Si me hubieran dicho hace diez años que terminaría trabajando como ama de llaves en una de las mansiones más escandalosamente caras de la Moraleja, rodeada de ricos que huelen a dinero y a drama, me habría reído en la cara de cualquiera. Pero aquí estaba yo, Juana, una madrileña de pura cepa con más kilómetros recorridos que el metro de Madrid, observando el panorama con una bayeta en la mano y los ojos bien abiertos. Porque a los ricos se les da muy bien esconder las miserias detrás de los muros de piedra y los sistemas de seguridad de última generación, pero a mí no se me escapa una.
El dueño y señor de este transatlántico de hormigón y cristal era Alejandro Garza. Treinta y ocho años, un físico de los que hacen girar cabezas por la calle y una cuenta bancaria que marea solo de mirar los ceros. Alejandro era el rey del mamporros inmobiliarios, un mexicano que había exportado su imperio a España y que tenía media capital construida bajo su sello. En las revistas de negocios salía siempre impecable, con trajes a medida que costaban más que mi coche y esa mirada de tiburón que sabe perfectamente lo que quiere. Cualquiera diría que el tipo lo tenía todo. El mundo entero estaba a sus pies, o al menos eso dictaba el guion oficial.
Sin embargo, las paredes de esta casa sabían otra verdad. La mansión, por muy impresionante que fuera con sus obras de arte moderno y sus jardines cortados con tiralíneas, era fría como un témpano. No había alma. Entrabas y daba la sensación de estar en un museo de esos donde te da miedo carraspear por si salta la alarma. Todo estaba en su sitio, reluciente, silencioso y trágico. Hacía exactamente dos años que la tragedia había entrado por la puerta grande. Valeria, la esposa de Alejandro, una mujer que según decían era pura luz, falleció debido a una complicación terrible durante el parto. Se marchó demasiado pronto, dejando a Alejandro con el corazón hecho trizas y con una responsabilidad que le venía gigantesca: tres niños de golpe.
Mateo, Leo y Diego. Dos años recién cumplidos y un peligro público para la integridad de los jarrones de la dinastía Ming que decoraban el salón. Eran trillizos, tres gotas de agua con los mismos ojos almendrados y oscuros de su madre, pero con una energía que ríete tú de una central nuclear. Alejandro adoraba a sus hijos, de eso no había duda, pero el dolor de la pérdida lo había transformado en una especie de estatua de sal. Era un hombre físicamente presente pero mentalmente a miles de kilómetros de distancia. Intentaba compensar ese vacío emocional de la única manera que los millonarios saben hacerlo: a golpe de talonario.
La habitación de los críos parecía una sucursal de una multinacional del juguete. Había de todo. Osos de peluche del tamaño de un utilitario, pistas de trenes que cruzaban tres habitaciones y artilugios tecnológicos que ni yo sabía cómo encender. Pero los tres niños apenas sonreían. Se pasaban el día mirándolo todo con una seriedad que te partía el alma. Les faltaba el calor, el olor a tostadas por la mañana, los pantalones manchados de barro y, sobre todo, esos abrazos que no se cronometran ni se pagan a fin de mes. Las niñeras iban y venían como los trenes de Cercanías; ninguna aguantaba más de tres meses el ambiente gélido de la casa y la frialdad de un jefe que solo se comunicaba mediante correos electrónicos y notas de voz de cinco segundos.
—Juana, asegúrate de que los niños tengan los conjuntos nuevos para esta tarde —me había dicho Alejandro esa misma mañana, sin levantar la vista de su tableta mientras devoraba un café solo sin azúcar—. Viene Bárbara a cenar. Quiero que todo esté impecable.
—Descuide, señor Garza —respondí yo, aguantándome las ganas de soltarle que a los niños lo que les hacía falta era una tarde de parque y rebozarse en la arena, no unos trajes de firma que picaban solo de mirarlos—. Estarán listos y relucientes como patentes de corso.
Alejandro asintió vagamente, se ajustó la corbata de seda y salió por la puerta hacia su coche con chófer, dejando tras de sí ese aroma a colonia cara y a soledad absoluta. Yo me quedé allí, suspirando, sabiendo perfectamente que la tormenta se avecinaba. Y la tormenta, señores, se llamaba Bárbara.
Bárbara era el prototipo de lo que en Madrid llamamos una pija de manual, pero de las peligrosas. Alta, rubia de peluquería de las que cuestan un riñón mantener, vestida siempre con ropa de diseñadores que no puedes ni pronunciar y poseedora de una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo todas las mañanas durante dos horas. Llevaba unos meses saliendo con Alejandro y se había propuesto firmemente convertirse en la nueva señora de la casa. Alejandro, cegado por la desesperación de darle una estabilidad a sus hijos y presionado por ese entorno social que exige una foto de familia perfecta, había caído de cuatro patas en la trampa.
