que miras siempre por la calle.
—¿El Mini Cooper? —preguntó Marta.
—El Mini Cooper. Del color que te dé la gana. Verde inglés, rojo fuego, me da igual.
Marta suspiró profundamente.
—Javi, todo eso es muy bonito.
Él sonrió, creyendo que la había convencido.
—Pero te has gastado cien euros que no tenemos.
La sonrisa de Javi se congeló.
—Cien euros, Javi. Es casi un tercio de la compra del mes.
Javi asintió despacio.
—Tienes razón —concedió, por fin.
—Claro que la tengo.
—Pero, y si…
—No hay ‘y si’, Javier. Las matemáticas no mienten.
Marta cogió los boletos y los apiló.
—Te prometo que es la última vez que gasto tanto —dijo él, levantando las manos.
Marta lo miró con escepticismo.
—¿De verdad?
—Te lo juro. Ha sido un calentón porque el bote era histórico.
Marta dejó los boletos sobre la mesa.
—Vale.
—¿Me perdonas? —preguntó Javi, poniendo ojitos de cordero degollado.
Marta rodó los ojos.
—Recoge la compra. Guárdalo todo. Y haz tú la cena.
—Hecho. ¿Qué hago?
—Pollo. A punto de caducar.
Javi suspiró.
—Pollo caducado. Mi plato estrella.
Marta se dio la vuelta para salir de la cocina.
Pero justo antes de cruzar la puerta, se detuvo.
Se giró lentamente hacia Javi.
El silencio volvió a instalarse en la estancia.
—Javi… —dijo ella, dudando.
—¿Qué pasa?
Marta miró la pequeña montaña de resguardos.
—El sorteo de la Primitiva…
—¿Sí?
—Fue ayer por la noche, ¿verdad?
PARTE 3
Javi se quedó inmóvil con el paquete de pollo en una mano y la puerta de la nevera abierta en la otra.
El frío del electrodoméstico le golpeaba el pecho.
Parpadeó dos veces, asimilando la pregunta de su mujer.
—Eh… sí —respondió, dudando—. Ayer sábado.
Marta volvió a entrar en la cocina, con pasos lentos pero decididos.
Sus ojos estaban fijos en los papelitos térmicos de la encimera.
—¿Y lo has comprobado? —preguntó, con un tono de voz que intentaba esconder la curiosidad.
Javi cerró la nevera con cuidado, como si hacer mucho ruido pudiera asustar a la suerte.
—No… no he mirado nada.
—¿Te gastas cien eurazos en lotería y no compruebas si eres millonario?
—Marta, ya te he dicho que fue un calentón. Los metí en la cartera y me olvidé.
Marta se acercó a la encimera.
Ese papel áspero barato, el del váter, de repente parecía menos importante.
Las pechugas de pollo caducadas parecían un problema de otra vida.
—Cien euros, Javi —murmuró ella.
—Ya te he pedido perdón, cariño.
—No, no es eso.
Marta alargó la mano y tocó el boleto de la Primitiva.
—Quiero decir que… cien euros dan para muchas apuestas.
Javi soltó una carcajada nerviosa.
—¿Qué pasa, ahora resulta que tú también quieres subirte al carro de la ilusión?
Marta se ruborizó levemente.
—No seas imbécil. Solo digo que ya que el dinero está tirado a la basura…
—Invertido —corrigió él con una sonrisa pícara.
—…tirado a la basura —repitió ella con firmeza—, habrá que comprobarlo.
Javi dejó el pollo sobre la tabla de cortar.
Se frotó las manos en los pantalones.
De repente, la atmósfera de la cocina había cambiado.
Ya no era un juzgado improvisado donde Javi era el acusado.
Ahora era una sala de espera del destino.
—¿Quieres que miremos la Primitiva? —preguntó él, con los ojos brillando.
Marta se cruzó de brazos otra vez, intentando mantener su dignidad.
—Solo para confirmar que tengo razón y que eres un derrochador.
—Claro, claro, solo por la ciencia.
Javi sacó el móvil del bolsillo con la rapidez de un pistolero en el Salvaje Oeste.
Desbloqueó la pantalla.
—A ver, aplicación de Loterías del Estado…
Sus dedos temblaban un poco al teclear.
Marta se acercó a él, hombro con hombro.
Olía a lluvia, a estrés de atasco y al desodorante de oferta que compraban por lotes.
—Aquí está —anunció Javi—. Resultados del sábado.
