El sol de justicia que caía sobre los secarrales de la sierra de Ávila no tenía compasión de nadie, y mucho menos de una mujer embarazada de seis meses que arrastraba los pies por un camino de cabras. Lucía sentía que el asfalto derretido, o lo que quedaba de él en aquella carretera olvidada de la mano de Dios, se le pegaba a las alpargatas viejas como si el mismísimo suelo quisiera retenerla allí para siempre. Llevaba puesto un vestido de percal descolorido que se le pegaba a la espalda por el sudor, y en la mano derecha, que ya tenía entumecida y llena de rozaduras, aferraba una maleta de cartón prensado que había pertenecido a su abuela. La maleta bailaba un traqueteo fúnebre a cada paso, amenazando con abrirse y desparramar sus pocas miserias por la cuneta: dos mudas mal contadas, un retal de la Virgen del Carmen y tres pesetas falsas que guardaba por puro fetiche.
Hacía ya más de quince kilómetros que había dejado atrás la finca «El rebaño sagrado», aquel infierno de hectáreas de encinas y rastrojos propiedad de Raúl. Raúl, el hombre que llegó al pueblo prometiendo el oro y el moro, con sus andares de terrateniente engominado, sus camisas almidonadas y esa labia barata que encandilaba a los viejos del casino. Lucía se había tragado el cuento completo. Pensó que salir de la miseria era tan fácil como subirse al remolque de su furgoneta. Qué pedazo de boba. El idilio duró lo que tardó en cerrarse la verja de la finca tras ella. Luego vinieron los gritos porque la sopa estaba sosa, los portazos que hacían temblar los tabiques y, finalmente, aquel bofetón seco de la semana pasada que la dejó zumbando el oído tres días. Cuando descubrió que estaba encinta, Raúl no se ablandó; al contrario, la miró como quien mira a una res que viene con tara. «Tú de aquí no te mueves, que bastantes disgustos me da ya el ganado como para que me des tú más que hablar en el pueblo», le había espetado antes de cerrarla con llave en el granero.
Pero Lucía no era de las que se doblaban por las buenas. Aprovechando que Raúl se había ido a la feria de ganado de San Antonio a emborracharse con los tratantes y que los guardeses estaban más pendientes de la timba de cartas que de la vigilancia, saltó por la ventana del pajar antes del amanecer. La caída le costó un dolor agudo en los riñones que todavía la acompañaba, pero ni miró atrás. Caminó entre las sombras, guiándose por el instinto de los animales acorralados, rezándole a cuanta virgen se le venía a la cabeza para que el viento de la sierra borrara sus huellas en el polvo.
—Vamos, hijo, aguanta un poco más —se decía a sí misma, pasándose la mano libre por la tripa, que se ponía dura por momentos—. Que como nos pille ese buey, nos entierra debajo de un pino y aquí no se entera ni la Guardia Civil.
El crepúsculo empezó a teñir el cielo de un tono morado purísima, de esos que anuncian noche cerrada y frío de mil demonios en la meseta. La silueta de las lomas se volvía amenazante y el estómago de Lucía empezó a protestar con un rugido que parecía el motor de un tractor viejo. No había comido más que un pedazo de pan duro que rapiñó de las gallinas antes de huir. Las piernas le temblaban como a un potrillo recién parido y el peso de la maleta se le hacía insoportable. Justo cuando las fuerzas amenazaban con abandonarla y la idea de tumbarse en la cuneta a esperar lo inevitable empezaba a parecerle buena idea, sus ojos divisaron una mole oscura recortada contra la última luz del día.
Era una vieja casona señorial, o lo que quedaba de ella, encaramada en lo alto de un cerro pedregoso. Tenía las paredes de adobe agrietadas por los inviernos castellanos, el tejado vencido con las tejas torcidas como los dientes de una vieja, y unas ventanas estrechas que parecían saeteras de un castillo en ruinas. Parecía un lugar abandonado, uno de tantos caserones donde solo habitaban los fantasmas y los mochuelos. Sin embargo, al entornar los ojos, Lucía vio un hilo fino de humo gris que salía perezoso de la chimenea de piedra, trayendo consigo un olor lejano, casi místico, a leña de encina y a puchero de los que resucitan a un muerto.
Con la última pizca de voluntad que le quedaba, arrastró los pies por la rampa de acceso, esquivando las zarzas que invadían el camino. Llegó ante el portón de roble americano, tachonado de clavos oxidados que debían de llevar allí desde la guerra de la Independencia. Levantó la mano, que le temblaba como una hoja, y golpeó tres veces con el aldabón de hierro con forma de mano. El eco del golpe sonó profundo, sordo, como si llamara a las puertas del mismísimo purgatorio.
Pasaron unos minutos interminables en los que solo se oía el silbido del viento entre los matorrales. Lucía apoyó la frente contra la madera fría, sintiendo que el conocimiento se le escapaba. Justo cuando iba a dejarse caer, se oyó un arrastrar de cerrojos oxidados que sonó como una maldición. La hoja del portón crujió con un lamento de bisagras sin engrasar y la luz de un candil de aceite iluminó la escena.
Al otro lado apareció Sor Inés. Si a Lucía le hubieran dicho que aquella mujer era una aparición, se lo habría creído. Era una monja menuda, más vieja que el hilo Negro, con la cara tan surcada de arrugas que parecía un mapa de carreteras comarcales. Vestía un hábito negro remendado mil veces y se apoyaba en un cayado de pastor hecho de madera de fresno que parecía sostenerla más por milagro que por física. Sus ojos, pequeños y vivos como los de un gorrión, recorrieron a Lucía de arriba abajo, deteniéndose primero en la maleta de cartón, luego en la cara desencajada por el cansancio y, finalmente, en la prominente redondez de su vientre.
—Vaya por Dios —dijo la religiosa con una voz que sonaba como el raspar de una lija contra un madero—. Otra que viene huyendo del lobo. Entra, muchacha, entra antes de que se nos cuele el frío de la sierra, que esta noche va a refrescar más de la cuenta y no tengo la leña para andar desperdiciándola.
