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Ella No Podía Caminar, Pero Su Violín Conquistó Al Duque

—Esteban, no exageres. Bastará con decir que está enferma.

—¿Enferma? —él soltó una risa amarga—. Lleva enferma diez años. Diez años recordándonos, cada vez que chirrían esas ruedas, que esta casa tiene una vergüenza escondida.

Las palabras golpearon a Valeria con más fuerza que la caída que la dejó sin caminar cuando era niña. No lloró. Había aprendido que llorar en aquella casa solo daba placer a quienes querían verla rota.

Abajo, los músicos afinaban para el baile. Las lámparas de cristal ardían como estrellas atrapadas. Los invitados llegaban en carruajes, cubiertos de seda, perlas y ambiciones. Todo Boston hablaría al día siguiente de la gran alianza entre los Bellmont, una familia americana de fortuna reciente, y el duque de Ashbourne, un noble inglés con tierras, apellido y una tristeza que nadie conseguía explicar.

El duque iba a casarse con Cecilia, la hermana menor de Valeria. Cecilia era hermosa, alta, rubia, perfecta para las pinturas y los salones. Caminaba como si el mundo hubiera sido alfombrado solo para ella. Valeria, en cambio, había sido reducida a un secreto.

—Papá —susurró Valeria, empujando la puerta.

Don Esteban se volvió. Al verla, su rostro cambió. No fue culpa ni ternura lo que apareció en sus ojos, sino pánico.

—¿Qué haces aquí?

—Quería felicitar a Cecilia.

Doña Marcela se interpuso con rapidez.

—Querida, esta noche no es conveniente.

—Soy parte de esta familia.

Cecilia, que estaba frente al espejo con un vestido color marfil, se giró despacio. Su sonrisa era bella y cruel.

—Precisamente por eso deberías ayudarnos no apareciendo.

Valeria apretó el arco del violín.

—No soy un fantasma.

Su padre caminó hacia ella y, de un manotazo, le arrancó el violín de los brazos. El golpe contra la pared sonó como un disparo. La madera se quebró por un costado.

Valeria dejó escapar un grito.

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