A media tarde, el coche de Bárbara aparcó en la entrada con un frenazo que casi se lleva por delante los rosales que el jardinero mimaba con esmero. Salió del vehículo como si estuviera desfilando en la pasarela de Milán, quitándose las gafas de sol de pasta gorda y clavando los tacones de aguja en el suelo de piedra.
—¡Hola, Juana! —exclamó con una voz tan dulce que daba caries—. ¿Dónde están mis angelitos? ¡Ay, cómo he extrañado a mis niños adorados!
En ese preciso instante, Alejandro asomó por el pasillo principal, habiendo regresado un poco antes del trabajo para recibirla. Fue como si se encendieran los focos de un teatro. Bárbara cambió el chip en menos de un segundo. Al ver a Alejandro, se dejó caer literalmente al suelo, de rodillas, sin importarle que su falda de seda blanca tocara la alfombra donde los trillizos jugaban con unos bloques de madera.
—¡Mis vidas! ¡Venid con mamá Bárbara! —gritó, abriendo los brazos con una teatralidad digna de un premio Goya.
Los trillizos, que de tontos no tenían un pelo, se la quedaron mirando como quien ve a un extraterrestre verde aterrizar en el salón. Mateo dio un paso atrás, Leo se metió el dedo en la boca y Diego directamente se aferró a mi pierna como si buscara un escudo humano. Pero Bárbara no se dio por vencida; agarró a Leo por los sobacos, lo levantó y le plantó un beso sonoro en la mejilla mientras miraba de reojo a Alejandro para comprobar el efecto de su actuación.
—Son unos ángeles, Alejandro, de verdad —dijo, con los ojos supuestamente humedecidos por la emoción—. Cada vez que los veo siento que nací para esto, para cuidarlos, para ser su guía. El destino nos ha unido, mi amor.
Alejandro contemplaba la escena con una mezcla de alivio y ternura que me revolvió el estómago. Se acercó a ella, le puso una mano en el hombro y sonrió por primera vez en toda la semana. Estaba completamente ciego. La desesperación por recomponer su vida rota lo convertía en la víctima perfecta para una estafadora emocional de ese calibre.
—Sé que serás la mejor madre para ellos, Bárbara —comentó Alejandro con la voz un poco quebrada—. Nadie ha mostrado este interés por ellos desde que… bueno, desde ya sabes cuándo.
—No hables de eso, cariño —le interrumpió ella con suavidad, levantándose y limpiándose las rodillas con un gesto rápido—. El pasado está atrás. Ahora somos nosotros cinco contra el mundo.
El problema de las funciones de teatro es que, tarde o temprano, el telón tiene que bajar y los actores se cansan de mantener la postura. Y en esta casa, el telón bajaba en cuanto Alejandro cruzaba la puerta de su despacho para atender una de sus eternas videoconferencias internacionales.
No pasaron ni diez minutos desde que Alejandro se encerró con llave cuando el ambiente en el salón cambió de forma drástica. Bárbara, que un segundo antes parecía la reencarnación de la Madre Teresa de Calcuta, soltó un bufido que desinfló toda su ternura de golpe. Su rostro se endureció tanto que temí que se le agrietara el maquillaje de alta gama.
—A ver, mocosos, quitados de ahí —dijo con una voz sibilante, empujando suavemente pero con firmeza a Diego, que intentaba acercarle un camión de bomberos—. No me toques con esas manos llenas de grasa, por Dios. ¿Es que nadie limpia a estos niños en esta casa?
Los trillizos se quedaron paralizados. Diego miró su camión, luego miró a Bárbara y sus pequeños labios empezaron a temblar. El contraste era tan brutal que daba vértigo. La mujer dulce y entregada había desaparecido en el aire, dejando en su lugar a una fría arpía que parecía aborrecer la simple existencia de los menores.
Bárbara sacó inmediatamente su teléfono móvil de última generación, ignorando por completo a los tres críos que se agruparon en una esquina del sofá, mirándola con una mezcla de miedo y desconfianza. Se sentó en el sillón individual, cruzó las piernas y empezó a aporrear la pantalla con sus largas uñas esculpidas, soltando tacos entre dientes porque la cobertura de la zona a veces jugaba malas pasadas.
—Juana —me llamó sin molestarse en mirarme, con ese tono de superioridad que a mí me enciende la sangre—. Lévate a estos tres al piso de arriba o al jardín o donde sea. Huelen a bebé y me están poniendo la cabeza como un bombo. Y tráeme un agua con gas y una rodaja de limón. Pero que el limón esté fresco, no de esos que llevan tres días pochos en la nevera.
Yo me quedé quieta un segundo, apretando los puños dentro de los bolsillos del delantal. Miré a los trillizos, que me miraban a mí con esos ojos almendrados implorando un poco de cordura en medio de tanta falsedad. Me tragué el orgullo, porque mi prioridad absoluta eran esos tres canijos que no tenían la culpa de tener un padre cegado y una madrastra de película de terror.