Sor Inés no preguntó nombres, ni procedencias, ni quién era el padre de la criatura. En aquella casa el pasado parecía no tener ningún valor, o quizás es que tenían demasiado acumulado como para andar pidiendo más explicaciones. La monja se dio la vuelta con una agilidad sorprendente para sus años y guió a Lucía por un pasillo largo y umbrío que olía a cera derretida, a humedad de bodega, a café de puchero y a ese aroma inconfundible que tienen las cosas que el mundo ha decidido olvidar en un rincón.
El lugar, según descubrió Lucía mientras avanzaba agarrándose a las paredes revocadas de cal, era una especie de asilo improvisado, un refugio de mala muerte para ancianos desamparados que no tenían dónde caerse muertos. En el fondo del pasillo, una bombilla desnudita de pocos vatios iluminaba un comedor de techos altos. Sentados a una mesa de madera basta, tres o cuatro viejos miraban al infinito con los ojos nublados por las cataratas y los años, moviendo las mandíbulas despacio, como rumiando sus propios recuerdos.
Sor Inés llevó a Lucía hasta un cuartucho situado al fondo del patio interior. Era una estancia modesta, con una cama de hierro de las de antes, un jergón de lana que olía a alcanfor y una mesilla de noche con una palangana de loza desconchada.
—Túmbate ahí y no te muevas —le ordenó la monja, dejándole el candil en la mesilla—. Ahora te traigo un tazón de caldo limpio y un pedazo de queso, que tienes los ojos revueltos como las locas. Mañana ya hablaremos de lo que sabes hacer, porque aquí el que no dobla el lomo, no come. Dios perdona los pecados, pero el estómago no perdona el ayuno.
Lucía ni siquiera tuvo fuerzas para darle las gracias. Se dejó caer sobre la colcha de ganchillo, calzada y todo, sintiendo que el jergón la tragaba. El dolor de los riñones empezó a remitir bajo el influjo del calor de la manta que la monja le echó por encima antes de salir. Mientras escuchaba el sonido lejano de los pasos de Sor Inés alejándose por el corredor de baldosas, Lucía cerró los ojos y, por primera vez en muchos meses, durmió sin miedo a que una mano brutal la despertara a mitad de la noche.
El amanecer en la casona no entraba con música de violines, sino con el toque de queda de Sor Inés, que golpeaba una sartén vieja con una cuchara de palo a las seis de la mañana. Lucía se levantó con el cuerpo molido, como si le hubiera pasado por encima una recua de mulas, pero el dolor del alma se le había aliviado bastante. Se lavó la cara con el agua helada de la palangana, se trenzó el pelo como pudo y salió al pasillo dispuesta a ganarse el techo y la sopa que la monja le había prometido. Aquí nadie regalaba nada, y ella lo sabía bien; en los pueblos de Castilla, la caridad siempre venía con letra pequeña y un delantal de faena.
Durante las siguientes dos semanas, la rutina se convirtió en el único bálsamo para sus nervios. Lucía se hizo cargo de las tareas que las cansadas articulaciones de Sor Inés ya no podían asumir. Se pasaba las mañanas de rodillas en los pasillos, frotando las baldosas rojas con agua de vinagre para espantar las moscas, sacudiendo el polvo de unos muebles de castaño que parecían más viejos que el propio edificio y remendando las sábanas gastadas que amenazaban con deshacerse en la lavadora de turbina. En la cocina, se convirtió en la reina de los fogones tradicionales: preparaba unos pucheros de alubias con los sacramentos contados al milímetro, unas patatas viudas que sabían a gloria gracias al laurel que cogía del patio y unas sopas de ajo que hacían revivir a los ancianos más decaídos.
Los habitantes de la casona eran un poema aparte. Estaba Telesforo, un paisano que andaba siempre con una boina calada hasta las cejas y que insistía en que Franco todavía gobernaba porque el cartero no le había traído ninguna notificación en contra. Luego estaba Doña Remedios, una señora finolis venida a menos que se pasaba el día guardándose terrones de azúcar en las mangas del jersey por si venían los rusos, según decía ella con un hilo de voz aristocrática. Todos tenían sus manías, sus goteras y sus historias enterradas bajo capas de tiempo, pero ninguno llamaba la atención de Lucía tanto como Don Esteban.
Don Esteban era un hombre de ochenta y dos años que parecía esculpido en la misma piedra granítica de la sierra. Se pasaba las horas muertas sentado en una mecedora de mimbre junto al ventanal del comedor, mirando hacia el camino polvoriento que subía de la carretera general. Tenía el pelo blanco como la nieve de Gredos y unas manos enormes, llenas de nudosidades por la artrosis, que reposaban sobre sus rodillas cubiertas por una manta de cuadros escoceses. Según le había contado Sor Inés un día mientras limpiaban los candiles, Don Esteban no había articulado una sola palabra desde hacía exactamente treinta años. Un buen día se sentó en aquella silla, cerró la boca y tiró la llave del habla al fondo de su silencio. Los médicos del hospital provincial dijeron en su día que era cosa de la cabeza, un ataque de melancolía de los que no tienen cura, y allí se quedó, como un mueble más de la institución.
Sin embargo, desde el primer día que Lucía entró en el comedor cargando con la sopera de peltre, notó algo extraño en el viejo. No era la mirada indiferente de los demás. Cada vez que el vestido de percal de Lucía rozaba la mecedora o que ella le dejaba el tazón de caldo en la mesa, Don Esteban experimentaba una transformación que ponía los pelos de punta. Sus ojos, que normalmente parecían cubiertos por una telaraña gris, se encendían con una fijeza espantosa. Seguía cada uno de sus movimientos por la sala, sin pestañear, como si estuviera viendo a un aparecido. Y lo más perturbador de todo: el viejo apretaba los puños sobre la manta con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos y las venas de las sienes le latían con un ritmo violento. A veces, Lucía alcanzaba a ver cómo dos lagrimones gordos y pesados se le resbalaban por las mejillas curtidas, perdiéndose en las comisuras de su boca amarga.