Marta cogió el boleto de la encimera.
—Canta los números —ordenó ella.
Javi se aclaró la garganta.
Estaba sudando frío.
—Vale, la combinación ganadora es… el doce.
Marta miró las ocho columnas de su boleto de quince euros.
Sus ojos escanearon los números a la velocidad del rayo.
Primera columna: nada.
Segunda: nada.
Tercera: doce.
—Tengo un doce —dijo ella, con voz neutra.
—¿En serio? —Javi dio un pequeño salto.
—Sigue leyendo, pesao, es solo un número.
Javi tragó saliva.
—El veintiocho.
Marta bajó la vista de nuevo.
Tercera columna. Al lado del doce.
—Veintiocho —susurró ella.
Javi la miró de reojo.
—¿Tienes el veintiocho?
—Sigue, Javi.
La tensión empezaba a volverse espesa.
El sonido del motor de la nevera parecía ensordecedor.
—El treinta y tres —dijo Javi.
La mirada de Marta se clavó en la cuadrícula de papel.
—Joder —masculló.
—¿Qué? ¿Lo tienes?
Marta levantó la cabeza lentamente.
Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas.
—Tengo el treinta y tres en la misma columna.
Javi sintió un escalofrío por la espalda.
Tres aciertos.
Tres aciertos ya era dinero.
No mucho. Unos ocho euros.
Pero era algo.
Era el comienzo de la magia.
—Vale, calma, calma —dijo Javi, intentando que no le temblara la voz—. Vamos por la mitad.
—Lee el puto número, Javi.
—El cuarenta y uno.
Marta volvió a mirar.
Silencio.
Un segundo.
Dos segundos.
—Cuarenta y uno —dijo Marta, y esta vez su voz sonó estrangulada.
Javi agarró el borde de la encimera.
—¿Cuatro aciertos? ¿Marta, tenemos cuatro aciertos?
—Javi, dímelo, no me hagas esperar.
Cuatro aciertos en la Primitiva solían ser unos sesenta o setenta euros.
Casi recuperaban la “inversión”.
Javi miró la pantalla del móvil.
Estaba tan nervioso que le costaba enfocar la vista en los números pequeñitos.
—El siguiente… es el cuarenta y siete.
Marta cerró los ojos por un instante.
Aspiró profundamente.
Abrió los ojos y enfocó la tercera columna de su boleto.
Fila inferior.
Esquina derecha de esa pequeña caja de los sueños.
El número 47 estaba impreso allí, con tinta negra y nítida.
—Marta… —susurró Javi al ver su cara.
Ella dejó caer el papel sobre la encimera.
Lo alisó con ambas manos, como si fuera un pergamino sagrado.
—Está ahí —dijo ella, con un hilo de voz.
Javi soltó el móvil sobre la mesa y se asomó por encima de su hombro.
Ahí estaba.
12, 28, 33, 41, 47.
Cinco números alineados en la misma columna de apuestas.
Cinco putos números.
Javi sintió que el corazón le daba un vuelco doloroso.
Cinco aciertos en la Primitiva.
Eso eran miles de euros.
A veces dos mil, a veces tres mil, a veces hasta cinco mil.
Dependía de los acertantes.
No era el retiro.
No era mandar a don Arturo a la mierda.
No era liquidar la hipoteca.
Pero eran unas vacaciones.
Eran meses de compras en supermercados con pasillos de productos gourmet.
Era aceite de oliva virgen extra para bañar elefantes.
Era respirar.
Marta se giró hacia él.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Ella, la cínica.
Ella, la que odiaba el vicio del juego.
—Javi… faltan números, ¿no?
Javi asintió frenéticamente.
—Falta un número de la combinación, el complementario y el reintegro.
—¿Y si…? —empezó ella, rompiendo su propia regla de no decir “y si”.
Javi cogió el móvil de nuevo.
Sus manos temblaban de manera incontrolable.
Tardó tres intentos en desbloquear la pantalla porque el reconocimiento facial fallaba por su mueca de pánico.
—El último número ordinario —dijo Javi, jadeando.
Marta agarró el brazo de su marido clavándole las uñas a través de la camisa.
—Dilo.
Javi miró la pantalla.
Luego la miró a ella.
—El nueve.
Marta miró el boleto.
En su columna gloriosa, espléndida y mágica, quedaba un solo número marcado.
No era el nueve.
Era el diez.
Marta soltó el brazo de Javi.
