El pasillo del piso de Carabanchel olía a una mezcla indescifrable de lisoformo y coliflor recalentada.
La bombilla de bajo consumo del recibidor parpadeaba con un zumbido sordo que recordaba al de un fluorescente de hospital de provincias.
Javi se miraba en el espejo del mueble de la entrada, un trasto de melamina con cantos despegados que guardaba las facturas del gas de los últimos tres años.
Llevaba quince minutos intentando domar un mechón de pelo rebelde con un resto de gomina caducada que había encontrado al fondo del armario del baño.
Se ajustó los puños de la cazadora de cuero, una prenda que crujía con cada movimiento como si fuera la tapicería de un taxi viejo.
Bea apareció en el marco de la puerta de la cocina, sosteniendo un paño de cocina de cuadros escoceses entre las manos húmedas.
Su mirada no era de enfado inmediato, sino de esa paciencia geológica que tienen las madres cuando ven a su hijo hacer una gilipollez previsible.
Tenía un ojo puesto en Javi y el otro en el reflejo del salón, donde la televisión emitía el enésimo anuncio de apuestas deportivas.
—¿Te vas a echar más colonia o pretendes desmayar a los del bar por saturación química? —preguntó Bea, cruzando los brazos sobre el pecho.
Javi dio un salto imperceptible, como si lo hubieran pillado robando en un supermercado de barrio.
Dejó el bote de Brummel sobre la superficie de cristal del mueble, intentando que el cristal no delatara el temblor de sus dedos.
—Es solo un toque, mujer, que el cuero este de los cojones huele a cerrado del trastero —se justificó él, buscando las llaves en los bolsillos.
—Huele a cerrado y a desesperación por aparentar diez años menos de los que pone en tu carné de identidad —replicó ella, sin moverse un milímetro.
Javi encontró por fin el llavero del Atlético de Madrid, que tintineó con un sonido metálico y definitivo en mitad del recibidor.
Se calzó las zapatillas blancas, esas que solo usaba para los días de guardar y para las timbas de cartas en el bar del polígono.
—Vas de cañas con los del fútbol y sé perfectamente que vuelves a las tres de la madrugada borracho —soltó Bea, afinando la puntería.
La frase flotó en el aire del pasillo, pesada como un colchón de lana húmeda en pleno mes de noviembre.
—Pareces soltero, Javi, de verdad te lo digo —añadió ella, rematando la jugada antes de que él pudiera abrir la boca.
Javi resopló, un soplido largo que levantó el flequillo engominado y desmoronó la poca dignidad estética que le quedaba.
Se apoyó en la pared para acabar de subirse el talón de la zapatilla izquierda, perdiendo el equilibrio por un segundo.
—Ya estamos con el discurso de la oposición antes de que haya cruzado el umbral de la puerta —protestó él, con tono de fatiga crónica.
—Que no voy a Las Vegas, Bea, que voy al bar de Manolo a ver el partido del sábado con los cuatro tontos de siempre.
—Al bar de Manolo se va a ver el partido, Javi, no a fundar una peña universitaria con derecho a barra libre hasta el amanecer —argumentó ella.
—Es mi única válvula de escape de la semana, coño, que parece que estoy pidiendo permiso para irme de misiones a la selva —exclamó él, abriendo los brazos.
—Por salir un sábado a tomarme tres tercios de Mahou con los chavales no se va a hundir el mundo, pesada.
Bea dio un paso adelante, abandonando la seguridad del marco de la cocina para entrar de lleno en el territorio del recibidor.
El paño de cocina seguía arrugado en su mano derecha, como el pañuelo de un juez de línea a punto de pitar un fuera de juego clamoroso.
—El problema es que para ti todos los findes son iguales y aquí te espera una familia que también tiene ojos y cara —le espetó ella.
—Tu familia no es un decorado de los Sims que se queda en pausa mientras tú te dedicas a arreglar el país con una copa de garrafón en la mano.
Javi se quedó con la mano puesta en el pomo de la puerta de la calle, una posición incómoda que le obligaba a girar el cuello de mala manera.
El frío del metal de la cerradura le subió por la palma de la mano, recordándole que fuera hacía una noche de perros madrileña.
—Los niños están durmiendo, Bea, no les voy a traumatizar por no estar aquí para ver cómo se toman el vaso de leche —argumentó él en voz baja.
—Los niños tienen siete y nueve años, Javi, y ya empiezan a preguntar por qué papá siempre viene del fútbol oliendo a tabaco ajeno y a alitas de pollo fritas.
—Oliendo a alitas dice… si hoy toca ración de oreja a la plancha, que lo ha dicho Paco por el grupo de WhatsApp —comentó él, despistándose del tema principal.
Bea levantó la mirada al techo del recibidor, buscando una paciencia divina que el Ayuntamiento de Madrid no parecía subvencionar este año.
La comicidad de la situación era una constante en sus discusiones de sábado por la tarde, un guion tan ensayado que ya no necesitaba apuntador.
Parte 2: El bucle de las excusas
Javi soltó el pomo de la puerta con un suspiro de resignación que sonó a neumático pinchado en mitad de la autovía.