—Entendido, señorita Bárbara —dije, forzando una cortesía que me costó la vida misma—. Venga, chicos, vamos a la cocina a ver si el cocinero nos da unas galletas.
Mientras subía las escaleras con los tres niños correteando a mi alrededor, miré hacia abajo. Bárbara seguía pegada a la pantalla, sonriendo con malicia a saber qué mensaje, completamente ajena al hecho de que acababa de ganarse a su peor enemiga. Porque una cosa era engañar a un millonario desesperado, y otra muy distinta era intentar torear a Juana en su propio territorio. La guerra no había hecho más que empezar.
Parte 2: La telaraña de la alta sociedad y el arte del disimulo
Los días siguientes en la mansión fueron un auténtico ejercicio de equilibrismo mental. Bárbara se había instalado prácticamente en la casa, adoptando el papel de la futura reina del cortijo. Era fascinante y terrorífico a la vez ver cómo manejaba los hilos. Cuando Alejandro estaba presente, la casa era un festival de risas fingidas, mimos exagerados y promesas de un futuro idílico. Bárbara se compraba ropa de marcas infantiles carísimas solo para que combinara con los vestidos de los niños cuando salían a pasear por las zonas exclusivas de Madrid, asegurándose de que los fotógrafos de la prensa del corazón captaran su perfil más tierno y abnegado.
—¡Mirad qué estampa tan idílica! —decía la revista del saludo esa misma semana, con una foto a doble página de Bárbara sosteniendo a Mateo en brazos mientras Alejandro la miraba con ojos de cordero degollado.
Lo que la revista no publicaba era que, cinco minutos después de tomar la foto, Bárbara le había devuelto el niño a la niñera de turno de un empujón, quejándose de que el pequeño sudaba demasiado y le iba a estropear el abrigo de cachemira. El nivel de falsedad era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina.
Una tarde de jueves, aprovechando que Alejandro estaba en Valencia cerrando la compra de unos terrenos hoteleros, Bárbara decidió que era el momento perfecto para organizar lo que ella llamaba una “puesta a punto” del servicio. Nos convocó a todos en el gran comedor: a Manolo, el cocinero cordobés que tenía más arte que un cuadro de Murillo; a las dos chicas de la limpieza, que estaban asustadas perdidas; y a mí.
Bárbara se paseaba por la estancia con un bloc de notas digital, vestida con un chándal de terciopelo que costaba más que mi sueldo mensual, mirándonos por encima del hombro como si fuéramos figurantes de una película de bajo presupuesto.
—A ver, equipo —comenzó a decir, utilizando esa terminología empresarial rancia que tanto le gustaba—. La boda con Alejandro está al caer, y cuando yo sea la señora oficial de esta casa, las cosas van a cambiar radicalmente. No quiero ver ni una sola mota de polvo, no quiero escuchar ruidos a partir de las ocho de la tarde y, sobre todo, quiero que los niños estén perfectamente controlados. No toleraré que interrumpan mis reuniones de té o mis sesiones de pilates. ¿Ha quedado claro?
Manolo, que tenía menos paciencia que un maestro de escuela con treinta niños en junio, carraspeó con fuerza y cruzó los brazos sobre su delantal lleno de harina.
—Con todos los respetos, señorita —dijo Manolo con ese acento andaluz que no perdía ni queriendo—, los niños tienen dos años. Pídale usted a un camión que no haga ruido al arrancar, a ver si le hace caso. Los críos lloran, corren y, de vez en cuando, tiran el gazpacho al suelo. Es ley de vida, no falta de disciplina.
Bárbara clavó su mirada de hielo en el pobre cocinero, fulminándolo al instante.
—Tu trabajo es cocinar, Manolo, no darme lecciones de pedagogía —replicó ella con una voz que destilaba veneno—. Si los niños tiran el gazpacho, te aseguras de que no vuelvan a probarlo. Y si lloran, se les encierra en su cuarto de juegos hasta que se les pase el berrinche. No quiero que Alejandro se estrese cuando llegue de trabajar. Bastante tiene con mantener este tren de vida como para encima tener que aguantar lloriqueos. ¿Me habéis entendido todos?
Nadie dijo nada. Las chicas de la limpieza asintieron con la cabeza baja, deseadas de desaparecer, y yo me limité a sostenerle la mirada con una frialdad que pareció incomodarla un poco. Bárbara dio media vuelta sobre sus talones y salió del comedor haciendo chascar la lengua, dejándonos a todos con un humor de perros.
