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El bloqueo de la entrada

Parte 1: El bloqueo de la entrada

El vestíbulo de la casa parecía la zona de carga y descarga de un polígono industrial de las afueras de Madrid.

Nacho entró empujando la puerta con el hombro, cargado con dos bolsas del supermercado que ya le estaban cortando la circulación de los dedos de la mano derecha.

Su intención era llegar directo a la cocina para soltar los briks de leche desnatada antes de que se le rompiera el plástico de las asas.

Sin embargo, su pie derecho tropezó con una superficie de cartón rígido que no debería estar allí.

El impacto provocó un crujido seco y un tambaleo digno de un funambulista de circo de tercera categoría.

Nacho soltó una maldición entre dientes mientras lograba mantener el equilibrio milagrosamente.

Miró hacia abajo con los ojos encendidos por el cansancio acumulado de toda la jornada laboral.

Allí estaban, alineadas como un batallón de infantería ligera, tres cajas de cartón con la famosa sonrisa negra impresa en el lateral.

La más grande bloqueaba por completo el acceso al paragüero de forja heredado de su tía abuela.

La mediana servía de soporte para la pequeña, formando una pirámide de la logística moderna en mitad del pasillo estrecho.

Nacho dejó las bolsas de la compra en el suelo con una parsimonia que anticipaba una tormenta de proporciones bíblicas.

Se enderezó lentamente, pasándose la mano por la nuca y frotándose los ojos con los dedos entumecidos.

El olor a cartón recién salido del camión de reparto inundaba el recibidor, compitiendo con el aroma a ambientador de lavanda que nunca lograba su objetivo.

—¡Laura! —gritó Nacho, con un tono de voz que hizo vibrar los cristales del cuadro de la comunión de su hermana.

No hubo respuesta inmediata, solo el eco sordo de unos pasos rápidos que se aproximaban desde el fondo del pasillo.

Laura asomó la cabeza por el marco de la puerta del salón, sosteniendo el teléfono móvil en la mano derecha con el dedo pulgar aún pegado a la pantalla.

Su rostro reflejaba una mezcla perfecta entre la culpabilidad del pillado in fraganti y la dignidad defensiva de quien ya tiene preparado el contraataque.

—No grites de esa manera, Nacho, que parece que se ha prendido fuego al edificio entero —replicó ella, dando un paso hacia el vestíbulo.

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