Se volvió de frente a su mujer, dándose cuenta de que la retirada honrosa ya no era una opción en los planes de la noche.
—Vamos a ver, Bea, que trabajamos los dos como mulas de carga de lunes a viernes en esa oficina de suministros industriales —empezó él, buscando la empatía laboral.
—Que aguantar al jefe de zona con sus gráficos de rendimiento y sus broncas por los retrasos del distribuidor de Toledo es para volverse loco.
—Si no me tomo dos cervezas el sábado con gente que tiene el mismo nivel intelectual que un botijo, acabo en el psiquiátrico de la Seguridad Social.
Bea se apoyó en el mueble de la entrada, justo al lado del bote de Brummel que todavía desprendía ese aroma a barbería de los años setenta.
—A mí no me hables del jefe de zona, Javi, que yo aguanto las llamadas de los clientes cabreados de la delegación de Galicia mientras tú estás en el almacén jugando con el toro mecánico —le recordó ella.
—Y cuando llego el viernes por la tarde lo único que me pide el cuerpo es meter los pies en un balde de agua tibia y no ver a un ser humano hasta el lunes.
—Pero no puedo, porque hay que ir al Mercadona a comprar el detergente de oferta y los filetes de lomo que se come tu hijo como si fuera una lima nueva.
Javi se rascó la oreja izquierda, un gesto inconsciente que delataba que se estaba quedando sin argumentos sólidos en la recámara.
—Yo voy al Mercadona los sábados por la mañana sin rechistar, Bea, que me recorro el pasillo de los congelados como si fuera el pasillo de mi casa —protestó él.
—Vas al Mercadona con una lista que parece el testamento de un rey godo y aun así consigues volver con tres cosas que no hacían falta y olvidarte del papel higiénico.
—¡El papel higiénico estaba agotado el sábado pasado, de verdad te lo digo, que había un desabastecimiento periférico en todo el barrio! —gritó él de forma exagerada.
—No había desabastecimiento, Javi, lo que pasa es que te quedaste mirando la oferta de las herramientas de bricolaje que ponen en la entrada y se te fue el santo al cielo.
La tensión cómica crecía por momentos, alimentada por los detalles absurdos de una convivencia que se medía en tiques de compra y facturas de taller.
Fuera, en el descansillo de la escalera, se oyó el portazo del vecino del tercero, un chaval soltero que salía de fiesta todos los días de la semana sin dar explicaciones a nadie.
El eco de sus pasos rápidos bajando los escalones resonó en el recibidor de Javi y Bea como una bofetada de libertad inalcanzable.
Javi miró el reloj de pulsera, ese cronógrafo digital con luz azul que le habían regalado por los diez años en la empresa.
Eran las ocho y media de la tarde, lo que significaba que el partido ya llevaba quince minutos de juego y su primo ya habría pedido la primera de bravas.
—Los chavales van a pensar que me ha pasado algo en la M-30 o que me ha secuestrado una secta de testigos de Jehová —insistió él, mirando la puerta de reojo.
—Los chavales saben perfectamente que estás aquí intentando convencer a la parienta de que hoy vas a ser un hombre nuevo y responsable —replicó Bea con una sonrisa irónica.
—Manolo ya tiene tu tercio puesto en la barra antes de que aparques el coche en el descampado de detrás del ambulatorio, no disimules.
—Es por compañerismo, Bea, que si no voy yo, se queda el grupo cojo para la porra de la semana que viene —insistió él con un patetismo casi entrañable.
Parte 3: La sombra del reloj
Bea cambió de postura, apartándose del mueble para colocarse de nuevo en el centro del pasillo estrecho.
La luz parpadeante del recibidor le daba un aire de interrogatorio de película policíaca de sesión de tarde.
—Hablemos claro, Javi, de la hora del regreso, que es donde se tuerce la noche y la convivencia del domingo —dijo ella, clavando la mirada en sus zapatillas blancas.
—Tú sales diciendo que vas a ver el partido, que dura noventa minutos reglamentarios más el descuento que quiera dar el árbitro.
—O sea, que a las diez de la noche el fútbol se ha terminado en toda la península ibérica y parte del extranjero.
—A partir de las diez, cada minuto que pasas en ese bar es un misterio de la fe que yo tengo que pagar al día siguiente aguantando tus ronquidos de morsa.
Javi intentó poner una cara de póker que no pegaba nada con su cazadora de cuero crujiente y sus aires de prófugo de la rutina.
—Mujer, es que después del partido viene el análisis de las jugadas polémicas con el segundo plato de oreja, que eso no se puede cortar en frío —explicó él.
—Se habla del penalti que no nos han pitado, se comenta el fichaje del delantero brasileño y se hace un repaso general del estado de la liga.
—Eso lleva un tiempo físico, Bea, la ciencia del fútbol no es una ciencia exacta que se resuelva con un temporizador de cocina.
—La ciencia del fútbol para ti consiste en ver cómo el nivel del vaso de cubata sube a medida que tu capacidad para vocalizar correctamente disminuye —sentenció ella.