A la mañana siguiente, decidí que no podía quedarme de brazos cruzados. Tenía que intentar abrirle los ojos a Alejandro de alguna manera, aunque supiera que era una misión casi suicida. Los hombres enamorados, o mejor dicho, los hombres desesperados por no estar solos, desarrollan una ceguera selectiva que ya la quisiera para sí un murciélago en una cueva.
Aproveché el momento en que Alejandro bajó a la cocina a primera hora de la mañana para servirse un café antes de que el resto de la casa despertara. Estaba solo, con los hombros caídos y cara de no haber dormido bien en meses.
—Señor Garza —le dije con voz suave, acercándole la azucarera—. ¿Le pongo un poco de leche?
—Gracias, Juana. Solo, por favor —respondió, dándome una sonrisa cansada—. Menuda semana llevo. Los inversores británicos están de un tiquismiquis que para qué te cuento.
—Ya me imagino, señor. Mucho trabajo y poca tranquilidad. Y aquí en casa tampoco es que las cosas estén muy calmadas que digamos.
Alejandro levantó la cabeza, mirándome con curiosidad a través del vapor de su taza.
—¿A qué te refieres? ¿Pasa algo con los niños?
—No, con los niños no, Dios me libre. Los tres están como robles, aunque… bueno, los noto un poco extraños últimamente. Cambian mucho de actitud según quién esté en la habitación, si me permite la observación.
Alejandro frunció el ceño, dejando la taza sobre la encimera de granito con un golpe seco.
—Juana, habla claro. Sabes que valoro tu sinceridad. Llevas aquí desde que Valeria… en fin, eres de la familia.
—Pues mire, señor Garza, se lo voy a decir sin rodeos porque a mí las medias tintas no me van. La señorita Bárbara es una mujer encantadora cuando usted está delante, de verdad, una santa. Pero en cuanto usted cruza esa puerta grande para irse a la oficina, la santa se queda en el coche. A los niños apenas los mira, y cuando lo hace, es para quejarse de que hacen ruido o de que la ensucian. Ayer mismo me pidió que los encerrara en el cuarto de juegos porque le molestaba su presencia.
El silencio que se apoderó de la cocina fue tan denso que casi se podía escuchar el zumbido de la nevera americana. La cara de Alejandro pasó por varias fases: sorpresa, duda y, finalmente, una rigidez defensiva que me hizo darme cuenta de que había tocado un cable de alta tensión.
—Bárbara está bajo mucha presión, Juana —dijo Alejandro con un tono de voz que pretendía ser firme pero que sonaba terriblemente inseguro—. Organizar una boda, adaptarse a una casa nueva con tres niños pequeños… no es fácil para nadie. A lo mejor has malinterpretado un mal día. Ella adora a mis hijos. Me lo demuestra constantemente.
—Los días malos los tenemos todos, señor —insistí, dando un paso adelante—, pero el cariño por unos niños no se enciende y se apaga como la luz del baño. Solo le pido que observe. Que observe cuando crea que nadie le está mirando.
Alejandro suspiró, se pasó una mano por la cara y recogió su maletín de cuero.
—Agradezco tu preocupación, de verdad, Juana. Sé que lo haces por el bien de los niños. Pero Bárbara es la mujer que he elegido para rehacer nuestra vida, y necesito que todos en esta casa reméis a favor de corriente. No quiero intrigas palaciegas.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome con la palabra en la boca.
“Me quedé allí, plantada en medio de la cocina, sintiendo una mezcla de rabia y pena. El pobre hombre estaba tan metido en su propia mentira, tan necesitado de creer que todo iba a salir bien, que prefería cerrar los ojos antes de ver el precipicio que tenía delante.”
Pero el universo, que a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido, decidió echarme una mano de la forma más inesperada posible. Dos días después, Bárbara organizó una tarde de “spa en casa”. Había contratado a una masajista y a una manicurista a domicilio para que la atendieran en la suite principal. La casa estaba en relativo silencio porque los trillizos se habían quedado dormidos en su habitación tras una paliza de jugar al escondite conmigo y con Manolo.
Yo andaba por la planta de arriba con el carrito de la ropa sucia, cambiando las toallas de los baños de invitados. Al pasar por delante de la puerta entornada de la suite principal, escuché la voz de Bárbara. No era la voz dulce que usaba con Alejandro, ni la voz mandona que usaba con nosotros. Era un tono conspirativo, bajo y rápido. Estaba hablando por teléfono.
La curiosidad mató al gato, dicen, pero a las amas de llaves nos da la vida. Me pegué a la pared con el sigilo de una pantera y aguanté la respiración, aguzando el oído todo lo que mi madurez me permitía.
—Te digo que ya está casi todo atado, Fernando —decía Bárbara, soltando una risita que me dio escalofríos—. El estúpido de Alejandro se ha creído por completo el papel de madrecita del año. Si supieras el asco que me da arrodillarme en la alfombra esa llena de babas para abrazar a los tres monstruos… Pero bueno, el esfuerzo va a merecer la pena.