—No le hagas caso, muchacha —le decía Sor Inés una tarde en la cocina, mientras pelaban un saco de patatas que les había donado el panadero del pueblo de abajo—. Esteban está en su mundo. Vete a saber qué fantasmas le rondan por la azotea. Bastante tienes tú con cuidar de esa barriga, que cada día está más redonda, gracias a Dios y a mis lentejas.
—Pero Sor Inés, es que me mira como si me conociera de antes —insistía Lucía, frotándose las manos en el delantal—. Se pone de una mala leche contenida que me da hasta escalofríos. El otro día, cuando pasé con la escoba, hizo el amago de levantarse y casi se me cae el alma a los pies. Parece que quiere decirme algo y que las palabras se le quedan atascadas en el gaznate.
—En este pueblo todos quieren decir algo y nadie dice nada a derechas, hija —sentenció la monja, metiendo las patatas cortadas en el agua con un chapoteo—. En Castilla somos muy de tragarnos las cosas hasta que nos pudren por dentro. Tú haz tu labor y déjale al buen hombre con sus penas, que bastantes años lleva cultivándolas como para que vengas tú ahora a moverle la tierra.
A pesar de las advertencias de la religiosa, Lucía no podía evitar sentir una mezcla de compasión y curiosidad por el anciano. A veces, cuando Sor Inés se iba a la capilla a rezar las vísperas y los demás viejos se quedaban dando cabezadas frente al televisor sin sintonizar, Lucía se acercaba despacio a la ventana de Don Esteban. Le recolocaba la manta con mimo, le limpiaba alguna miga de pan de la comisura de los labios y le hablaba en voz baja, contándole cosas insignificantes del huerto o del tiempo que hacía fuera. El viejo no respondía con sonidos, pero sus puños seguían apretándose y sus ojos fijos se clavaban en el rostro de la joven con una intensidad que parecía querer traspasarle la piel. Era una tensión cómica y dramática a la vez; parecía una pantomima de sordomudos en mitad de un escenario desierto, un duelo de miradas donde el misterio flotaba en el aire mezclado con el olor a rancio del tocino del puchero.
Para el duodécimo día de su estancia, el ambiente en la casa se había vuelto extrañamente denso. El calor del verano apretaba con más fuerza y las moscas rondaban pesadas por los pasillos. Lucía sentía una inquietud que no la dejaba dormir por las noches. Raúl seguía sin aparecer, pero ella sabía que los hombres como él no olvidaban una afrenta ni dejaban que una mujer les ganara la partida. Cada vez que oía el motor de un vehículo por la carretera general, se le paraba el corazón pensando que sería la furgoneta de su maltratador, viniendo a reclamar lo que consideraba de su propiedad. No se imaginaba ella que el peligro no venía de fuera, sino que estaba enterrado bajo las vigas carcomidas de la propia casona.
Parte 3: El secreto del desván y el lunar de la luna
El sábado amaneció encapotado, con ese bochorno que le revuelve las tripas a las mujeres preñadas y pone de mal humor a los gatos. Sor Inés decidió que era el día perfecto para hacer limpieza general en el desván, una zona de la casa a la que Lucía no había subido nunca porque la escalera de caracol daba más miedo que una película de miedo de las de antes.
—Sube con cuidado, Lucía, y vete sacando las mantas viejas para que les dé el aire, que huelen a perro muerto —le dijo la monja desde el pasillo, dándole un plumero de plumas de pavo y un cubo de zinc—. Y si ves algún nido de avispas, ni lo toques, me avisas y le metemos fuego con un trapo con gasoil.
Lucía subió los escalones de piedra uno a uno, agarrándose a la pared con la mano libre para no perder el equilibrio. El desván era un espacio inmenso, techado con vigas de madera de sabina que crujían con el viento de la sierra como si el techo tuviera reuma. La luz entraba a duras penas por unas lucernas cubiertas de suciedad y telarañas tan densas que parecían cortinas de encaje gris. El lugar estaba abarrotado de trastos acumulados durante más de un siglo: máquinas de coser Singer oxidadas, colchones de lana apelmazada, hatillos de periódicos de los años setenta donde salían ministros con patillas y retratos antiguos de señores con bigote y mirada de pocos amigos que parecían vigilar el lugar desde sus marcos de madera carcomida.
Lucía empezó a sacudir el polvo, estornudando a cada momento por la polvareda que se levantaba. Se movía entre los bultos con la torpeza propia de su estado, maldiciendo entre dientes la manía de las monjas de guardarlo todo. Al llegar al rincón más oscuro, detrás de un armario de luna al que le faltaban los espejos, tropezó con algo pesado que casi la hace perder el equilibrio.
Al apartar unas mantas raídas, descubrió un arcón de madera de nogal tallada a mano. Tenía unos herrajes de hierro forjado con forma de hojas de hiedra y un candado grande, pero la cerradura estaba rota, vencida por el óxido y el paso del tiempo. Movida por esa curiosidad que dicen que mató al gato, pero que en las mujeres de la sierra es ley de vida, Lucía hincó las rodillas en el suelo polvoriento y levantó la pesada tapa del arcón.
Un olor intenso a alcanfor, a membrillo seco y a iglesia vieja inundó el aire del desván, haciéndola toser. Lo primero que vio fue una hilera de rosarios de nácar y madera de olivo, enredados entre sí como culebras. Debajo había un vestido de novia de raso que el tiempo había vuelto de un color amarillo rancio, como la grasa del jamón, con los encajes de las mangas deshilachados. Pero lo que verdaderamente le llamó la atención fue una cajita de lata de carne de membrillo que estaba al fondo de todo.
Con las manos temblorosas por el presentimiento, Lucía abrió la lata. Dentro había un mechón de pelo castaño atado con un lazo de raso rojo y una fotografía de formato sepia, de esas que se hacían los fotógrafos de los pueblos en las fiestas patronales. La sacó con cuidado de no romper las esquinas cuarteadas y la acercó a la luz de la lucerna.
El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió una patada nítida del niño en sus entrañas. En la fotografía, una mujer joven, de unos veinte años, sonreía dulcemente a la cámara. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y vestía una blusa blanca con puntillas. Pero no era la ropa lo que dejó a Lucía sin respiración. Era la cara. Aquella mujer tenía sus mismos ojos almendrados, la misma forma de la barbilla ligeramente partida y, lo más asombroso y terrible de todo, un lunar negro y redondo justo al lado derecho del labio inferior, exactamente en el mismo sitio donde Lucía tenía el suyo, ese que su tía siempre decía que era «el lunar de la luna».
