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CANTINFLAS OCULTÓ a su HIJA durante 63 AÑOS hasta que HARFUCH ENCONTRÓ la TRISTE VERDAD 

CANTINFLAS OCULTÓ a su HIJA durante 63 AÑOS hasta que HARFUCH ENCONTRÓ la TRISTE VERDAD 

Hay una fotografía que circuló mucho en los periódicos mexicanos de 1993.   La tomaron el día en que Mario Moreno Cantinflas murió en su casa de la Ciudad de México.   Tenía 81 años. Había pasado las últimas décadas retirado, prácticamente invisible para el público, viviendo en una mansión en las Lomas de Chapultepec que poca gente había visto por   dentro.

 En la fotografía no aparece Cantinflas, aparece la   puerta de su casa, una puerta cerrada con dos hombres de traje parados afuera sin mirar a la cámara.   Esa imagen dice más de lo que parece, porque Cantinflas murió con la puerta cerrada y lo que había detrás de esa puerta, lo que había guardado durante décadas dentro de esas paredes, es lo que Harfuch fue a buscar en agosto de 2024 cuando entró a la propiedad con una orden judicial y un equipo de peritos   documentales.

Lo que encontraron adentro no estaba en ningún libro, no estaba en ninguna biografía, no lo había contado nadie. Y cuando lo veas vas a entender por qué. Mario Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en una vecindad del barrio de Tepito, en   la ciudad de México. Su padre era torero y su madre lavaba ropa ajena para completar lo que el toreo no alcanzaba a dar.

 Eran 11 hermanos. La vecindad tenía un patio   central donde los niños jugaban y donde los adultos resolvían las disputas que no cabían en los cuartos pequeños. Mario aprendió a hacer reír antes de aprender a leer bien. Eso no es una metáfora, es un dato. En la escuela primaria a la que asistió de manera irregular, los maestros lo recordaban como un niño que interrumpía las clases, no con maldad, sino con una capacidad compulsiva para encontrar el ángulo cómico de cualquier situación.

 Un niño que hacía reír a los demás y que después miraba alrededor como si quisiera entender qué había pasado exactamente. Llegó al mundo del espectáculo a través de las carpas. Las carpas eran los teatros del pueblo   en el México de los años 20 y 30. Carpas de lona levantadas en terrenos valdíos,   donde compañías de artistas ambulantes presentaban variedades,   sketches, números de magia, acrobacias y comedia.

 El público pagaba lo que podía, los artistas cobraban lo que había. En las carpas, Mario Moreno inventó a Cantinflas. El personaje salió de la observación del tiempo que Mario había pasado mirando a la gente del barrio, a los vendedores ambulantes, a los peones de obra, a los que vivían en los márgenes de la ciudad, con una dignidad que el sistema no les reconocía, pero que ellos sostenían de todas formas.

   Cantinflas era eso, el pelado, el que no tiene nada, pero   que tiene algo que los que tienen todo comprar. La inteligencia del que sobrevive, la gracia del que no puede perder porque ya no tiene nada que perder. El personaje   funcionó desde la primera noche y en 15 años Mario Moreno   pasó de las carpas de Tepito a ser el comediante más famoso de habla hispana en el mundo.

   Sus películas se proyectaban en toda América Latina, en España, en los países con comunidades hispanohablantes de Estados Unidos. Charlie Chaplin, que lo vio actuar en una proyección privada en Hollywood, dijo que Cantinflas era el mejor comediante del mundo. Esa cita la publicaron todos los periódicos, pero hay algo que los periódicos no publicaron, algo que Mario Moreno guardó detrás de esa puerta cerrada durante décadas y que Harfuch encontró cuando la puerta se abrió.

 Para entender lo que Harfuch encontró,   hay que entender primero la estructura legal y financiera que Mario Moreno construyó alrededor de su carrera. Porque Cantinflas no era solo un personaje cómico,   era una empresa. Una empresa que en su momento de mayor auge generaba ingresos que pocos negocios mexicanos de la época   podían igualar.

 Mario Moreno lo entendió desde el principio. Desde que tuvo suficiente dinero para contratar abogados, los contrató.   Desde que tuvo suficiente influencia para negociar sus contratos de tú a tú con los estudios, lo hizo. Construyó   una estructura de empresas y fideicomisos y holdings que protegía sus ingresos, sus propiedades   y su imagen con una sofisticación que era inusual para   un actor de su época.

 Esa estructura era tan complicada que cuando murió en 1993,   el proceso de herencia tardó años en resolverse. Había empresas que tenían otras empresas adentro. Había propiedades que estaban registradas a nombre de figuras   legales que a su vez eran propiedad de otras figuras legales. Había fideicomisos con condiciones que los abogados tardaron meses en interpretar.

 Y había   algo más, algo que no aparecía en ninguno de los documentos que los abogados de la herencia revisaron en 1993, algo que estaba fuera   de la estructura oficial. Harfuch lo encontró siguiendo el mismo tipo de pista que lo había llevado a la mansión de Pedro   Infante en Mérida, una anomalía en los registros, un dato que no cuadraba con el resto.

   En el registro público de la propiedad de la Ciudad de México hay una propiedad registrada a nombre de una empresa llamada Producciones   Amanecer SA. La empresa se constituyó en 1958 y aparece en los registros como productora cinematográfica independiente.   Tiene una sola propiedad a su nombre. Un inmueble en la colonia Polanco,   en una calle donde el metro cuadrado nunca fue barato.

 Producciones   Amanecer SA. No aparece en ningún crédito de ninguna película mexicana entre 1958   y 1993. No hay ningún registro de que haya   producido algo. No hay contratos con estudios. No hay registros en la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica.   No hay nada que indique que esa empresa haya hecho alguna vez lo que su nombre sugería que iba a hacer.

 Era una empresa que existía en papel y que tenía una propiedad. Y nada más. Harf buscó el acta constitutiva de producciones amanecer. El accionista mayoritario era Mario Moreno Reyes. Ahí empezó todo. La propiedad de Polanco era una casa,   no una mansión como la de las Lomas, donde vivía Cantinflas oficialmente.

 Una casa de tamaño mediano   en una calle tranquila con jardín delantero y garaje para dos coches. El tipo   de casa que en los años 50 y 60 era el sueño de la clase media   mexicana. Suficientemente grande para una familia, suficientemente discreta   para no llamar la atención. Mario Moreno la compró en 1958 a través de la empresa y la mantuvo a nombre de esa empresa durante 35   años.

 Hasta su muerte, nadie de su entorno público conocía esa propiedad. Sus biógrafos no la mencionan. El proceso   de herencia de 1993 no la incluyó porque la empresa que la tenía no estaba en la lista de activos que los abogados   manejaron en ese proceso. La casa de Polanco existía y no existía al mismo   tiempo. Harfuch solicitó la orden judicial para entrar en julio de 2024.

 la obtuvo en agosto. Lo que encontraron adentro llevaba años sin tocarse. La última vez que alguien había vivido en esa casa,   según los registros del servicio de agua y luz que Harfuch consultó, era a principios de los años 90. Después de eso, los servicios   seguían activos y pagados, pero no había consumo que indicara presencia humana regular.

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