Posted in

RELATO INCREÍBLE: Hijo de pastor adventista intentó refutar a los católicos… y terminó convertido

Dominé Hebreos 10 para explicar que la misa católica era una blasfemia contra el sacrificio único y suficiente de Cristo en el Calvario. Pero mi especialidad, mi arma favorita era refutar la transubstancia. Ese dogma absurdo que afirmaba que un pedazo de pan se convertía literalmente en el cuerpo de Dios, me parecía el colmo de la superstición medieval.

 Me reía con desprecio cuando explicaba a mi congregación juvenil cómo los católicos adoraban una galleta, cómo habían convertido el cristianismo puro en un ritual pagano copiado de las religiones mistéricas romanas. Tenía mis argumentos perfectamente afilados. Juan 6:63, donde Jesús dice que el espíritu es el que da vida, la carne para nada aprovecha.

 obviamente explicando que sus palabras sobre comer su carne eran espirituales, no literales. Tenía primera Corintios 11, donde Pablo habla del pan como memorial, claramente indicando que era un símbolo, no una transformación real. Y tenía la lógica básica. Cuando Jesús decía, “Yo soy la vid o yo soy la puerta”, nadie lo tomaba literalmente.

 Entonces, ¿por qué los católicos insistían en tomar literalmente esto es mi cuerpo? A los 19 años ya dirigía seminarios de apologética en varias iglesias adventistas de la región. Mi fama, como el joven que hace llorar a los católicos en los debates, se extendía por Jalisco y Estados Vecinos. Recuerdo un debate particular en una plaza pública de Zapopan.

donde enfrenté a un catequista católico frente a más de 200 personas. El pobre hombre intentaba defender la veneración de imágenes, pero yo lo demolí versículo por versículo. Cuando terminé, varias personas del público se acercaron preguntando cómo podían visitar nuestra iglesia. Mi padre estaba entre la multitud y la expresión de orgullo en su rostro valía más que cualquier aplauso.

 Esa noche cenamos en silencio, pero era un silencio de satisfacción mutua, de misión cumplida. Mi preparación no era solo intelectual, era también espiritual y emocional. Mi padre me había enseñado a ver a los católicos con una mezcla de lástima y firmeza. Son almas engañadas, Herriiberto, me decía mientras conducíamos por las calles de Guadalajara, pasando frente a las iglesias católicas con sus torres coloniales.

Sinceras, sí, pero sinceramente equivocadas. Y una persona puede estar sinceramente equivocada y sinceramente perdida. Nuestra misión es sacarlos de la oscuridad de Roma hacia la luz del evangelio puro. Y yo lo creía con cada fibra de mi ser. veía a las ancianas católicas entrando a misa de madrugada con sus velos y sus rosarios y sentía pena por ellas.

 Estaban atrapadas en un sistema religioso que las mantenía alejadas del verdadero evangelio de la gracia. El conflicto que cambiaría mi destino eterno comenzó de la manera más inesperada durante una reunión familiar en casa de mis abuelos maternos en Tlaquepaque, un domingo de julio sofocante y pesado. La casa de mis abuelos era amplia, de esas construcciones antiguas con patio central y mosaicos desgastados por décadas de pisadas familiares.

El aroma de pozole llenaba cada rincón mezclándose con el sonido de voces, risas de niños corriendo y el murmullo constante de conversaciones superpuestas. Era el tipo de reunión familiar mexicana donde tres generaciones se juntaban alrededor de una mesa larga compartiendo comida, chismes y recuerdos. Mi tía Esperanza, la oveja negra de la familia que se había casado con un católico devoto llamado Rogelio Santillán, llegó acompañada de su hijo Maximiliano, mi primo de 25 años, a quien yo no veía desde hacía casi una

década. Maximiliano había estudiado filosofía en una universidad jesuita y ahora trabajaba como profesor de ética en un colegio católico. Yo lo recordaba como un muchacho callado y tímido, siempre con la nariz enterrada en libros. Pero el hombre que entró ese día al patio de mis abuelos era diferente, alto, delgado, con lentes de marco grueso y una presencia tranquila, pero segura.

Maximiliano llevaba bajo el brazo un libro que no pude identificar desde la distancia. Durante la comida, la conversación inevitablemente derivó hacia temas religiosos. Era imposible que no sucediera en una familia donde mi padre era pastor protestante y mi tío político era un católico de misa diaria.

 Mi abuelo, intentando mantener la paz, sugería que habláramos de fútbol o del clima. Pero mi padre, con esa pasión que nunca podía contener, comenzó a hablar sobre la importancia de conocer la verdad bíblica sin las añadiduras de la tradición humana. Mi tío Rogelio respondió con calma que la tradición no era añadidura, sino complemento de la escritura.

 Y yo sentí que era mi momento de brillar. Con la arrogancia característica de mis 22 años y mi supuesto dominio bíblico absoluto, me lancé a exponer los errores del catolicismo con una seguridad aplastante. Hablé durante casi 20 minutos sin interrupción, citando versículos de memoria, explicando cómo la Iglesia Católica había corrompido el cristianismo primitivo, introduciendo doctrinas antibíblicas como la veneración de María, la intercesión de santos y especialmente la blasfemia de la transubstancia.

Usé mi analogía favorita. Si yo les muestro una fotografía de mi madre y luego le doy un beso a esa fotografía, ustedes entenderían que es un gesto simbólico de amor hacia ella. Pero si yo empiezo a hablarle a la fotografía, a pedirle favores, aprenderle velas, ustedes me internarían en un psiquiátrico.

 Eso es exactamente lo que hacen los católicos con sus santos e imágenes. Algunos familiares rieron incómodamente. Mi padre sonrió con aprobación. Pero Maximiliano, mi primo, escuchaba en silencio, comiendo tranquilamente su pozole con una sonrisa enigmática que me irritaba profundamente. Cuando terminé mi brillante exposición sobre la idolatría mariana, esperando su rendición intelectual o al menos una discusión acalorada, Maximiliano simplemente dejó su cuchara en el plato, se limpió la boca con una servilleta, me miró directo a los ojos con una

serenidad desconcertante y me dijo con voz pausada, “Eriberto, hablas mucho de la Biblia, pero noto que citas solo las traducciones protestantes que convienen a tu argumento. ¿Has leído alguna vez los textos en griego original? ¿Has estudiado el contexto histórico de los primeros tres siglos del cristianismo? ¿Conoces lo que enseñaban los discípulos directos de los apóstoles sobre la Eucaristía? Su pregunta me golpeó como un puñetazo inesperado en el estómago, pero mi orgullo era más grande que mi honestidad intelectual. El silencio en la mesa se

volvió denso, incómodo. Mi abuela dejó de servir agua de horchata. Mis primos pequeños dejaron de correr. Todos esperaban mi respuesta. No necesito leer griego para entender la palabra de Dios, respondí con desprecio, sintiendo mi rostro enrojecer. El Espíritu Santo ilumina a cualquier creyente sincero y además los padres de la Iglesia ya estaban corrompidos por las herejías romanas desde el siglo segundas.

 Era mi defensa clásica, la misma que usaba cuando algún católico me confrontaba con evidencia histórica que no me convenía. Pero esta vez sentía que sonaba hueca, vacía. Maximiliano sonrió con una mezcla de lástima y desafío que encendió mi furia. se quitó los lentes, los limpió con calma, deliberada, se los volvió a poner y dijo, “Está bien, primo.

Read More