Me quedé helada. ¿Fernando? ¿Quién demonios era Fernando? ¿Y a qué se refería con que el esfuerzo iba a merecer la pena?
—No te preocupes por los niños, mi amor —continuó Bárbara, y la palabra “amor” resonó en mis oídos como un cañonazo—. En cuanto firmemos el acta matrimonial y tengamos la sociedad conyugal bien blindada, tengo el plan perfecto. Ya he estado hablando con la directora del internado ese de Suiza, el que está en mitad de la nada de los Alpes. Los aceptan a partir de los tres años si pagamos el suplemento de guardería. Alejandro trabaja catorce horas al día, le convenceré de que es lo mejor para su educación, que allí hablarán cuatro idiomas y que se harán unos hombres de provecho. Nos quitaremos a los tres estorbos de encima de un plumazo y tendremos la vía libre para disfrutar de la asignación mensual y de la casa de Ibiza.
La sangre me empezó a hervir a una temperatura que creo que rocé la combustión espontánea. La tía arpía no solo no quería a los niños, sino que ya estaba planeando deshacerse de ellos, mandarlos al exilio suizo a miles de kilómetros de su padre, solo para quedarse con el dinero y vivir la gran vida con un tal Fernando.
—Ay, yo también te extraño, tonto —añadió Bárbara con tono mimoso—. Pero aguanta un poco más. Quedan solo unas semanas para la boda. En cuanto sea la señora de Garza, ese infeliz va a enterarse de quién manda aquí. Venga, te dejo, que la muerta de hambre de la limpiadora debe de estar rondando por el pasillo. Te quiero.
Escuché el clic del teléfono al colgar. Di un paso atrás con el corazón desbocado, agarrando el carrito de la ropa sucia para no caer de rodillas del impacto. Tenía que digerir aquello. Tenía que pensar rápido y actuar con precisión quirúrgica. Ya no era una simple cuestión de antipatía o de malos modos; estábamos hablando de una trama en toda regla para destrozar la vida de tres niños inocentes y estafar a un hombre que, con todos sus defectos, no se merecía semejante puñalada trapera. La limpiadora muerta de hambre, como ella me llamaba, acababa de convertirse en su peor pesadilla.
Parte 3: El plan de la bayeta y la trampa perfecta
Bajar las escaleras con esa información quemándome en las manos fue una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Llegué a la cocina blanca como la pared, tanto que Manolo, que estaba picando cebolla para el sofrito de la cena, dejó caer el cuchillo y me agarró por los brazos.
—¡Juana, por la Virgen de la Macarena! ¿Qué te pasa? Parece que has visto al fantasma de la ópera paseando por el pasillo.
—Peor, Manolo, mucho peor —dije, sentándome en una banqueta y asegurándome de que las chicas del servicio no estaban cerca—. He visto a la mismísima encarnación del demonio vestida de Chanel.
Le conté todo. Palabra por palabra. El plan del internado en Suiza, el tal Fernando, la asignación de dinero, las risitas y el desprecio absoluto hacia Alejandro y los trillizos. A medida que hablaba, la cara de Manolo pasaba del asombro a una indignación tan grande que la cebolla picada quedó completamente olvidada.
—¡Será lagarta la tía! —exclamó Manolo, dando un puñetazo sobre la mesa de madera—. ¡Mandarlos a Suiza! ¡A esos tres luceros que son más buenos que el pan! Juana, esto se lo tenemos que decir a Don Alejandro esta misma noche. No podemos esperar ni un minuto más.
—No, Manolo, frena el carro —le detuve, poniéndole una mano en el brazo—. Ya hablé con Alejandro esta mañana y casi me echa a los leones. Está ciego, te lo digo yo. Si vamos ahora con este cuento, va a pensar que nos lo estamos inventando porque le tenemos manía a la pija. Bárbara es muy lista; llorará cuatro lágrimas de cocodrilo, dirá que somos unos envidiosos y Alejandro nos pondrá de patitas en la calle a los dos antes de que podamos decir “finiquito”. Necesitamos pruebas. Pruebas de las que no se puedan desmentir con un “lo has entendido mal”.
Manolo se quedó pensando, rascándose la calva con el mango del cuchillo.
—¿Y cómo conseguimos eso, Juana? No podemos ponerle un micrófono en el bolso, que eso en las películas queda muy bonito pero aquí nos meten en la cárcel por espionaje.
—Deja que yo le dé vueltas a la cabeza —respondí, mirando hacia la ventana del jardín donde los trillizos acababan de despertarse y salían de la mano con sus chaquetitas puestas—. De momento, lo primero es averiguar quién es ese Fernando. Y sé exactamente por dónde empezar.
