El Gastro-Espacio Canalla del barrio de Malasaña estaba iluminado por unas bombillas de filamento que daban menos luz que una vela en un sótano.
Las paredes eran de ladrillo visto, de ese que parece que se va a desconchar sobre la mesa en cualquier momento.
El ambiente olía a una mezcla densa de trufa sintética, madera quemada con soplete y el perfume caro de los clientes de las mesas colindantes.
Javi miraba fijamente el centro de la mesa de madera rústica, que tenía más nudos e imperfecciones que la rodilla de un cabrero.
Llevaba esperando cuarenta y cinco minutos reales de reloj desde que pidieron los entrantes al camarero del bigote encerado.
Sus tripas emitían un rugido sordo, rítmico, que competía directamente con la música de jazz electrónico que sonaba por los altavoces del techo.
El camarero apareció por fin entre la penumbra, sosteniendo un plato de pizarra negra con la solemnidad de quien transporta el Santo Grial.
Sobre la superficie de la piedra destacaba una ración de huevos rotos con jamón ibérico y una espuma extraña que parecía lavavajillas.
La yema de los huevos brillaba bajo el único hilo de luz que caía de una lámpara industrial suspendida por una cadena de hierro.
Javi sintió que se le hacía la boca agua de forma instantánea, acumulando saliva como un perro de caza ante la pieza de la temporada.
Agarró el tenedor de acero inoxidable con el puño cerrado, dispuesto a perpetrar el primer pinchazo de la noche en el centro de la yema.
Su mano inició el descenso hacia el objetivo gastronómico con la velocidad de un meteorito cruzando la atmósfera de la Tierra.
Justo cuando las puntas del tenedor estaban a tres milímetros de romper la superficie dorada del huevo, una mano rápida interceptó su trayectoria.
Marta le propinó un manotazo seco en la muñeca, haciendo que el cubierto saliera despedido contra la servilleta de lino rústico.
El sonido metálico del tenedor al chocar contra la madera sonó como una declaración de guerra en mitad de la cena del sábado.
—¡No toques el plato todavía, Javi! —exclamó Marta en un susurro histérico que llamó la atención de la mesa de los de al lado.
—Tengo que hacer la foto para Instagram ahora mismo, que ahora entra la luz de perfil por el ventanal de la calle.
Javi se quedó con la mano suspendida en el aire, con los dedos todavía en posición de pinza y una cara de absoluto desconcierto.
Miró a su mujer como si acabara de ver a un alienígena saliendo de la cocina del restaurante con un delantal de cuero.
—Marta, por lo que más quieras en este mundo, tengo el estómago pegado al espinazo desde las dos de la tarde —protestó él, recuperando el cubierto.
—La comida se va a quedar fría por culpa de tus redes de las narices, de verdad te lo digo con el corazón en la mano.
—Deja de vivir de una santa vez para el postureo digital y déjame cenar en paz, que esto parece un castigo del tribunal de la Inquisición.
Marta ya se había levantado de su silla de hierro forjado, ignorando por completo el lamento estomacal de su legítimo esposo.
Se sacó el teléfono móvil del bolsillo trasero del pantalón vaquero con un movimiento fluido, digno de un pistolero del lejano oeste.
Abrió la aplicación de la cámara, entornando los ojos mientras buscaba el encuadre perfecto a través de la pantalla táctil de última generación.
—Es un sitio precioso, Javi, y el emplatado tiene un diseño conceptual que merece ser compartido con mis seguidores —se justificó ella.
—No tardo ni diez segundos en hacer un par de capturas limpias, no seas tan rancio ni tan agonías con la comida.
—La comunidad gastronómica de mi perfil lleva pidiendo recomendaciones de este barrio desde que empezó el fin de semana.
Javi apoyó los codos en la mesa, sujetándose la barbilla con las dos manos mientras contemplaba el espectáculo con una resignación bíblica.
Miró el huevo roto, que empezaba a perder ese brillo inicial debido al aire acondicionado que soplaba directamente sobre la pizarra negra.
La espuma de trufa sintética comenzaba a desinflarse lentamente, transformándose en una pátina líquida y grisácea bastante sospechosa.
Marta estiró los brazos por encima del plato, arqueando la espalda en una postura contorsionista que rozaba el peligro de lesión lumbar.
El teléfono móvil quedó suspendido exactamente a veinte centímetros de los huevos rotos, bloqueando la poca luz que bajaba del techo.
—Te estás haciendo sombra tú sola con el cuerpo, Marta, eso va a salir más oscuro que el sobaco de un minero —comentó Javi con maldad.
—Cállate, Javi, que me pones nerviosa y se me mueve el pulso con el estabilizador digital de la cámara —le mandó callar ella sin mirarlo.
Parte 2: La física del ángulo zenital
El contorsionismo de Marta en mitad del Gastro-Espacio Canalla estaba alcanzando niveles dignos del Circo del Sol en su época dorada.