El silencio cayó pesado como una losa de hormigón.
Ese minúsculo dígito de diferencia.
Ese milímetro de tinta en la papeleta original.
Ese diez en lugar de un nueve.
Separaba cinco mil euros de un millón de euros.
Marta sintió que se le aflojaban las rodillas.
Se sentó en una de las sillas plegables de la cocina.
—El diez… —susurró ella.
Javi se pasó la mano por la cara, secándose el sudor frío.
—Mierda. Qué cerca.
Pero entonces Javi recordó algo.
—Espera, espera, el complementario.
Marta levantó la vista.
—¿El complementario?
—Si tienes cinco aciertos y además tienes el complementario… son cientos de miles de euros, Marta.
Marta sintió un pinchazo eléctrico en el estómago.
Seguía viva.
La ilusión seguía respirando artificialmente en esa cocina.
—¿Cuál es el complementario? —preguntó ella, poniéndose de pie de un salto.
Javi miró la pantalla de su teléfono.
El icono de batería indicaba un dos por ciento.
La pantalla bajó el brillo automáticamente.
—Maldita sea, no veo nada.
—¡Javier, el número!
Javi entrecerró los ojos frente a la pantalla oscurecida.
—El complementario es…
El móvil vibró.
La pantalla se apagó.
Logo de Apple.
Apagado completo.
—Se me ha quedado sin batería —dijo Javi, con voz hueca.
Marta se quedó paralizada, pareciendo a punto de sufrir una embolia.
PARTE 4
—¿Que se te ha quedado sin batería? —gritó Marta.
El grito fue tan fuerte que el gato de la vecina de arriba salió corriendo por el patio interior.
—¡Cariño, te juro que estaba al veinte por ciento cuando llegué!
—¡Dame el puto boleto! —le exigió ella, arrebatándoselo de las manos.
Marta se giró hacia su propio bolso, que seguía en el recibidor.
Corrió por el pasillo.
Javi iba detrás de ella, tropezando con los zapatos que él mismo había dejado tirados.
—¡Cuidado, vas a arrugarlo! —gritaba él.
—¡Me importa un rábano!
Marta revolvió dentro de su bolso con desesperación.
Sacó las llaves, un pintalabios, un paquete de pañuelos abierto y, por fin, su teléfono.
Tenía un setenta por ciento de batería.
Bendita sea la eficacia de Marta cargando sus aparatos.
Desbloqueó el teléfono.
Abrió el navegador.
Los dedos le temblaban tanto que escribió “Resultados Prinitiba” en Google.
El buscador, mucho más sabio que ellos en ese momento, corrigió la búsqueda.
Aparecieron los resultados del sábado 16 de mayo.
Marta sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Vale, aquí está —dijo, apoyándose en la pared del pasillo.
Javi asomó la cabeza por encima de su hombro, respirándole en la oreja.
—Apártate, que me quitas la cobertura.
—Es wifi, Marta, la cobertura da igual.
—¡Que te apartes!
Marta miró la pantalla.
Confirmó la combinación.
12, 28, 33, 41, 47, y el 9 que les había destrozado el pleno.
Miró debajo, donde ponía “C”.
El Complementario.
Ese número mágico que podía sacarles de pobres, al menos durante una década.
—El complementario es… —empezó a leer Marta.
Javi cerró los ojos y cruzó los dedos de ambas manos.
Parecía un niño pidiendo un deseo de cumpleaños.
—…el catorce —terminó ella.
El silencio volvió.
Esta vez, no hubo gritos.
No hubo suspiros de alivio.
Marta miró su boleto de la Primitiva.
La columna maravillosa, la tercera, tenía marcado el diez.
Su último número era el diez.
No el catorce.
Ni siquiera estaban cerca.
Habían acertado cinco números redondos y nada más.
Marta dejó caer los brazos a los lados.
El boleto colgaba de sus dedos como una bandera rendida.
Javi abrió los ojos.
Vio la postura de su mujer y supo el resultado antes de preguntar.
—Nada, ¿verdad?
Marta negó con la cabeza, lentamente.
—Tenemos los cinco de antes.
Javi tragó saliva, procesando la montaña rusa emocional.
Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Oye… cinco aciertos están muy bien.
Marta miró el techo, conteniendo una lágrima de frustración.
—¿A ver cuánto cobramos por eso? —dijo ella, con voz ronca.
Volvió a mirar la pantalla del móvil, bajando hasta la sección de premios.