El fin de semana transcurrió con una tensión que se podía cortar con un cortacésped. Bárbara seguía con su papel estelar. El sábado por la noche organizaron una cena íntima en la mansión con unos amigos selectos de la alta sociedad madrileña. Gente que habla enseñando mucho los dientes y que valora más la marca del coche que la educación de las personas. Yo me encargaba de coordinar el servicio del comedor, manteniendo una compostura que me costaba la salud mental.
Durante los aperitivos, mientras servía unas copas de champán de ese que cuesta tres cifras la botella, me aseguré de rondar cerca del bolso de Bárbara, un modelo exclusivo de Hermès que había dejado colocado estratégicamente sobre la consola del recibidor, casi como si fuera una pieza de museo.
Aproveché un momento en que todos los invitados pasaron al comedor entre risas y comentarios sobre el último torneo de golf en Sotogrande. Me quedé sola en el recibidor. Con el corazón latiéndome en la garganta, me acerqué al bolso. Sabía que me estaba jugando el puesto de trabajo y posiblemente una denuncia, pero la mirada de los trillizos durmiendo arriba me daba el valor que me faltaba.
Deslicé la cremallera del bolso con una delicadeza de cirujano. Dentro había de todo: barras de labios, un espejo de plata, un pañuelo de seda y… el teléfono móvil de Bárbara. Para mi desgracia, el aparato requería reconocimiento facial o código de desbloqueo. Sin embargo, la suerte estuvo de mi parte esa noche. Justo en ese instante, la pantalla se iluminó con una notificación de WhatsApp.
Remitente: Fernando G.
Mensaje: “Contando los días para que seas la señora de Garza y fluyan los fondos, mi amor. Mañana nos vemos en el sitio de siempre a las cinco. No te retrases, que tengo ganas de ti.”
No me dio tiempo a ver el código de desbloqueo, pero sí a memorizar el nombre y la foto de perfil que aparecía en la notificación: un tipo engominado, de unos cuarenta años, con gafas de sol náuticas y aspecto de no haber dado un palo al agua en su vida. Saqué rápidamente mi propio teléfono del bolsillo y le hice una foto a la pantalla del móvil de Bárbara antes de que se apagara. Ya tenía algo tangible. Tenía un nombre, un rostro y una cita para el día siguiente a las cinco de la tarde.
El domingo era mi día de libranza, pero ni por asomo iba a quedarme en casa viendo la televisión. A las cuatro y media de la tarde, me planté en la puerta de una de las cafeterías más elitistas del barrio de Salamanca, un local donde un cruasán cuesta lo mismo que un menú del día entero en mi barrio, pero que era el escondite perfecto para los de su calaña. Me puse unas gafas de sol grandes y un pañuelo en la cabeza, adoptando el clásico disfraz de detective de andar por casa, y me senté en una mesa al fondo, cerca de los baños, desde donde tenía una visión periférica excelente de todo el local.
A las cinco en punto, las campanas de la puerta sonaron. Entró Bárbara, vestida con una gabardina beige y las mismas gafas de sol de pasta gorda que usaba para esquivar a los pobres. Se dirigió directamente a una mesa del rincón más oscuro del local. Allí la esperaba él. El tipo de la foto del WhatsApp. Fernando G.
Lo que vi a continuación me confirmó que la maldad de esa mujer no tenía límites. No se dieron un beso de amigos; se fundieron en un abrazo y un beso en los labios que de platónico no tenía absolutamente nada. Se reían, se cogían de la mano por encima de la mesa y hablaban con una complicidad que denotaba que llevaban años juntos.
Me acerqué disimuladamente a la barra, que quedaba a escasos dos metros de su mesa, fingiendo que esperaba a que el camarero me trajera la cuenta de mi descafeinado. Saqué el móvil con el modo vídeo activado, apuntando por debajo del brazo. La acústica del local era buena y logré captar parte de la conversación con una claridad meridional.
—¿Y el imbécil de Alejandro no sospecha nada? —preguntaba Fernando con una sonrisa de suficiencia mientras le daba un sorbo a su gintónic.
—¿Alejandro? Por favor, Fernando, ese hombre está tan desesperado por encontrar un reemplazo para su difunta esposa que si le pongo una escoba con peluca se casa con ella —respondió Bárbara con una carcajada estridente—. Está totalmente anulado. Solo piensa en trabajar y en que los niños tengan una madre. Lo que no sabe es que la madre los va a empaquetar destino a los Alpes suizos antes de que termine el año. En cuanto tengamos la firma del matrimonio, abrimos la cuenta compartida y empezamos a desviar el capital a la sociedad que creamos en Delaware. Nos vamos a jubilar antes de los cuarenta, mi vida.
—Eres un genio, nena —dijo Fernando, brindando con ella—. Brindo por el futuro señor y la señora… del dinero de Garza.