Se había subido a la puntera de sus botines de plataforma, apoyando ligeramente el muslo contra el borde de la mesa de madera rústica.
La mesa tembló un milímetro, haciendo que el aceite de los huevos rotos se desplazara hacia el lado izquierdo de la pizarra negra.
Javi contuvo la respiración, temiendo que la piedra saliera despedida hacia el suelo y acabaran cenando un tique de la cuenta corriente.
—Necesito un ángulo zenital puro, Javi, ponte un poco de lado que se ve el reflejo de tu frente calva en el Jamón —ordenó Marta de malas formas.
—¿Mi frente calva? —se indignó él, pasándose la mano por el cuero cabelludo con el orgullo profundamente herido.
—Lo que se ve en el jamón es la grasa pura del cerdo, Marta, que brilla porque es de buena calidad, o al menos eso ponía en el menú de la entrada.
—Da igual, quita la cabeza del plano que me rompes la armonía minimalista de la composición geométrica —insistió ella, ajena al drama capilar.
Marta se estiró un poco más, arqueando los brazos de tal manera que el teléfono móvil quedó a un milímetro de rozar la espuma de trufa.
Un cliente de la mesa de enfrente, un chaval con gafas de pasta y una camisa estampada de palmeras, la miraba con absoluta aprobación social.
En ese submundo del postureo madrileño, el contorsionismo pre-ingesta se consideraba un rito de paso obligatorio antes de masticar cualquier caloría.
Javi miró el reloj que de la pared del restaurante, un aparato de estación de tren antiguo que parecía contar los segundos de su paciencia.
Habían pasado tres minutos completos desde que el plato tocó la mesa, lo que en la física de la hostelería equivalía a una bajada de cinco grados de temperatura.
El jamón ibérico, que debería estar sudando de forma melosa, empezaba a tomar un aspecto rígido, similar al plástico de un envoltorio olvidado.
—Esto ya no son diez segundos, Marta, esto es un reportaje fotográfico para la revista Hola —protestó Javi, cruzando los brazos sobre el estómago vacío.
—La yema de los huevos se está cuajando por momentos con el frío que hace aquí dentro, que parece que estamos en Burgos en mitad de enero.
—No seas exagerado, que la cámara capta la textura perfectamente y la aplicación le da un extra de calidez automática con el filtro de luz natural —replicó ella.
Marta cambió de estrategia, bajando del plano zenital para colocarse de rodillas en la silla de hierro forjado, buscando una perspectiva de tres cuartos.
El crujido del metal de la silla sonó con una estridencia que obligó al camarero del bigote encerado a girar la cabeza con desaprobación profesional.
—Vas a romper la silla, vas a tirar el vaso de vino de la casa y nos van a echar de este sitio con las manos vacías, te lo advierto —vaticinó Javi.
—Si nos echan, nos vamos al bar de abajo a comernos un bocadillo de calamares de los de toda la vida, de los que no necesitan filtros ni tonterías de diseño.
—¡Qué ordinario eres, Javi, de verdad que no tienes sensibilidad estética ni respeto por el trabajo de los creadores de contenido gastronómico! —le reprochó ella.
Marta contuvo el aliento, disparando una ráfaga de siete fotos consecutivas con el sonido del obturador virtual desactivado para no dar el cante total.
La luz del filamento de la bombilla iluminó la escena justo en el último disparo, dándole un tono anaranjado que a ella le pareció pura poesía visual.
Parte 3: La degradación térmica de la yema
Marta bajó de la silla con la parsimonia de una modelo de pasarela que acaba de terminar su desfile benéfico en el Círculo de Bellas Artes.
Se sentó de nuevo en su sitio, pero no soltó el teléfono móvil, sino que empezó a pasar las imágenes con el dedo pulgar a una velocidad endiablada.
Tenía las cejas juntas, analizando cada píxel de los huevos rotos como si estuviera buscando un error de bulto en una auditoría fiscal del Estado.
Javi aprovechó el segundo de distracción para abalanzarse sobre el plato con el tenedor recuperado en posición de ataque de infantería ligera.
Pinchó la primera patata, la que estaba en la esquina de la pizarra, esperando encontrar ese crujido tierno de la fritura recién hecha en sartén de hierro.
Para su desgracia, la patata ofreció una resistencia correosa, similar a la de una goma de borrar olvidada en un estuche de colegio de primaria.
Al morderla, un frío industrial se extendió por su paladar, confirmando sus peores temores sobre la degradación térmica del menú degustación.
—Está helada, Marta, está más fría que la rodilla de una mofeta en pleno invierno siberiano —se quejó él, haciendo una mueca de absoluto asco.
—El jamón parece cartón piedra de los decorados de las fiestas del barrio, y la espuma esa se ha quedado reducida a un escupitajo de grillo.
—Has matado el plato, Marta, lo has ejecutado a sangre fría con tu pantalla táctil de última generación y tus ansias de validación digital.