Categoría: 5 aciertos.
Premio por apuesta ganadora: 1.845,30 euros.
Marta leyó el número en voz alta.
—Mil ochocientos cuarenta y cinco con treinta céntimos.
Javi abrió los ojos como platos.
—¡Hostia! —exclamó.
De repente, la decepción del millón perdido se evaporó en el cerebro reptiliano de Javi.
Mil ochocientos euros eran casi dos meses del sueldo de Marta.
Mil ochocientos euros eran dinero real, tangible y directo.
Javi agarró a Marta por la cintura y la levantó en el aire, dando un giro torpe en el estrecho pasillo.
—¡Javi, bájame que me mareas! —se quejó ella, pero con una media sonrisa dibujándose en sus labios.
La bajó, besándola ruidosamente en la mejilla.
—¡Te lo dije! ¡Te dije que era una inversión!
Marta se separó un poco, levantando un dedo acusador, pero sin la furia de antes.
—Has tenido potra. Pura y dura potra.
—Llámalo suerte, llámalo visión de negocio —Javi se pavoneó, acomodándose la camisa arrugada.
Marta miró el boleto de nuevo.
Mil ochocientos euros.
No iban a pagar la hipoteca.
No iban a mandar a don Arturo a freír espárragos.
No iba a haber Mini Cooper verde inglés.
Pero…
Iban a poder cambiar la rueda atascada del carrito de la compra.
Iban a comprar aceite de oliva virgen extra hasta que se les saliera por las orejas.
Iban a poder comer ternera el domingo.
Y el lunes.
Y el martes si querían.
Marta caminó de vuelta a la cocina.
Javi iba tras ella, frotándose las manos.
Marta se paró frente a la encimera.
Miró los otros seis boletos que aún estaban allí, sin comprobar.
El Euromillones. El Bonoloto. El otro múltiple.
Javi siguió su mirada.
—Oye… —dijo él, bajando el tono—. Todavía quedan los del Euromillones.
Marta lo miró de reojo.
El bote del Euromillones era de ciento treinta millones.
El diablillo de la esperanza volvió a saltar en su hombro izquierdo.
La parte racional de su cerebro le gritaba que ya habían gastado toda su suerte de la década.
Pero la ilusión… la ilusión es un bicho difícil de matar en España.
Especialmente con un boleto sin rascar en la mano.
Marta suspiró, cogiendo el móvil de Javi de la mesa.
Buscó el cargador en el cajón de los cubiertos.
Lo enchufó con decisión y conectó el teléfono de su marido.
—Marta —le dijo Javi, con una sonrisa tierna—. ¿No decías que era tirar el dinero?
Marta lo fulminó con la mirada, pero sin maldad.
Luego miró los boletos.
Cogió el papel higiénico que raspaba y lo tiró sin miramientos al cubo de la basura.
—Javier —dijo ella, apoyándose en la encimera con pose desafiante.
—Dime.
—Enchufa la plancha para hacer las pechugas de pollo.
—Pero…
—Pero nada. Hay que comérselas que caducan hoy, no estamos para tirar comida.
Javi soltó una carcajada.
—A sus órdenes.
Marta encendió la pantalla de su propio móvil, lista para buscar el resultado del Euromillones.
Antes de teclear, se detuvo.
Miró a Javi, que intentaba separar las pechugas pegajosas del plástico.
—Javi.
Él la miró.
—Si nos toca el Euromillones…
—Sí.
—Yo soy la que entra al despacho de don Arturo a ponerle las llaves en la mesa.
Javi sonrió ampliamente.
—Hecho. Y yo grabo con el móvil.
Marta sonrió de vuelta, bajando la vista a la pantalla.
En ese instante, en esa cocina con luz fluorescente y olor a pollo rancio, ocurrió algo mágico.
Cien euros habían pasado de ser un drama familiar a convertirse en un billete dorado.
La cruda realidad de los números de fin de mes había sido anestesiada.
Gastar mucho en lotería quizá fuera un vicio para los manuales de economía.
Quizá fuera un impuesto a la ignorancia matemática, como decían los listillos de Twitter.
Pero para Marta y Javi, un domingo por la tarde, con la lluvia cayendo en Madrid…
Era la ilusión más aceptable, dulce y viva del mundo.
Y mientras Marta comprobaba el primer número de la estrella del Euromillones, el mundo entero parecía lleno de posibilidades.
Incluso si el lunes había que volver a coger el metro.