Aquello era oro puro. Tenía un vídeo de casi tres minutos donde se explicaba con todo lujo de detalles la estafa, el adulterio y los planes maquiavélicos para con los trillizos. Guardé el teléfono en el bolso como si fuera una bomba de relojería y salí de la cafetería intentando que las piernas no me temblaran. El pescado estaba todo vendido. Ahora solo faltaba organizar la función final, y os garantizo que iba a ser una función que la alta sociedad madrileña no olvidaría en la vida.
Parte 4: El gran estreno y la limpieza general
El lunes amaneció con ese cielo gris plomizo tan típico de Madrid en otoño, pero en el interior de la mansión de la Moraleja la atmósfera era eléctrica. El gran día había llegado, aunque no de la manera que Bárbara esperaba. Alejandro había convocado una reunión familiar por la tarde en el salón principal para terminar de perfilar los detalles de la ceremonia de compromiso, que se celebraría el fin de semana siguiente. Estaban invitados los padres de Bárbara, unos señores muy estirados que miraban el suelo como si temieran contagiarse de algo, y por supuesto, Alejandro, Bárbara y los niños.
Manolo y yo llevábamos toda la mañana preparando el terreno. El cocinero cordobés estaba más nervioso que un flan, pero tenía todo listo. El plan era arriesgado, pero era la única forma de que Alejandro abriera los ojos de golpe, sin anestesia y sin posibilidad de réplica.
A las seis de la tarde, el salón lucía impresionante. Alejandro estaba sentado en el sofá central, con Mateo y Leo a los lados, intentando mantenerlos tranquilos mientras leía unos catálogos de catering. Bárbara llegó poco después, flanqueada por sus padres, radiante con un vestido de cóctel azul marino que gritaba “futura esposa perfecta” por los cuatro costados.
—¡Ay, Alejandro, qué ilusión! —exclamó Bárbara, acercándose para darle un beso casto en la mejilla—. Mis padres están encantados con el lugar que has elegido para la celebración. Todo va a salir maravilloso.
Los padres de Bárbara asintieron con condescendencia, tomando asiento en las butacas de cuero. Yo aparecí por la puerta con una bandeja de plata, sirviendo café y pastas de té que Manolo había horneado con una dedicación casi mística.
—Juana, por favor —me pidió Alejandro con tono amable—, ¿podrías encender la pantalla del televisor del salón? Quiero proyectar las fotos del espacio del banquete que me han mandado los organizadores para que todos las veamos en grande. El archivo está en el pendrive que dejé sobre la mesa.
—Por supuesto, señor Garza —respondí, con una calma que ni yo misma me creía—. Faltaría más. Ahora mismo lo pongo todo en marcha.
Me acerqué al gran televisor de ochenta pulgadas que presidía la estancia. Introduje un pendrive en el puerto lateral. Pero no era el pendrive de Alejandro. Era el mío. El que contenía el archivo de vídeo corregido, aumentado y con el sonido limpio que yo misma había preparado la noche anterior con la ayuda de mi sobrino, que es un hacha para la informática.
Me retiré hacia la esquina del salón, junto a Manolo, que acababa de asomarse discretamente por la puerta de la cocina con el trapo de la cocina en las manos y los ojos como platos.
—A ver, vamos a ver ese espacio —dijo Alejandro, cogiendo el mando a distancia para darle al play.
La pantalla gigante se encendió con un parpadeo. Pero en lugar de aparecer los jardines señoriales del hotel de lujo donde planeaban la boda, la imagen mostró el interior de una cafetería tenuemente iluminada en el barrio de Salamanca. Se veía a la perfección a una mujer rubia con gabardina beige y a un tipo engominado cogiéndose de la mano con una pasión desenfrenada.
El silencio que cayó sobre el salón fue instantáneo y absoluto. Un silencio de esos que pesan mil toneladas.
—¿Pero qué es esto? —preguntó Alejandro, frunciendo el ceño y adelantándose en el asiento—. Juana, te has equivocado de archivo. Esto no son las fotos del banquete.
Bárbara, que hasta ese momento sonreía con suficiencia, se quedó petrificada en su sitio. Toda la sangre se le retiró de la cara en un segundo, dejándola de un color blanco pastoso que ni el mejor maquillaje del mundo podía disimular. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al reconocer la pantalla del televisor.
—¡Apaga eso! ¡Apaga eso inmediatamente! —chilló Bárbara, levantándose del sofá de un salto e intentando abalanzarse hacia el televisor—. ¡Es un virus! ¡Es un montaje de la chusma del servicio! ¡Alejandro, no mires!
Pero Alejandro no se movió. Se quedó clavado en el sitio, con los ojos fijos en la pantalla gigante, donde el sonido limpio y nítido empezó a retumbar por todos los altavoces del sistema de sonido envolvente del salón.