Lucía le dio la vuelta a la fotografía con los dedos entumecidos. En el reverso, escrito con una tinta azul descolorida y una caligrafía temblorosa, de trazo grueso, se podía leer una dedicatoria que decía:
«A mi querida hija Dolores Ávila, con la esperanza de que Dios me perdone lo que la tierra no me va a perdonar nunca.»
La cabeza de Lucía empezó a dar vueltas como una noria de feria. ¡Dolores Ávila! Ese era el nombre de su madre. La mujer que, según le habían dicho siempre en su pueblo, había muerto de fiebres del parto al traerla al mundo en un hospital de la capital, dejándola sola con unos tíos que la criaron a base de sopapos y reproches. Jamás le habían hablado de abuelos, ni de tíos, ni de ninguna herencia familiar. Para ella, su madre era solo un nombre en una partida de bautismo borrosa. ¿Qué hacía la fotografía de su madre en el fondo de un arcón en un asilo perdido de la sierra de Ávila? ¿Y quién era el que pedía perdón en aquella dedicatoria con olor a tumba?
Un escalofrío de terror y revelación recorrió la columna de la joven. Las piezas del rompecabezas que no sabía que existía empezaron a encajar con una velocidad espantosa. La mirada de Don Esteban, sus silencios, sus puños cerrados, las lágrimas que derramaba cada vez que ella se le acercaba… Todo cobró un sentido nuevo y aterrador.
Sin pensarlo dos veces, metió la fotografía en el bolsillo del delantal, cerró la tapa del arcón de un golpe que levantó una nube de polvo y bajó las escaleras de caracol corriendo, sin importarle el riesgo para su estado. Bajaba saltándose los escalones, agarrándose a la barandilla de hierro con una fuerza desesperada, con la respiración entrecortada y las lágrimas asomando a sus ojos. Tenía que saber la verdad, y la quería ya, antes de que el silencio de aquella casa se la tragara a ella también.
Parte 4: La verdad de la sangre y el precio de la tierra
Lucía irrumpió en el comedor principal como un torbellino, haciendo que la puerta de madera batiente golpeara contra el tabique con un estruendo que pareció un disparo. El reloj de pared, un carrillón viejo que siempre iba retrasado, daba las doce de la mañana con un sonido metálico y quejumbroso. En la estancia, el tiempo parecía haberse congelado en una estampa costumbrista: Sor Inés estaba repartiendo las cucharas de peltre para la sopa de mediodía, Doña Remedios andaba enfrascada en su silenciosa colecta de terrones de azúcar y los otros ancianos esperaban mudos con los brazos apoyados en el hule de la mesa.
Al fondo, junto al ventanal, Don Esteban## Parte 1: La huida, el secarral y la maleta de cartón que casi no lo cuenta
A ver, pongámonos en situación. Correr quince kilómetros por la sierra de Zacatecas ya es una heroicidad si eres un atleta keniano con zapatillas de trescientos euros, pero si lo haces embarazada de siete meses, con un vestido de flores que te aprieta hasta el alma y arrastrando una maleta de cartón que parece comprada en el rastro durante la posguerra, eso ya no es correr: eso es un milagro digno de que te pongan una calle. Lucía no sentía las piernas. Bueno, técnicamente sí las sentía, pero le escocían tanto que habría preferido que fueran de madera. El sol de México se estaba poniendo, y cuando el sol se pone en esos andurriales, no lo hace con delicadeza; se cae de golpe, como si a Dios le hubiera dado pereza seguir pagando la factura de la luz.
—Madre mía del amor hermoso —jadeaba Lucía, deteniéndose un segundo para recolocarse el asa de la maleta, que estaba sujeta con un nudo de cuerda que daba auténtica lástima—. Si salgo de esta, juro que no vuelvo a quejarme de los dolores de regla. Vaya tela con Raúl. Menudo tipejo. Menudo pedazo de alcornoque.
Raúl, para que nos entendamos, era el vivo ejemplo de por qué algunas madres deberían haber comprado un perro en lugar de tener un hijo. El hombre había empezado la relación siendo todo promesas, de esos que te bajan la luna y te prometen el oro y el moro, pero que a la tercera semana ya te están controlando los mensajes del móvil y quejándose de que la sopa está sosa. La cosa había ido a mayores, claro. De los gritos pasó a los portazos, y de los portazos a dejar a Lucía encerrada bajo llave en el rancho con la excusa de que «el mundo exterior está muy peligroso para una mujer en tu estado». Lo que estaba peligroso era quedarse allí dentro con él. Por eso, esa misma mañana, aprovechando que Raúl se había ido a la cantina del pueblo a ponerse fino de tequila y a presumir de sus dotes de terrateniente de tres al cuarto con sus amigotes, Lucía se lio la manta a la cabeza. Abrió la ventana del baño de un palancazo con el cepillo de dientes —que ya hay que tener puntería y desesperación— y saltó al corral.
El camino había sido un absoluto calvario. La tierra suelta se le metía en las alpargatas, las piedras parecían puestas a mala leche por el mismísimo demonio y el bebé dentro de su tripa parecía estar jugando un partido de balonmano.
—Tranquilo, chaval, o chavala, lo que seas —le decía Lucía a su vientre, dándose unos toquecitos afectuosos—. Que como sigas dando patadas nos vamos a ir los dos al suelo, y aquí no hay cobertura ni para llamar a una ambulancia.
Cuando la noche cerró del todo, la sierra se convirtió en una boca de lobo. El viento empezó a soplar con esa mala uva típica de las zonas áridas, levantando un polvo que se te metía en los ojos y te dejaba los dientes como si hubieras estado comiendo lija. Lucía ya estaba viendo visiones. Pensaba que en cualquier momento se le iba a aparecer la Llorona o, peor aún, el cuñado de Raúl, que era todavía más feo y más pesado. Pero justo cuando sus rodillas dijeron «hasta aquí hemos llegado, guapa», una silueta recortada en lo alto de una colina le devolvió el aliento.
