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El secuestro del tenedor

Parte 1: El secuestro del tenedor

El Gastro-Espacio Canalla del barrio de Malasaña estaba iluminado por unas bombillas de filamento que daban menos luz que una vela en un sótano.

Las paredes eran de ladrillo visto, de ese que parece que se va a desconchar sobre la mesa en cualquier momento.

El ambiente olía a una mezcla densa de trufa sintética, madera quemada con soplete y el perfume caro de los clientes de las mesas colindantes.

Javi miraba fijamente el centro de la mesa de madera rústica, que tenía más nudos e imperfecciones que la rodilla de un cabrero.

Llevaba esperando cuarenta y cinco minutos reales de reloj desde que pidieron los entrantes al camarero del bigote encerado.

Sus tripas emitían un rugido sordo, rítmico, que competía directamente con la música de jazz electrónico que sonaba por los altavoces del techo.

El camarero apareció por fin entre la penumbra, sosteniendo un plato de pizarra negra con la solemnidad de quien transporta el Santo Grial.

Sobre la superficie de la piedra destacaba una ración de huevos rotos con jamón ibérico y una espuma extraña que parecía lavavajillas.

La yema de los huevos brillaba bajo el único hilo de luz que caía de una lámpara industrial suspendida por una cadena de hierro.

Javi sintió que se le hacía la boca agua de forma instantánea, acumulando saliva como un perro de caza ante la pieza de la temporada.

Agarró el tenedor de acero inoxidable con el puño cerrado, dispuesto a perpetrar el primer pinchazo de la noche en el centro de la yema.

Su mano inició el descenso hacia el objetivo gastronómico con la velocidad de un meteorito cruzando la atmósfera de la Tierra.

Justo cuando las puntas del tenedor estaban a tres milímetros de romper la superficie dorada del huevo, una mano rápida interceptó su trayectoria.

Marta le propinó un manotazo seco en la muñeca, haciendo que el cubierto saliera despedido contra la servilleta de lino rústico.

El sonido metálico del tenedor al chocar contra la madera sonó como una declaración de guerra en mitad de la cena del sábado.

—¡No toques el plato todavía, Javi! —exclamó Marta en un susurro histérico que llamó la atención de la mesa de los de al lado.

—Tengo que hacer la foto para Instagram ahora mismo, que ahora entra la luz de perfil por el ventanal de la calle.

Javi se quedó con la mano suspendida en el aire, con los dedos todavía en posición de pinza y una cara de absoluto desconcierto.

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