—Que el domingo pasado entraste por esa puerta a las tres y cuarto de la madrugada haciendo menos ruido que un elefante en una cristalería de Murano.
—¡Fueron las dos y media, Bea, te lo juro por la cobertura del móvil, que miré la pantalla justo antes de meter la llave en la cerradura! —se defendió él con vehemencia.
—Miraste la pantalla al revés, Javi, porque cuando encendiste la luz del baño para buscar el Almax me despertaste a mí y al niño pequeño.
—Pensábamos que había entrado un mapache rabioso por el patio de luces del jaleo que armaste con los botes de los champús en la bañera.
Javi se pasó la mano por la cara, dándose cuenta de que la reconstrucción de los hechos de la semana anterior era impecable y no dejaba margen al recurso de apelación.
La progresiva tensión cómica se palpaba en el ambiente de la casa, donde el drama matrimonial se diluía en la ridiculez de los Almax y los champús caídos.
Desde la habitación del fondo se oyó un carraspeo infantil, el aviso sutil de que el público de la casa empezaba a despertarse por el volumen de la negociación.
—Baja la voz, que vas a levantar al chaval y entonces sí que vas a salir de esta casa con las maletas puestas en la acera —le advirtió Bea en un susurro militar.
Javi asintió con la cabeza, adoptando una postura encorvada que pretendía denotar una sumisión total que nadie en el barrio se creería.
—Está bien, Bea, pongamos una hora fija y cerramos el debate parlamentario de los sábados —propuso él, buscando un pacto de mínimos.
—Si vuelvo a una hora civilizada, ¿me dejas irme en paz sin tener que arrastrar esta culpa de monaguillo pecador durante todo el trayecto?
Parte 4: El juicio del amanecer
La negociación final del recibidor había llegado a su punto álgido, ese momento donde se firman los tratados internacionales de la paz doméstica.
Bea miró fijamente el llavero del Atlético de Madrid que Javi seguía apretando en su mano derecha como si fuera un amuleto contra el insomnio.
—Una hora aceptable para un hombre casado, con dos hijos y una hipoteca a tipo variable en el banco de Santander, son las doce y media de la noche —dictaminó ella.
—A las doce y media ya has visto el partido, has analizado las jugadas polémicas, te has tomado dos tercios y le has dado el pésame a tu primo por su calvicie.
—¿Las doce y media? ¡Pero Bea, por Dios, si a esa hora en Madrid todavía están poniendo las calles y los bares de la periferia no han encendido ni la música de fondo! —se escandalizó él.
—A esa hora la gente de mi edad está empezando a pedir la primera copa de la noche para digerir la cena de tapeo.
—La gente de tu edad que está pidiendo copas a esa hora está divorciada o vive con sus padres en un piso sin ascensor, Javi, no me pongas ejemplos de la fauna nocturna —replicó ella con una firmeza granítica.
—Tú a las doce y media estás cruzando el descampado del ambulatorio de camino al coche, o el domingo te vas a pasar el día entero limpiando la terraza con el cepillo de raíces.
Javi miró su reflejo en el espejo de la entrada por última vez, dándose cuenta de que la gomina barata ya había perdido toda su fuerza estructural y el mechón rebelde volvía a apuntar al techo.
Su cazadora de cuero ya no parecía la prenda de un rebelde sin causa, sino la armadura de un soldado de infantería derrotado antes de llegar al frente de batalla.
—Está bien, las una de la madrugada, ni para ti ni para mí, un término medio que respete la dignidad de la noche y el descanso familiar —suplicó él con los ojos entornados.
—A las una de la madrugada es la hora límite, Javi, a las una y un minuto la cerradura de esta puerta se convierte en un búnker inexpugnable —aceptó ella, dando un paso atrás hacia la cocina.
Javi abrió la puerta de la calle con una rapidez inusitada, temiendo que Bea cambiara de opinión o recordara alguna otra factura pendiente de pago en el cajón del pasillo.
El aire frío del descansillo le dio en la cara, devolviéndole la energía vital que había perdido durante los cuarenta minutos de debate parlamentario doméstico.
—Que te lo pases bien con los chavales, Javi, y acuérdate de traer una bolsa de hielos de la gasolinera si vuelves antes de que cierren —le gritó ella antes de entornar la puerta.
La puerta se cerró con un clic suave, dejando a Javi solo frente al ascensor que subía rascando las guías de hierro con su habitual parsimonia de fin de semana.
Mientras esperaba a que se abrieran las puertas de la cabina de madera, una duda existencial se instaló en el recibidor de su mente, una pregunta que compartían todos los casados del bloque.
Cuando se comparte una vida entera hecha de madrugones, facturas del gas y uniformes escolares para los críos, la noche adquiere otra dimensión horaria.
¿Qué hora de regreso es verdaderamente la aceptable para un miembro de la pareja que decide salir de fiesta un sábado por la tarde con los amigos de toda la vida?
¿Existe una hora fija que garantice la diversión individual sin dinamitar los cimientos de la confianza y el descanso común del hogar familiar, o la noche siempre termina por comerse las buenas intenciones de los que salen de cañas después del fútbol?