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Lo llamaron leyenda frente a las cámaras, pero en los pasillos ya habían decidido sacarlo sin darle la despedida que merecía.

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II.

—Le está quitando el lugar a alguien más joven —escuchó decir a alguien en el vestidor.

Hugo no dijo nada, pero cada palabra era un cuchillo.

En el primer partido de la temporada estuvo en la banca. Por primera vez en años no estaba en la alineación titular. Se sentó, vio correr a los jóvenes, vio al estadio aplaudirlos y se sintió invisible.

En el minuto 70, el entrenador lo miró.

—Hugo, calienta.

Hugo se levantó, corrió por la banda. La gente lo vio. Algunos aplaudieron, otros ni siquiera levantaron la mirada.

Entró al campo durante 20 minutos para demostrar que seguía siendo Hugo Sánchez. Tocó el balón y lo perdió. Un defensa joven se lo quitó con facilidad. Corrió, pero sus piernas no respondieron como antes. Pidió el balón, pero nadie se lo pasó.

El partido terminó 0-0. Hugo no había hecho nada.

En el vestidor nadie le habló. Los jóvenes reían entre ellos. Los veteranos lo miraban con lástima. Hugo se bañó, se vistió y se fue.

Esa noche, en casa, se sentó frente al televisor. Pasaron las repeticiones del partido. El comentarista dijo:

—Hugo Sánchez parece una sombra de lo que fue.

Hugo apagó el televisor y, por primera vez en su vida, pensó en retirarse.

Pero entonces llegó aquella reunión, la reunión que Hugo jamás olvidaría.

Una semana después, Mendoza lo llamó de nuevo.

—Hugo, ven a mi oficina.

Hugo fue. Esta vez sabía lo que venía.

Mendoza fue directo.

—Tenemos una oferta de México. El América quiere ficharte.

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