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El Acero Era Costoso y Lento en 1957 — Hasta que Juan Celada Inventó la Esponja

 Si quieres conocer como un mexicano logró lo que Alemania, Japón, Estados Unidos y la Unión Soviética no pudieron conseguir, como transformó la forma en que el mundo produce acero y cuál fue el precio de ser un visionario adelantado a su tiempo, entonces sigue viendo este video porque los detalles de esta historia te dejarán sin respiración.

 Antes de continuar, si los inventos mexicanos que cambiaron el mundo te intrigan, comenta un innovador en los comentarios y suscríbete para descubrir más historias como esta. En el México de los años 40 y 50, la realidad industrial parecía diseñada por la naturaleza misma para castigar a los países en desarrollo. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos dejó de vender láminas de acero a México, el país quedó atrapado en una dependencia cruda de la chatarra importada, un material de calidad inferior que llegaba desde los puertos

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estadounidenses cargado de impurezas y defectos. La empresa Ojalata y Lámina localizada en Monterrey fabricando esta chatarra de baja calidad, pero los resultados eran desastrosos. Las placas de lámina salían deformadas, quebradizas, tan defectuosas que los trabajadores les decían burlonamente buñuelos, como si fueran fritos y regulares.

 La producción era lenta, ineficiente, costosa y la ganancia desaparecía entre las manos de los ejecutivos, mientras que la calidad nunca llegaba a los estándares internacionales. Luego llegó la guerra de Corea, ese conflicto lejano, pero que reverberó en las economías de todo el planeta, elevando dramáticamente los precios de la chatarra metálica a niveles prohibitivos, haciendo que los márgenes de ganancia se estrujaran hasta casi desaparecer.

 Los dueños de Ilsa comprendieron entonces que no tenían salida, debían inventar una alternativa o desaparecer del mercado. La única solución viable era crear una tecnología que pudiera transformar el mineral de hierro crudo extraído directamente de la Tierra en una forma de hierro que fuera económica de producir, de fácil manejo, libre de impurezas y apta hornos eléctricos.

 Habían intentado antes traer a un inventor extranjero, el ingeniero Madras, quien supuestamente dominaba la técnica del hierro esponja. Pero su invento fue un fracaso monumental. La lámina seguía siendo de pésima calidad y extraordinariamente cara de producir. En 1952, la empresa tomó la decisión que cambiaría todo. Contrataron a Juan Celada Salmón, un joven ingeniero mexicano que había estudiado en el Instituto Politécnico Nacional y luego completado un posgrado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

 un hombre que llevaba años en Monterrey enseñando como jefe del departamento de ingeniería eléctrica del Tecnológico de Monterrey, asesorando empresas y realizando investigaciones que lo mantenían en la vanguardia del pensamiento técnico. Juan Celada no era un inventor improvisado, era un pensador sistemático, un observador obsesionado con la precisión, alguien que creía que los problemas complejos tenían soluciones elegantes escondidas dentro de principios químicos olvidados o subestimados.

 Lo que nadie sabía en ese momento es que Celada Salmón llevaba años estudiando cada uno de esos 16 intentos fallidos de crear hierro esponja, desmenuzando cada error, comprendiendo por qué fallaban, buscando patrones en el caos. Había nacido en Hermosillo, Sonora, el 14 de febrero de 1916, hijo de un inmigrante español, Juan Celada y Pereda, y una mujer sonorense, Dolores Almón, quienes durante la Revolución Mexicana fueron obligados a buscar refugio en Torreón, donde Juan pasó su infancia.

 Desde pequeño demostró una fascinación casi obsesiva por cómo funcionaban las cosas, cómo interactuaban los materiales, como la química era la llave maestra para desbloquear soluciones que otros veían como imposibles. Cuando llegó a trabajar en Ilsa, no vino a cumplir órdenes. Vino a liderar un equipo de técnicos e investigadores con una misión clara, encontrar una forma de reducir químicamente el hierro usando agentes que fueran económicos y que estuvieran disponibles en cantidad suficiente.

 El descubrimiento revolucionario llegó en 1957. Exactamente cuando Ilsa estaba al borde del colapso financiero, cuando los márgenes de ganancia se habían estrujado hasta convertirse en un fantasma económico, Celada Salmón comprendió algo que otros inventores habían pasado por alto.

 No necesitaba crear un proceso completamente nuevo, sino perfeccionar uno que utilizara los principios químicos más simples y elementales de la naturaleza. La solución estaba en una mezcla de hidrógeno puro en monóxido de carbono, gases que podrían calentar el mineral de hierro a 800º celno tubular rotatorio.

 A esa temperatura, los gases actuarían como depredadores químicos, sustrayendo átomos de oxígeno del mineral de hierro, oxidándose a sí mismos en el proceso, transformando el hierro en su forma más pura. La ecuación química era elegante. El óxido de hierro feo se convertía primero en feo, luego en feo y finalmente en el elemento fe, hierro metálico puro, en una estructura por una esponja.

 Lo que emergía del horno era un milagro de la ingeniería, un material esponjoso, manteniéndose la misma forma y tamaño que la partícula mineral original, pero transformado en su esencia. Este hierro esponja era un regalo de la química, completamente libre de impurezas metálicas, extraordinariamente fácil de manejar y transportar, con una composición química uniforme y precisa, y más importante aún, económicamente viable en una escala que permitía a Ilsa competir globalmente.

 El proceso fue patentado como proceso HL, donde las letras representaban Ojalata y Lamina, la empresa mexicana que había financiado la investigación. En ese mismo año, mientras Estados Unidos dominaba el mundo con su poderío industrial, mientras Japón y Alemania se recuperaban de sus ruinas de guerra, mientras la Unión Soviética expandía su influencia global, un ingeniero mexicano de 41 años acababa de crear la que sería reconocida oficialmente como la principal aportación tecnológica de México a la industria siderúrgica mundial. Según el

Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República de México, la magnitud del descubrimiento se hizo evidente cuando comenzó la comercialización. El hierro esponja producido mediante el proceso HL podía ser introducido directamente en hornos eléctricos de arco, revolucionando la forma en que el acero era fabricado a nivel planetario.

 Empresas en docenas de países comenzaron a licenciar la tecnología mexicana, reconociendo que Celada Salmón había logrado lo imposible, crear un proceso que no solo era técnicamente superior a los métodos existentes, sino que era económicamente irresistible. El precio del acero cayó, la calidad mejoró exponencialmente, los márgenes de ganancia se recuperaron y el mundo comenzó a producir acero de forma más eficiente.

 Refrigeradores, lavadoras, automóviles, estructuras metálicas para edificios, barcos, puentes, infraestructuras de todo tipo, pudieron ser fabricados con una consistencia y calidad que antes era inalcanzable en los países en desarrollo. Pero la genialidad de Juan Celada Salmón no se detuvo en 1957. Durante los siguientes 60 años, el hombre que había resuelto el mayor desafío tecnológico de su era continuó innovando, patentando, publicando.

 Fue inventor y coinventor de 398 patentes en total. Publicó 48 artículos técnicos en revistas especializadas de prestigio internacional. Recibió del gobierno de México en 1979 el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de tecnología y diseño. Fue nombrado caballero de la Orden de San Gregorio, el Grande por el Estado Vaticano bajo el pontificado de Juan Pablo II.

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