Era un caserón enorme, de esos que en su época dorada debieron de ser el orgullo de la región, pero que ahora lucían un aspecto que ríete tú de las películas de terror españolas de los años setenta. Las paredes de adobe estaban más agrietadas que los labios de un náufrago y el tejado de tejas torcidas parecía sostenerse por pura inercia y por el respeto a la gravedad. Sin embargo, por la chimenea salía un hilo de humo con un olor glorioso a leña quemada y, si afinabas el olfato, a café de puchero. El olor a café, para alguien que lleva quince kilómetros andando con el estómago más vacío que la hucha de un estudiante, es lo más parecido a la voz de un ángel.
Lucía, sacando fuerzas de donde no quedaban, arrastró los pies cuesta arriba. La maleta ya ni la levantaba; iba haciendo un surco en la tierra que parecía que estuviera arando el campo. Llegó ante el portón de roble, una mole de madera con unos clavos de hierro del tamaño de un puño, y llamó tres veces. El sonido retumbó en mitad de la noche como si estuviera tocando a rebato.
—¡Por favor! —gritó con un hilo de voz—. ¿Hay alguien? ¡Que me quedo aquí tiesa!
Dentro se oyó un arrastrar de pies, un carraspeo de esos que denotan que el que viene tiene más años que el hilo negro, y el ruido de tres cerrojos pasados de moda que sonaron como si estuvieran abriendo la tumba de un faraón. La puerta se abrió con un quejido agudo de las bisagras.
Al otro lado apareció sor Inés. A ver, decir que era una monja es quedarse corto; era un monumento a la resistencia humana. Tenía la cara tan surcada de arrugas que parecía un mapa de carreteras secundarias de Castilla y León, y se apoyaba en un bastón de madera nudosa que bien podría haber servido para arrearle a un lobo si hacía falta. Llevaba el hábito limpio pero remendado por mil sitios, y unos ojos pequeños y oscuros que te calaban de arriba abajo en un milisegundo.
—¿Pero qué invento es este? —dijo la monja con una voz que sonaba a lija de grano grueso—. ¿Qué hace una muchacha sola a estas horas de la noche con ese bombo y esa maleta que parece que la ha recogido de la basura?
—Piedad, hermana —alcanzó a decir Lucía, apoyándose en el marco de la puerta—. Me he escapado. Si me quedo allí, me mata.
Sor Inés no hizo preguntas de esas de relleno que hacen los burócratas. Miró el sudor de la frente de Lucía, miró la tripa, miró el estado lamentable de las alpargatas y dio un golpe seco con el bastón en el suelo de piedra.
—Pasa para dentro, anda, que de fuera no viene nada bueno a estas horas, solo el frío y los grillos pesados. Venga, entra antes de que se nos cuele el relente, que la calefacción aquí la pagamos a base de rezos y astillas de pino.
El interior del caserón olía exactamente a lo que tiene que oler un sitio que se ha quedado congelado en el tiempo: a cera derretida de las velas, a humedad antigua, a café cargado y a ese aroma inconfundible de los abuelos que se pasan el día sentados al sol. No era un hotel de cinco estrellas, desde luego. Era un asilo olvidado por la mano de Dios y por el gobierno, un refugio para ancianos que el mundo había decidido aparcar allí para no tener que darles la tabarra.
Sor Inés llevó a Lucía a una pequeña cocina donde un fogón de leña hacía lo que podía por calentar las paredes de tres metros de alto. Le sirvió una taza de café que estaba tan negro y tan fuerte que bien podría haber servido para desatascar las tuberías, y un plato con unos frijoles recalentados que a Lucía le supieron a gloria bendita, como si estuviera cenando en el mismísimo Palacio Real de Madrid.
—Aquí no tenemos lujos, niña —dijo sor Inés, sentándose enfrente y cruzando las manos con una severidad que no ocultaba del todo cierta ternura—. Esto es el asilo de San José. Bueno, lo de San José lo pusimos por poner algo, porque aquí los únicos milagros que vemos es llegar al final de mes sin que se nos caiga el techo encima. Los viejos duermen ya. Son doce, cada uno con sus goteras y sus manías. Mañana los conocerás. De momento, te vas a quedar en la habitación del fondo, la que era del antiguo capellán, que en paz descanse el buen hombre, aunque tenía una mala uva que para qué contarte.
—Gracias, de verdad —dijo Lucía con los ojos vidriosos, limpiándose la boca con la manga del vestido—. No sé cómo pagárselo.
—Trabajando, monada, aquí nadie come del aire —sentenció la monja, levantándose con un crujido de huesos que se oyó desde la entrada—. Mañana a las seis arriba. Hay que limpiar, hay que cocinar y hay que aguantar las batallitas de estos benditos ancianos, que tienen más peligro que una caja de bombas. Venga, a la cama, que tienes cara de haber visto a un fantasma y no quiero que me des el parto en mitad del pasillo, que el médico más cercano está a dos horas en burro.
Lucía se acostó en la cama del capellán, que tenía un colchón de lana que se hundía por el centro como una hamaca, pero después de la caminata le pareció una nube de algodón. Se tapó con una manta que pesaba más que un matrimonio a disgusto y se quedó dormida al instante, arrullada por el sonido del viento que golpeaba las ventanas desvencijadas del caserón.
Parte 2: Frijoles, reuma y un viejo que no dice ni “esta boca es mía”
El amanecer en la sierra no llega con pajaritos cantando de forma idílica; llega con el gallo de la finca vecina —que debía de tener algún problema psicológico porque empezaba a gritar a las cuatro y media— y con sor Inés aporreando la puerta de la habitación con el mango del bastón.
—¡Arriba, Juana de Arco! —gritaba la monja desde el pasillo—. ¡Que se nos pasa el arroz y los abuelos ya están reclamando el desayuno como si fueran leones en el circo!