Marta no levantó la vista de la pantalla, aplicando un filtro llamado “Amanecer en la Toscana” que le daba a los huevos rotos un color radiactivo.
—No seas tan melodramático, Javi, que la comida está perfectamente comestible y lo único que pasa es que eres un impaciente de la vida —respondió ella.
—Mira qué maravilla de composición ha quedado con el contraste del verde del perejil seco y el negro de la pizarra rústica del restaurante.
—Esta foto va a superar los doscientos “me gusta” antes de que nos traigan la cuenta de los postres, ya lo verás en la pantalla del móvil.
—¿Y a mí qué coño me importan los “me gusta” de doscientos tontos que están metidos en su casa cenando un sándwich de mortadela de oferta? —estalló Javi.
—Yo he pagado veintidós euros por una ración de huevos rotos calientes, Marta, no por un bodegón de naturaleza muerta para tu galería digital.
—La comida real se inventó para ser masticada a la temperatura de la cocina, no para ser expuesta en un escaparate de vanidades virtuales de internet.
El camarero del bigote encerado reapareció entre la penumbra, sosteniendo el segundo plato de la noche: un tataki de atún con costra de sésamo y reducción de soja.
Dejó el plato al lado de la pizarra de los huevos caídos, mirando de reojo el fajo de patatas correosas que Javi intentaba tragar con dificultad heroica.
—¿Todo a su gusto, señores, o prefieren que les caliente los huevos en el microondas de la cocina del personal? —preguntó el camarero con un deje de ironía.
Javi abrió la boca para aceptar la oferta del microondas con los ojos brillando de esperanza, pero Marta volvió a pisarle el terreno de juego de inmediato.
—Está todo perfecto, gracias, la textura en frío potencia los matices orgánicos del jamón ibérico de bellota —mintió ella con una sonrisa de catálogo pijo.
El camarero asintió con una reverencia que pareció un insulto sutil y desapareció de nuevo entre las sombras del Gastro-Espacio Canalla de Malasaña.
Parte 4: El veredicto de la mesa fría
Marta guardó el teléfono móvil en el bolsillo trasero por primera vez en toda la noche, dando por terminada la sesión fotográfica de la primera tanda de platos.
Cogió su tenedor con una delicadeza extrema, pinchando un trozo de tataki de atún que ya se había impregnado del aceite frío de la pizarra vecina.
Se lo metió en la boca, masticando con una lentitud estudiada que pretendía demostrar una superioridad gastronómica que nadie en Alcorcón se creería.
Javi la miraba fijamente, esperando ver la más mínima señal de arrepentimiento o de frío en sus papilas gustativas colonizadas por la modernidad.
Sin embargo, Marta mantuvo la cara de póker intacta, tragando el atún frío como si fuera un manjar recién salido de los fogones de un chef con estrella Michelin.
—Está espectacular, Javi, la costra de sésamo tiene un crujido orgánico que combina de cine con la acidez de la reducción de soja del fondo —aseguró ella.
—Deberías probarlo antes de que te pongas a protestar otra vez por el tema del temporizador de la cocina o las leyes de la física doméstica.
Javi pinchó un pedazo de atún con desgana, comprobando que la costra de sésamo estaba más blanda que una galleta María metida en un vaso de leche caliente.
El sabor a soja industrial tapaba cualquier atisbo de frescura marina, convirtiendo el plato de diseño en una experiencia bastante mediocre para su paladar obrero.
Dejó el cubierto sobre la mesa de madera nudosas, dando un trago largo al vino de la casa que estaba demasiado caliente para las fechas en las que estaban.
—Nos estamos engañando a nosotros mismos, Marta, y lo sabes perfectamente aunque no lo vayas a admitir delante de tus seguidores de internet —dijo él en voz baja.
—Venimos a estos sitios pijos porque salen guapos en la pantalla del teléfono, pero la comida es un desastre y pagamos el triple de lo que cuesta un menú del día.
—El sábado que viene nos quedamos en casa, hago unas croquetas de cocido de las de mi madre y te dejo que les hagas cincuenta fotos con el flash puesto si te hace ilusión.
—Pero nos las comeremos quemando, Marta, saliendo el humo del plato de duralex, como Dios manda y como ha hecho la gente de bien desde que se inventó el fuego.
Marta esbozó una sonrisa diminuta, una tregua visual que demostraba que en el fondo de su alma de micro-influencer también habitaba la nostalgia de la fritura caliente.
La gran incógnita seguía flotando sobre la pizarra negra de los huevos rotos, una pregunta existencial que traspasaba las paredes de aquel restaurante de moda.
Cuando el ritual de la imagen digital se interpone entre el cocinero y el comensal, transformando el acto de nutrirse en un espectáculo visual para extraños.
¿Hacer fotos a los platos de comida antes de hincarles el diente es una costumbre normal de los tiempos modernos o constituye una falta de educación flagrante en la mesa?