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El aterrador secreto de la hacienda: la joven embarazada que pidió refugio y descubrió la peor traición de su propia sangre

El aterrador secreto de la hacienda: la joven embarazada que pidió refugio y descubrió la peor traición de su propia sangre

Parte 1: El camino del calvario y la maleta de cartón

El sol de justicia que caía sobre los secarrales de la sierra de Ávila no tenía compasión de nadie, y mucho menos de una mujer embarazada de seis meses que arrastraba los pies por un camino de cabras. Lucía sentía que el asfalto derretido, o lo que quedaba de él en aquella carretera olvidada de la mano de Dios, se le pegaba a las alpargatas viejas como si el mismísimo suelo quisiera retenerla allí para siempre. Llevaba puesto un vestido de percal descolorido que se le pegaba a la espalda por el sudor, y en la mano derecha, que ya tenía entumecida y llena de rozaduras, aferraba una maleta de cartón prensado que había pertenecido a su abuela. La maleta bailaba un traqueteo fúnebre a cada paso, amenazando con abrirse y desparramar sus pocas miserias por la cuneta: dos mudas mal contadas, un retal de la Virgen del Carmen y tres pesetas falsas que guardaba por puro fetiche.

Hacía ya más de quince kilómetros que había dejado atrás la finca «El rebaño sagrado», aquel infierno de hectáreas de encinas y rastrojos propiedad de Raúl. Raúl, el hombre que llegó al pueblo prometiendo el oro y el moro, con sus andares de terrateniente engominado, sus camisas almidonadas y esa labia barata que encandilaba a los viejos del casino. Lucía se había tragado el cuento completo. Pensó que salir de la miseria era tan fácil como subirse al remolque de su furgoneta. Qué pedazo de boba. El idilio duró lo que tardó en cerrarse la verja de la finca tras ella. Luego vinieron los gritos porque la sopa estaba sosa, los portazos que hacían temblar los tabiques y, finalmente, aquel bofetón seco de la semana pasada que la dejó zumbando el oído tres días. Cuando descubrió que estaba encinta, Raúl no se ablandó; al contrario, la miró como quien mira a una res que viene con tara. «Tú de aquí no te mueves, que bastantes disgustos me da ya el ganado como para que me des tú más que hablar en el pueblo», le había espetado antes de cerrarla con llave en el granero.

Pero Lucía no era de las que se doblaban por las buenas. Aprovechando que Raúl se había ido a la feria de ganado de San Antonio a emborracharse con los tratantes y que los guardeses estaban más pendientes de la timba de cartas que de la vigilancia, saltó por la ventana del pajar antes del amanecer. La caída le costó un dolor agudo en los riñones que todavía la acompañaba, pero ni miró atrás. Caminó entre las sombras, guiándose por el instinto de los animales acorralados, rezándole a cuanta virgen se le venía a la cabeza para que el viento de la sierra borrara sus huellas en el polvo.

—Vamos, hijo, aguanta un poco más —se decía a sí misma, pasándose la mano libre por la tripa, que se ponía dura por momentos—. Que como nos pille ese buey, nos entierra debajo de un pino y aquí no se entera ni la Guardia Civil.

El crepúsculo empezó a teñir el cielo de un tono morado purísima, de esos que anuncian noche cerrada y frío de mil demonios en la meseta. La silueta de las lomas se volvía amenazante y el estómago de Lucía empezó a protestar con un rugido que parecía el motor de un tractor viejo. No había comido más que un pedazo de pan duro que rapiñó de las gallinas antes de huir. Las piernas le temblaban como a un potrillo recién parido y el peso de la maleta se le hacía insoportable. Justo cuando las fuerzas amenazaban con abandonarla y la idea de tumbarse en la cuneta a esperar lo inevitable empezaba a parecerle buena idea, sus ojos divisaron una mole oscura recortada contra la última luz del día.

Era una vieja casona señorial, o lo que quedaba de ella, encaramada en lo alto de un cerro pedregoso. Tenía las paredes de adobe agrietadas por los inviernos castellanos, el tejado vencido con las tejas torcidas como los dientes de una vieja, y unas ventanas estrechas que parecían saeteras de un castillo en ruinas. Parecía un lugar abandonado, uno de tantos caserones donde solo habitaban los fantasmas y los mochuelos. Sin embargo, al entornar los ojos, Lucía vio un hilo fino de humo gris que salía perezoso de la chimenea de piedra, trayendo consigo un olor lejano, casi místico, a leña de encina y a puchero de los que resucitan a un muerto.

Con la última pizca de voluntad que le quedaba, arrastró los pies por la rampa de acceso, esquivando las zarzas que invadían el camino. Llegó ante el portón de roble americano, tachonado de clavos oxidados que debían de llevar allí desde la guerra de la Independencia. Levantó la mano, que le temblaba como una hoja, y golpeó tres veces con el aldabón de hierro con forma de mano. El eco del golpe sonó profundo, sordo, como si llamara a las puertas del mismísimo purgatorio.

Pasaron unos minutos interminables en los que solo se oía el silbido del viento entre los matorrales. Lucía apoyó la frente contra la madera fría, sintiendo que el conocimiento se le escapaba. Justo cuando iba a dejarse caer, se oyó un arrastrar de cerrojos oxidados que sonó como una maldición. La hoja del portón crujió con un lamento de bisagras sin engrasar y la luz de un candil de aceite iluminó la escena.