Lucía se levantó como pudo, con una rigidez muscular que le hacía parecer un muñeco de madera de esos de feria. Le dolía hasta el pelo, pero la visión de su tripa y el pensamiento de que Raúl estaría ahora mismo maldiciendo su estampa al ver la casa vacía le dieron la energía suficiente para calzarse. A fin de cuentas, el trabajo duro no le asustaba; lo que le asustaba era el aburrimiento y el miedo que había dejado atrás.
Desde ese primer día, la rutina de la finca se convirtió en el eje de su existencia. No había tiempo para pensar en las penas, y eso, en el fondo, era una bendición. Su labor consistía en recorrer los interminables pasillos con una escoba de mijo que levantaba más polvo del que limpiaba, preparar unos ollones de frijoles que requerían la fuerza de un estibador para moverlos y, sobre todo, lidiar con la fauna local: los ancianos.
Y qué ancianos, válgame el cielo. Estaba don Pancracio, que insistía en que él había inventado la radio y que los americanos le habían robado la patente; doña Paquita, que se pasaba el día escondiendo los cubiertos porque decía que los comunistas iban a entrar a expropiarle las cucharas de postre; y un grupo de tres abuelas que se pasaban las tardes criticando el punto de cruz de las demás con una crueldad que ya quisieran los críticos de moda de París.
Pero de todos ellos, el que más llamaba la atención de Lucía era don Esteban.
Don Esteban era un hombre de ochenta y dos años que parecía esculpido en la misma roca de la sierra. Tenía el pelo blanco como la nieve, unas manos enormes y nudosas que delataban una vida de trabajo brutal en el campo, y una mirada que no estaba allí. Se pasaba las horas muertas sentado en una mecedora de mimbre junto al gran ventanal del comedor, mirando fijamente hacia los cerros áridos, como si estuviera esperando que apareciera un tren que nunca iba a llegar.
—A ese ni te molestes en hablarle, Lucía —le advirtió sor Inés el quinto día, mientras ambas pelaban patatas que parecían canicas de lo pequeñas y duras que eran—. Lleva treinta años que no dice ni “esta boca es mía”. Treinta años, que se dice pronto. Un día se sentó ahí, cerró el pico y hasta hoy. Los médicos del pueblo dijeron en su día que si un trauma, que si un ataque de alfalfa… yo qué sé. Para mí que se hartó de escuchar las tonterías del mundo y decidió que el silencio era más rentable. Tú ponle la sopa, mírale que no se babee mucho y ya está.
Sin embargo, Lucía notó algo extraño desde la primera vez que pasó a su lado con el cubo de la fregona. Don Esteban no era un vegetal. En cuanto los pasos de la muchacha resonaban en las baldosas flojas del comedor, el viejo cambiaba de postura. Sus manos, que normalmente descansaban flácidas sobre sus rodillas, se cerraban formando unos puños tan apretados que los nudillos se le ponían blancos. Y lo más inquietante: sus ojos, de un color grisáceo como el cielo antes de la tormenta, se llenaban de lágrimas que nunca llegaban a caer, siguiendo cada uno de sus movimientos con una intensidad que a Lucía le ponía los pelos de punta.
—¿Seguro que no habla, sor Inés? —preguntó Lucía una tarde, mientras observaba al anciano desde la cocina—. Es que me mira de una manera… No sé, parece que quiere decirme algo, o que me va a soltar un mamporro de un momento a otro.
—Qué va, hija, qué va. Ese está más callado que una tumba de primera clase —respondió la monja, dándole un viaje a la cazuela con una cuchara de madera—. Al principio venían a verle algunos parientes lejanos, gente que quería ver si dejaba alguna tierrecilla, pero como vieron que no soltaba prenda ni por las buenas ni por las malas, lo dejaron aquí tirado como un mueble viejo. La gente es muy mala, Lucía. Por un trozo de tierra son capaces de vender a su madre y pedir el cambio en monedas de cinco céntimos.
Los días pasaban y la tensión en el cuerpo de Lucía iba disminuyendo, sustituida por el cansancio físico del embarazo y el ajetreo diario. Ya iba por el duodécimo día de su estancia, y se sentía extrañamente integrada en aquel manicomio con olor a naftalina. Los ancianos, a su manera gamberra, la habían tomado cariño. Don Pancracio incluso le había prometido que, en cuanto cobrara las regalías de su invento de la radio, le compraría un cochecito para el niño con luces de neón y llantas de aleación.
—Tú no le hagas caso, niña —le decía doña Paquita, dándole un codazo que casi le saca un ojo—. Que ese no tiene ni para pagarse el tabaco de mascar. Tú arrímate a mí, que cuando vengan los míos a sacarme de aquí, te llevo a la capital y te coloco en una tienda de ultramarinos.
Lucía se reía. Aquella comedia diaria era el mejor antídoto contra el recuerdo de Raúl, aunque por las noches todavía se despertaba sobresaltada, pensando que escuchaba el motor de la furgoneta de su ex dando vueltas alrededor de la colina. Pero el día doce, el destino decidió que ya se había reído bastante y que tocaba cambiar de tercio.
Parte 3: El desván de los trastos viejos y el lunar de la discordia
Todo empezó por culpa de las goteras. El techo del asilo tenía más agujeros que un colador de pasta, y sor Inés, con su habitual sutileza, decidió que era el momento perfecto para que Lucía hiciera limpieza en el desván.
—Hay que subir arriba, Lucía —le dijo la monja, señalando el techo con el bastón como si fuera un general ordenando el asalto a una trinchera—. Que con las cuatro gotas que cayeron anoche aquello debe de ser un criadero de ranas. Sube, mueve los trastos viejos, pon unos cubos bajo las goteras y mira a ver si hay algo que podamos vender en el mercadillo del domingo, que necesitamos comprar manteca y el carnicero ya no me fía ni los huesos para el caldo.
El desván era el auténtico santuario del olvido. Si el piso de abajo tenía polvo, lo de arriba era arqueología pura. Había muebles carcomidos que parecían sacados de una película de vampiros, maletas viejas llenas de ropa que olía a polilla muerta, cuadros de santos con caras de pocos amigos y una cantidad industrial de telarañas que bien podrían haber servido para tejer una colcha.
