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La luz fluorescente de la cocina parpadeó una vez antes de encenderse del todo. Marta dejó las bolsas de la compra sobre la encimera de granito sintético.

PARTE 1

La luz fluorescente de la cocina parpadeó una vez antes de encenderse del todo.

Marta dejó las bolsas de la compra sobre la encimera de granito sintético.

Resopló, apartándose un mechón de pelo húmedo de la frente.

Había estado lloviendo a cántaros en Madrid.

Y el carrito de la compra tenía una rueda atascada que la había vuelto loca desde el Mercadona hasta el portal.

Se frotó las manos frías.

Empezó a sacar los productos, organizándolos mentalmente.

La leche semidesnatada de marca blanca.

Los yogures naturales que estaban en oferta por caducar pronto.

El aceite de girasol, porque el de oliva estaba a precio de sangre de unicornio.

De repente, su mirada se detuvo en un papelito amarillo asomando bajo el frutero.

No era solo un papelito.

Eran varios.

Marta frunció el ceño.

Tiró suavemente de la esquina del primer papel.

Era un resguardo.

Un resguardo de la administración de loterías de doña Manolita.

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