“El estúpido de Alejandro se ha creído por completo el papel de madrecita del año… Los vamos a empaquetar destino a los Alpes suizos antes de que termine el año… Nos vamos a jubilar antes de los cuarenta con su dinero, mi vida…”
La voz de Bárbara resonaba en todo el salón con una crueldad que ponía los pelos de punta. Los padres de la interfecta se taparon la boca con las manos, incapaces de articular palabra. Alejandro se fue levantando lentamente del sofá. Su rostro ya no era el del hombre cansado y triste de todas las mañanas; era una máscara de pura rabia y absoluta lucidez. La ceguera selectiva había desaparecido por completo, destruida por la cruda realidad de la traición.
Alejandro apagó la pantalla con un botón del mando, girándose despacio para mirar a la mujer con la que planeaba casarse en unos días. El ambiente estaba tan cargado que parecía que iba a saltar una chispa en cualquier momento.
—¿Los Alpes suizos, Bárbara? —preguntó Alejandro, con una voz tan baja y peligrosa que hasta los niños se quedaron completamente quietos en su rincón—. ¿El estúpido de Alejandro? ¿Fernando?
—¡Mi amor, te lo puedo explicar! —gimió Bárbara, cayendo de rodillas al suelo, recreando de forma patética la misma escena del primer día, pero esta vez las lágrimas eran de puro terror al verse descubierta—. ¡Es un montaje! ¡Esa muerta de hambre de Juana me tiene envidia y ha trucado las imágenes con inteligencia artificial! ¡Yo te amo, Alejandro! ¡Amo a los niños! ¡Por favor, créeme!
Alejandro la miró desde arriba con un desprecio que habría congelado el mismísimo desierto del Sáhara. Se apartó de ella como si fuera un bicho infecto, evitando que le tocara los pantalones.
—Fuera de mi casa —dijo Alejandro, con una frialdad matemática—. Fuera de mi vida. Y da gracias de que no llame a la policía ahora mismo para denunciarte por intento de estafa y extorsión. Tenéis cinco minutos para desaparecer de mi propiedad, tú y tus padres. Y si vuelvo a ver tu cara a menos de un kilómetro de mis hijos, te garantizo que utilizaré todo mi dinero y todos mis abogados para hundirte en la miseria más absoluta. ¡Fuera!
Los padres de Bárbara, rojos de la vergüenza, agarraron a su hija por los brazos y la arrastraron hacia la salida mientras ella seguía histérica, soltando insultos dirigidos a mí, a Manolo y a toda mi ascendencia madrileña. La puerta principal se cerró con un golpe seco que retumbó en los cimientos de la mansión.
El silencio regresó a la casa, pero esta vez ya no era ese silencio de tumba que tanto me agobiaba. Era un silencio de limpieza, de tormenta que ya ha pasado y deja el aire puro.
Alejandro se quedó de pie en mitad del salón, con los hombros caídos, asimilando el golpe. Se volvió hacia mí y hacia Manolo, que seguíamos allí plantados con la bandeja y el trapo en la mano. Se nos quedó mirando durante unos segundos largos, eternos. Yo temí por un momento que el orgullo herido de millonario pudiera con él y nos reprochara la forma en que habíamos manejado las cosas.
Sin embargo, Alejandro hizo algo que no había hecho en los dos años que llevaba trabajando para él. Caminó hacia nosotros, nos miró a los ojos y, con una sencillez que me llegó al alma, nos tendió la mano a ambos.
—Gracias —dijo con la voz entrecortada por la emoción—. Me habéis salvado de la peor desgracia de mi vida. Habéis protegido a mis hijos cuando yo estaba demasiado ciego para hacerlo. No tengo palabras para pagaros esto.
—No hay nada que pagar, señor Garza —respondí yo, dándole un apretón de manos firme, de los que sellan pactos de verdad—. A los niños de esta casa no los toca nadie mientras Juana esté al mando de la bayeta. Lo único que le pido es que a partir de ahora pase más tiempo en el suelo jugando con ellos y menos tiempo mirando la tableta electrónica. Que el amor verdadero no se compra en las tiendas de la Moraleja, señor.
Alejandro asintió, con una lágrima rebelde rodándole por la mejilla. Se dio la vuelta, se sentó en la alfombra y por primera vez en dos años, abrió los brazos de verdad. Diego, Mateo y Leo, al ver el gesto auténtico de su padre, corrieron hacia él como tres pequeños bólidos, lanzándose encima y cubriéndolo de risas y abrazos de los que no tienen precio ni fecha de caducidad.
Desde la puerta de la cocina, Manolo y yo contemplábamos la escena con una sonrisa de oreja a oreja. La mansión Garza seguía siendo escandalosamente grande y absurdamente cara, de acuerdo, pero esa tarde, por fin, el olor a tostadas, a juego y a hogar había entrado para quedarse. Y todo gracias a que una limpiadora madrileña decidió que el servicio doméstico sirve para mucho más que para quitar el polvo.