Lucía avanzaba despacio, protegiéndose la tripa con una mano y apartando los bártulos con la otra. Entre un colchón de muelles deshecho y una colección de revistas religiosas de los años cincuenta, divisó algo que le llamó la atención: un arcón de madera oscura, con unos relieves tallados a mano que representaban escenas de caza. Tenía un candado de latón, pero el tiempo y la humedad habían hecho de las suyas y la madera alrededor del cierre estaba podrida, por lo que bastó un pequeño tirón para que la tapa cediera con un crujido seco.
Al abrirlo, una nube de polvo con olor a sándalo y a naftalina le dio de lleno en la cara, haciéndola estornudar tres veces seguidas.
—Jesús, María y José —tosió Lucía, abanicándose con la mano—. Aquí dentro debe de estar metida la historia entera de la comarca.
Dentro del arcón había varios rosarios con cuentas de nácar, unos cuantos misales con las tapas de piel gastada y, justo en el fondo, envuelto en un papel de seda azulado que se caía a pedazos, un vestido de novia de color amarillento. Era de un encaje fino, elegante, de esos que se hacían antes con meses de trabajo paciencia. Debajo del vestido, como si fuera el tesoro mejor guardado, había un portafotos de plata, oscurecido por la oxidación.
Lucía lo tomó con cuidado, limpiando el cristal con la manga de su vestido.
La fotografía era un retrato en tono sepia de una mujer joven. Debía de tener unos veinte años. Sonreía con una dulzura que contrastaba con la rigidez típica de las fotos antiguas. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño bajo y unos ojos grandes, almendrados, que a Lucía le resultaron extrañamente familiares. Pero lo que hizo que a la muchacha se le parara el corazón y se le congelara la sangre en las venas fue un detalle minúsculo, pero inconfundible.
Justo al lado del labio inferior, en el lado izquierdo, la mujer de la foto tenía un pequeño lunar negro con forma de media luna.
Lucía soltó el portafotos como si quemara, y este cayó sobre el vestido de novia. Con los dedos temblando, se tocó su propio rostro. Ella tenía exactamente el mismo lunar. En el mismo sitio. Con la misma forma de media luna. Un rasgo genético tan particular que en su pueblo siempre decían que era la “marca de fábrica” de su familia, aunque su padre siempre cambiaba de tema cuando ella preguntaba por su madre.
Con el corazón dándole botes en el pecho como una rana en una sartén, Lucía recogió la foto y le dio la vuelta. En la parte posterior, escrito con una tinta negra ya desvaída y una caligrafía temblorosa, casi agónica, se podía leer una frase:
«Para mi hija Dolores Ávila, esperando que Dios me perdone lo que la vida no me permitió enmendar.»
—Dolores Ávila… —susurró Lucía, y la voz se le quebró de tal manera que apenas se oyó—. Pero si Dolores Ávila… Dolores Ávila era mi madre. La que me dijeron que murió en el parto en un hospital de la capital… La que mi padre nunca quería nombrar…
El desván pareció hacerse de repente más pequeño y el aire más denso. Lucía sentía que las paredes le daban vueltas. Aquello no era una coincidencia. Su madre no había muerto en un hospital cualquiera del que nadie se acordaba; su madre tenía algo que ver con este caserón, con este asilo olvidado del que nadie quería saber nada.
Agarrando la fotografía contra su pecho como si fuera un escudo contra los fantasmas, y olvidándose por completo de los cubos para las goteras y de las órdenes de sor Inés, Lucía bajó las escaleras del desván a una velocidad que, dado su estado, rozaba la imprudencia colectiva. Casi se mata en el último tramo, pero el impulso de la verdad era más fuerte que el miedo a rodar por los suelos.
Entró en el comedor como un torbellino, justo cuando los doce ancianos estaban sentados a la mesa listos para dar cuenta de la comida. Sor Inés estaba en el centro, repartiendo los cazos de sopa con la precisión de un cirujano. El ruido de las cucharas golpeando los platos de duralex cesó de golpe cuando la puerta se abrió de par en par con un estruendo.
—¡Sor Inés! —gritó Lucía, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos como platos—. ¡Sor Inés, mire esto! ¡Tiene que decirme la verdad!
La monja se quedó con el cazo suspendido en el aire, a escasos centímetros del plato de don Pancracio, que miraba la sopa con cara de decepción por la interrupción.
—¿Pero qué pasa, muchacha? ¿Te ha picado un escorpión o es que el niño ha decidido salir ya a ver el panorama? —preguntó la religiosa, frunciendo el ceño.
Lucía llegó hasta el centro de la mesa, plantó la fotografía sepia justo al lado de la sopera de aluminio y gritó con voz desgarradora, mientras las lágrimas empezaban a correrle por las mejillas:
—¡Dolores Ávila era mi madre! ¡Murió cuando yo nací, o eso me dijeron! ¿Por qué está su foto en el desván dentro de un arcón con un vestido de novia? ¡¿Qué es este sitio, sor Inés?! ¡¿Quién era ella?!
El silencio que se apoderó del comedor fue sepulcral. Fue un silencio de esos densos, pesados, de los que se pueden cortar con un cuchillo de sierra. Las abuelas cotillas se quedaron con la boca abierta, a medio camino de meterse el pan en la boca; don Pancracio bajó la cabeza y doña Paquita soltó su cuchara, que tintineó contra el plato con un sonido lúgubre.
Y entonces, ocurrió el auténtico cataclismo.
Parte 4: El milagro de la palabra y la peor de las traiciones
En el fondo de la sala, junto al ventanal, la mecedora de mimbre dejó de moverse.
Don Esteban, el hombre de piedra, el mudo de la sierra, el que llevaba treinta años sin soltar un mísero “buenos días”, empezó a temblar. No era un temblor de frío; era un terremoto interno que parecía venirle desde los talones. Sus manos nudosas se agarraron a los brazos de la mecedora con tanta fuerza que el mimbre viejo empezó a crujir como si fuera a romperse.