Al otro lado apareció Sor Inés. Si a Lucía le hubieran dicho que aquella mujer era una aparición, se lo habría creído. Era una monja menuda, más vieja que el hilo Negro, con la cara tan surcada de arrugas que parecía un mapa de carreteras comarcales. Vestía un hábito negro remendado mil veces y se apoyaba en un cayado de pastor hecho de madera de fresno que parecía sostenerla más por milagro que por física. Sus ojos, pequeños y vivos como los de un gorrión, recorrieron a Lucía de arriba abajo, deteniéndose primero en la maleta de cartón, luego en la cara desencajada por el cansancio y, finalmente, en la prominente redondez de su vientre.

—Vaya por Dios —dijo la religiosa con una voz que sonaba como el raspar de una lija contra un madero—. Otra que viene huyendo del lobo. Entra, muchacha, entra antes de que se nos cuele el frío de la sierra, que esta noche va a refrescar más de la cuenta y no tengo la leña para andar desperdiciándola.

Sor Inés no preguntó nombres, ni procedencias, ni quién era el padre de la criatura. En aquella casa el pasado parecía no tener ningún valor, o quizás es que tenían demasiado acumulado como para andar pidiendo más explicaciones. La monja se dio la vuelta con una agilidad sorprendente para sus años y guió a Lucía por un pasillo largo y umbrío que olía a cera derretida, a humedad de bodega, a café de puchero y a ese aroma inconfundible que tienen las cosas que el mundo ha decidido olvidar en un rincón.

El lugar, según descubrió Lucía mientras avanzaba agarrándose a las paredes revocadas de cal, era una especie de asilo improvisado, un refugio de mala muerte para ancianos desamparados que no tenían dónde caerse muertos. En el fondo del pasillo, una bombilla desnudita de pocos vatios iluminaba un comedor de techos altos. Sentados a una mesa de madera basta, tres o cuatro viejos miraban al infinito con los ojos nublados por las cataratas y los años, moviendo las mandíbulas despacio, como rumiando sus propios recuerdos.

Sor Inés llevó a Lucía hasta un cuartucho situado al fondo del patio interior. Era una estancia modesta, con una cama de hierro de las de antes, un jergón de lana que olía a alcanfor y una mesilla de noche con una palangana de loza desconchada.

—Túmbate ahí y no te muevas —le ordenó la monja, dejándole el candil en la mesilla—. Ahora te traigo un tazón de caldo limpio y un pedazo de queso, que tienes los ojos revueltos como las locas. Mañana ya hablaremos de lo que sabes hacer, porque aquí el que no dobla el lomo, no come. Dios perdona los pecados, pero el estómago no perdona el ayuno.

Lucía ni siquiera tuvo fuerzas para darle las gracias. Se dejó caer sobre la colcha de ganchillo, calzada y todo, sintiendo que el jergón la tragaba. El dolor de los riñones empezó a remitir bajo el influjo del calor de la manta que la monja le echó por encima antes de salir. Mientras escuchaba el sonido lejano de los pasos de Sor Inés alejándose por el corredor de baldosas, Lucía cerró los ojos y, por primera vez en muchos meses, durmió sin miedo a que una mano brutal la despertara a mitad de la noche.


Parte 2: Lentejas, silencios y puños cerrados

El amanecer en la casona no entraba con música de violines, sino con el toque de queda de Sor Inés, que golpeaba una sartén vieja con una cuchara de palo a las seis de la mañana. Lucía se levantó con el cuerpo molido, como si le hubiera pasado por encima una recua de mulas, pero el dolor del alma se le había aliviado bastante. Se lavó la cara con el agua helada de la palangana, se trenzó el pelo como pudo y salió al pasillo dispuesta a ganarse el techo y la sopa que la monja le había prometido. Aquí nadie regalaba nada, y ella lo sabía bien; en los pueblos de Castilla, la caridad siempre venía con letra pequeña y un delantal de faena.

Durante las siguientes dos semanas, la rutina se convirtió en el único bálsamo para sus nervios. Lucía se hizo cargo de las tareas que las cansadas articulaciones de Sor Inés ya no podían asumir. Se pasaba las mañanas de rodillas en los pasillos, frotando las baldosas rojas con agua de vinagre para espantar las moscas, sacudiendo el polvo de unos muebles de castaño que parecían más viejos que el propio edificio y remendando las sábanas gastadas que amenazaban con deshacerse en la lavadora de turbina. En la cocina, se convirtió en la reina de los fogones tradicionales: preparaba unos pucheros de alubias con los sacramentos contados al milímetro, unas patatas viudas que sabían a gloria gracias al laurel que cogía del patio y unas sopas de ajo que hacían revivir a los ancianos más decaídos.

Los habitantes de la casona eran un poema aparte. Estaba Telesforo, un paisano que andaba siempre con una boina calada hasta las cejas y que insistía en que Franco todavía gobernaba porque el cartero no le había traído ninguna notificación en contra. Luego estaba Doña Remedios, una señora finolis venida a menos que se pasaba el día guardándose terrones de azúcar en las mangas del jersey por si venían los rusos, según decía ella con un hilo de voz aristocrática. Todos tenían sus manías, sus goteras y sus historias enterradas bajo capas de tiempo, pero ninguno llamaba la atención de Lucía tanto como Don Esteban.

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