Poco a poco, ante la mirada de absoluto espanto de todos los presentes —incluida sor Inés, a la que casi se le cae el cazo de las manos—, el viejo se puso en pie. Sus rodillas crujieron, su espalda se enderezó después de tres décadas de curvatura voluntaria y avanzó un paso hacia Lucía. Sus labios secos, cortados por los años y el desierto, empezaron a moverse, produciendo un sonido sordo, como el de dos piedras que se frotan en el fondo de un pozo.
—Esa… esa foto… —dijo don Esteban.
La voz sonó ronca, rota, cavernosa, como si saliera de una cueva que llevaba tapiada desde el siglo pasado. Doña Paquita se santiguó tres veces seguidas, convencida de que estaba presenciando una aparición espectral.
—¡Madre mía del Carmen! —exclamó sor Inés, soltando por fin el cazo, que cayó dentro de la sopera salpicando caldo de frijoles a tres metros a la redonda—. ¡Esteban, que estás hablando! ¡Que se ha obrado el milagro!
Pero don Esteban no miraba a la monja. Su mirada gris estaba clavada en el rostro de Lucía, específicamente en el pequeño lunar con forma de media luna que la muchacha tenía junto al labio. El viejo cayó de rodillas sobre las baldosas frías del comedor, sin importarle el dolor, y levantó las manos hacia ella, temblando como una hoja en mitad del otoño.
—Porque yo soy tu abuelo, mi niña —susurró el anciano, y dos lagrimones como puños le resbalaron por las mejillas arrugadas—. Yo soy Esteban Ávila. Y tú… tú has cometido el peor error de tu vida al venir a parar a este maldito rincón.
Lucía se quedó de piedra, congelada.
—¿Mi… mi abuelo? —alcanzó a balbucir, dando un paso atrás—. Pero si a mi padre…
—Tu padre te mintió, como mintió a todo el mundo —le interrumpió don Esteban, con la voz ganando fuerza y amargura a cada segundo—. Tu madre, mi Dolores, no murió en ningún hospital de la capital. Se escapó de este mismo caserón porque yo, por mi maldito orgullo y mi codicia de viejo estúpido, quería casarla a la fuerza con el terrateniente del pueblo de al lado para salvar las tierras de la familia. Ella no quiso. Prefirió huir con lo puesto, con el hombre al que de verdad amaba, que resultó ser un miserable que la abandonó en cuanto vio las cosas difíciles. Cuando dio a luz, me enteré de que había muerto de pena y de miseria, y desde ese día… desde ese maldito día decidí que mi lengua no merecía volver a pronunciar una sola palabra en este mundo. Me encerré en el silencio como castigo por haber destruido la vida de mi propia hija.
Los ancianos de la mesa escuchaban el relato sin pestañear. La sopa se estaba enfriando, pero a nadie le importaba un pimiento. El drama familiar que se estaba desarrollando allí mismo superaba a cualquier telenovela de la televisión.
—Pero abuelo… —dijo Lucía, acercándose despacio y arrodillándose también para quedar a su altura—. Si tú estás aquí, y este sitio es tuyo… ¿por qué dices que he cometido un error al venir? Aquí estoy a salvo. Me he escapado de Raúl. Él no sabe dónde estoy.
Don Esteban miró a su nieta con una mezcla de lástima infinita y terror puro. Le tomó las manos con rudeza cariñosa y negó con la cabeza, mientras el silencio del comedor se hacía aún más pesado, si es que eso era posible.
—Eso es lo que tú te crees, mi pobre niña —dijo el viejo, tragando saliva con dificultad—. Tú crees que has huido por tu propio pie, pero el destino tiene una uva muy mala. ¿No te has preguntado nunca por qué Raúl tenía tanto dinero de repente? ¿Por qué presumía tanto en la cantina de que iba a convertirse en el hombre más poderoso de la sierra?
Lucía frunció el ceño, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
—Él… él decía que había hecho un negocio con unos inversores de la capital… —respondió, con la voz temblorosa.
—¿Qué inversores ni qué niño muerto! —bramó don Esteban, desvelando por fin el horror que guardaba en su pecho—. Raúl no ha hecho ningún negocio. Ese malnacido descubrió quién eras tú mucho antes de que tú misma lo supieras. Supo que eras la heredera legítima de toda esta finca, de estas tierras que, aunque ahora parezcan un secarral, están encima de uno de los acuíferos más grandes de la región. El gobierno lleva años queriendo expropiarlas por una millonada.
—No entiendo… —dijo Lucía, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—Es muy sencillo, hija —intervino sor Inés, que de repente se había puesto muy pálida y se apoyaba en la mesa para no caerse—. Esta finca… el asilo de San José… arrastraba una deuda enorme de contribuciones e impuestos que nosotros no podíamos pagar. Llevamos años buscando un comprador que respetara a los ancianos, pero nadie quería este caserón viejo. Hace apenas una semana, un abogado de la capital vino con una oferta en firme. Nos pagaba las deudas y nos permitía quedarnos aquí hasta que el último de estos benditos viejos pasara a mejor vida. Yo… yo firmé los papeles antes de que tú llegaras, Lucía. Pensé que era un milagro de la Virgen de Guadalupe.
Don Esteban apretó las manos de su nieta con desesperación.
—El comprador, Lucía… el hombre que ha comprado esta propiedad utilizando un nombre falso y que ahora es el dueño absoluto de todo lo que pisamos… el hombre que tiene el poder legal para echarnos a todos a la puta calle en cuanto le dé la gana o para derrumbar este techo sobre nuestras cabezas… el hombre del que estás huyendo y que te ha estado siguiendo el rastro a través de sus abogados… es Raúl. Él sabía que vendrías aquí. Te dejó escapar para que le hicieras el trabajo sucio y le trajeras la última firma que le faltaba para quedarse con todo el pastel legal sin levantar sospechas. Nos ha comprado a todos, mi niña. Nos ha comprado para destruirnos desde dentro.
Lucía se quedó mirando la fotografía sepia de su madre, que parecía observarla desde el pasado con la misma mirada de advertencia. El silencio del comedor fue roto entonces por el sonido lejano, pero inconfundible, del motor de una furgoneta subiendo la colina por el camino de tierra, levantando el polvo de la sierra. El enemigo ya estaba en la puerta, y esta vez, venía con las escrituras en la mano.